A las puertas de una revolución

La marea creciente del feminismo en Polonia

 

En esta entrevista a Magdalena Grabowska y Marta Rawłuszko, integrantes del Fondo Feminista (FemFund) y estudiosas de la cuestión, se abordan las dinámicas feministas actuales en Polonia. Aun cuando el país esté marcado desde hace mucho tiempo por fuertes tendencias reaccionarias que tienen en la mira los derechos de las mujeres, impulsadas por la derecha en el poder, las dinámicas feministas, incluidas las menos visibles resistencias de las mujeres de pequeñas ciudades y de áreas rurales, abren brechas esenciales para la reconstrucción del campo progresista, para lo cual es fundamental tener en cuenta las dimensiones de clase.

En efecto, desde 2016, miles de mujeres aprendieron a actuar y a hablar de sus problemas en el lenguaje de los asuntos públicos. Esto sucede en todo el país y, tal como lo señalan las entrevistadas, podríamos estar a las puertas de un importante cambio social. Los jóvenes surgidos de las huelgas por el clima, las “protestas negras” feministas contra las restricciones del derecho al aborto, las marchas por la igualdad y los movimientos de trabajadores están abriendo nuevos espacios de experimentación y militancia que, no sin dificultades, podrían modificar el paisaje político e ideológico polaco.

Magdalena Grabowska es socióloga, miembro del Consejo Consultivo del Fondo Feminista y profesora del Instituto de Filosofía y Sociología de la Academia Polaca de Ciencias (PAN, por sus siglas en polaco). Marta Rawłuszko es socióloga, miembro del equipo de dirección del Fondo Feminista y profesora adjunta del Instituto de Ciencias Sociales Aplicadas (ISNS) de la Universidad de Varsovia. Ambas son autoras del informe “Donde hay opresión, hay resistencia”, publicado por el Fondo Feminista.

 

 

 

Una brecha abierta por las “protestas negras”

Desde la creación del Fondo Feminista hasta hoy, recibieron más de 1.200 solicitudes de apoyo financiero, la mitad de las cuales fueron incluidas en su encuesta cualitativa [1]. Se trata, esencialmente, de iniciativas provenientes de pequeñas ciudades y pueblos. El alcance de esta militancia es enorme para los estándares polacos. ¿Quiénes son las mujeres que acuden a ustedes?

Marta Rawłuszko: Se acercaron a nuestro movimiento mujeres que ya se habían involucrado en la militancia, en congresos locales de mujeres, como los de Słupsk o Kalisz. Pero también grupos que surgieron de las protestas y las huelgas locales de 2016. Hay también mujeres que forman parte de los círculos de amas de casa rurales y mujeres que antes no se habían involucrado en actividades calificadas como feministas, por ejemplo, madres que asisten a personas con discapacidad.

Magdalena Grabowska: Es una suerte de caleidoscopio. Si tomamos en cuenta el empoderamiento y la resistencia de las mujeres en una perspectiva histórica más amplia, podemos observar una marea creciente del feminismo polaco. Existen grupos que pueden compararse con la “militancia práctica” de la Liga de Mujeres, o los círculos de amas de casa rurales que conocemos desde las décadas de 1960 y 1970, y el feminismo de comienzos de la transición de la década de 1990, orientado hacia la ayuda directa. Otros están en línea con el feminismo liberal, centrado en la autonomía individual, la independencia y la ruptura del contrato de género patriarcal, basado en gran parte en el trabajo no remunerado de las mujeres en la esfera privada. Hay grupos que se inspiran de una manera u otra, tal como dijo Marta, en los congresos locales de mujeres que se organizan desde hace varios años. Junto a ello, se observan colectivos anarquistas y queer, grupos que hablan directamente de la necesidad de un feminismo social y de un feminismo que incluya a las personas con discapacidad. Y también de temas tales como la justicia climática, el trabajo sexual y los derechos de las personas transgénero.

