AMERICA LATINA EN LA ERA BIDEN

Certezas e incógnitas de lo que implicará la gestión de Joe Biden en el Cono Sur

 

Finalmente Donald Trump ha quemado todos sus cartuchos para impedir el triunfo de Joe Biden. El último intento por mantenerse en la Casa Blanca consistió en interponer una demanda –por medio del fiscal general de Texas– para que se anularan los votos en cuatro estados clave donde Trump había perdido por poco margen la votación (Georgia, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin). Pero esta fue rechazada categóricamente por la Corte Suprema de Justicia el viernes en la noche.

Si bien la mayoría de jefes de Estado saludó el triunfo de Biden tan pronto se conocieron los resultados de las elecciones del 3 de noviembre, el mundo recién respira aliviado de no tener que presenciar más el bochornoso espectáculo coprotagonizado por Trump y su abogado, Rudolph Giuliani, y descartar definitivamente cualquier posibilidad de interactuar por cuatro años más con un Presidente cuya conducta ha sido calificada por profesionales de la salud de su país como psicópata. El problema en realidad es que ha recibido 74 millones de votos y, sólo en su campaña para anular la elección, 208 millones de dólares. Le servirán para la próxima si no va preso por las investigaciones que lleva adelante la fiscalía de Manhattan sobre la Organización Trump. Los indultos presidenciales preventivos que Trump evalúa otorgar para sí mismo y para sus hijos, su yerno y su abogado no les servirán de mucho, puesto que estos sólo ofrecen protección contra delitos federales pero no contra los estatales o locales.

Mañana los miembros del Colegio Electoral emitirán su voto en cada Estado para remitirlos conjuntamente al Congreso y a los Archivos Nacionales el 6 de enero. Ya no hay excusa para que saluden a Biden los Presidentes que aún no lo han hecho: Rusia –acusada de interferir en las elecciones de 2016, que dieron la victoria a Trump–, Brasil y México. Jair Bolsonaro ha dicho que “realmente hubo muchos fraudes” en las elecciones de Estados Unidos y que él tiene sus “propias fuentes” mientras que Andrés Manuel López Obrador ha señalado que quiere ser “respetuoso de la autodeterminación de los pueblos” y esperar a que se “terminen de resolver los asuntos legales”.

Se especula que el silencio de AMLO es producto del pacto con su colega Trump para retirarle los cargos por narcotráfico, corrupción y lavado de activos al general Salvador Cienfuegos, ex secretario de Defensa de México durante el gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018). Cienfuegos fue arrestado en Los Ángeles a petición de la agencia para el control de drogas estadounidense (DEA). Su liberación, un hecho sin precedentes que AMLO explica por la confianza que se tiene en la justicia mexicana, fue ordenada por Trump a William Barr, fiscal general de Estados Unidos, a pesar que se asegura que las pruebas en su contra son sólidas.

Salvo estos detalles, la transición del gobierno continúa, ahora sí sin piedras en el camino. Los desafíos para Biden en el plano interno y externo son enormes y América Latina, salvo algunas excepciones, probablemente no ocupe un lugar central en su agenda.

 

 

De vuelta al multilateralismo

Biden tendrá que hacer un trabajo de filigrana para recuperar el liderazgo internacional que Trump le regaló a China durante su mandato al abandonar la institucionalidad multilateral en todos los ámbitos. Apoyada por las voces de la comunidad internacional, China aprovechó el espacio e hizo gala de la defensa del libre comercio y del multilateralismo, y del rechazo al unilateralismo y al proteccionismo.

El Presidente electo retomará la agenda de la política exterior de Barack Obama y reconstruirá el andamiaje internacional socavado por Trump. Es decir, impulsará la cooperación internacional y la alianza con sus aliados europeos. Ha anunciado que volverá al Acuerdo de París, a la Organización Mundial de la Salud, al Acuerdo Nuclear con Irán —firmado tras arduas negociaciones en julio de 2015—, revitalizará la Organización Mundial del Comercio, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entre otras abandonadas por Trump.

