¿A esto le llaman justicia?

La muerte impune de Walter, en el comienzo de los Tiempos Violentos rosarinos

 

14 de Febrero del 2010. Un día de verano, de un verano húmedo, caluroso, como cualquier otro. Esa noche Newells Old Boys caía ante Huracán 2 a 1 en Parque Patricios. La hinchada golpeada por la lluvia y la derrota regresaría a Rosario en diez micros. Alrededor de las 5 am entre cumbias, ronquidos y lluvia, la taciturna calma se modificaría con el sordo ruido del estallido de dos cubiertas de uno de los micros. En ese micro viajaba el líder de la barra, Panadero Ochoa. La detención imprevista, el estallido de dos cubiertas, despertó a la mayoría de los sorprendidos pasajeros. Cuando sus ojos cansados pudieron penetrar la lluvia de los empañados vidrios se encontraron con las luces del barrio Las Flores. Los minutos pasaron hasta que finalmente vieron acercarse lento, al esperado colectivo de auxilio que les permitiría iniciar el final de esa noche de perros. Con la voluntad y la energía consumidas, los 52 cuerpos cansados comenzaron a moverse. Con menos que poco orden, frente a la puerta del decolorido bus urbano se fue formando una fila con forma de serpiente que unía los dos micros. El lento movimiento de la serpiente se vio iluminado e interrumpido una lluvia de balas tan copiosa como el aguacero de verano que los bañaba. El manto de lluvia, que hacía más oscura la noche, apenas podía ocultar las bocas de los cañones de las varias armas. Los disparos habían empezado cuando el reconocible cuerpo del Panadero puso un pie en tierra con intenciones de subir al micro. Hacía un rato largo que estaban esperando que el jefe diera la señal. Las condiciones climáticas no eran las esperadas ni las mejores para dar en el blanco móvil. Desde esa distancia, no más de 15 mts, a pesar de la oscura noche de lluvia, era difícil fallar. Como era previsible decenas de balas agujerearon vidrios, chapas, etc. Sin embargo, las balas no darían en el Panadero sino en el pequeño cuerpo de Walter que cayó herido de muerte sobre los escalones de la puerta del micro. Los que pudieron subieron con el niño moribundo y el micro salío veloz en dirección al Hospital de Emergencias.

Ningún móvil policial se aproximó al rescate. La zona había sido liberada y los autores huyeron. Los hechos ocurridos fueron un episodio sin antecedentes en en todo el territorio provincial en democracia. En pocos minutos comenzó a deslizarse el nombre de una persona como principal sospechoso, Pimpi Caminos, destronado Rey del Paravalanchas Leproso. El Pimpi habia sido condenado a estar lejos de las canchas y antes de cada partido de NOB debía ingresar a los calabozos de la Comisaría 11. Esa noche no había dado el presente. Tampoco la policía había dado aviso de su ausencia. Como algunos esperaban, móvil no le faltaba, las sospechas cayeron sobre él. Sin embargo, circulaban fuertes versiones indicaban que el hecho, si hubiese ocurrido exactamente como se había planeado, le hubiese otorgado al clan Mono Cantero la posibilidad de matar dos pajaros de un tiro. Pasar a controlar la parte de la zona Sur que aún dominada Caminos y colocar a alguno de sus laderos al frente de la tribuna. Claro, nunca imaginaron, que los ejecutores tendrían mala puntería y que la aparición de un inesperado testimonio los pondría en el banquillo de los acusados.

 

