Convencer y sumar

Las nuevas coaliciones de izquierda, amplias y plurales

 

Desde que Carlos Marx escribiera en 1875 su Crítica al Programa de Gotha, proclamando que “el capitalismo sólo podría ser derrocado a través de la transformación revolucionaria de la sociedad” y que el periodo de transición política demandaba inevitablemente una “dictadura del proletariado”, las diferencias en la familia socialista se acentuaron. El congreso de Gotha aprobó la fusión de la Asociación General de Trabajadores de Alemania de Ferdinand Lasalle con el marxista Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania de W. Liebknecht y A. Babel para dar lugar al nacimiento de un nuevo partido que en 1981 adoptaría el nombre de Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). El nuevo partido se fue alejando de las tesis más radicales del marxismo y el revisionismo tomó carta de naturaleza con las propuestas formuladas en 1899 por Eduard Bernstein, quien publicó un ensayo titulado Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, donde formuló una crítica al marxismo ortodoxo y defendió la tesis de la adecuación del SDP a la práctica reformista que en realidad ya estaba siguiendo. Desde entonces la socialdemocracia ha renunciado a la supresión del mercado, reconociendo en él un instrumento insustituible para llevar a cabo la distribución racional de los recursos y, al mismo tiempo, ha optado por regular la distribución de la riqueza siguiendo criterios que no son estrictamente económicos. Gracias a este compromiso se ha regulado el capitalismo sometiéndolo a las decisiones políticas de la colectividad. En la actualidad los partidos socialdemócratas son las formaciones más importantes de Europa, reivindican una fuerte regulación de la economía capitalista por el Estado y promueven una redistribución equitativa del ingreso mediante sistemas de recaudación tributaria muy exigentes que sirven para financiar un poderoso Estado del bienestar. Los países nórdicos, donde la socialdemocracia gobernó por más tiempo, tienen los mejores índices según los procedimientos que se utilizan habitualmente para evaluar el desempeño económico, social y cultural de un país. Esos resultados se consiguen con unos niveles de presión fiscal (relación entre el PBI y la recaudación) muy elevados, que casi duplican a los de Argentina.

La otra variante del socialismo, es decir el marxismo revolucionario que siguió la línea trazada por Lenin, consiguió alcanzar el poder a través de un esquema que se asemejaba al de la Revolución Francesa. La toma violenta del poder para implantar la dictadura del proletariado demandó enormes sacrificios humanos y la transformación radical de los modelos productivos capitalistas deparó grandes privaciones a las generaciones que acompañaron ese esfuerzo. Con Stalin en la Unión Soviética el modelo derivó hacia un capitalismo de Estado en lo económico y un sistema totalitario en lo político. El enfrentamiento con el capitalismo occidental en el período de la Guerra Fría llevó a un sobre-esfuerzo económico que terminó provocando la implosión del sistema y la disolución de la Unión Soviética. Hoy, a la vista de los resultados, podemos decir que el mayor error del comunismo consistió en apartarse de las tradiciones del liberalismo político de la Ilustración, renunciando al Estado de derecho, al pluralismo político y la democracia representativa. Según una reciente encuesta del Pew Research Center, de 17 países del antiguo bloque soviético, entre ellos 14 que en la actualidad integran la Unión Europea, una amplia mayoría de personas del este y del centro de Europa apoyan la democracia parlamentaria y una economía de libre mercado aunque el grado de satisfacción no es el mismo. La mayoría de los polacos, los checos, los lituanos y más del 40% de los húngaros y de los eslovacos, por ejemplo, creen que la mayoría de los ciudadanos de sus países están mejor ahora que hace 30 años. En cambio en Rusia, en Ucrania y en Bulgaria más de la mitad tienen la sensación de que la situación ha ido a peor, pero nadie reivindica la vía revolucionaria del marxismo y los partidos comunistas han desaparecido o han cambiado de nombre. En América Latina, a partir de la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela, se produjo una última y postrera reivindicación de una vía revolucionaria para alcanzar el “socialismo del siglo XXI”, pero el invento no parece haber tenido éxito. El error que ha llevado al fracaso de esa propuesta ha sido la creencia de que los liderazgos populares autorizaban a conservar el poder indefinidamente sin contemplar la posibilidad de una alternancia. Fue justamente Ernesto Laclau con su reivindicación de la elección indefinida de los Presidentes quien contribuyó inopinadamente al fracaso de esa utopía fallida.