Este feminismo es visible en las calles de las ciudades polacas desde hace más de 12 años. Sin embargo, el momento decisivo parece haber sido 2016 y las grandes “protestas negras” por el derecho al aborto. La reacción de los políticos y analistas de derecha fue la indignación moral y el intento de encerrar a estas mujeres en una jaula simbólica de la “vergüenza”.

MR: La militancia feminista de masas en las calles despertó mucho interés desde el comienzo, pero no agota todo el cuadro. Tras las manifestaciones de 2016, sucedieron muchas cosas positivas. Muchas de las mujeres que organizaron las huelgas locales o participaron en ellas están todavía activas; para muchas mujeres, la participación en las “protestas negras” fue una experiencia formadora. A fin de cuentas, no resulta extraño que las primeras protestas sociales de este tipo tuvieran lugar en las pequeñas ciudades y los pueblos donde viven estas mujeres. Para algunas de mis estudiantes, se trataba de la primera manifestación en la que participaban en su ciudad, antes de ingresar a la universidad.

 

 

 

Ponerle nombre a su mundo

¿Cómo es la actividad actual?

MR: Las necesidades de estas mujeres, sus proyectos y sus ideas de acción abarcan un espectro creciente ligado a la reproducción social. El detonante de ese memorable año 2016 fue, por supuesto, el aborto. Sin embargo, en el seno de los grupos que se formaron en torno de estas protestas, también comenzaron a resonar progresivamente otros temas. Fue el momento en que las mujeres comenzaron a diagnosticar juntas diferentes tipos de opresión, situaciones que vienen enfrentando desde hace muchos años; comenzaron a compartir sus experiencias, hacerse preguntas y apoyarse mutuamente. Abordaban temas como el divorcio, el cuidado de los hijos, el refugio contra la violencia, el acceso a la salud, la educación sexual o la protección contra la droga de la violación. Observamos pues un proceso cognitivo y político auténtico y crítico, anclado en relaciones y miles de conversaciones entre mujeres.

MG: Cabe señalar que el lenguaje de la protesta feminista cambió en 2016 con el surgimiento de la huelga como estrategia militante y forma de resistencia. Julia Kubisa y Katarzyna Rakowska explican cómo el uso del término “huelga” en relación con los derechos reproductivos cambió en efecto el significado del trabajo y permitió llamar la atención sobre el trabajo reproductivo, el trabajo de reproducción social. Se trata de todas las actividades, desde la reproducción biológica hasta los cuidados, el descanso después del trabajo, que permiten que la sociedad perdure de manera continua y confiable. Este informe del Fondo Feminista muestra el enorme trabajo que los y las militantes hacen cada día frente a las sucesivas crisis a las que el Estado no logra dar respuesta: la crisis de la salud pública ligada al endurecimiento de la ley sobre el aborto y al Covid-19, la crisis humanitaria en la frontera entre Polonia y Bielorrusia y, finalmente, la guerra.

Recuerdo a una mujer, oriunda de una pequeña ciudad de Warmia, que hablaba de estos acontecimientos retrospectivamente y decía que fue un momento en el que por fin era posible ver y nombrar aquello de lo que se hablaba sobre todo en privado, aquello que las mujeres vivían desde hacía muchos años, pero entonces no había circunstancias favorables para hablar públicamente de eso ni personas dispuestas a escucharlo.

MR: Sí, es el poder de las relaciones y las conversaciones entre mujeres, la ruptura del aislamiento, la salida de la esfera privada, a veces literalmente robándole tiempo a su trabajo agobiante, para experimentar y hablar con otras mujeres o personas. Estas conversaciones han sido siempre portadoras de un potencial de cambio: la rebelión y la disidencia contra la exclusión, que es generalizada, multidimensional y, al mismo tiempo, muy dependiente del contexto de vida y las estructuras específicas, se trate de la opresión ejercida por hombres o la violencia del Estado y sus instituciones. Los asuntos de las mujeres son la verdadera política.

¿Una suerte de ampliación del campo de batalla?

