Paso a paso, el pasaporte

Para Juan Perón renegar del plan es una negación de la doctrina y del arte de gobernar

 

Logramos bajar notablemente y patear por un tiempo el peso de la deuda externa. Y abrimos la renegociación con el FMI. Bien por esto.

Bajar tasas, patear pagos y negociar con el FMI no significa que el peso efectivo de esas cuitas externas nos permita salir corriendo. Menos en una cancha embarrada por la pobreza y la decadencia productiva y social y ahora sometida a la lluvia anegadora de la pandemia que se complica en las zonas más vulnerables del país.

Martín Guzmán, en la nota enviada a Kristalina Georgieva, dijo que el país cumplió en 2019 con el FMI: bajó el deficit fiscal primario de 3,9% a 0,9% y el de cuenta corriente de 4,9% a 0,9%, ambos sobre el PIB.

Hoy, ambos “gemelos” están más complicados y seguirán estándolo para poder poner en marcha la economía, atender la pobreza y combatir la pandemia. Sin embargo, frente a esta situación de extrema complejidad y fragilidad, el gobierno ha desistido de formular, y por lo tanto de pensar, un “plan”.

Un “plan” implica, entre otras cosas, integrar sistémicamente distintas perspectiva disciplinarias y regionales para pensar el futuro, desentrañar oportunidades y formular la “señalética del desarrollo”.

Alberto Fernández, al igual que Cristina, parece detestar la palabra “plan”.

Los Kirchner no tuvieron. Gobernaron “paso a paso”, a cada problema una solución y vemos.

Pero para el peronismo de Juan Perón, renegar del “plan” es una negación de la doctrina y del arte de gobernar.

 

 

 

 

La aparición en la política del fundador se inició con el Consejo de Posguerra, a lo que siguieron los Planes Quinquenales y el Plan Trienal de su último Gobierno. Con Perón no hubo gobierno peronista sin plan.

Pero sin Perón, los gobiernos que llegan gracias a la memoria del peronismo, gobiernan sin plan. Pasó con Carlos Menem (10 años) con los Kirchner (12 años) y por ahora, con Fernández.

Llegados aquí estamos tentados de pensar en la fábula de la zorra y las uvas. ¿Será? ¿O bien será que todo plan es “un compromiso” que supone “concertar” y que evita las sorpresas?

No hay duda que salir de este pantano exige un plan, sostenido por compromisos y concertado con la política, la organización de los trabajadores y de los empresarios.

Para salir de un pantano hay que bajarse de la comodidad y empujar todos para el mismo lado.

Mas claro imposible y más lejos de esa claridad en los días que corren parece también imposible.

Concertar para planificar y comprometerse es construir la paz.

“La paz es, acaso, el estado de cosas en que la hostilidad natural de los hombres se manifiesta por creaciones, en lugar de traducirse por destrucciones como ocurre en la guerra”, decía Paul Valery. ¿Crear sin paz?

Por favor, dejemos el ajetreado cuadrilátero móvil de Argentina, que pasa del Congreso a la TV, a la que tan afecta es nuestro Presidente, y miremos ejemplos actuales de otros países a ver si nos inspiran.

Ayer el gobierno de Francia anunció un “Plan de Relanzamiento” de su economía con 70 medidas.

Vale la pena revisarlo como un ejemplo de articulación del presente y de la vocación de construir el largo plazo.

Dice el documento: “El plan de relanzamiento sigue un método estratégico que tiende a incluir a todos los actores alrededor del diálogo y la concertación”.

Esa concertación, esa mesa tripartita, es lo que reclaman hoy los dirigentes sindicales conocedores como nadie de la dimensión, la densidad y la territorialidad de la crisis que vivimos.

La obstinación de no tener un plan es pareja con la obstinación de no querer concertar. ¿Por qué?

Volvamos a Francia. El plan es “un gran plan de inversiones”, dijo el Primer Ministro, que privilegia las inversiones a largo plazo acompañándolas de un empuje fiscal.

Inversiones y zanahorias para atraerlas es el primer mandamiento del desarrollo capitalista contemporáneo. No hay inversiones sin zanahorias, de eso se alimenta el animal capitalista.

La idea francesa es “relanzar la actividad a corto plazo y preparar el horizonte a 2030” y luchar contra el desempleo como objetivo prioritario. Es que Francia enfrenta la peor recesión (11%) desde 1945. Y el gobierno y los socios sociales entienden esta crisis como la oportunidad entre otras de, anote, “relocalizar (la producción) para limitar las importaciones (…) desarrollar la competitividad (…) y nutrir soberanía (…), preservar nuestro saber hacer industrial, científico y tecnológico (salud, agricultura, educación, industria, digital)” y “acompañar nuestras industrias”.

“El relanzamiento será solidario entre las generaciones, los territorios y las empresas de toda talla”, agrega. Inspirador.

Si bien las 60 medidas de Matías Kulfas están en proceso, el ministro finalmente pudo anunciar parte de sus ideas.

