A los tiros en el Capitolio

En 1954 un grupo de activistas encabezados por una mujer atentó contra el centro del poder estadounidense

 

«Tuve el honor de dirigir el acto contra el Congreso de los Estados Unidos el 1º de marzo de 1954, cuando demandamos la libertad para Puerto Rico y le manifestamos al mundo que somos una nación invadida, ocupada y abusada por los Estados Unidos. Me siento orgullosa de haber contestado a la llamada de mi patria», se presentaba Dolores Lebrón Sotomayor en un mitín en 1997. 

Para su pueblo era Lolita y para el Congreso de los Estados Unidos la mayor amenaza a su integridad y simbolismo, al menos hasta que las hordas de Trump, funcionales a su auto-golpe frustrado, se lanzaron este miércoles a asediar el Capitolio, un sacrosanto recinto más acostumbrado a dirigir asedios a terceros.

Puerto Rico es un territorio de los Estados Unidos sujeto a la autoridad y poderes plenipotenciarios del Congreso de los Estados Unidos luego de ser entregado por España como parte de los acuerdos del Tratado de París de 1898 que pusieron fin a la guerra hispano-estadounidense. En resumen, una colonia.

A diferencia de Cuba, también entregada al naciente imperio yanqui por el mismo tratado, el camino de Puerto Rico a la soberanía fue menos exitoso, pero no menos combativo.

Lolita Lebrón se unió al Partido Nacionalista y a la causa de la independencia de su isla muy joven, inspirada por las protestas que en 1937 terminaron en la “Masacre de Ponce”, llevada a cabo por la policía colonial.

Pedro Albizu Campos, “el último libertador de América”, lideraba los esfuerzos por un Puerto Rico libre, y entre exilios, persecuciones y estadías en los calabozos de la metrópoli, un movimiento amplio respaldó y nutrió sus aspiraciones anti coloniales. Lolita era una de sus lugartenientes, consagrada a la causa de la recuperación de Puerto Rico mediante la lucha armada.

«Los libertadores no somos unos matones, pero no existía otra manera de reclamar», explicaba.

Exiliada en Nueva York por motivos económicos, como muchos de sus coterráneos, Lolita comprendió temprano que el “sueño americano” no era para todo el mundo.

Trabajó como costurera en varias fábricas, pero a menudo la despidieron de sus trabajos por hablar en contra de la discriminación de los puertorriqueños. Ese maltrato influyó aún más en las opiniones nacionalistas de Lebrón y la inspiró a involucrarse en el Movimiento de Liberación de Puerto Rico, en pleno suelo yanqui.

La dedicación de Lebrón la ayudó a alcanzar posiciones de alto nivel como secretaria, vicepresidenta y delegada ejecutiva en Nueva York. En todas estas tareas introdujo nuevas iniciativas feministas, convencida de que la mujer revolucionaria debe estar liberada, aunque no le guste a “a los machistas, que existen históricamente”.

Los portorriqueños no entran al Congreso de Estados Unidos, aunque son regidos por sus leyes. Sin voz ni voto, y en el medio de una lucha histórica, en 1954, Albizu Campos le encargó a Lebrón que encabezara un asalto al Capitolio de los Estados Unidos, que ella, al frente de un grupo que integraban Rafael Miranda, Irving Flores Rodríguez y Andrés Figueroa Cordero, ejecutó el 1º de marzo de ese año.

 

Los cuatro caminaron hacia la galería de espectadores de arriba y dispararon sus armas mientras gritaban cánticos a favor de la independencia. Los más de 240 miembros del Congreso corrieron a cubrirse. Cinco resultaron heridos y ninguno murió.

Tras su arresto, exhibidos ante la prensa norteamericana como trofeos de caza, Lolita declaró que los luchadores por la libertad no tenían intenciones de asesinar a nadie durante su ataque. Más bien se habían preparado para morir en su lucha por la liberación.

Más tarde, los agentes de policía encontraron una nota en  la cartera de Lebrón que decía: «Doy mi vida por la libertad de mi país. Los Estados Unidos de América están traicionando los principios sagrados de la humanidad en su continuo sometimiento de mi país».