MG: Estoy de acuerdo, era un momento muy interesante y no podían verse inmediatamente todos sus aspectos y sus matices sociales. Nuestro informe muestra que para ver este mosaico de resistencia social y todos estos esfuerzos para mejorar su vida, así como este enojo, hay que relacionarlo con un contexto más amplio. Esta resistencia no se limita a lo que sucede en las manifestaciones en las calles de las grandes ciudades, ni a los debates que las feministas mantienen entre sí en las redes sociales. En otras palabras, para ver qué es el movimiento feminista y queer actualmente y qué hace, hay que mirar más allá del centro. Observar los problemas cotidianos, como la falta de transporte público, la educación sexual, el acceso a la cultura o al propio feminismo (por ejemplo, para las personas con discapacidad), que parecen irrelevantes para el debate político más amplio. Sin una perspectiva semejante y una discusión socialmente profunda, sólo vemos un pequeño fragmento del feminismo polaco.

Sólo se visibiliza el feminismo aprobado por el supuesto centro y la corriente dominante.

MR: FemFund llega a los grupos feministas y LGBTI+ que no están en la portada de los diarios. Al mismo tiempo, cuando hablamos del feminismo en Polonia, no podemos centrarnos únicamente en su pequeño fragmento de las grandes ciudades o en las masas visibles en los medios de comunicación. Más aún cuando las manifestaciones masivas están estrechamente ligadas a la resistencia cotidiana, dolorosamente pragmática y local.

Analicemos, pues, las solicitudes de apoyo que les llegan de las mujeres de las pequeñas ciudades y las zonas rurales como una suerte de zoom. ¿Qué es lo que caracteriza a ese feminismo?

MR: Para tener una idea de este feminismo y este compromiso popular de las mujeres de las pequeñas ciudades, hay que partir de una observación esencial. Para mí, es sorprendente. Estas mujeres nos hablan del desafío que representa el hecho de salir de sus casas y tratar de disponer de un tiempo y un espacio donde puedan no sólo encontrarse con otras mujeres, sino también ocuparse de sus propios problemas, responder a sus preocupaciones. Hay que decirlo con claridad y en voz alta: en 2022, para algunas mujeres que viven en Polonia, abandonar la esfera privada dominada por el trabajo no remunerado en la granja o para la familia es un desafío fundamental. Y también una necesidad.

Comencemos entonces por las cuestiones básicas...

MR: ...de las que rara vez somos conscientes. Las mujeres nos escriben para preguntarnos, por ejemplo, si somos conscientes de que las mujeres de las zonas rurales no disponen de su propio dinero. Trabajan la tierra, pero no tienen cuenta bancaria, no tienen tarjeta de crédito, simplemente no tienen acceso al dinero en efectivo. Cuando hablamos del feminismo como un vasto proyecto político, resulta imperioso que consideremos también a estas mujeres, sus voces y su posición social. Al mismo tiempo, la división urbano-rural no agota el tema de las desigualdades económicas y de clase. Durante la epidemia de Covid-19, jóvenes estudiantes de Cracovia financiaron los abonos mensuales de transporte para mujeres que habían perdido repentinamente su empleo y buscaban un nuevo trabajo en la ciudad. En los Centros Sociales Comunales se instalaron cajas rosas para luchar contra la exclusión menstrual. Las ciudades son también el escenario de las luchas de las inquilinas, las luchas por el acceso a la calefacción central. Las mujeres muestran lo que no funciona en el Estado.

¿Cómo debe entenderse la necesidad de dejar el hogar mencionada anteriormente? ¿Es sólo salir o es algo más amplio?

MR: Esta salida del hogar debe comprenderse como una contribución a un cambio más profundo, como el cruce de una frontera simbólica, pero también muy real y tangible. Si observamos los grupos de mujeres de las pequeñas ciudades y pueblos, podemos ver cómo actúan sistemáticamente para evitar ser reducidas al papel de esposas y cuidadoras, de trabajadoras que realizan un trabajo de cuidados no remunerado. Esto es apenas la parte más visible de una montaña de problemas, preocupaciones y obstáculos a los cuales se enfrentan. En este caso también, la carga del trabajo doméstico no remunerado afecta igualmente a las mujeres que viven en las zonas urbanas.