Mientras reconstruye el desorden de su antecesor, verá en actividad la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), el área de libre comercio más grande del mundo, creada en Hanoi el 15 de noviembre por los miembros de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (ASEAN) además de China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. La idea de formar la RCEP nació en 2012 como una respuesta de China para contrarrestar la influencia que Estados Unidos estaba tomando en Asia-Pacífico bajo el gobierno de Obama.

En efecto, Obama lanzó en 2010 la negociación del Acuerdo de Cooperación Transpacífico (TPP), una suerte de tratado de libre comercio entre doce países, entre los que se encontraban tres latinoamericanos (Chile, México y Perú), suscrito en 2016. Sólo faltaba la ratificación por los respectivos Congresos. Pero abandonarlo fue lo primero que hizo Trump cuando asumió el gobierno en enero de 2017, aludiendo que perjudicaba a los sectores manufactureros de su país, lo cual es cierto. Bajo el estandarte America First adoptó una estrategia guerrerista con China no sólo en el ámbito comercial —que no le ha dado ningún resultado— sino también en el tecnológico, militar y diplomático.

No es realista pensar que Biden piense en reactivar el TPP negociado por el gobierno de Obama. Las condiciones han cambiado y hay un reconocimiento implícito del fracaso del carácter neoliberal de la globalización, incorporado en los tratados de libre comercio, hecho que finalmente determinó el triunfo de Trump en 2016. Biden ha anunciado que privilegiará el empleo y la fabricación de manufacturas en su país bajo el lema “hecho en Estados Unidos”. Durante la campaña anunció que penalizaría a las empresas estadounidenses que trasladen los trabajos de fabricación y servicios al extranjero y luego vendan sus productos en Estados Unidos. En esencia, no hay mucha diferencia con Trump en este punto. Es una suerte de proteccionismo más educado.

Biden intentará superar las tensiones con la Unión Europea, su aliada estratégica. Trump le ha dejado una guerra arancelaria que fue respondida por Europa. El origen es una vieja disputa surgida a raíz de los subsidios concedidos por ambas partes a los constructores de aviones: a Boeing, en Estados Unidos, y a Airbus, en Europa. Además, Trump reclamó mayores aportes financieros a los europeos para el sostenimiento de la OTAN y tuvo duros enfrentamientos con Alemania que ha optado por construir un gasoducto desde Rusia a través del mar Báltico, el mismo que sustituiría las importaciones de gas natural licuado que importa de Estados Unidos a precios más altos y con mayores niveles de contaminación.

Algunos de las demandas a los europeos fueron justas, como los pagos a la OTAN, pero los modos de Trump son ajenos a los que rigen las relaciones internacionales. El intento de Biden de fortalecer la alianza con la Unión Europea se dará en un escenario en el que China se ha convertido, este año, en su principal socio comercial al destronar a Estados Unidos. Todo parecería indicar que la tendencia se mantendrá y habrá que prestar atención a las inversiones y al intercambio tecnológico. Lo que no queda claro todavía es si, como Trump, Biden presionará fuertemente para evitar que Europa adquiera la tecnología 5G de Huawei, entre otras. La iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, que pretende unir con proyectos de infraestructura física y digital en telecomunicaciones, entre otros a Europa, Asia y África, suscita el interés de muchos países europeos que preocuparon a Trump. Es probable que al Presidente electo también.

 

 

América Latina con Biden

Hay algunos temas en la región que tendrán un enfoque distinto al de Trump. Uno de ellos es el vinculado al Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador), región que sufre grados extremos de violencia provenientes de grupos delictivos organizados, que incluyen altos índices de homicidios, desapariciones, reclutamiento forzado en las pandillas armadas y extorsión. Conocedor del problema en esa región, Biden propone un paquete de ayuda de 4.000 millones de dólares con el fin de atender muchas de las causas de la migración. Además ha prometido enviar un proyecto de ley al Congreso con una “ruta hacia la ciudadanía” para los 11 millones de extranjeros indocumentados en Estados Unidos, gran parte de los cuales provienen de México, Centroamérica y el Caribe. Asimismo, insistirá en que se apruebe definitivamente un proyecto de ley de los dreamers, impulsado por el gobierno de Obama, que beneficiará a más de 700.000 jóvenes principalmente provenientes de México y Centroamérica.

