Acerca del inimaginable proceso de funcionamiento de la IA y de su desarrollo desenfrenado, colijo que no existe obra más didáctica que el libro Si alguien la crea, todos moriremos (Por qué la superinteligencia artificial es una amenaza para la humanidad), de dos eminentes ingenieros de primer nivel mundial, Eliezer Yudkowsky y Nate Soares. Esta nota proviene de su lectura.
Me atrevo a afirmar que la IA, aunque llegara al estadio de SIA (súper inteligencia artificial), no dejaría de ser una herramienta creada y utilizada por humanos. Si al dar un golpe sobre un clavo con un martillo, éste, a velocidad inmedible, decide no golpear el clavo sino tu ojo, la solución no es difícil. Hay que tirar y destruir todos los martillos.
Cuando, de acuerdo a los fuertes y fundados temores de los ingenieros especialistas, la SIA entre en zona de estar capacitada para manejar nuestras vidas, la solución, en principio, no es más complicada. Hay que desenchufar todas las máquinas y crear un mecanismo de férreo control mundial para que, ni pública ni privadamente, en ningún país, se construyan esas máquinas.
No es distinto a lo que sucede con la fabricación de bombas nucleares, capaces de producir una mortalidad masiva e incontrolable en sus extensiones una vez producidas sus explosiones. Ni tampoco a la prohibición de fabricar alimentos envenenados (en un extremo casi inocente) o a las guerras bacteriológicas (en el otro). Y recordemos que, luego de intensos temores de una guerra nuclear hacia los ‘60 del siglo pasado, e inclusive algunos episodios críticos, esas armas no se utilizaron y rigen tratados hasta ahora confiables. También se atiende estrictamente y se combate la producción de consumos venenosos –drogas, cigarrillos, cualquier alimento– y no ha habido guerras bacteriológicas.
A mi modo de ver, contrario a hipótesis catastróficas que provienen de muchos científicos ingenieros, en tanto se trata de herramientas –y no de agentes independientes del control humano– es un problema político, de poder. Claro está que, cuando decimos que es un problema de poder, entramos de lleno en una cuestión que es un desafío no menos grande para la humanidad. Cuando cambiamos el eje del obstáculo de la ingeniería a la política no hemos amenguado la magnitud de las inmensas dificultades que tenemos por delante.
Existe una analogía entre los muy distintos desafíos que abordamos con el mismo propósito. La técnica está avanzando tanto que comienza a inmiscuirse en los dominios del hombre. El capitalismo ha avanzado a tal punto que su propia mecánica de búsqueda incesante de ganancias lo está fagocitando a él mismo, derrotado por el tecno feudalismo, que para la explotación despiadada de seres humanos utiliza la técnica en un sistema productor de mercancías –explotador, pero proveedor y sometido– desde unas poquísimas grandes plataformas en manos de un puñado de mil millonarios en dólares – Musk, Bezos, Zuckerberg, Gates, Buffett, Ellison.
Esos dos ámbitos están entremezclados en una fusión que, efectivamente, produciría muy malos resultados para la humanidad. Pésimos, letales. Las inmensas fortunas y el poder consiguiente de esos poquísimos protagonistas se basan en la utilización, precisamente, de los avances tecnológicos.
Estos no son dañinos por sí mismos; al contrario, su buen uso es de gran utilidad en inúmeros campos del quehacer humano y han contribuido a resolver problemas –por dar solo un ejemplo– nada menos que de salud, que han derivado en un significativo aumento de la vida activa con una prolongación inimaginable hace un siglo, e increíble en términos históricos.
El intrincado nudo del problema a resolver es que el avance tecnológico se ha dado –y no era requisito que fuera así– según las reglas de producción y reproducción capitalistas. Por lo tanto, en busca de la ganancia máxima a como dé lugar. Esa búsqueda del beneficio en dinero que sea inalcanzable para cualquier competidor es por completo indiferente a si es buena o mala para el planeta: si es más barato usar petróleo, pues se usa petróleo aunque se produzca una contaminación ambiental perniciosa para la vida; si una creación tecnológica puede llevar a la muerte de la humanidad, no tiene importancia alguna si mientras tanto proporciona dinero y poder. La crueldad del sistema es tan siniestra que, inclusive en el ámbito de la salud, cuando un laboratorio de dimensión intercontinental produce un nuevo remedio que cura una extendida enfermedad, si comprueba que sólo él lo posee y la salida al mercado significaría la obsolescencia de otro remedio suyo del que tiene un gran stock, pues entonces guarda el recién descubierto para más adelante, para cuando se acabe o mengüe el menos eficaz, aunque así provoque muertes evitables. Y atención que he ejemplificado con un tema, la salud, en el que ponderé sus resultados. Así, con esa amoralidad, funciona el sistema hasta en las cuestiones más nimias.