¿Y qué se esconde debajo de esa parte más visible?

MR: Los obstáculos ligados al sistema, o más bien a la ausencia de sistema. Es ese Estado social, en ruinas o inexistente, cuyas tareas son asumidas por las mujeres, el que se vuelve así muy visible. Hablamos del transporte público, la atención médica, los cuidados institucionales para los niños, el apoyo a la autonomía de las personas con discapacidad. Más allá de estas cuestiones fundamentales, existen otras ligadas, por ejemplo, al acceso a la cultura o a un mínimo de descanso. Las mujeres cuentan que nunca fueron al teatro, a una piscina o a la nueva sala de conciertos construida en la capital provincial. No tienen dinero para eso.

Todo eso suena como una contribución a una nueva reflexión feminista crítica.

MR: Se trata de una reflexión que parte del terreno y construida por las propias mujeres y otras personas. El reconocimiento de que el lugar de residencia y la clase social, pero también la discapacidad o la identidad de género, están en el centro de lo que vemos y pensamos realmente cuando hablamos de feminismo y emancipación. Se trata de una interpretación “desde abajo”, arraigada en la experiencia, de aquello que es la inter-seccionalidad. Las mujeres sufren la opresión no sólo porque son mujeres, sino también por el lugar donde viven y la clase social a la que pertenecen, o incluso porque deben ocuparse de alguien. Se trata de una profunda toma de conciencia de que sus necesidades y preocupaciones son consecuencia de las coordenadas económicas y sociales y las ayudas institucionales inaccesibles.

MG: Desde un punto de vista feminista, podría decirse que en Polonia tuvo lugar una reconfiguración social, en especial durante las manifestaciones de 2016 y 2020. Las sucesivas crisis reforzaron la necesidad de un nuevo “contrato social” basado en el reconocimiento de la interpenetración de las esferas de producción y de reproducción, en particular, en el contexto de la justicia reproductiva y el trabajo de las mujeres para la reproducción social. El feminismo que describe el informe del Fondo Feminista lucha por cosas muy básicas, pero muestra también que una nueva subjetividad y nuevas estrategias para los movimientos emancipatorios y los movimientos en favor de los grupos marginados surgen fuera de las grandes ciudades y del debate político dominante. Es interesante analizarlo desde un punto de vista horizontal para ver que las cuestiones de justicia social y reproducción social deberían estar en el centro del debate político y del debate sobre la democracia en general. A veces se tiene la sensación de que esta perspectiva y estas experiencias son completamente ignoradas, de acuerdo con la creencia según la cual la sensibilización y los conocimientos feministas, pero también los debates sobre la forma de la democracia, pertenecen a las grandes ciudades y las elites.

 

 

 

 

 

 

Poner la ruralidad en perspectiva

Una perspectiva semejante se corresponde también, y quizás sobre todo, con una gran disparidad en la distribución del reconocimiento y la estima social.

MG: Lamentablemente, y hay que decirlo también, una jerarquización semejante permite enfrentar a las mujeres urbanas y rurales entre sí, tal como intentan hacerlo los políticos de derecha desde hace un tiempo. Para ver qué se esconde detrás de estas necesidades de las personas que viven en pequeñas localidades, deberíamos considerar la cuestión desde un ángulo completamente diferente. Cómo plantean sus problemas y sus reclamos, cómo los describen, de qué manera incide su posición de clase, a qué le prestan atención, qué caracteriza su perspectiva económica y cultural y a qué se enfrentan cotidianamente sus comunidades locales.

 ¿Tienen ellas mismas la percepción de que su punto de vista tiene menos peso que el de, por ejemplo, las mujeres de las grandes ciudades?

