El viaje de Biden

Estados Unidos no pretende ser emulado sino fortalecerse para hacerle frente a China

 

En agosto pasado el elocuente profesor Cornell West, entonces en Harvard, declaró al Washington Post que Joseph Robinette Biden Jr. tenía tanto carisma como un pez muerto. El tecnicismo era una muestra del malestar que causaba entre el electorado izquierdista su dependencia política de un triste burócrata para liberarse de la pesadilla Trump.

Una serie de razones impedían que el ex Vicepresidente del frustrante Barack Obama despertara alguna simpatía entre los progresistas: sus muchos años en el pantano político de Washington, los negociados de su hijo a cuenta de su poder y un largo etcétera. Es claro para cualquiera que Biden ocupa su puesto porque el establishment del partido Demócrata logró interponerlo para descartar a Bernie Sanders, primero, y a Elizabeth Warren, después. Ambos senadores eran la esperanza de un giro hacia la izquierda del partido de Wall Street y del feminismo del 1%, como lo definió Nancy Frazer: las reivindicaciones de las carreristas corporativas antes que las demandas de las mujeres del pueblo.

Eso no hizo ninguna diferencia para la retórica de la zona Trump: los acusaron a todos de comunistas. Para mérito del derrotado Sanders, hay que decir que fue él quien puso en circulación el término socialista entre los jóvenes de la Posguerra Fría. Esa reivindicación histórica es algo que el establishment imperial nunca le perdonará. Es su legado y su victoria.

 

 

¡Up! GOP

La zona Trump es ahora casi todo el Grand Old Party (el partido Republicano conocido por la sigla GOP). Desde su feudo de Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, Trump sigue controlando el aparato. Hay dos aspectos curiosos en esta situación.

El primero es que el GOP, el partido más antiguo de la edad contemporánea, se encuentra en manos de un lumpen millonario en un momento en que casi todos los partidos del mundo parecen disolverse en el aire. Eso invita a pensar sobre las democracias que a menudo incluyen a los partidos en sus constituciones como elementos centrales para su funcionamiento. Los partidos se diluyen. ¿Las democracias también?

El segundo hecho es coyuntural. La que enfrenta de manera abierta la jefatura de Trump es la diputada Liz Cheney, hija del Vicepresidente de Bush Jr. Una película que revisa la trayectoria de Dick Cheney se titula Vice, jugando con el doble significado de la palabra inglesa: vice y vicio. En este contexto, que se podría ampliar con facilidad, Liz es la promesa conservadora para la regeneración política del GOP.

Como sea, la señora Cheney está sufriendo los embates de un derrotado extraviado pero que conserva poder en el país del éxito. En parte porque sigue denunciando que le robaron la elección. Esto es algo que Liz rechaza con argumentos institucionales; antes había llegado a apoyar el impeachment contra el Presidente. Esta semana su rebelión le costó el cargo que detentaba en la bancada republicana. Se encuentra aislada, incluso los miembros del Parlamento que le dan la razón temen manifestarse.

 

 

Liz Cheney y el silencio de las ovejas del Partido Republicano que la castigaron por cuestionar a Trump.

 

 

El propio GOP conserva un poder considerable aunque sólo tiene para exhibir, como logros recientes, la presidencia de Bush Jr y la de Trump. La primera inició dos guerras que no ganó y se eternizaron, algo que en estos días Trump aprovechó para achacar a la familia Cheney. La era Bush también ofreció a los cubanos lecciones sobre derechos humanos en Guantánamo y, de paso, culminó su gestión con el mayor colapso financiero de la época. Por su parte, Trump se hundió menospreciando una pandemia que arrasó el país, entre otros detalles de color.

La imagen reciente del GOP se asemeja a una pira de cadáveres propios y ajenos. Con todo, Trump perdió por un margen poco impactante. Es cierto que Biden parecía uno de los principales activos para asegurar su reelección. El entonces mandatario seguía siendo, incluso después de cuatro años de administración errática, un personaje extravagante pero renovador en la escena política. El flamante jefe del ejecutivo Biden, en contraste, había pasado más de cuatro décadas y media en el recientemente ultrajado Capitolio, primero como senador y luego como presidente de la cámara.

La democracia más dinámica y ejemplar de la tierra está llena de este tipo de ejemplos patrimoniales. Varios senadores se han mantenido treinta, cuarenta o más años en sus bancas. Biden era todo aquello que los votantes populares de Trump deploraban, y no sin algo de razón. A pesar de eso, ganó las elecciones.

