LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO

La transformación de la agricultura desafía el lugar de la Argentina en la economía mundial

 

Sostiene Dylan que los tiempos están cambiando. Sostiene Dylan que lo ahora lento luego será rápido, como ahora es el presente que luego será pasado. Lo del Nobel de Literatura 2016 es lo suficientemente abarcador para no dejar afuera nada que no tenga que ver con la vida. (Bob Dylan, Nobel de literatura, ¡la pelota! que los tiempos han cambiado; y cambiado en la dirección y sentido que los describió Eric Hobsbawm en su historia del siglo corto como auge de la cultura joven; una ironía para este mundo envejecido). Lo que está pasando con la tecnología para producir alimentos certifica en su ámbito que también ahí los tiempos están cambiando. Entre nosotros, la centralidad del tema se debe a la incidencia de la materia prima alimentaria en la oferta exportable argentina, en cómo la misma es afectada a favor o en contra por las transformaciones que se están sucediendo. Además, producir alimentos para 400 millones de seres humanos siendo una nación habitada por 48 millones de personas y que la pasen mal y con hambre unos cuantos millones, merece que se encuentre en la punta del ovillo que hay de lo uno que hace necesario o contingente lo otro.

Como todo cambio técnico cuando ya deviene inevitable, el gran escenario donde se define si es posible o no son las perspectivas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Cuando resulta que los cambios técnicos se traban sin agüero de revertirse, madura la crisis política que se venía cocinando; causa del estancamiento económico que trae aparejada la imposibilidad. De manera que luce conveniente antes de enfrascarse en las transformaciones productivas alimentarias en sí, para encuadrar su factibilidad darse una vuelta por ciertos criterios que se están ventilando respecto de las formas de abordar el mensaje del producto bruto, porque tienen el curioso síntoma de esquivarle al bulto. Los tiempos y las cosas no siempre cambian para mejor.

Este síntoma se percibe en el ensayo de autoría del Presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que se comenzó a difundir a fines de noviembre último, titulado “Hacia una economía moral”, cuyo eje principal es que el crecimiento del PIB no es una medida adecuada para definir el bienestar de la población, pues pone por encima de este indicador al desarrollo social. El mandatario mexicano aclara que no es lo mismo crecimiento que desarrollo, y que su enfoque económico es mejorar el segundo factor. “Convoco a los del Fondo Monetario Internacional, a los expertos, a los tecnócratas, a los nostálgicos del neoliberalismo, a que veamos si es lo mismo crecimiento que desarrollo, porque nosotros ya no vamos a utilizar sólo como parámetro el crecimiento, porque crecimiento es que se genere riqueza, pero puede ser que ese crecimiento signifique sólo acumulación de riqueza en unos cuantos”, deslindó AMLO en declaraciones a la prensa. AMLO expresa, además, que sus ideas son la alternativa contraria al neoliberalismo, que en su opinión está liquidado como opción política.

 

 

 

Amorosa y fraterna

Esta no es una idea original de AMLO. Hace unos lustros que se echó a correr la advertencia de que la medición del crecimiento económico resulta insuficiente como termómetro del bienestar de la población y de cómo la macroeconomía impacta en el día a día. En plena crisis financiera, el entonces Presidente francés, Nicolás Sarkozy, esgrimiendo que la medición del PIB no era suficiente para determinar el bienestar ni de la población gala ni del resto del orbe, reunió un grupo de expertos que editaron un informe en el que manifestaron que “ha llegado la hora de adaptar nuestro sistema de medición de la actividad económica para reflejar mejor los cambios estructurales que caracterizan la evolución de las economías modernas”. Inserto en ese idea empieza a tener su público el reciente ensayo de Dietrich Vollrath de la Universidad de Houston: “Fully Grown: Why a Stagnant Economy is a Sign of Success” (Totalmente desarrollado: por qué una economía estancada es un signo de éxito), en el que argumenta que el crecimiento de los Estados Unidos se ha desacelerado porque muchas cosas en la economía han ido muy bien. Vollrath, aduce que la actividad económica se ha desplazado hacia las industrias de servicios, donde las ganancias de productividad son más difíciles de lograr. Aunque inhibe el crecimiento, esto es algo bueno dice Vollrath. Ya tuvo una reseña en The Economist (23/01/2020).

En la construcción de una república amorosa y fraterna, según el latiguillo emblemático de AMLO, no le ha ido nada bien al mandatario mexicano. Después de su victoria electoral aplastante en 2018, de la mano de su mentada y nefasta austeridad republicana, la economía se estancó y no hay ni miras de revertir la situación. En 2019 el sector industrial declinó alrededor de 1,5%, el sector servicios paralizado con 0,1% de avance y el primario (agricultura) creció 5,4%. El espíritu que anima la política económica mexicana realmente existente lo categorizó el economista Agustín Carstens, un prócer del establishment azteca, cuando en un reportaje a la revista Americas Quarterly (07/2016) dijo que se definía a sí mismo y a sus conciudadanos de la misma franja etaria (60 años) como: "La generación de los 12,50", porque desde 1954 hasta 1976 el peso mexicano se fijó exactamente y se mantuvo en 12,50 por dólar. Cartens, que fuera reciente presidente del banco central de México y previo ministro de Finanzas, reviste ahora como gerente general del Banco de Basilea.