 

 

 

Las nuevas coaliciones

En la actualidad, si miramos el escenario europeo, lo que se verifica es el surgimiento de grandes coaliciones de izquierda, integradas por partidos que pertenecen por tradición a la socialdemocracia, junto con partidos comunistas reciclados con nuevos nombres, o formaciones más jóvenes que han surgido como resultado de la crisis financiera global que vivió el sistema capitalista a finales de la primera década del siglo XXI. El caso más interesante para analizar, dada la afinidad cultural y una cierta similitud con la realidad política de Argentina, es la coalición que en España han conformado el Partido Socialista Obrero Español liderado por Pedro Sánchez y el partido Unidas Podemos liderado por Pablo Iglesias. Debe recordarse que esta última formación está integrada por Izquierda Unida, una fuerza política que es la sucesora del Partido Comunista Español. Esta coalición entre un partido socialdemócrata y un partido más radical de izquierdas viene a demostrar que aquella vieja división que se produjo a finales del siglo XIX entre marxistas revolucionarios y socialdemócratas reformistas ha perdido toda vigencia y que en la actualidad existe consenso entre las fuerzas de izquierda europeas que no hay otro camino que el de las reformas votadas en el Parlamento como la única vía para construir una sociedad más justa e igualitaria. De algún modo la historia ha venido a darle la razón a Eduard Bernstein cuando afirmaba en 1898 que “hay que concluir que el socialismo llega, está en camino, pero no como desenlace de una colosal batalla política decisiva, sino como fruto de toda una serie de victorias económicas y políticas del movimiento obrero en sus distintos campos de actuación; no como consecuencia de un aumento cada vez más considerable de la opresión de la miseria, de la humillación de los obreros, sino como efecto de su creciente influjo social y de las relativas mejoras conquistada por ellos de índole económica, política y social general (…) La democracia no es ninguna varita mágica. También en ella hay que luchar, también en ella hay que acumular experiencia, también ella entraña peligros, nada pequeños por cierto. Pero por eso mismo, precisamente, sigue siendo la forma imprescindible de realización del socialismo”.

 

 

Eduard Bernstein, 1898: la democracia “sigue siendo la forma imprescindible de realización del socialismo”.

 

 

Es cierto también que dentro del camino emprendido por la socialdemocracia se han verificado retrocesos y que en alguna ocasión prevalecieron tendencias que pusieron en duda los mismos fundamentos de la socialdemocracia. Ese giro cristalizó en los ‘90 con la Tercera Vía, que tuvo como estrella al británico Tony Blair, quien además cometió el imperdonable crimen de plegarse a la guerra de Irak. Felipe González en España fue, en cierto modo, un precursor de las políticas impulsadas una década después por Blair. Se trataba de intervenir lo menos posible en los asuntos económicos con el argumento de que, dejado a su libre albedrío, el mercado sería fuente constante tanto de riqueza y empleo como de ingresos fiscales con los que sufragar las políticas sociales. Esta concepción se instala en el momento en que se produce una acentuada transformación del capitalismo con la expansión notable del crédito por la influencia del sector financiero que obtiene la libertad completa del movimiento de capitales. En materia fiscal se produce una competencia a la baja entre los países en los impuestos que afectan a las empresas multinacionales, y una desregulación de los mercados de trabajo que han dado lugar a un incremento notable de las desigualdades. En el caso europeo, la situación se hizo más compleja debido al proyecto de conformación de la Unión Europea, que provocó la cesión de soberanía a instituciones carentes de mandato popular como el Banco Central o la Comisión. De esta manera, algunos partidos socialdemócratas europeos aceptaron la pérdida del poder político representativo, lo que en opinión de algunos críticos llevó al olvido de la brújula del valor de la igualdad. La proliferación de partidos populistas de derecha en Europa ha sido, probablemente, la consecuencia más dañina de aquellas desviaciones. Explica también los conflictos que han tenido lugar en el interior de los partidos socialdemócratas, como el que ha vivido el PSOE en los últimos años y que derivó en la crisis que permitió el triunfo de la fracción renovadora de izquierda liderada por Pedro Sánchez.

