LAS MUCHAS VIDAS DEL ESCRITOR

Trece cuentos que jalonan el destino sudamericano del chileno Antonio Skármeta

 

Cierto fetichismo culturoso se regocija al situar obras artísticas en una lineal cronología que distingue “juventud” de “madurez”, “iniciación” de “experimentada” y demás paparruchadas adjetivantes, cuyo solapado propósito no es otro que encorsetar la emoción estética. Pedantería harto frecuentada en pintura y escultura, al asociarse a algún virtuosismo técnico; en música corre un destino paralelo al del mercado tanto como en literatura emerge en una crítica pretensiosa de ser más original que el original.

Dejando de lado aquellos autores que, habiéndose montado en un relámpago a sus warholianos quince segundos de fama, siestean en un catre de laureles, buena parte de los creadores produce en bisagra con su época sin ninguna pretensión de homogeneidad cualitativa: en rigor, el artista por fortuna no sabe lo que hace mientras empolla la obra. Extraordinario ejemplo de tales procedimientos, al fin y al cabo heteróclitos, es la selección de cuentos de Antonio Skármeta (Antofagasta, 1940) encargada por una multieditora al periodista y escritor Juan Villoro (México DF, 1956), que llega bajo el título Los nombres de las cosas que allí había.

 

 

El autor, Antonio Skármeta.

 

 

En los momentos en que el mexicano se abstiene de referirse a si mismo y se aboca a prologar sin temor a las supersticiones los trece relatos del chileno, el lector tiene la fugaz oportunidad de enterarse parcialmente de que las mentadas historias provienen de cuatro libros sucesivos, publicados respectivamente en 1967 (El entusiasmo), 1969 (Desnudo en el techo), 1973 (Tiro libre) y 2015 (Libertad en movimiento). Es decir, relatos inaugurales, otros que avanzan en la escritura, aquellos construidos al fragor del triunfo de Salvador Allende; finalmente los que recopilan la derrota, el exilio, la vida trashumante de quien se halla impedido de retornar a su patria. Asimismo, las semejanzas y diferencias con ciudadanos de otras latitudes, sometidos o no a parecido destino latinoamericano, materializado en amistades, rebusques para ganarse el pan, amores, esperanzas, desilusiones, vuelta a empezar.

Porque la chilenísima, exquisita prosa de Skármeta jamás requiere de doctorados en pololo, guata, cachai, poto, etc., ya que cada historia misma es portadora de sentidos y contextos, hace del latinoamericanismo una práctica a la vez artística y política, bella y descriptiva, sensible e histórica. Coordenadas que se entrelazan al materializarse en personajes puestos en situaciones que dejan de representar las individualidades específicas en las finas descripciones desplegadas por el autor, para encarnar acciones y movimientos que nunca resultan ajenos. En especial a quienes, en cuerpo presente o de mentas, hayan experimentado tránsitos de dictaduras a democracia, destierros internos o externos, compromisos o distracciones.

Variedad cuya hondura sigue siendo cultivada de principio a fin por éste multifacético descendiente de croatas, catapultado a la fama orbital con la película aquí conocida como El cartero de Neruda (Il Postino, Michael Radford, 1994) y uno de los más amenos programas literarios en la TV (El Show de los Libros, 1992-2002), además de novelas, teatro, guiones cinematográficos. Experto en cambio climático literario, Skármeta cuenta —sin abusar— con el atributo de saltar de la melancolía al chascarrillo dentro de un mismo párrafo. A tal fin utiliza enunciados cuya prolija puntuación permiten tramitar una extensión que se torna amigable, esclarecedora, que sin ese cuidado por la gramática y la inteligencia del lector sería irrecuperable: “… y todo se hacía jazz, y cuando quise buscar un poco del aire de la madrugada que me enfriase el paladar, la garganta, la liebre que me rompía entre el vientre y el hígado, la cabeza se me fue contra la muralla, violenta, ruidosa, y me aturdí, y escarbé en los pantalones, y extraje la cajetilla, y fumé con ganas, con codicia, mientras me iba resbalando sobre la pared hasta poner mi cuerpo contra las baldosas, y entonces crucé las palmas y me puse a dormir dedicadamente”.

Adverbios ajustados, series construidas sin desmesura, erudición en el lenguaje popular, Skármeta se refiere al actor Yon Guéin con la misma desfachatada apropiación idiomática con la que translitera Ai laik tu sel sam blad o aplica la primera persona al desmenuzar una escena: “Había que pichar fiesta donde fuera. Muchos ya teníamos pololas oficiales y los sábados se jarapeaban de lo más petiteros y olían como bebés que le han limpiado el culo con talco. Quien más quien menos, se daba una ducha con la colonia del hermano menor o aparecía con cigarrillos Richmond en el interior de la chaqueta”.

Como la de cualquier humano parlante, la vida de Antonio Skármeta no fue, es ni será una sola sino varias en el mismo, mutante envase. Consigo mismo le basta, sin sobrar, para generar relatos de circular precisión, y no obstante se atreve y logra abducir sucesivas personalidades. En cada una de ellas se grafica un retazo de historia contemporánea, de esa que perdura escondida en cada quién. Los relatos convocados en Los nombres de las cosas que allí había no solo son una óptima oportunidad de aproximarse a un escritor de notable ductilidad; también de experimentar en carne propia una escritura que, con distintos colores, brilla en diferentes etapas más o menos próximas en la rotación de este planeta. Y no otro.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Los nombres de las cosas que allí había

Antonio Skármeta

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2020

288 págs.

 

 

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