La estabilidad cambiaria perdida y nunca recuperada es la ilusión que reúne a los conservadores malos y a los conservadores compasivos. Y esa es la razón de que en medio de la malaria durante lo que va de su mandato, AMLO ha hecho llover en los mercados financieros, impulsando los precios de los bonos y aumentando el valor del peso mexicano. Los activos mexicanos resultaron una caja registradora virtual para los inversores globales. Los bonos de México aún tienen algunos de los rendimientos más altos del mundo. El milagro mexicano consiste en aquietar la demanda interna (vía caída del gasto público) habiendo fijado el tipo de cambio y procediendo a defenderlo férreamente. Y que por ahora la ciudadanía aplauda la honestidad de su gobernante. Si se está destilando o no un nuevo Tequila es un cantar. Otro, es que AMLO responde a las críticas diciendo que no interesa el crecimiento, sino el desarrollo; porque si bien los resultados en crecimiento no son los que quisieran, se ufanan de que hay más bienestar.

 

 

 

 

 

Transformación

El pintoresquismo de la curiosidad antropológica AMLO es proporcional a la coartada anti-desarrollo de la que se sirve. Más bienestar únicamente puede ser entendido como más ocio sin disminución de consumo. Si fuera lo contrario sería una patraña y más desempleo. Cuando se desea optar por una sociedad de más amplio ocio en lugar de consumos más voluminosos, para que resulte factible tendría que también operar un aumento de la productividad del trabajo para producir lo esencial en tiempos de trabajo acotados. Aún así, todavía tendría siempre que crecer, si no es a través del PIB per cápita, al menos por el producto por unidad de trabajador empleado. Los problemas económicos son por su naturaleza cuantitativos y cuando se hace hincapié en cuestiones cualitativas, generalmente es para eludir los problemas reales.

En otras palabras, si todo esta monserga anti-PIB es en función de bajarle la ansiedad a los ciudadanos a través del embuste de que el crecimiento del PIB no importa, que lo que importa es la calidad de vida, por así decirlo, antes de considerarlo una ingenuidad digna de ocupar en el podio el lugar más alto, ténganse presentes las profundas ideas que inoculó al electorado el gatomacrismo, que lo llevaron a la presidencia y después de cuatro años insufribles le dejaron como saldo 40% de los votos. Flaco favor se le hace a los intereses bien entendidos del movimiento nacional comportarse como si la política se redujera a asistir a los pobres de un país pobre y no se atendiera este tipo de cuestiones que hacen a la hegemonía.

Mientras estos pesos muertos se suceden en la superestructura, George Monbiot, director de la película Apocalypse Cow en The Guardian (08/01/2020), donde es un columnista habitual, afirma que la comida cultivada en laboratorio pronto sacará del medio a la agricultura y salvará el planeta. Según Monbiot, “en poco tiempo, la mayoría de nuestros alimentos no vendrán de animales ni plantas, sino de la vida unicelular. Después de 12.000 años de alimentar a la humanidad, es probable que toda la agricultura, excepto la producción de frutas y verduras, sea reemplazada por fermentación: elaboración de microbios mediante fermentación de precisión”. Así es como –se esperanza Monbiot— “la comida libre de granjas nos permitirá devolver vastas áreas de tierra y mar a la naturaleza, permitiendo la reconstrucción y la reducción de carbono a gran escala”. Y hablando de frutas y verdura, ya con la tecnología disponible, los Países Bajos (inexistentes territorialmente en comparación con la Argentina y Brasil), se han transformado en el segundo exportador mundial de alimentos, detrás de los Estados Unidos. Esta oferta, mayormente de productos de tipo orgánico, está compuesta por vegetales, carne, productos lácteos, flores y plantas vivas.

En cuanto a la carne ya hay peleas entre los grandes tiburones de las finanzas por posicionarse tanto en la producción del sustituto a base de vegetales, como lograr que las carnes de distintos tipos se generen a partir de cultivar las células. La transformación de la agricultura en connubio con el cambio climático encabezan las preocupaciones de los empresarios de los países desarrollados según datos relevados y analizados por la consultora High Lantern Group para el sitio Axios. Se trata del Brand Pressure Index que rastrea 300 problemas sociales principales según afectan a las marcas corporativas de acuerdo a lo priorizado por un universo de 3.000 activistas, personas influyentes, líderes y partes interesadas. El análisis abarca 6,2 millones de tweets y su intersección con 1.000 marcas corporativas principales y más de 80 industrias durante un período de 12 meses. La gran mayoría de los actores públicos relevantes están utilizando esa plataforma para comunicarse. El resultado de la encuesta refleja que las principales instituciones económicas del mundo abogan por políticas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. Esta tendencia es impulsada por una confluencia de factores, que incluyen el clima más extremo y una mayor presión pública.