MG: Sí, hablan, por ejemplo, de la manera en que se ven afectadas por las creencias estereotipadas y, en general, por los prejuicios contra las zonas rurales y sus mujeres, que las representan como aquellas que son, por ejemplo, menos conscientes o menos activas. Estos grupos de militantes comprenden muy bien la realidad que nos rodea, son conscientes de que, como mujeres, son marginadas o discriminadas por los hombres de sus comunidades, que sólo las tratan como esposas, cocineras o cuidadoras. No desean eso, están hartas. Hay mucha tristeza y enojo. Son conscientes de que también pueden ser vistas como más retrasadas en el movimiento feminista, que no gozan de la misma estima que las mujeres de las grandes ciudades. Sin embargo, su militancia suele ser mucho más consciente de los lazos entre las preocupaciones de los diferentes grupos, por ejemplo, las personas LGBTI+ y las mujeres inmigrantes, o que involucran a personas de un menor nivel socioeconómico. Esta militancia también es consciente, por ejemplo, de sus límites en materia de accesibilidad para las personas con discapacidad. No se inscribe tanto en debates filosóficos o en la literatura feminista, sino simplemente en sus propias experiencias. Estas personas saben muy bien dónde viven, cómo es este país y este Estado.

 ¿Y cómo perciben y comprenden el feminismo estas mujeres de las pequeñas ciudades?

MG: Este feminismo, tal como lo describimos en nuestro informe, es un feminismo práctico, cotidiano, ligado a cuestiones específicas. Durante el estudio de los grupos de discusión, surgió claramente que se trata de una militancia que difiere del feminismo profesional, especializado o pedagógico, en el que una mujer de la capital viene a darnos consejos y decirnos cómo construir un feminismo básico. Se trata más bien de una necesidad de comunicación horizontal, entre grupos. En consecuencia, puede verse aquí que la clave es construir no sólo conexiones entre un centro y la periferia, sino también entre grupos que pueden vivir cerca unos de otros, perteneciendo a una clase social o a una asociación diferente. Este feminismo fuera del centro se basa en la asociación antes que en la jerarquía. En este contexto, suele ocurrir que los debates considerados cruciales por los medios de comunicación masivos, o incluso por el feminismo, no sean reconocidos como los más importantes para la acción en el nivel local. Se observa aquí el efecto de la ausencia de un flujo de conocimientos en dos direcciones, principalmente “hacia” el centro, en lugar de “desde” el centro. En efecto, somos incapaces de comprender el punto de vista de estas mujeres si nos centramos en las redes sociales o los medios de comunicación masivos.

MR: Para estas mujeres, la obtención de una identidad feminista o política no es un fin en sí mismo. En el marco de nuestro estudio, les preguntamos a las mujeres sobre la necesidad de crear un movimiento social único. Manifestaron una preocupación en cuanto al hecho de que un movimiento feminista consolidado, basado en un centro fuerte, pudiera de alguna manera invalidar o disminuir la perspectiva local, excluyendo automáticamente las voces minoritarias.

 

 

 

Lo que no le gusta al cura

¿Y qué sucede cuando las habitantes de las pequeñas ciudades y pueblos comienzan a identificarse con el feminismo en sus comunidades locales?

 MR: Se trata de un tema importante. Como consecuencia de los regímenes patriarcales locales, la identidad feminista local puede considerarse una suerte de tara. En muchos casos, referirse abiertamente al feminismo crea una barrera infranqueable para funcionar en el seno de la comunidad local. En la ciudad puede ocultarse una identidad semejante, mientras que en las aglomeraciones más pequeñas, una se expone de inmediato al escrutinio social, es señalada con el dedo. Es importante observar que el feminismo se identifica también, con justa razón, como un derivado de las relaciones personales y el contacto con los demás. En otras palabras, se trata también de un recurso al que no todas tenemos el mismo acceso, debido a nuestro lugar de residencia o a nuestras capacidades. Alumnas de una escuela secundaria de Wałbrzych nos escribieron: “No conocemos a ninguna feminista personalmente, queremos conocerlas. Les pedimos dinero para los pasajes para encontrarnos con ellas en Varsovia o Gdansk”. Las mujeres sordas que utilizan el lenguaje de señas polaco tuvieron que inventar ellas mismas la palabra “feminismo” en ese lenguaje.

