NUEVOS VIENTOS SUDAMERICANOS

Entre elecciones y rebeliones populares, el neoliberalismo retrocede

 

La ofensiva destinada a neutralizar y revertir el avance de gobiernos tanto de izquierda como de coloratura nacional-popular en América del Sur, que venían desarrollándose desde poco antes de la mitad de los años 2000, tuvo su primera manifestación clara y exitosa en Paraguay, en junio de 2012, con el  juicio político y destitución del entonces Presidente Fernando Lugo. De manera un tanto inesperada sobrevino luego el triunfo electoral de Mauricio Macri en la Argentina, en diciembre de 2015, que se benefició de una densa campaña mediático-judicial esparcida por radios, periódicos y canales de televisión afines al establishment.

Un punto decisivo de este proceso fue el impeachment de Dilma Rousseff, quien había asumido el 1° de enero de 2011 la presidencia de Brasil. Bien se sabe el peso que este país tiene en la región. Como se recordará, Rousseff fue primero suspendida en el cargo por 180 días para ser políticamente enjuiciada. Y fue luego destituida, en agosto de 2016. Su vicepresidente, Michel Temer, la reemplazó interinamente, en mayo del mismo año, mientras duró su comparecencia ante el Congreso y asumió cabalmente la posición presidencial tras la obligada salida de aquella. También en 2016, en marzo, se inició el proceso judicial que terminó en el encarcelamiento de Luis Inácio Lula da Silva. Todo esto ocurrió al amparo de un flagrante intervencionismo mediático-judicial que culminó con la instalación de Jair Bolsonaro en la presidencia. Este derechista ex capitán continuó el giro político y económico iniciado por Temer —cuyo estandarte más significativo fue su Programa de Desestatización— y abundó en su aproximación a Washington dando al traste con más de tres décadas de autonomía estratégica no confrontativa, practicada por Brasil.

Tiempo después, el vicepresidente y alfil de Rafael Correa, Lenin Moreno, que lo sucedió en la presidencia en mayo de 2017, decidió hacer de su primer nombre un oxímoron y a poco de andar pegó una vuelta de campana para alinearse disciplinadamente con Estados Unidos.

Colombia y el inestable Perú mantuvieron su entendimiento cordial con la gran potencia del norte; Chile también aunque con un margen mayor de autonomía. Los tres países jugaron simultáneamente en los tableros de CELAC y UNASUR no obstante su íntima asociación en la Alianza del Pacífico (la integra también México), que postula inequívocamente su inclinación hacia el regionalismo abierto, tal como consta en los documentos fundantes de esa convergencia y en la propia práctica de esos países.

Bolivia, Uruguay y Venezuela mantuvieron y mantienen aún hoy, con diversos énfasis y matices, las posiciones que venían trayendo. Aquella última, acosada por los países que se juntaron en la Alianza del Pacífico –que integran 6 países sudamericanos: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú— resistió y todavía lo hace, los intentos de invasión y otros embates auspiciados por los Estados Unidos y por el actual Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, para derrocar a Nicolás Maduro.

Con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) quedaron en la picota. La primera fue desmembrada. Su sede en Quito fue clausurada y hasta se retiró de ella la estatua de Néstor Kirchner que la adornaba. Sus instituciones subordinadas, como el Consejo Suramericano de Defensa  y el Centro de Estudios Estratégicos, entre otras, fueron cerradas. La CELAC, más numerosa y dispar, quedó como congelada. Actualmente Bolivia ostenta su presidencia pro tempore. Y el México de Andrés Manuel López Obrador se postula para ocuparla en 2020. Ambos países aspiran a revitalizarla y a impulsar una agenda de unidad que supere las diferencias que atraviesa la región. Empezaba así a soplar, tímidamente, una leve brisa sobre los países latinoamericanos.

En el sur, el 11 de agosto pasado, fue sorprendente. El binomio peronista Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner superó ampliamente a la fórmula oficialista Macri-Pichetto. Todos los sondeos conocidos hasta el día de hoy –cuando faltan tan sólo dos semanas para el primer turno electoral— indican que el tándem FF ganará cómodo en primera vuelta. Casi sin darnos cuenta nos acostamos la noche del 11/08 en un país, para despertarnos al día siguiente en otro. (Cosa que al fin y al cabo nos ha pasado más de una vez; pero esto es harina de otro costal.)