Otro de los temas que abordará de una manera diferente a la de su antecesor es el de la tríada Venezuela, Cuba y Nicaragua. La asfixia económica, especialmente de los dos primeros, no sólo no ha dado los resultados esperados sino que ha ocasionado un efecto boomerang al dar lugar a una mayor presencia de China y Rusia en esos países. Biden continuaría con la política anunciada por Obama en la Cumbre de las Américas de Panamá en 2015, consistente en flexibilizar el embargo y lograr una apertura democrática en Cuba mediante negociaciones diplomáticas. De hecho, el nominado como Secretario de Estado, Antony Blinken, fue el arquitecto del levantamiento del embargo a Cuba.

Por otro lado, podría descartar como interlocutor al Grupo de Lima, foro creado en agosto de 2017 por 14 países del continente para buscar soluciones a la crisis institucional y económica de Venezuela. La contribución de este Grupo al diálogo en Venezuela ha sido un fracaso. Entre otros, el gobierno venezolano consideraba inadmisible que en algunas declaraciones del Grupo de Lima se exhortara a las fuerzas armadas de Venezuela a respaldar a Juan Guaidó. Por otro lado, la nueva correlación de fuerzas da lugar a que Argentina, México y a veces Costa Rica se abstengan de suscribir las declaraciones.

La política de Trump frente a Venezuela ha sido desastrosa y sólo ha deteriorado la calidad de vida de su población mediante las severas medidas de bloqueo. Asimismo ha incrementado el flujo migratorio hacia la región, especialmente hacia sus vecinos más cercanos —Colombia, Ecuador y Perú— que han visto desbordada su capacidad de absorción de estas corrientes migratorias. El 5 de enero surgirá un vacío legal para el reconocimiento internacional de Guaidó como Presidente, toda vez que caducará su investidura como presidente de la Asamblea Nacional, que dio lugar a su auto designación como Presidente. Es un tema que todavía le tocará enfrentar a Trump.

Los temas ambientales y el desarrollo de energías limpias serán sin duda aspectos destacados en la agenda con América Latina. En ese sentido, el electo Presidente retomará la propuesta Alianza de Energía y Clima de las Américas (ECPA) lanzada en la Quinta Cumbre de las Américas realizada en Trinidad y Tobago en 2009, que busca impulsar el desarrollo con bajas emisiones en carbono. Probablemente en este punto surjan conflictos con Brasil, al menos mientras Bolsonaro permanezca en el gobierno. La derrota de los candidatos afines al Presidente brasileño en las elecciones municipales del pasado 15 de noviembre parece indicar que Bolsonaro podría ser sólo un accidente histórico en este país.

 

 

Frenar a China

Lo que aún resulta una incógnita es saber si Biden utilizará los mismos mecanismos que Trump para abordar la creciente presencia de China en la región. La performance de Estados Unidos estará seriamente afectada por el mal manejo del Covid-19 y un deficiente sistema de salud que ha generado una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes. La economía caerá 4,3% en 2020 y con suerte crecerá 3,1% en 2021. El déficit fiscal asciende a 18%, y los niveles de endeudamiento y desempleo son exorbitantes.

China no sólo ha logrado controlar la enfermedad sino que este año tendrá una tasa de crecimiento de 2% y se estima que el próximo año será superior al 8%. En un escenario en el que América Latina tendrá en 2020 una caída económica superior al 8% y verá caer los flujos de inversión extranjera directa en un 50% —desde 2012 estos han caído casi ininterrumpidamente—, el interés de las empresas chinas de salir a invertir confluye con los intereses de la región.

En ese escenario de grandes desafíos internos para Biden, América Latina —salvo las tríadas mencionadas— no será el centro de atención, al menos, al inicio de su gestión. En cambio, para China, América Latina representa una ventana de oportunidades. China no sólo ha adquirido gran importancia como socio comercial, fuente de inversiones y prestamista en la región sino también presencia diplomática en organismos multilaterales de América Latina (OEA, BID, CEPAL, CELAG, entre otros). En 2017 la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda (BRI), un proyecto para desarrollar infraestructura, telecomunicaciones y tecnología digital, inicialmente pensado para unir a Asia con Europa y África, se extendió a América Latina y el Caribe. Diecinueve países de la región han suscrito memorándums de entendimiento con China en el marco de esta iniciativa. Empresas de ese país han ganado licitaciones importantes en proyectos de minería, energía y transporte, tal como ocurrió con la construcción del metro de Bogotá en octubre del año pasado.