 

 

 

 

Imperios

Las preocupaciones por el ritmo, profundidad y alcance de las transformaciones descriptas, a la par de cuestionar la continuidad de la histórica especialización internacional de la Argentina remiten en lo fundamental a responder al interrogante del origen de esa especialización y a partir de ahí explorar las potenciales vías para de una reconfiguración productiva que de alcanzarse permita un enlace con la economía mundial menos traumático que el vigente. Al respecto, la narrativa del orden conservador en sus orígenes justificó la inserción de la Argentina en la división internacional del trabajo, acudiendo a las ideas de David Ricardo. Ninguna originalidad, pues el resto de la periferia también abrazó decidida esta doctrina del librecambio.

Cuando a principios del siglo XX las ideas de Ricardo comenzaron a mostrarse peligrosamente inadecuadas porque el libre comercio según esta doctrina no aseguraba que todo el mundo se beneficiara por el comercio internacional en el sentido de que recibiera iguales salarios, la escuela sueca principalmente a través de Bertil Ohlin, dentro del mundo neoclásico y librecambista, criticó a Ricardo y sostuvo que los países se especializan para exportar bienes que son producidos con el factor más abundante en el territorio respectivo.  A primera vista, no habría casi diferencias en la explicación, pero la sutileza es que por las premisas de cada uno de esos dos modelos, en el de Ricardo los salarios son siempre de subsistencia, por el contrario en el de Ohlin tienden a igualarse por lo alto en todo el mundo a medida que el comercio se hace más libre. Según Ricardo, “el descenso de los precios de los productos agrícolas reduce los salarios no sólo de los obreros ocupados en el cultivo de la tierra, sino también de todos los que trabajan en la industria o están empleados en el comercio”. Según Ohlin, sucedía al revés. Las ideas de Ohlin eran más que bienvenidas para el orden conservador en un mundo que salía de la Primera Guerra, que empezaba a reconocer la interdependencia, por ejemplo tratando de hacer funcionar la Liga de las Naciones.

Dada sus premisas, las hipótesis de Ricardo y Ohlin son inatacables. Ahora una premisa común para que los modelos funcionen en la dirección para la que los autores los diseñaron es que no haya movimiento internacional de capitales. Sin esa hipótesis absolutamente irreal los modelos no explican absolutamente nada, se convierten en una justificación ideológica del orden establecido; que es lo que son. ¿Y cómo no se van a caer si no es posible explicar el auge del campo argentino, del caucho asiático, el azúcar brasileño y así para el resto de la periferia sin el concurso del capital inglés? En el “Discurso sobre el Libre Cambio” de 1848, Marx puso las cosas en su lugar al expresar que “se nos dice, por ejemplo, que el libre cambio hará nacer una división internacional del trabajo, determinando para cada país el género de producción que corresponda a sus ventajas naturales […] Pensaréis, tal vez, señores, que la producción de café y de azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales […] Hace dos siglos, la naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar […] No pasará, tal vez, medio siglo y ya no encontraréis allí ni café ni azúcar, puesto que las Indias Orientales, gracias a su producción más barata, discuten ya con ventaja a las Indias Occidentales su pretendido destino natural”.

De manera que la especialización argentina en el agro y del resto de la periferia en lo que sea no se debe a ninguna cuestión de la naturaleza. Es histórica y se debió a la expansión europea. De ser geoeconómica estaríamos bastantes complicados y hasta la propia viabilidad de la Argentina estaría puesta en juego con estas transformaciones técnicas. Eso nos recuerda una vez más que en el capitalismo se trata del valor de cambio, no del valor de uso. Y si se trata de valor de cambio, lo más valioso que tiene una nación es el volumen de su mercado interno, es decir la remuneración de su fuerza de trabajo. En la medida que hagamos crecer el producto y valoricemos a la altura de las circunstancias la fuerza de trabajo nacional, la Argentina tendrá mercado y encontrará otra cosa en qué especializarse. Si se piensa que esto no es así, será cuestión de explicar por qué África es África, ahora que los tiempos están cambiando, ahora que en nombre de la economía moral no se quiere “admitir que las aguas de vuestro alrededor han crecido, y tal parece no se quiere aceptar que pronto estaremos empapados hasta los huesos” como cantaba Dylan tiempos ha.

 

 

 

 

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