 

 

 

El nuevo discurso

Una muestra del nuevo posicionamiento de los partidos socialdemócratas como el PSOE se puede obtener a través de la lectura del discurso que ante el Comité Confederal del partido pronunció el pasado 23 de enero Pedro Sánchez. Según el dirigente español, “hoy las democracias occidentales están amenazadas por un enemigo que es nuevo, que es el populismo reaccionario, el populismo de la ultraderecha y que es reconocible por las tres armas que siempre esgrime. La primera es el uso sistemático y diría también que desaprensivo de la mentira, que hoy se ve facilitado por la propagación y el impacto de las redes sociales. El segundo es el fomento constante, permanente, de la división social, de la polarización, el trato de los adversarios como si fueran enemigos. Y en tercer lugar el atropello sistemático a las leyes, a las instituciones, que puede revestir incluso formas violentas como hemos visto hace muy pocos días en una gran democracia como es la estadounidense”. Más adelante, en otro párrafo de su discurso, Pedro Sánchez ha reivindicado las viejas señas de identidad de la socialdemocracia, afirmando que “somos la izquierda que apuesta por el reconocimiento de los otros, de los que no piensan como nosotros, la izquierda que apuesta por la democracia representativa, por la participación también directa de los ciudadanos y de la militancia en los partidos; por el parlamentarismo, por la deliberación, por la suma y los acuerdos”. Añadiendo a continuación que “los cambios los hemos hecho reconociendo la legitimidad de las demás fuerzas políticas de la democracia, respetando la sustancia y también las formas de la democracia, tratando de convencer y de sumar, porque sobre esas bases se construyen las instituciones duraderas”.

En una velada crítica a las tendencias más dogmáticas que a veces anidan en la izquierda, Sánchez ha señalado que “somos la izquierda que nunca abandona el camino de la política y la persuasión, por muy lento y muy difícil que sea ese camino, para transitar otros caminos que nunca llevan al paraíso prometido. Hemos tenido mucho tiempo en nuestra larga historia para aprender qué es el paraíso, y de comprender que el paraíso es la sanidad pública de calidad, universal y gratuita, igual para todos y todas. Que el paraíso es poder estudiar hasta donde dé tu vocación y tu capacidad, y no hasta donde lo permita el dinero de tu familia. Que el paraíso es tener un sueldo y una pensión que te alejen de la indigencia. Que a veces, el paraíso es tener la casa caliente en invierno y fresca en el verano”. Pero, a continuación, se ha encargado de recordar que para alcanzar esos objetivos hace falta un gran esfuerzo: “Son paraísos posibles, lo sabemos, y también sabemos que nadie los regala, que se pagan con impuestos, no con los impuestos de unos pocos sino con los de muchos, con los de todos. Sabemos que la riqueza no cae del cielo, es producto del esfuerzo y el trabajo, y que tenemos primero que crear riqueza para luego distribuirla. Por eso sabemos que las cuentas deben cuadrar, que junto a cada gasto debe figurar un ingreso. Que los recursos públicos deben ser administrados con rigor, con equidad, con ejemplaridad, con transparencia y eso se hace con leyes. Y que los presupuestos y las leyes se consiguen con mayorías parlamentarias, que son más complejas cuanto más numerosas, que son siempre difíciles de alcanzar, siempre costosas”. Este reconocimiento pragmático de los condicionantes que operan sobre un gobierno responsable culminan con un llamado a la unidad de la izquierda: “Somos la izquierda que suma y se suma a todas las causas de la emancipación humana. Y sabemos distinguirlas y reconocerlas. Por eso hemos hecho nuestras las banderas del feminismo, de la diversidad, del respeto a la naturaleza, porque todas ellas son expresiones del mismo ideal de emancipación humana bajo el que nació la izquierda política que nosotros representamos. Somos la izquierda que no se cree única ni exclusiva, sino que reconoce otras izquierdas y procura sumarlas a su acción política: somos la izquierda que apuesta por la unidad de la izquierda”.

