¿BIDEN HOOD?

Los 100 días de Joe Biden y la condena al asesino de George Floyd marcan la llegada de la primavera 

Nueva York es una ciudad de extremos. Como siempre en esta época del año, el durísimo invierno sigue dando pelea mientras las hojas y las flores lo desafían en una demostración de exuberancia de esas que cortan el aliento. Muy pronto llegará el calor imposible. Los neoyorkinos están saliendo a la calle en estampida, como hacen ciertos bichos cuando alguien levanta una piedra que los esconde. En las décadas que llevo aquí, jamás vi los parques tan atiborrados de gente y es que el alejamiento de la segunda ola, junto con la llegada de la vacunación masiva y la primavera, abrieron finalmente las gateras. El crecimiento económico está en vías de alcanzar niveles pre-pandemia y una cierta esperanza flota en el aire. La vida parece posible una vez más en esta ciudad que suma más de 32.000 decesos por Covid. Viví aquí un momento atroz, con decenas de muertos sin rumbo apilados en un camión cerca de mi casa, y hoy la veo renacer. También la Argentina renacerá, aunque el medio del túnel parezca siempre el abismo más oscuro e interminable.

Brilla también una primavera política en los albores de la presidencia de Joe Biden, quien disfruta de una aprobación bastante superior a la que tuvo Trump durante todo su gobierno, debido a un buen manejo de la pandemia (prometió 100 millones de vacunas en 100 días y se realizaron 220 vacunaciones en ese período) y a una ambiciosa agenda económica y política. Biden llega a su centenar de días en el poder activando a todo ritmo una serie de propuestas que en Argentina podría definirse como “peronistas”, mientras proyecta una nítida imagen de fortaleza y de calma (lo que no es poco luego del desquicio vivido durante el gobierno anterior).

La costumbre de medir resultados de gestión en un mojón temporal de los 100 días, extendida hoy a muchos países, fue concebida por el Presidente Franklin Delano Roosevelt, no tanto como una forma de juzgar su performance presidencial, sino como una herramienta para medir los resultados de su famoso New Deal. Esta batería de medidas para combatir la Gran Depresión, creada e implementada a partir de 1933, sentó precedencia sobre la intervención gubernamental en la economía y logró salvar al capitalismo estadounidense a través del rescate de las clases medias y bajas del país.

Durante sus primeros 100 días, FDR, como se lo llama habitualmente a Roosevelt, pasó una cantidad de proyectos en el Congreso que nunca pudo ser igualada por otro presidente. El New Deal promovió la creación de trabajo y el apoyo estatal al desempleado, e instituyó la garantía de los depósitos bancarios. Desde la instalación de miles de nuevas líneas de electricidad en el campo a la distribución de fondos millonarios para el desarrollo de las artes (cuyo inmediato florecimiento produjo algunas de las obras más importantes de la cultura norteamericana), la nación entera fue “tocada” por un programa que restauró la confianza en el futuro y en el sistema. Ese es el modelo de Biden, quien no tiene posibilidad alguna de no quedarse corto en su ambición, pero podría decirse que lo intenta.

El paquete familiar de U$S 1.8 billones propuesto por el Presidente el 28 de Abril en su primer discurso ante al Congreso incluye preescolaridad gratuita, dos años de Universidad Comunitaria libre y pagos mensuales de hasta U$S 250 al mes por familia, y se suma al paquete de Infraestructura propuesto unas semanas antes —de U$S 2.3 billones— que creará millones de puestos de trabajo con importantes inversiones en el desarrollo de transporte, vivienda y manufactura, y en el cuidado en de ancianos y discapacitados. La idea de Biden es fortalecer las áreas cuya fragilidad quedó desenmascarada por la pandemia. La tarea será hercúlea: con una diferencia minúscula en el Congreso y 50/50 en el Senado (con Kamala Harris decidiendo en caso de empate), ciertos legisladores demócratas moderados, como el senador Joe Manchin, aprovechan su enorme poder virtual de veto y una flamante y omnipresente exposición mediática para poner en vilo a Biden. Un mero voto puede frenar el impulso redistributivo del Presidente, quien propone pagar gran parte del gasto público subiendo los impuestos a los más ricos y a las empresas, iniciativa que ha llevado a algunos medios a escribir títulos coloridos como “Biden abraza a su Robin Hood interior”. El Wall Street Journal, siempre más discreto, titula: “El plan económico de Biden distribuirá billones”,  transparenta, nota por nota, su enorme recelo al respecto.