No podemos, como hizo Alejandro, terminar con el nudo de un sablazo.
Con enjundia, estudio, tenacidad, con prudencia pero con premura, debemos construir un Estado mundial, o un organismo sólido de naciones con funcionamiento democrático participativo, con el poder en manos del sector no capitalista, con las peculiaridades propias de cada uno pero con un firme rechazo a que el sistema dominante sea el que nos trajo hasta aquí. Ese organismo, en el que no puede faltar ningún país pero con la presencia imprescindible de las grandes potencias, debe habilitar en su constitución la intervención eficaz, por el medio que sea necesario, sobre cualquier centro, estatal o privado, que produzca SIA.
Como corresponde a la Argentina que vivimos, con Milei a la cabeza hemos iniciado el camino contrario. El enfermo psiquiátrico que hemos elegido no sólo quiere destruir a nuestro Estado y a los hombres y mujeres que vivimos en él. Objetivamente está implicado en la destrucción de la humanidad entera.
El 9 de junio último, después de estrechar relación con otro dueño de plataformas digitales, Peter Thiel, simpatizante nazi creador de la plataforma Palantir que ha decidido establecerse en la Argentina, Milei publicó una nota en el Financial Times invitando a invertir en la IA en el país. “Nuestro marco ofrecerá condiciones inigualables”, con actividad desregulada y beneficios fiscales. Para no ocultar que es un ignorante con opiniones incalificables, comparó su plan con la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales: “Con el espíritu de los comerciantes neerlandeses que convirtieron a Amsterdam en la capital financiera del siglo XVII, pretendemos ofrecer el entorno legal y fiscal más atractivo para las compañías de IA que definirán el siglo XXI. Que Buenos Aires se convierta para la IA en lo que Amsterdam fue para la era de la navegación”. Añadió que “la IA nos liberará de las restricciones del cerebro humano”. No tiene ni idea que si la IA llega a ese nivel no parará hasta ser SIA –súper inteligencia artificial– y lo que menos le interesará serán los seres humanos, a los que eliminará por inútiles y molestos. En el colmo de su ignorancia ególatra, insertada en su extremismo de derecha, Milei busca garantizar que la IA esté exenta de responsabilidades, cuando León XIV acaba de señalar en su primera encíclica que “quienes diseñan o financian estos sistemas asumen una responsabilidad moral de la que no pueden eximirse”, y que “la libertad, en la era digital, no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público”, que necesita “normas claras” y “límites”. Denuncia que “en el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico” y que detrás hay “una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas”.
Ya en 2013, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco había cuestionado a las “ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas”. León XIV reconoce este “espíritu profético” de Francisco –yo diría el elevadísimo nivel político que lo adornaba– y agrega que “en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado”.
Tenemos entonces, como dije antes, que con enjundia, estudio, tenacidad, con prudencia pero con premura, debemos construir una sociedad con un funcionamiento democrático participativo, con el poder en manos del sector no capitalista, a nivel mundial. En la Argentina, su clase política, sus intelectuales, sus educadores, sus científicos, sus periodistas en los medios de difusión, sus artistas, tienen una tarea inmediata. En defensa propia y colaborando con toda la humanidad, deben lograr una masiva y bien motivada expulsión del Presidente.
Sólo otros dos líderes mundiales –aceptemos, con sorna, que Milei lo es– se han manifestado sobre este gran problema y lo hicieron en términos diametralmente opuestos a los de nuestro Presidente.
Uno fue el millonario financista y líder del partido Conservador británico Rishi Sunak, quien reconoció riesgos derivados de la inteligencia artificial. El otro, el Presidente de China, Xi Jinping, en un artículo sobre gobernanza mundial, hizo un llamamiento a “garantizar que la IA permanezca siempre bajo control humano” [1].
Afirmamos nuestro profundo convencimiento de que es un problema de la política. Si así es, lo que tenemos hasta ahora es muy poco.
[1] Yudkowsky y Soares, en el libro citado el comienzo, pág. 245.
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