 ¿Cuál es el precio que deben pagar por el feminismo en estos pueblos?

 MR: En el campo, en un pueblo de 1.000 habitantes, por ejemplo, una puede quedar expuesta al ostracismo local, a los ataques de los políticos locales o del cura. Todo acto de resistencia de este tipo está arraigado en el contexto local, que define los límites del radicalismo. Si las chicas del círculo de amas de casa rurales, en una fiesta local, son el único grupo que se niega a cocinar porque están cansadas de ser las únicas cocineras, se trata de un acto de resistencia. Su consecuencia puede ser una movilización de la derecha local o del cura. Conocemos casos en los que mujeres que querían reunirse y hacer algo por ellas mismas fueron señaladas públicamente y calumniadas.

 

 

 

Invisibles, ignoradas

 MG: Cabe señalar aquí que esta desvalorización social y política de las cuestiones ligadas a los derechos de las mujeres, los grupos marginados y la reproducción social en general no sólo es una especialidad de los políticos de derecha. En los grupos de discusión, las mujeres hablaron del hecho de que poco importa quién está en el poder en su comunidad: su trabajo y su militancia suelen ser, de todas formas, ignorados. Esto confirma lo que observamos actualmente en el debate político, donde las cuestiones relativas a los derechos de las mujeres se tratan de forma meramente instrumental. Aun cuando el derecho al aborto se haya convertido en una promesa electoral del partido más importante de la oposición [2], es difícil ver allí un enfoque que haga de este derecho el tema central del debate, que tenga en cuenta, por ejemplo, los reclamos de despenalización, desmedicalización o desestigmatización del aborto. Y la perspectiva de la reproducción social, que reconocería el trabajo reproductivo como social y económicamente importante, está totalmente ausente. La corriente dominante, sea liberal o conservadora, pasa completamente por alto todo aquello de lo que trata el informe del Fondo Feminista.

 Ustedes señalaron anteriormente que el Estado es un importante objeto de la crítica de las mujeres de las pequeñas localidades. ¿Qué imagen de sus debilidades estructurales se desprende de las experiencias de estas mujeres?

 MG: Se trata de una imagen de comunidades diversas y de una movilización no institucional en sentido amplio. Y de un recurso muy importante, una vez más ignorado en diversos análisis, por ejemplo, en las Ciencias Políticas, que parten siempre del principio de que la sociedad civil son las instituciones: fundaciones y asociaciones. El informe del Fondo Feminista muestra que los y las militantes, a menudo en el seno de grupos informales o de colectivos militantes, “eximen” al Estado de sus responsabilidades ante las sucesivas crisis: salud pública, catástrofe humanitaria o guerra. El Estado saca provecho de ello, pero no lo reconoce, lo que crea una situación muy peligrosa: la impotencia y la vulnerabilidad frente a instituciones estatales que son además claramente opresivas, ya que practican la homofobia o el sexismo. En el informe se habla mucho también del agotamiento vivido por los y las militantes en esta situación. Y de la necesidad de una regeneración.

 MR: Este Estado es ineficiente, pasivo o ausente en muchos niveles. Es también claramente agresivo con ciertos grupos. Todo esto afecta en mayor medida a las zonas rurales y las pequeñas ciudades. Nuestro informe muestra que las madres constituyen un grupo particularmente excluido y que enfrenta numerosos problemas. Lo que es bastante perverso, ya que la derecha lleva como bandera la ayuda a los débiles y la valorización de la maternidad. Mientras tanto, el gobierno de derecha [3] continúa la política anterior de los liberales: en la mayoría de los casos, se mantiene al margen y observa a estas mujeres resolver por sí mismas los problemas que enfrentan ellas y sus familias. La política denominada “500+” (un subsidio por hijo) es una buena solución, pero es selectiva. Resulta fundamental contar con servicios públicos universalmente accesibles y de buena calidad.