 

 

¿Un keynesiano impasible?

El inesperado discurso que el nuevo Presidente pronunció ante su familiar Capitolio en vísperas de los primeros 100 días de gestión despertó todo tipo de entusiasmos y comentarios. ¿Implicaba el fin de la economía financiarizada? ¿Se acababa el neoliberalismo iniciado en los años 1970 y potenciado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan?

Biden declaró que el “derrame” realmente no existía. Era un falso consuelo ortodoxo pensar que la multiplicación de riqueza generaría, a partir de cierto punto, beneficios para quienes perdían en lo inmediato. El Presidente siguió anunciando un programa de gastos para estimular la economía, combatir el cambio climático y propiciar la justicia social.

Aunque políticamente disminuidos por la derrota y su crisis interna, los conservadores hicieron sonar todas las alarmas. La primera de ellas fue la inflación. Si Washington seguía derrochando dinero como un marinero borracho habría consecuencias en los precios, advirtieron. El problema es que hace años vienen acusando a Washington de lo mismo y no hubo inflación relevante, aunque es cierto que el programa actual es más ambicioso que todo lo visto anteriormente. Es casi tres veces mayor que la inyección de dinero que aprobó Europa; perdón, léase Alemania. Otra diferencia con Estados Unidos es que Europa ya tiene un Estado de bienestar, aunque haya sido recortado tantas veces.

Biden anunció un aumento de impuestos para las grandes corporaciones y los ricos, si bien no al nivel que estaban antes de la drástica baja de la era Trump. En Estados Unidos eso equivale a meterse con la última línea del honor personal. La intimidad misma, las señales de tránsito, la cerca del jardín delante de la casa, los fundamentos de la civilización.

De hecho, el aumento de impuestos lo pone en la línea del viejo New Deal de Franklin Roosevelt y a distancia de John Maynard Keynes, quien no lo propiciaba. Este dirigió a aquel una carta abierta aparecida en The New York Times el 31 de diciembre del aciago año 1933 (en enero Hitler había accedido al poder). La carta explica la dialéctica entre recuperación y reforma. La primera era por supuesto la más urgente, pero se debía basar en el gasto nacional respaldado en deuda (nacional) y estimular un vasto y rápido programa de obras públicas e inversiones infraestructurales. Su recomendación fue sobre los ferrocarriles que Estados Unidos nunca consiguió desplegar a la medida de su territorio, para beneficio de la industria del automóvil. Ahora el programa de Biden incluye ambiciosas inversiones en infraestructura y energías limpias. Pero sube impuestos.

 

 

Aburrido pero radical

El nuevo programa presidencial abreva entonces en fuentes de la historia doméstica y no sólo en doctrinas británicas. Pero debe enfrentar arraigadas convicciones vernáculas. Más impuestos, más inversión pública, más subsidios constituyen, para la mentalidad del conservadurismo republicano, el camino al infierno.

Hace décadas que, gracias al triunfo absoluto del neoliberalismo, la idea de gastar resulta inaceptable puesto que causaría inflación, desestimularía la innovación y la inversión, implicaría una carga impositiva antieconómica, etc. El discurso de Biden llegó al punto de estimular la sindicalización; además pretende aumentar el salario mínimo.

Para todo un sector de una cultura política polarizada del país configura un plan extremista. El patriota texano Ted Cruz, ex candidato presidencial, quien en medio del colapso energético de su Estado ocasionado por un temporal de nieve durante el último invierno se concedió una excursión familiar a las playas mexicanas, sintetizó su opinión sobre el discurso del Presidente cuando salía de escucharlo en el senado: “Aburrido pero radical”.

¿Qué impulsa a un demócrata “moderado”, con una consistente trayectoria imperial y neoliberal, a un giro tan señalado? Al menos en el plano del discurso (la realidad está por verse) el gris burócrata se vistió de fucsia.

 

 

Mao & chips

¿Por qué es Biden capaz de sostener este giro? Una referencia histórica quizá ayude a aclarar parte del misterio. La expresión “el viaje de Nixon a China” se convirtió en una fórmula política. Alude al hecho de que sólo un Presidente republicano, con todas sus credenciales derechistas certificadas, podía realizar el audaz movimiento de visitar a un líder revolucionario. No a un funcionario, como cualquier jerarca de la URSS, primera o segunda generación de comunistas, sino al que había encabezado la revolución y era conocido, temido, detestado, admirado y seguido en todo el mundo bajo el nombre de Mao.

