PELÍCULAS ESCONDIDAS (14)

Un cortometraje documental de Mabel Itzcovich, realizado en 1962

 

El síndrome de hospitalismo o depresión anaclítica afecta a los niños de pocos meses cuando se los interna separados de sus madres, y puede producir la muerte. Al igual que el marasmo, es un trastorno que fue definido por el psicoanalista René Spitz, discípulo de Freud, hacia 1945. Sobre eso trata De los abandonados, un cortometraje realizado por Mabel Itzcovich en 1962. Por ese entonces el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez había comenzado a permitir, únicamente en su sala XVII, la internación de las madres junto con sus hijxs. El autor de esa iniciativa, que fue muy resistida, fue el doctor Florencio Escardó, que había advertido el problema ya en sus años de practicante: “Había quince chicos de un lado y quince chicos del otro. En el fondo había una enfermera que le daba la mamadera a un chico. Para los demás, había dispositivos de alambre que sujetaban la mamadera. Cada tanto, embocaban. (…) Fue en 1929. Fue decisivo en mi vida. Y me prometí terminar con eso. Tardé treinta y dos años en conseguir que las madres entraran al Hospital de Niños. ¡Treinta y dos años!” (1).

Itzcovich decidió abordar el problema en primera persona, como mujer y madre, encarnada en la voz serena de Norma Aleandro. Desde ese punto de vista y con una prosa sintética y devastadora, la realizadora refiere primero su interés en las madres que acuden al hospital, luego en sus niñxs y recién después su descubrimiento de esa otra enfermedad que se sumaba a la que había provocado la internación. Entonces se introducen las razones: un orden médico ciertamente deshumanizado pero también la desigualdad económica. Escardó hablaba de una doble moral: “Si el chico es rico, lo internan en la Pequeña Compañía, con el padre, la madre, el amante de la madre, el tío, el abuelo y toda la familia… Si es pobre, dejan a la madre en la puerta y puede venir dos horas los jueves y tres horas los domingos”.

Con una fotografía contrastada y áspera, la cámara recorre los pasillos del viejo edificio del hospital y encuentra escombros, ruinas de otros tiempos. Fue una exploración no autorizada, según recuerda Juan Carlos Fisner, jefe de producción del film, y por eso no aparece el hospital en los créditos. Después de ese recorrido, sórdido y silencioso, viene la enumeración de los síntomas del hospitalismo, que se nombra por primera y única vez. Finalmente, la experiencia de la sala XVII aparece como un brote de sensatez humana en el medio de una escandalosa frialdad. El último plano del corto abandona lentamente el edificio, que ahora parece una fortaleza hostil, decrépita, incomprensible.

 

 

Mabel Itzcovich.

 

 

Mabel Itzcovich nació en Rosario, el 15 de octubre de 1927. A los 18 años se casó, para poder irse de la casa de sus padres, y tres meses después se separó. Hacia 1952 formó pareja con Simón Feldman, con quien estudió cine en el IDHEC en París. A su regreso fundaron juntos el Seminario de Cine de Buenos Aires, un grupo pionero de la enseñanza de cine en la Argentina que enseguida produjo una revista (Cuadernos de cine) y el corto Un teatro independiente (1954) de Feldman. Fue asistente y/o coguionista de casi todo lo que él dirigió entre 1955 y 1960, incluyendo su largometraje El negoción. Tuvieron dos hijas, Ana y Laura, y se separaron en 1961. “Desde entonces mamá tuvo que arreglárselas para mantenernos”, recuerda Ana. En consecuencia, hizo del periodismo su profesión, postergando su interés en la creación cinematográfica.

Después de De los abandonados, Itzcovich terminó otros tres cortometrajes: Soy de aquí (1963), Los sin tierra (1964), Los Caras Sucias (1965). Este último, ambientado en el mundo del fútbol desde una perspectiva crítica, es su único trabajo con actores y, según recuerda el eminente director de fotografía Ricardo Aronovich, era parte de un largometraje con cuatro episodios, al estilo de mucho cine italiano, que no se concretó y al parecer devino miniserie para la TV. En todos ellos se advierte su voluntad de intervenir en temas socialmente relevantes, con una exhaustiva investigación previa. “Se la veía muy luchadora, muy tenaz, pero también muy solitaria en lo suyo”, señala Fisner. En ese momento, la industria cinematográfica tenía una única realizadora, Vlasta Lah, que sólo logró filmar dos películas. Se había abierto un cierto espacio para las mujeres en la carrera de cine de la Universidad de La Plata (Clara Zappettini, Silvia Oroz) y en la del Litoral (Dolly Pussi, Marilyn Contardi, Alcira Luengas, Celia Pagliero y otras). Pero Mabel no estaba ni en la industria ni en la academia.