Sin la Barra y Sin el Barrio Municipal

Cuando toda la pesquisa, conforme lo planeado se alineaba contra el Pimpi Caminos, una joven mujer se presentaba inesperadamente en el despacho de la Jueza Roxana Bernardelli a pocas horas del entierro de Walter. Con un relato claro y plagado de detalles rompió el preparado cerco de impunidad. Los abundantes detalles incluyeron y metieron un actor inesperado en la trama del atentado, al famoso Clan Mono Cantero y sus ligazones con la policía. La asustada joven dijo: «Tuve oportunidad de escuchar una conversación en la que le ofrecían al Chino Fleitas, su pareja, la suma de 10.000 pesos para matar al líder de la barra (Diego «Panadero» Ochoa)… llamó a sus amigos, salió a la medianoche y regresó a las 5.30 y dijo que «habían agarrado a los chicos de Newell’s Boy’s … salió todo bien lo rompimos a tiros…» «Chino» Fleitas hacía tiempo que se había convertido en uno de los principales «tenientes» de los Cantero. Al contundente testimonio inesperado se sumaron cruces de llamadas, mensajes y pericias de los teléfonos que determinaron la detención de varias personas, entre ellas, el Jefe del Clan Mono, Ariel Cantero, su hijo Claudio Ariel, Cesár «el Bola» Marchetti, Mariano Salomón, Leandro Vinardi, Guillermo Dionisio Aguilera, los hermanos Jonatan David y Emilio Alejandro Cardozo, Juan Ramon Pintos y a los policías Pablo Ramón Aguilera y Rubén Ramón Gómez.

 

El Juicio al Clan Cantero y sus soldados

Un día después de la asunción del nuevo Gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, comenzaría el juicio contra el Clan Cantero/Mono por la planificada emboscada al micro repleto de barras de NOB. El inédito atentado en tierras provinciales marcaría el comienzo del crecimiento de la violencia letal en Rosario. Las sugestivas secuencias de lo ocurrido con una clara zona liberada, clavos miguelitos y pistolas ametralladoras- propiedad de la policía de Santa Fe, exhibía, como se dijo, una planificación criminal hasta ese momento desconocida en toda la provincia.  La compleja trama llegaba a juicio con seis personas en el banquillo de los acusados: Carlos Fernando Fleitas, alias Chino, y Claudio Ariel Cantero (a) Pájaro, hijo del  líder de la banda «Los Monos», Cesár Marchetti, Mariano Salomón y los hermanos Emilio y Jonathan Cardozo. Sin muchas explicaciones, las Fiscales Ana Rabin y Nora Marull, dejaban fuera del juicio entre otros al Jefe del Clan, Ariel Cantero, a los policías Guillermo Dionisio Aguilera, acusado de proveer las armas y a Ruben Darió Gomez que había amenazado seriamente a la testigo clave del juicio.

 

El Gobierno de la Impunidad

El tribunal estaba integrado por los jueces José Luis Mascalli, Edgardo Fertitta y Julio César García. Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que la principal y bastante poco protegida testigo ingreso en la sala.

El Presidente del Tribunal, Mascali, dispuso que se sentara de espaldas al público y que sólo mirara a la persona que la iba a interrogar. Con estoica fortaleza comenzó su relato superando el miedo que le producía saber que a centímetros se encontraba el hombre que la había encerrado, golpeado, abusado durante meses y sus temibles amigos. Repitió lo que le había contado casi dos años antes y afirmó: “Fleitas recibe una llamada que le indicaba un «trabajo». Luego, la joven rompió en un llanto. El presidente del Tribunal dispuso unos minutos de cuarto intermedio. A las 17.15 se reanudó la audiencia, y la testigo siguió ratificando el relato pormenorizado. Algunos de los presentes en la sala nos preguntábamos porque la Fiscalía, ante el claro temor que exhibía la tantas veces amenazada testigo, no había pedido que se desaloje la sala y que los acusados escuchen su testimonio desde otro lugar. Sin embargo, lo que termino ocurriendo minutos más tarde nos permitiría elaborar algunas hipótesis que dejarían, sin dudas, mal parada a la fiscalia y al tribunal por semejante «omisión».