Nixon no voló a Pekín en 1972 para celebrar al dirigente de la Larga Marcha, sino para sellar un pacto contra la URSS, con la cual Mao ya estaba enemistado desde hacía una década. En ese tiempo, la influencia de las corrientes maoístas en Occidente estaba en su cenit. Las cosas han cambiado un poco desde entonces. El maoísmo se volatilizó a nivel mundial. China ya no es el aliado comunista contra el otro comunismo sino el competidor capitalista de la globalización que está a un microchip de superar al amo del mundo.

Según explicó Thomas L. Friedman, China no logra hacerse con la tecnología necesaria para fabricar semiconductores, que resultan esenciales en la supercomputación y requieren una tecnología muy cara y complicada que dominan sólo un puñado de empresas. Para mayor humillación, la fábrica de microprocesadores más grande y sofisticada del mundo, provista de tecnología estadounidense, se asienta en Taiwán, una isla cuya soberanía China reclama. The Economist informa que el Departamento de Comercio de Estados Unidos está abocado a dificultar el desarrollo de semiconductores chinos.

Esta debilidad tecnológica se suma a cierta fragilidad en otros planos: menos portaaviones, menos “soft-power” (el atractivo ideológico del estilo de vida y la industria cultural: la moda, las series, la música). Es cierto que en el mundo de objetos de cada hogar hay una sorprendente cantidad de made in China y la gastronomía de ese origen halló su lugar en el mundo, pero no existe una corriente de occidentales que busquen emigrar allí.

Es posible que la imagen de China salga beneficiada por su activa diplomacia sanitaria. A la fecha, Estados Unidos no tiene sino muertos y egoísmo para exhibir, aunque ahora Biden se decidió a impulsar la liberación de la propiedad intelectual de las vacunas (lo que puso a Alemania a su derecha, puesto que se niega a regalarle la tecnología ARNm a China, desarrollada en sus laboratorios por eminentes descendientes de turcos y aprovechada por Pfizer).

 

 

Es también China, estúpido

¿Cuáles son los fines del Presidente de Estados Unidos? El viaje de Biden al New Deal es menos hacia China que contra China. No es un viaje en el espacio; es un viaje en el tiempo y hacia el futuro. Ya no se trata de sellar una alianza con China sino de hacerle frente. Su discurso busca revigorizar a Estados Unidos y relanzar su liderazgo. Una cosa son sus medidas domésticas –aumentar el salario mínimo, auspiciar la sindicalización, financiar familias, proteger la niñez y el ambiente, asegurar la salud– y otra su política exterior. Según Susan Watkins, la política social que lanza Biden se dirige a recuperar su electorado tradicional y a rescatar el nacionalismo que hasta ayer se orientaba hacia Trump. Sus objetivos geopolíticos son, además, fundamentales.

En un sentido todos esos planos están muy relacionados: el distribucionismo interno busca reactivar la economía del país para volverlo fuerte y atractivo frente el rival chino, que de algún modo hace lo mismo cuando busca estimular un mercado interno y eliminar la pobreza. ¿No se contuvo al comunismo soviético en Europa con un plan Marshall y construyendo un estado de bienestar con fuertes sindicatos? Ahora Estados Unidos aplicaría esa medicina en su propio territorio, aprovechando la desorientación moral del postrado GOP trumpista.

La estrategia demócrata busca también apropiarse de la consigna proteccionista del made in America y sumar a ella una cobertura social y sanitaria de inspiración europea. Intenta así recuperar su antigua base social proletaria convertida en white trash o basura blanca que decidió el triunfo de Trump en 2016 porque la globalización, promovida por los demócratas, la había dejado en la calle. Al mantener el tono beligerante con China, Biden ensaya también una maniobra de atracción hacia los sentimientos patrioteros que acaparó el trumpismo en su momento.

El discurso doméstico de Biden no pretende, sin embargo, una expresión internacional. Estados Unidos no está alentando a que los países bajo su órbita lo emulen. Por cierto que líderes como CFK pueden tomarle la palabra y justificar en base a ella el impulso a medidas sociales y económicas en sus países. Pero el programa de Biden no es para el mundo; es más bien una receta para fortalecer a su partido, a la nación que preside y a su debilitada hegemonía imperial ante el ascenso del dragón chino. En los medios se diferencia mucho de Trump, posiblemente también en algunos fines; pero su apuesta es mucho más ambiciosa y coherente. ¿Correrá mejor suerte?

 

 

 

 

 

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