 

 

 

La “madre polaca” y el trabajo de reproducción social

 Se observa aquí la figura de la “madre polaca”, olvidada por aquellos que desde hace años repiten con veneración la cantinela de su amor por ella.

MR: El símbolo de la “madre polaca” es principalmente una herramienta para silenciar a las mujeres y reforzar su explotación. Observen las protestas de los padres de personas con discapacidad, que han demostrado que todos los gobiernos, durante décadas, pueden excluir en forma duradera y sistemática a un grupo social particular, despreciarlo por completo. Quienes ejercen tareas de cuidado son sobre todo mujeres, abandonadas a su suerte, consideradas por el Estado únicamente como enfermeras y cuidadoras de sus hijos, como ellas dicen. Las personas con discapacidad y sus familias, en particular las madres, fueron sistemáticamente marginadas durante décadas, y sus voces constantemente acalladas por todos los dirigentes políticos.

 ¿Están resentidas con la clase política?

 MR: En la información que recibimos, la clase política no es un punto de referencia. La subordinación y la marginación de las mujeres son experiencias que el partido Plataforma Cívica (PO, neoliberal) ha profundizado y que el Partido Ley y Justicia (PIS, conservador) ha reforzado. Los colores políticos, sobre todo cuando se piensa en el gobierno local, no importan demasiado. Hay, por lo tanto, tristeza y enojo frente a décadas de exclusión, y la conciencia, a veces muy fuerte, de que lo bueno que pueda suceder en la vida de las mujeres depende de sí mismas. Su conciencia es la conciencia de los oprimidos, una conciencia en oposición a un vasto sistema de opresión y de poder. Se trata de un nivel de conciencia política completamente diferente, que trasciende las divisiones entre partidos y minimiza su importancia. Esta toma de conciencia no apunta a cambiar el partido en el poder, ya que para muchas este tipo de cambio no modifica nada.

MG: En el capitalismo, ninguna fuerza política reconoce el valor del trabajo para la reproducción social: están muy contentos de utilizarlo, pero no se preocupan por compartir los beneficios que obtienen de él. Esto no cambiará en tanto toda esta esfera no sea redefinida como absolutamente central para la vida social y para el Estado. El trabajo cotidiano realizado en el hogar y en la esfera pública, el trabajo de cuidados, el trabajo para el bienestar de la sociedad, fueron de alguna manera reconocidos durante la pandemia de Covid-19; se hablaba por ejemplo de “profesiones esenciales” y se trataba de actividades ligadas a los cuidados, a la producción de alimentos. Lamentablemente, fue algo temporal, aunque economistas feministas, como Zofia Łapniewska en Polonia, hablan de la necesidad de cambiar el modo de pensar la economía, con la intención de reconocer simplemente los cuidados o la reproducción social. Me parece que necesitamos una nueva concepción de la sociedad, los valores y el papel del Estado en todo esto. Hoy estamos en los albores de algo completamente nuevo, una suerte de momento pre-revolucionario.

 ¿Qué significa eso?

 MG: Veamos, por ejemplo, lo que sucedió (durante las protestas) en 2020. Había un número significativo de personas, vimos que éramos mayoría, dejamos de tener miedo. Se redefinió la frontera entre “nosotras” –las personas cuyas luchas y subjetividad son constantemente despreciadas y marginadas del debate político– y “ellos”: el conjunto de la escena política. A excepción de los políticos de izquierda, que han apoyado con claridad y entendido las protestas. Estos acontecimientos se caracterizaron por el enojo y los reclamos concretos. Todos sentimos esa emoción y esa energía, así como la sensación de que en esto ya no se puede dar marcha atrás.