Panamá (en 2017) y de República Dominicana y El Salvador (en 2018) finalizaron sus relaciones diplomáticas con Taiwán para establecerlas con China, a cambio de inversiones y préstamos. Juan Cruz, un oficial de inteligencia que entre mayo de 2017 y septiembre de 2018 se desempeñó como el principal responsable de la formulación de políticas para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional, llegó a decir que “los chinos se están comiendo nuestro almuerzo”. En 2018 el ex Secretario de Estado, Rex Tillerson señaló que la Doctrina Monroe –una política del siglo XIX bajo la cual Washington estableció que América era su esfera de influencia exclusiva y los intentos de las potencias extranjeras de intervenir serían considerados como actos hostiles– estaba más vigente que nunca. Esto implicó un giro con respecto a la postura del ex secretario de Estado de Obama, John Kerry, quien declaró en 2013 que esta había quedado obsoleta. La creciente presencia china en América Latina podría ser también perturbadora para el gobierno de Biden, por lo que sería probable que no retome la postura manifestada por John Kerry.

 

 

 

Iniciativas de Trump

Para frenar a China, Trump lanzó un conjunto de iniciativas. La más reciente, en septiembre de este año, la imposición en la presidencia del BID –históricamente reservada para un candidato latinoamericano— del candidato estadounidense, Mauricio Claver-Carone, un bloguero anticubano y ex asesor para la región en el Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca. China es miembro del BID desde 2008. Cuando Trump lanzó su nominación, portavoces de Biden se opusieron a ella. Sin embargo será complicado abrirse un nuevo frente, salvo que hubiese un pedido conjunto de los países de la región, la cual se encuentra atomizada en un sinnúmero de siglas de organizaciones inoperantes.

A fines de agosto de este año el Consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Robert O’Brien, lanzó un nuevo marco estratégico para América Latina y el Caribe en donde se menciona explícitamente a China como enemigo extra regional por “su influencia maligna” al querer expandir su participación de mercado, especialmente en la infraestructura 5G, para Huawei y otras agencias estatales de tecnología, aumentar la dependencia financiera de China y las exportaciones de recursos naturales a expensas de la soberanía de los países. En el documento se anuncia que Estados Unidos contrarrestará “la agresión económica de China”.

Así, ha presionado a Bolsonaro a que prohíba la participación de Huawei en la licitación para la instalación de la tecnología 5G, a pesar de que el sector privado considera que sería la alternativa más económica para el consumidor. De igual modo, Mike Pompeo visitó Chile para intentar impedir que la empresa china participara de la licitación para instalar la tecnología 5G, pero Piñera ha hecho caso omiso.

En diciembre de 2019 Estados Unidos decidió impulsar el financiamiento privado a proyectos de inversión en infraestructura, telecomunicaciones y redes digitales para lo cual lanzó la iniciativa América Crece con la condicionalidad de limitar la presencia china. Sin embargo, esta no dispone de recursos adicionales a los ya previstos en las agencias que supuestamente financiarán los proyectos. También se ha diseñado un plan Regreso a las Américas, un conjunto de incentivos tributarios para que empresas multinacionales de capital estadounidense, que actualmente operan en Asia, retornen a los Estados Unidos y, a partir de ahora, también a América Latina y el Caribe. Ambas propuestas son sólo buenos deseos.

La gran incógnita para la región es saber si Biden utilizará la estrategia de Trump de convertir a la región en parte de la pugna por el poder hegemónico global con China. El Covid-19 ha dejado exhausta a la todavía primera potencia mundial debido a un manejo irresponsable y un sistema sanitario deficiente. Existe la posibilidad de que Biden concentre más energías en solucionar los problemas internos y que no recurra al tipo de presiones ejercidas por Trump. No obstante, China continuará siendo una presencia perturbadora para el gobierno norteamericano. En este escenario, las decisiones de la región no deben supeditarse a los lineamientos de la seguridad estratégica de Estados Unidos, sino exclusivamente a los intereses de la región.

 

 

 

 

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