Para los republicanos (quienes sufrieron una reacción alérgica al primer discurso del Presidente en el Congreso, con sus menciones a los sindicatos y a los trabajadores como las verdaderas fuerzas que construyeron al país), Biden viene por todo, ¡hasta por sus hamburguesas! (Según una delirante teoría conspirativa replicada por congresistas adictos a Trump, los demócratas “quieren limitar el consumo de carne a cuatro libras por año”.) La realidad es que el partido tarda en reaccionar y no hay un consenso en sus filas sobre cómo armarse contra Biden. El caballito de batalla republicano siempre ha sido la crítica al gasto público, y luego del derroche de Trump —que aumentó la deuda en 73 billones de dólares— ya no resulta creíble. Por lo tanto, las energías políticas están siendo canalizadas en la batalla cultural: inmigración, religión, el colectivo LGTBQ y el movimiento Black Lives Matter. Mientras los fundamentalistas del ahorro fiscal del Tea Party pierden terreno, legisladores trumpistas como Marjorie Taylor-Greene proponen sin vergüenza una muy racista asamblea de republicanos “unidos en  el respeto común por las tradiciones políticas anglosajonas”. Con la sombra de la insurrección del 6 de enero sobrevolando el presente, la falta de consenso que provoca la figura de Trump y la realidad de un Presidente que dista mucho de la imagen de títere senil que los republicanos imaginaron, el partido está en problemas.

Escucho la risa de mi hijo hablando con un amigo, esa chispa que es la banda de sonido del entusiasmo humano, mientras escribo esto. Tiene sólo dos años más que Brandon Scott Hole, que se suicidó a los 19 luego de matar a nueve trabajadores de correo. Es evidente que lo que no logra mejorar en esta primavera es el estado de violencia constante. Del 15  de marzo al 15 de abril hubo 48 tiroteos masivos. Los crímenes de odio siguen en aumento, con seguidilla de sinagogas vandalizadas, ataques contra orientales (probablemente relacionados con las constantes referencias de Trump al “virus chino” durante 2020) y el consabido exceso policial que sigue cobrando vidas, particularmente las afroamericanas. El juicio a Derek Chauvin, el policía que el 25 de mayo de 2020 apretó su rodilla sobre la garganta de George Floyd durante nueve minutos y 28 segundos (causando su muerte y encendiendo un sinfín de manifestaciones y disturbios) fue un proceso que chisporroteó en una sartén a llama viva, copando los titulares y los análisis políticos durante semanas. El 8 de abril, finalmente, el jurado encontró al policía culpable de los tres cargos de homicidio por los que fue acusado.

La pregunta es si realmente esta decisión tan celebrada significa un cambio de paradigma en cuanto a la violencia y el abuso de poder ejercido rutinariamente por la corporación policial. Hay decisiones del Procurador General elegido por Biden, Merrick Garland, que dan algunas señales positivas: el 16 de abril rescindió una decisión del gobierno de Trump por la cual se había recortado el uso de los “decretos de consentimiento”, una herramienta fundamental del Departamento de Justicia para el control y la supervisión de las prácticas policiales a nivel local, y recientemente anunció una investigación general sobre la policía de Minneapolis. Más allá de las intenciones, la muerte en manos de la policía de Daunte Wright, un joven de 20 años, en esa misma ciudad y apenas tres días después de la condena de Chauvin, habla a gritos de la enorme dificultad que existe para cambiar este estado de cosas.

Si bien me toca vivir aquí, observando y viviendo esta realidad ajena, mi pensamiento siempre vuelve a la Argentina, ese país que hoy enfrenta la maldición de un segundo invierno en pandemia sumido en una retroalimentación del odio opositor que hace todo aún más amargo y trabajoso. Allí donde se abre la grieta se alimentan los cuervos, transformando la mayoría de los programas de noticias en una suerte de gran comilona que provoca hartazgo e hinchazón. De ahí la ruta se dirige directamente al vomitorio de Twitter, y de vuelta al zapping: una verdadera y circular temporada en el infierno. Me doy cuenta cuán importante es, particularmente en este momento tan difícil, mantener viva la llama que nos mantiene abrigados. Albert Camus comprendió que llevamos un verano dentro. Somos frágiles, pero invencibles, y estamos preparados para atravesar el invierno y recibir nuevamente a la primavera. Porque a veces parece que nunca volverá, pero siempre llega.

 

 

EL VERANO INVENCIBLE 

En medio del odio me pareció que había dentro de mí un amor invencible.

En medio de las lágrimas me pareció que había dentro de mí una sonrisa invencible.

En medio del caos me pareció que había dentro de mí una calma invencible.

Me di cuenta, a pesar de todo, de que en medio del invierno había dentro de mí un verano

invencible. Y eso me hace feliz.

Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra, dentro de mí hay algo mejor empujando de vuelta.

                                                 

                                                                                                 Albert Camus

 

 

 

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