En el Día de la Industria anunció los cuatro ejes en los que desarrollará sus medidas de estímulo y apoyo. Financiamiento productivo, desarrollo de proveedores, industrias 4.0 y programa de parques industriales. Para el primer tramo hay financiamiento de “alivio” a tasas bajas; en el segundo se propone instalar una suerte de “banca de desarrollo” que consolide el financiamiento de largo plazo de distintas entidades nacionales y provinciales, destinado a inversiones que apunten al cambio estructural.

Como tercer eje señaló el apoyo financiero a proveedores industriales y tecnológicos de sectores estratégicos (incluyó a la industria ferroviaria y naval) con aportes no reembolsables de hasta 70% y Plan de Transformación Digital 4.0 con financiamiento e incentivos fiscales.

Finalmente el cuarto eje es apoyar el desarrollo de 300 parques industriales.

Antes de estos anuncios el presidente de la UIA describía el contexto de los futuros beneficiarios a los que, en la situación actual, hay que pensar cómo abrirles la boca para que ingieran tantas promesas. Desde 2011, dijo Miguel Acevedo para no ir más atrás, “perdimos un cuarto de la producción industrial per capita y se contrajeron un tercio las exportaciones industriales”, y agregó: “Entre 2011 y 2019 se perdieron cerca de 108.000 empleos en la industria”. La utilización de la capacidad instalada en la industria estuvo, en junio, al 53,3%.

Kulfas había dicho antes: “Hay una recuperación importante, pero nada está resuelto”. Sí, pero no.

Es en este contexto que hay que leer la gran noticia de los próximos días: el proyecto de impuesto a la riqueza.

En los fundamentos de la ley del nuevo impuesto se sintetiza que su propósito es “brindar la mejor protección a las personas afectadas, evitando en todo lo posible que se vea restringida la satisfacción de necesidades básicas como la salud y la alimentación”. Y al mismo tiempo se trata de “minimizar los impactos negativos en el empleo y en las condiciones productivas de la Nación, apuntando en paralelo a una más rápida recuperación”.

Dos objetivos: brindar protección a las personas y minimizar los efectos negativos (de la pandemia) sobre las condiciones productivas que, en definitiva, generan el malestar de las personas.

A ese último objetivo responden las políticas de expansión del gasto público que se están ejecutando y todas las que acaba de anunciar el ministro Kulfas, que lo son para enfrentar la crisis sanitaria y las consecuencias económicas de la pandemia en las empresas.

El texto del proyecto del nuevo impuesto excluye de manera expresa a todos los bienes productivos instalados en el país mientras estos sean de propiedad de extranjeros.

Dos fábricas de galletitas: una nacional y la otra propiedad de una multinacional, el dueño de la primera pagará el impuesto solidario y el dueño de la foránea no lo pagará. Arcor paga, Mondelez no. Algo está mal.

Una clara discriminación que establece que, por el mismo bien, pagan los argentinos y no lo hacen los extranjeros. Es más, si la empresa es una sociedad propiedad compartida por argentinos y extranjeros, los argentinos pagan, los extranjeros no. Hay que ver cómo reacciona Victoria Donda del Inadi. ¿O no es una enorme discriminación?

Toda discriminación sub-utiliza recursos. Y aquí reduce la base imponible.

Las 500 empresas mas grandes de Argentina generan un tercio del valor bruto de producción y son el “núcleo duro” de toda la actividad. Dos tercios de ellas poseen participación extranjera, las conocemos como extranjeras, son las “marcas famosas” y responden a conducción, tecnología y financiamiento “multinacional”. Hablamos de otras capacidades.

Del patrimonio neto (PN) de las grandes empresas sólo un quinto pertenece a capitales nacionales.

¿En qué se inspiró Carlos Heller para redactar este impuesto discriminatorio y achicador de la base?

No tuvo en cuenta la estructura del actual impuesto a los bienes personales. Partiendo de un mínimo imponible de $200 millones, con las exenciones de ese tributo y la norma que obliga a todas las personas jurídicas a tributar por sus “accionistas” cualquiera sea el monto, habría una enorme ampliación de la base tributaria. Incluiría a todos, nacionales o extranjeros, y además de ser equitativo, porque no discrimina contra los argentinos y en favor de los extranjeros, podría morigerar las tasas de los sectores productivos que, como ha descripto el presidente de la UIA y receptado el ministro Kulfas, exhausto como está el sector productivo, para salir del pantano necesita de esas 60 medidas de apoyo.

Ampliar la base permite acomodar las cargas. Ese es uno de los dramas nacionales: una economía 40% en negro no exige mucho esfuerzo ni imaginación para cazar en el zoológico. Pedile una factura al verdulero.

Y aunque repartan comida gratis (subsidios) en el zoo, lo más probable es que enterados de los disparos por sorpresa, los animales primero se resistirán a entrar y una vez adentro esperarán el momento para rajar.

Y mucho más si los bichos nacionales la ligan y los extranjeros zafan. Peor aún, si muchos de los ricos a los que usted ve en las fotos y hablan como nacionales, para este proyecto de ley son extranjeros y no pagan. ¿Por qué? “Usted dirá que un pasaporte no modifica la índole de un hombre” (J. L.Borges, El soborno.) Sí. Pero baja la recaudación y obliga a aumentar la tasa.

 

 

 

 

* Publicado en El economista

 

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