MR: A todo esto debe sumarse el creciente número de marchas por la igualdad. Surge también de nuestras investigaciones que una nueva generación está entrando en escena. Comenzó su compromiso saliendo a las calles, a través de la rebelión abierta y la confrontación. Los nuevos valores mencionados también encuentran eco en un ámbito más amplio ligado a diversas formas de violencia –incluida la violencia sexual– en los lugares de trabajo, pero también en las universidades. Ese modelo de relaciones jerárquicas, paternalistas, en el cual los hombres, los políticos, los ricos, pueden hacer cualquier cosa sin ninguna consecuencia, simplemente se está agotando. Lo que observamos actualmente es una gran transformación de la vida social. Sin embargo –y también hay que decirlo–, pueden sentirse el cansancio y el desaliento.

 ¿Esto podría generar un cambio de orientación o un debilitamiento de esta resistencia?

 MR: A largo plazo, no lo creo. Lo que observamos en nuestras investigaciones es el cansancio y el agotamiento, pero también una fuerte convicción de que así ya no se puede vivir.

 

 

 

Un número significativo de mujeres

 ¿Qué forma política puede adquirir este enojo?

 MG: Se trata quizás de un momento “populista”. Está surgiendo una nueva configuración social, una nueva división entre las elites y la mayoría de la sociedad. Hay jóvenes surgidos de las huelgas por el clima, las “protestas negras”, las marchas por la igualdad y los movimientos de trabajadores. Estas personas ya han asumido un compromiso en favor de una democracia participativa e inclusiva entendida de manera radical, y se unen a las luchas por diversos motivos, reforzando la diversidad, las alianzas horizontales, sin tener miedo al conflicto, sin fetichizar el compromiso. Unos y otras muestran que sus luchas no son guerras culturales, de visión del mundo o de costumbres, sino simplemente políticas. Hasta ahora, sólo la literatura feminista y queer aprecia el género como una categoría descriptiva y analítica importante en el estudio de la democratización y la nueva subjetividad política.

Pero, ¿qué sucede con la perspectiva de clase, que rara vez tiene eco en la corriente feminista polaca dominante? La destacada socióloga y feminista británica Beverley Skeggs, que estudió a las mujeres de la clase obrera británica durante muchos años, repite que, sin una perspectiva de clase, no es posible un feminismo serio, ni tampoco un debate honesto sobre las relaciones de poder.

 MG: En mi opinión, sin una perspectiva de clase, no podremos avanzar. El mismo trabajo de cuidados y de reproducción social tiene un carácter de clase: no es remunerado o está mal pagado, es precario o totalmente privatizado. Lo realizan principalmente mujeres, en gran medida mujeres inmigrantes. Para la economía capitalista, se trata de un trabajo invisible, aunque esencial. Hoy este tema es particularmente crucial, cuando vemos hasta qué punto el Estado y sus estructuras buscan privatizar el trabajo de protección y reproducción social, cómo tratan a las personas que hacen ese trabajo, las que trabajan en el sector de la salud, la educación. Un obstáculo para hablar de la dimensión de clase de la desigualdad entre los sexos es el temor siempre presente de expresar reclamos en línea con un feminismo socialista o marxista, siempre considerado como radical, ideologizado.

 MR: Esta perspectiva es absolutamente necesaria. Sin embargo, es importante reconocer además que el terreno de la lucha de clases es también el del trabajo reproductivo. Invisible, no remunerado, pero necesario para la reproducción social, la reproducción de la fuerza de trabajo y, por ende, del capital. Es una de las conclusiones más importantes de nuestra investigación.

 

 

 

 

 

[1] El informe del Fondo Feminista “Donde hay opresión, hay resistencia” se publicó recientemente en polaco. Un resumen en inglés está disponible aquí. El informe fue elaborado sobre la base de información proveniente de más de 600 grupos y organizaciones de mujeres, feministas y LGBTI+ que solicitaron un subsidio al FemFund en los últimos cuatro años.
[2] Plataforma Cívica, de centroderecha.
[3] En manos del partido Ley y Justicia (PIS, por sus siglas en polaco).

 

 

* El artículo fue publicado en Nueva Sociedad y originalmente en OKO.press.

 

 

 

 

 

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