Durante un publicitado juicio se exigió la pena capital contra los independentistas que se atrevieron a llevar la independencia de Puerto Rico al Capitolio, a tiro limpio. Finalmente, fueron condenados a cumplir prisión por más de 75 años.

 A medida que pasaban el tiempo en la cárcel, en todo el mundo, al calor de la descolonización, crecieron las campañas de presión que exigían la liberación de los presos y comenzaron a ganar peso en el escenario internacional.

 

Pero el Congreso de Estados Unidos exigía a cambio una declaración jurada en la que reconocieran la renuncia a sus ideales independentistas y la solicitud de la libertad condicional bajo palabra, lo que de facto significaba la aceptación de los delitos. Lolita y sus compañeros se negaron a participar en cualquier acto de rectificación e incluso repudiaron públicamente la campaña por la excarcelación liderada en 1973 por Rafael Hernández Colón, gobernador estadounidense de Puerto Rico: «No reconozco al Gobierno colonial de Puerto Rico, ni a sus ejecutorias legislativas y judiciales, porque mi patria es, desgraciadamente, un país cautivo», aseguró Lolita.

En 1977, después de cumplir más de 20 años tras las rejas, el presidente Jimmy Carter otorgó el indulto a Figueroa Cordero, que estaba muriendo de cáncer. Dos años después, el presidente conmutó las sentencias de los demás, incluido Lebrón. Tras su liberación, la luchadora por la independencia dijo: «No hicimos nada de lo que debamos arrepentirnos». Y agregó: «Todos tienen derecho a defender el derecho a la libertad que Dios les dio».

 

Sin arrepentimientos por su levantamiento de 1954, no es de extrañar que Lebrón, incluso en su vejez, continuara luchando por la independencia de su país. Formó parte de la lucha para expulsar a la Marina de los Estados Unidos de la isla de Vieques, donde la potencia colonial realizaba ejercicios con explosivos que afectaron seriamente a la población.

En 2001, a los 81 años, fue una de las seis personas arrestadas por ingresar a  la base norteamericana en Vieques. Cumplió otros 60 días en la cárcel, cortesía de Estados Unidos.

Una descendiente de puertorriqueños, Alexandria Ocasio-Cortez, es la congresista preferida por los millenials y centennials, muy vocal en estos días pidiendo la destitución de Trump tras los hechos en el congreso. En 2019 bregó porque Puerto Rico tenga estatus de estado de la unión y plenos derechos como ciudadanos de Estados Unidos sus habitantes. Independencia no, tampoco la pavada.

En Puerto Rico, el legado de Lebrón se examina bajo una nueva luz. A poco más de 10 años de su muerte, su pelea se resignifica mientras el poderoso país del norte comienza a mostrar las primeras grietas significativas de su decadencia. Un imperio que trata mal a sus colonias, pero no mucho mejor a sus propios ciudadanos y cuya pantomima democrática empieza a pasar factura. Mientras tanto, la asustada prensa yanqui prefiere no recordar la última vez que alguien asustó a los congresistas en su propia casa.

 

 

 

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1 comentario
  1. Carlos Diaz dice

    Lolita Lebrón es una heroína. «No vine a matar a nadie, vine a morir por Puerto Rico» gritó en el momento de ser arrestada (El País de España, 6.8.2010). El líder nacionalista Dn. Pedro Albizu Campos, pasó gran parte de su vida en cárceles tanto en EU como en Puerto Rico. Torturado, maltratado, perseguido, fundadas versiones atribuyen su muerte a una deliberada mala praxis médica. Todo ese movimiento libertador es prácticamente desconocido. El humillante status de «Estado Libre Asociado», cargado de deberes y sin derechos, con una población que se extingue entre emigrantes y baja tasa de crecimiento, con una deuda externa impagable. Gracias María Clara Albizu por este artículo que puede ayudar a muchos conocer o recordar otro hecho de gloria y sacrificio de la lucha latinoamericana contra el Imperio. Contrastante este hecho de Lolita y compañeros con la payasesca y grotesca acción de los trumpistas. Gloria a Lolita Lebrón.

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