Perro que ladra, canta y baila

Carlos Ulanovsky reseña el libro donde Verbitsky antologa sus filias musicales

 

Desde su semanario online El Cohete A La Luna Horacio Verbitsky informa acerca de hechos del entramado político menos difundido, pero como remanso oxigenador comparte con sus lectores la música que escuchó mientras les coloca puntos y comas a sus extensos informes. Ahora, esa sección que, según calcula, es escuchada por uno de cada diez lectores, se transformó en libro, un Spotify casero intervenido por la política y la historia.

Después de casi seis décadas de trayectoria periodística y de 23 libros publicados, Verbitsky imprime este verdadero catálogo de música elegida dividida en cinco secciones: clásica, música de films, jazz, canción y tango. El cronista que desde hace décadas cubre con idoneidad y compromiso aspectos de la historia política, judicial, social, económica y eclesiástica contemporánea repite un festín personal que ya se había dado en 1998 cuando apareció su libro Hemisferio Derecho. Un título que alude al “sistema de sensaciones y pensamientos” del cerebro. Como se aclara en aquel trabajo, “la especialidad del hemisferio derecho son las emociones, la imaginación y el humor, la percepción del todo por encima de la lógica y de las razones”. El prólogo de ese libro lo firma Juan Gelman. “Estas páginas se han escrito y publicado a lo largo de muchos años y tal vez se han desperdigado bajo el esplendor de los artículos de minuciosa investigación y lúcida denuncia”, dice el poeta. En sus páginas, en las que el hemisferio derecho le impone condiciones al izquierdo, Verbitsky homenajea entre otros a Leonardo Favio, a Rodolfo Walsh, a Carlos Auyero, a Osvaldo Soriano y a su padre, el escritor Bernardo Verbitsky. La introducción al nuevo volumen está escrita por Mónica Müller. Con reconocimiento y calidez reseña una muy considerable nómina de iniciaciones y bautismos musicales y artísticos que recibió y compartió mientras entre ella y Horacio, música y vida marcharon por los mismos rieles. Aunque actualmente separados, Mónica confiesa que en su cabeza siguen sonando todas las partituras que escucharon juntos.

 

 

Desde el arrorró

Se podría decir que este libro empezó a gestarse hace décadas. Cuando era un bebé, en su casa familiar de Ramos Mejía, Horacio pedía una y otra vez que le hicieran escuchar hasta que se dormía La Trucha, de Schubert. Más adelante, todavía chico, conoció a Edmundo Rivero, que como amigo de sus padres frecuentaba su casa y como percibía gigantesco creía que su nombre de pila era El Mundo. Creció y el periodista y el militante que le cantó las 40 a los poderes nunca resignó el sueño de ser cantor de tangos. ¿Como quién? ¿Como el Alberto Morán intérprete de Pasional o como Francisco Fiorentino cantando De barro? En 1999, en terapia intensiva por una grave debacle de salud, su coma farmacalógico tuvo música del saxofonista Coleman Hawkins. Y según reveló hace poco, a las noches para mitigar el insomnio, en vez de contar ovejitas, de tan melómano, arma listas de grandes intérpretes. Hay una equivalencia entre el administrador de primicias y críticas de actualidad y el que, de un saque, está en condiciones de mencionar a más de diez grandes intérpretes de Bach o a poner ciertos puntos sobre algunas íes mencionando las distintas condiciones artísticas de un Jascha Heifetz o de un Pablo Casals.

Mientras, tan en lo suyo, describe las casi siempre urgentes “tribulaciones del presente”, el Perro le da entidad al mote por el que se lo conoce en el ambiente, aúlla de gusto y huye hacia los costados, o hacia arriba, a la manera de su admirado Fred Astaire. Harto de “tantos Stornellis y D'Alessios”, convencido de que la política argentina parece dirigida por Alfred Hitchcock, el analista que despacha miles de palabras por semana es tan elocuente cuando desarma el chanchullo de un poderoso como cuando presenta a una desconocida pianista uzbeca.

En materia de admiraciones confesas e incluso —¿por qué no?– de idolatrías, atestigua amplitud. Va de Adolfo Ábalos al piano a Tony Bennett; de Duke Ellington a Miguel de Molina, de Carlos Guastavino a Lidia Borda.  Sin embargo, no toda la música lo contiene. Con pudor, refiere: “Ya distingo a Charly García de Paul McCartney”. En cualquier caso, la selección mundial de custodios de la música que admira la comparte con claros propósitos de divulgación cultural. En cada texto de este Pequeño Verbitsky Sonoro mandan gustos personales y erudición, salvo en un caso: cuando el periodista, ducho en poner el dedo en llagas urgentes, se derrite evocando a Jana, su mamá, ingeniera de profesión y pianista aficionada, a quien presenta interpretando tanguitos de los viejos tiempos en un instrumento al que le falta más de un bemol.

 

 

Con la batuta

Casi seguramente –aunque uno nunca sabe– el comentarista musical autodidacta nunca le matará el punto al editorialista político. Lo que sí se advierte es la manija que estos opus le dan a su hemisferio derecho. Hasta tutea a sus lectores y los catequiza: “Aprovechá el privilegio de vivir en esta época, donde tamaños tesoros están al alcance de tu mano, ya seas cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”, escribe, citando al gran Discepolín. En el capítulo llamado Entre recuerdos y descubrimientos explica su método de trabajo. Apenas pasa la locura del cierre de cada fin de semana y antes de volver a empezar, los lunes –precisa– “me permito boludear sin urgencias”. En esa jornada recorre la web y ordena la selección. “La subo y la voy escuchando durante la semana”.

 

Django Reinhardt.

El introductor de bellas melodías e históricos intérpretes no excluye de su antología las referencias a la actualidad. En todos los casos aparece su propósito de probar que viejos y nuevos temas pueden transformarse en excusas válidas para pensar sobre algo que nos pasa o nos importa. Van ejemplos.

  • Mientras presenta a (Daniel) Barenboim interpretando a Beethoven, entrega alusiones históricas sobre el antisemitismo, el sionismo y el Estado de Israel.
  • El capítulo titulado El dilema de Furtwangler es fascinante ya que podría ser el plot argumental de una miniserie. Tiene que ver con Wilhelm Furtwangler, a quién en una ocasión le tocó dirigir la Novena Sinfonía de Beethoven ante Goebbels. Cuenta la historia que luego de que el temible jerarca nazi de los medios de comunicación se acercó a darle la mano y felicitarlo por la calidad de su interpretación, el director se limpió la mano con un pañuelo.
  • En el capítulo El primo de Polo y el saxo dulce asocia sin desafinar a (Lilita) Carrió con Lalo Schifrin y a este con su primo, el abogado Leopoldo Schiffrin.
  • Para representar la derrota de Macri en el 2019 afirma, en porteño básico, que aquello fue “un baile”e invita a salir a la pista a bailarse un tangazo cantado por su admirado Raúl Berón.

Otro Horacio Verbitsky es posible a través de este juego cultural. Cada capítulo ofrece la posibilidad de accionar el código QR que, con el dispositivo correspondiente, convierte al libro en vehículo sonoro para escuchar a Django Reinhardt en Minor Swing o a don Osvaldo Pugliese en su himno La Yumba. Recién entonces podremos decir, también, esta es la música que escuchamos mientras leíamos a Verbitsky.

 

 

 

 

 

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