En cambio fue una de las primeras mujeres en ejercer regularmente la crítica de cine, en diversas publicaciones especializadas como la citada Cuadernos, Cinecrítica o Tiempo de Cine, entre otras. En una época en que los libros sobre cine eran muy escasos, creó para Ediciones Losange la colección Estudios Cinematográficos, una veintena de textos esenciales sobre historia y teoría del cine, que fueron traducidos por primera vez para esa ocasión. Ediciones Lorraine publicó en 1961 su libro Cine polaco y en 1963 Antonioni - Crónica de una crisis. En 1966 fue co-guionista del film El ojo que espía, de Leopoldo Torre Nilsson.

En 1970 ganó una beca de France-Presse y se trasladó a París con sus hijas. Aronovich las ayudó a instalarse: “En esa época nos vimos mucho, por supuesto, porque mis hijas y las de Mabel se hicieron amigas”. Pero después de un año, Ana y su hermana no soportaron el cambio de ambiente y prefirieron volver. “Mamá hubiera querido radicarse allá”, dice Ana, “pero no quiso estar alejada de nosotras y al poco tiempo regresó también”.

Un año después del golpe de 1976, Mabel decidió exilarse en Roma. “Su idea era que nos fuéramos las tres”, recuerda Ana, “pero Laura no quiso irse, así que viajamos nosotras dos”. Ya en Roma consiguió trabajo en la agencia de noticias Interpress Service, en EFE y en la UNESCO. Mientras tanto, en febrero de 1978, Laura, que había sido miembro de la Unión de Estudiantes Secundarios y luego militó en la Columna Sur de Montoneros, fue secuestrada y desaparecida.

Tras regresar de Italia en 1984, Mabel trabajó en varios medios, incluyendo Página/12, El Periodista, La Opinión, Sur y Clarín. La periodista Silvina Friera rescató dos elocuentes testimonios sobre su solvencia profesional: “’Era una persona muy culta, una periodista a la vieja usanza, que podía escribir sobre economía, política internacional, entrevistar a un Presidente o a un escritor. Podía escribir de lo que fuera sin titubear, y por eso era respetada por todos sus colegas y por los que tuvimos la suerte de compartir con ella alguna redacción, que en mi caso fue en El Cronista Comercial y en La Calle", la recuerda su prima Susana Itzcovich, presidenta de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (Alija). ‘Mabel era muy exigente con los demás y con ella misma cuando trabajaba’ –cuenta la periodista Lilia Ferreyra–. "Ella admiraba mucho a la escritora Virginia Wolff, y siempre defendió los derechos de la mujer, pero desde un feminismo para nada obtuso” (2).

Falleció en Buenos Aires, el 29 de mayo de 2004. Los restos de su hija Laura fueron identificados en 2009. Los que saben dicen que aún en 2020 son habituales los trastornos depresivos derivados de la separación parental en niños institucionalizados.

 

 

(1). Citado por Ana Diamant en “Florencio Escardó: La psicología —y las psicólogas— y la lucha contra múltiples prejuicios”, Anuario de Investigaciones, vol. XIV, 2007, Universidad de Buenos Aires.

(2) Página/12, Buenos Aires, 31 de mayo de 2004.

 

 

 

 

 

 

Ficha técnica

De los abandonados (Argentina-1962) libro y dirección: Mabel Itzcovich. Fotografía: Víctor Caula. Ayudantes de fotografía: Cayetano Cosentino, Juan Fernández. Asistentes de dirección: Nora Watson, Hugo Kusnetzoff. Montaje: Antonio Ripoll. Sonido: Jorge Castronuovo. Locución: Norma Aleandro. Jefe de producción: Juan Carlos Fisner. 35mm. 10’. Fue uno de los cortometrajes premiados por el Instituto Nacional de Cinematografía en 1962.

 

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