Una bella expresión de deseos

La ilusión de un sistema socialista centralizado pero un régimen de libertad individual para la creación artística.

 

“Si para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales la revolución está obligada a erigir un sistema socialista de plan centralizado, para la creación intelectual debe instaurar y garantizar desde el comienzo mismo un régimen anarquista de libertad individual. ¡Ninguna autoridad, ninguna coacción, ni la mínima huella de mando!” Eran tiempos de manifiestos; a partir del de Marx en 1860, del surrealista escrito por André Breton en 1924 o del cubista poco después, cualquier agrupamiento estético, literario, arquitectónico, político, espiritualista, agrario, industrial y hasta deportivo que se precie, con afán de sentar sus bases y pasar de alguna manera a la historia, debía contar con uno. Después, la onda pasó.

El fragmento que al inicio se consigna data de 1938, hoy se sabe obra de León Trotsky (Ucrania 1879-México 1940) y André Breton (Francia 1896-1966); aunque el creador del Ejército Rojo se abstuvo de rubricarlo con el argumento de que por su naturaleza el texto debía ser firmado por artistas. Por proximidad afectiva y solidaridad ideológica cedió el sitial al muralista mexicano Diego Rivera (México 1886-1957) quien, por otra parte, había participado en forma tangencial. La idea de un Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente surgió un par de años antes, durante el encuentro entre el poeta francés y el revolucionario ruso en la casa del exilio de este último en Coyoacán; y fue tomando forma en las excursiones gastronómicas y de pesca, a veces acompañados por Rivera y Frida Kahlo, entre unos pocos otros. Aunados por el internacionalismo revolucionario y el doble objetivo político de contrarrestar el realismo estalinista iniciado en 1934 contra todo subjetivismo, por un lado, y por otro juntar a los artistas e intelectuales de izquierda esparcidos por el mundo, pasibles de ser tentados por la generosidad del mecenas soviético. A tal fin proponían la creación de una Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (FARI), que apenas comenzó a erigirse el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial borró de la lista de prioridades.

 

Manuscrito original, en francés y ruso.

 

 

Los avatares del encuentro del trío, tanto como los pormenores de la construcción del Manifiesto, llegan a nuestros días merced a la publicación del mismo (un texto breve, que cabe en un afiche), acompañado de una introducción conceptual a cargo del filósofo franco-brasileño Michael Löwy (Sao Paulo, 1936), un documentado ensayo del historiador Horacio Tarcus (Buenos Aires, 1955) sobre las vicisitudes de la producción del documento, y una entrevista radial de 1952 al propio Breton. Del conjunto se concluye una idea sumamente aproximada de cómo fue pergeñado a partir del impulso de Trotsky, quien introdujo —curiosamente para muchos— los pasajes más libertarios, detrás de la idea madre: “En arte, todo está permitido”. Frase a la que Breton agregó: “Salvo que vaya contra la revolución proletaria”, y que el veterano bolchevique, para quien acaso resultaba un poco mucho —y, otra vez, curiosamente para algunos—, no dudó en suprimir. La edición actual se halla ilustrada con facsímiles de publicaciones de época y fotografías en las que se distingue a Lev Davidovich por su barbita, a Diego Rivera por su panza, a Frida por el atuendo típico, apenas a Breton por su amplia frente, aunque la afición agradecería epígrafes identificatorios en cada una.

 

Trotsky, Rivera, Lamba, Breton, Frida, Van Heijenoort.

 

En la misma medida en que es notoria la ausencia de algún párrafo acerca del objeto artístico como mercancía en la sociedad capitalista, el fetichismo y las trabas del mercado, sorprende que haya cundido un acuerdo entre el combatiente bolchevique y el poeta surrealista respecto a una alusión explícita al repertorio freudiano. Un lugar destacado ocupa el párrafo: “El mecanismo de sublimación (…) que el psicoanálisis dejó en evidencia, tiene por objeto restablecer el equilibrio quebrado entre el ‘yo’ coherente y los elementos reprimidos. Este restablecimiento obra en beneficio del ‘ideal del yo’ que erige contra la realidad actual insoportable, las potencias del mundo interior, del ‘uno mismo’, comunes a todos los hombres y en constante vía de expansión en el devenir. La necesidad de emancipación del espíritu no debe hacer otra cosa que seguir su curso natural para verse llevada a fusionarse y recobrar sus lazos con esa necesidad natural: la necesidad de emancipación del hombre”.

Copias del Manifiesto llegaron el mismo año de su producción a Santiago de Chile y Buenos Aires. Aquí, por partida doble. Una, al grupo trotskista de la revista Inicial (Pedro Milesi, José Paniali y Alfredo Alonso). Otra, a su agrupación rival capitaneada por Liborio Justo. Ambas organizaciones lo reprodujeron, llegando incluso a manos de Jorge Luis Borges, que en el semanario El Hogar, sin ahorrar sarcasmos, afirmó que el documento apuntaba a “encerrar el arte en un departamento de la política”.

Cuando hoy por hoy resulta enmarañado disociar el arte del hecho político, surge fértil la oportunidad para desatar entusiastas debates, acaloradas controversias y folclóricas escisiones. El renovado hallazgo vuelve a instalar una polémica jamás zanjada acerca de la relación entre compromiso social y producción intelectual y estética. Testimonio del lenguaje propio de un estilo y una época, emerge apto para nuevas reescrituras, como el Manifiesto por un arte revolucionario en América Latina que en 1958 realizaron los artistas plásticos, ligados al trotskismo de la izquierda nacional y —luego— a la CGT de los Argentinos, Esperilio Bute, Ricardo Carpani, Julia Elena Diz, Mario Mollari y Juan Manuel Sánchez. Experiencias que dan letra para otro cantar.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente

André Breton, León Trotsky, Diego Rivera

Buenos Aires, 2019

98 págs.

 

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