Así, curiosamente, cuando el tribunal habilito las preguntas de la defensa, los abogados de Fleitas, Fausto Irure y Adrian Spelta, le pidieron a la testigo que por favor se corriese y se sentase un poco más atrás. Con fingido descuido el Juez Mascali le ordenó a la joven que se corriese. Cuando lentamente se movió de lugar como se lo pedían se quedó petrificada. ¿Por qué? Porque la colocaron tan cerca de los acusados que hasta podía sentir su aliento. De todas formas, con su voz debilitada comenzó a contestar sin dudar y con la misma firmeza que lo había hecho minutos antes. Nuevamente al escuchar preguntas repetitivas, capciosas de todos los defensores, quienes estábamos en la sala nos preguntábamos porque la fiscalía no se opone o porque el tribunal no impone el orden. Al contrario, permitieron sin límites las preguntas capciosas hasta que nuevamente la mujer rompiera en llanto. Como si fuese un momento esperado el Juez Mascalli le pidió a la secretaria que sacara de la sala a la testigo y la llevara para que la vea el médico forense. La sostenida e indebida presión que ni él ni la fiscalía habían contenido había surtido el efecto buscado. La pobre joven apenas podía mover sus ojos, su boca temblaba y su lengua parecía haberse secado. Cuando la secretaria quiso levantarla de la silla casi se cae desmayada en el piso, sus piernas no le respondían. La inepta o complice tolerancia de la fiscalía y el tribunal había permitido que se termine antes de tiempo con el testimonio comprometedor. Había pasado poco mas de una hora del inicio de la audiencia. Mientras algunos de los presentes se movían en la sala y otros sacaban a la pobre mujer empujando la silla en la que estaba sentada, empece a observar con detenimiento la postura de los abogados y acusados. En todos ellos algo había cambiado. Sus rostros ya no estaban tensos. Algunos hasta dibujaban una sonrisa. Se movían todos anchos y satisfechos en sus butacas. Estaban sintiendo que todo había salido conforme lo planeado y que habían logrado lo que buscaban desde hacía meses, silenciar a la testigo molesta. Aunque la victoria lograda parecía pírrica, porque la joven había logrado decir mucho más que bastante, ellos se mostraban sospechosamente conformes, como si supiesen cuál sería el veredicto.

En los largos pasillos del tribunal comenzaron a correr todo tipo de rumores sobre lo que había pasado con la testigo y sugestivamente sobre la más que probable absolución. Todo era muy extraño porque todavía faltaban un par de días para que el juicio terminara y porque la testigo había sido precisa y contundente. También estaban las llamadas entre ellos, los mensajes de texto y la detección de los celulares en las antenas cercanas a la hora y lugar del hecho. Todo era muy raro. Quizás por eso se olía un tufillo extraño por el tribunal.

¿Qué sabían los abogados y los acusados que nosotros no sabíamos? ¿De qué cosa ingenuamente no nos queriamos enterar que corría como reguero de polvora por los pasillos? Cuando el río suena agua trae». Los rumores no era casuales. Ese día las audiencias terminaron con el estado casi catatónico de la testigo. A eso de las 6.30 de la tarde el presidente del tribunal nos informaba que la testigo no estaba en condiciones físicas y psíquicas para continuar declarando. Durante la mañana, declararon los peritos que analizaron los teléfonos de los acusados. Un policía y un empleado de Nextel ratificaron que hubo una serie de comunicaciones entre los tres principales sospechosos durante la madrugada del crimen que fueron captadas a la hora y en las cercanías del atentado. Lo que ocurrió después careció de importancia al igual que los alegatos finales de la fiscalía y los defensores.

Los jueces José Luis Mascali, Edgardo Fertitta y Julio César García ingresaron a la sala ese miércoles 21 de diciembre en horas de la tarde y leyeron el veredicto absolutorio para todos los acusados. Defraudado como gran parte del público que siguió de cerca el debate el padre de Walter dijo a la prensa:  “¿A  esto le llaman justicia?

El miércoles, quienes habíamos presenciado el juicio, tuvimos acceso a los soprendentes argumentos de los jueces. Con rebuscados giros linguísticos e ininteligibles manifestaron que encontraron falta de consistencia en los dichos de la testigo clave. Olvidaron recordar que toleraron que fuese maltratada y presionada por más de una hora por los defensores. También, para agregar estupor y sorpresa, restaron valor a los innumerables enlaces telefónicos de los acusados a la hora y en el lugar del hecho en coincidencia con el relato de la testigo. La voz cantante de la enrevesada, oscura e injusta decisión judicial la había llevado el Juez Mascali. Las sospechas y rumores parecían materializarse en un razonamiento judicial forzado, extraño y sugestivo. Lo cierto es que si otra hubiese sido la decisión judicial muchos crímenes no hubiesen ocurrido y la violencia letal en Rosario no hubiese crecido sin pausa desde 6 cada 100.000 habitantes a los casi 20 cada 100.000 que ocurren después de ese juicio. Que quedase impune el crimen de Walter fue un hito que marcó el comienzo del creciente descrédito en el aparato represivo del estado.

 

 

 

 

 

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