 

 

 

 

Las nuevas políticas

Esperamos contar con la condescendencia del lector por citas tan largas, pero si queremos tomar distancia del periodismo manipulador y juzgar a los dirigentes por sus palabras resulta inevitable citarlos sin recortes para trasladar con honestidad sus pensamientos. Y si hemos elegido ese discurso es porque creemos que no está demasiado alejado del discurso de Alberto Fernández, quien —no por casualidad— ha recibido  la calificación de “socialdemócrata” como si de un insulto se tratara. Es evidente que en el Frente de Todos existen algunos dirigentes que conservan un viejo rencor por la socialdemocracia que proviene de los tiempos antiguos en que militaban en el Partido Comunista. Pero son voces ancladas en el pasado, incapaces de observar los cambios que se producen en el terreno de las alianzas y en el interior de las fuerzas políticas. Basta mirar el escenario electoral en la Argentina para darse cuenta que sin construir una alianza amplia de centro-izquierda donde tengan cabida los socialistas democráticos, los socialdemócratas, los ex comunistas, los populistas de izquierda y los peronistas de todos los colores, no se conseguirá retener el poder. Una coalición tan amplia y plural, en un contexto donde los partidos políticos han prácticamente desaparecido, no podrá terminar de consolidarse si no evita dos errores que suelen presentarse. Uno es el de la intolerancia y la descalificación de los rivales internos, un viejo vicio que selló el destino de muchas formaciones de izquierda. El otro es el de la impaciencia, que se produce por no entender que para no perder la participación del centro político las políticas tienen que hacer inevitables concesiones a esa sensibilidad. Para ilustrar lo que decimos basta con un ejemplo tomado de la acera de enfrente: la coalición de Cambiemos sólo tendrá posibilidades de éxito electoral si evita caer en manos del ala de extrema derecha que lideran Macri y Patricia Bullrich.

Naturalmente, para que una coalición de izquierdas se consolide no basta con evitar los errores. También hay que hacer políticas propositivas, que aborden las reformas profundas que hacen falta para tener un Estado de bienestar de calidad. Este campo es infinito porque son enormes las tareas que están pendientes. Asumir ese desafío supone, además de las anunciadas reformas de la Justicia, llevar a cabo otras reformas para modernizar la estructura institucional y productiva de nuestro país además de contar con los ingresos necesarios para afrontar esa tarea. En el listado podrían entrar reformas en materia de política fiscal para acabar con un sistema impositivo endiablado; reformas en materia de salud para evitar la dispersión de esfuerzos; reformas macroeconómicas para terminar con la economía bimonetaria; y reformas en la Administración Pública para profesionalizarla y terminar con el tradicional favoritismo a los amigos y familiares. Tal vez si se emprendieran estas reformas políticas de calado y se sometieran al debate público se conseguiría motivar y entusiasmar a más ciudadanos y, como efecto secundario, lograr que la agenda política la marcara el gobierno y no los medios del establishment. Dos objetivos por el precio de uno. Finalmente, y a modo de coda, recordar que el proyecto de Perón, a pesar de los errores, fue en esencia el de un capitalismo regulado más Estado de bienestar. No por casualidad el partido que creó se llamó Partido Laborista, siguiendo el modelo de la socialdemocracia inglesa. Y el error histórico posterior, con todo lo que significaba, fue aceptar que se cambiara ese nombre.

 

 

 

 

 

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