 

 

Complementariamente puede señalarse que las encuestas en Bolivia, que tendrá elecciones de primera vuelta el próximo 20 de octubre y en Uruguay, que las tendrá el 27/10, colocan en primer lugar a Evo Morales y a Daniel Martínez, del Frente Amplio. No alcanzan a ganar en el primer turno, pero caeteris paribus arrancarán punteros para encarar el segundo.

La encuestadora ViaCiencia, en sondeo publicado el 16 del mes pasado, obtuvo estos guarismos:

Evo Morales (Movimiento al Socialismo)          43,2%

Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana)                21,3%

Oscar Ortiz   (Bolivia Dice No)                              11,7%

Blanco/nulo                                                                8,8%

No sabe/no contesta                                                  8,7%

Indecisos                                                                      5,9%

Mientras que el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, en encuesta publicada el 6 de octubre, recogía lo siguiente:

Morales                                                                       38,8%

Mesa                                                                            25,4%

Ortiz                                                                             11,3%

Blanco/nulo                                                               10,4%

No sabe/no contesta                                                  5,7%

Indecisos                                                                      8,4%

En Uruguay la situación es la siguiente, según la encuesta levantada por la empresa Radar, el 3 de octubre pasado:

Daniel Martínez  (Frente Amplio)                       39,3%

Luis Lacalle Pou (Partido Nacional)                    21,6%

Ernesto Talvi (Partido Colorado)                         16,6%

Guido Manini (Cabildo Abierto)                           12,0%

Nulos/blancos/indecisos                                        10,5%

Si en ambos casos los guarismos presentados fuesen consistentes estaría más cerca de ganar en segunda vuelta Evo Morales que Daniel Martínez. Pero en cualquier caso, lidiar con datos electorales es, hoy por hoy, una alquimia difícil de administrar. A los efectos de esta nota basta señalar que Morales y Martínez aparecen en primer lugar y eso es ya significativo.

Perú ha atravesado una dura crisis muy recientemente. Podría describirse, en extrema síntesis, que la derecha liderada por Keiko Fujimori, actualmente detenida por cargos de corrupción e hija de Alberto Fujimori, ex Presidente preso que purga una condena de 25 años por violación a los derechos humanos, intentó incidir por caminos espurios, en la designación  de nuevos jueces del Tribunal Constitucional. Perseguía obtener una mayoría en esta corte para conseguir su propia liberación. Su partido ganó, en las elecciones de 2016, 76 de los 130 escaños del Parlamento unicameral lo que le otorgó una cómoda mayoría para eventualmente alcanzarlo. El actual Presidente, Martin Vizcarra, salió al cruce de esta maniobra. Disolvió ese Parlamento – está facultado para ello por la Constitución, bajo ciertas condiciones como convoca a nuevas elecciones parlamentarias en 120 días, que tendrán lugar el 26 de enero de 2020. El fujimorismo, sin aceptar aquella disolución, respondió designando a la vicepresidenta segunda como Presidenta. Esta, carente de asideros y de legitimidad, renunció en  menos de 48 horas. Hoy por hoy Vizcarra navega aceptablemente tranquilo. Días antes recibió al candidato argentino Alberto Fernández, con quien coincidió en la búsqueda de una solución política negociada para Venezuela.

 

 

Por otra parte, ha estallado una profunda crisis en Ecuador. La decisión de Lenin Moreno, de imponer un paquete de medidas económicas, entre las que se destaca la liberación del precio de los combustibles detonó una enconada y extendida protesta social. A tal punto que Moreno ha debido establecer el estado de excepción, imponer un toque de queda en Quito y mudar la sede del gobierno a Guayaquil. El precautorio abandono de la capital del país, donde multitud de campesinos que bajaron de la sierra ocuparon el Congreso, da la medida de la hondura de lo que está sucediendo allí.

Más allá de los resultados de las tres elecciones todavía pendientes mencionadas arriba y del modo en que se resuelvan las situaciones peruana y ecuatoriana, puede decirse que han comenzado a correr nuevos vientos en nuestra sudamericana región. Y que esto solo es de por sí auspicioso.

 

 

 

 

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