La semana pasada publicamos varios videos de excelentes pianistas, de distintas épocas y climas culturales, e invitamos a opinar en referencia a la furia con aparente libreto feminista que levantó otra nota del Cohete: artistas como Lola Astanova, Khatia Buniatişvili y Yuja Jang, ¿han ganado grados de libertad en el uso de su cuerpo con autonomía o son víctimas de las imposiciones del mercado que las cosifica para el regodeo masculino?
Hoy publicamos las primeras respuestas que recibimos, sin el menor retoque. Seguimos la misma línea de conducta desde que recibimos los primeros cuestionamientos por parte de la bandoneonista belga Eva Wolf, y un texto idéntico que decía ser suscripto por "más de 600 bandoneonistas de diferentes identidades de género, de todo el mundo". Pese a que se trataba de una campaña organizada lo publicamos textual, si bien las afirmaciones que contenían no solo me parecieron injustas sino que desconocían la nota originaria, en El Cohete y en la Radio de las Madres de Plaza de Mayo. Aquí opiniones de lectores y lectoras.
Humildemente considero que estas pianistas son virtuosas fuera de serie, y se permiten reir del pacatismo absurdo lo cual me parece muy bien.
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Lic. Lilia Susana Reif
Psicóloga UBA
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Si una mujer, profesional de la música elige un vestuario, que intencionalmente o no, llame la atención es un asunto complementario, es meta data.
Sólo tiene uso para alguna discusión casi intrascendente, a pesar de la pasión que ponga cada crítica/o/x.
Lo mismo pasa con un hombre o con cualquier ser humano que se defina como no binario, y se dedica a la música.
Como es arte, y en estos días el éxito se mide con mas o menos ingresos generados ($), es válido y es importante para el músico elegir el envoltorio (la ropa) porque este afectará sus posibilidades de éxito (monetario). Esto último es una elección, conocí a músicos talentosísimos que se dedicaban a la música y a pasarla bien. No a hacer plata o a ser famosos.
Con respecto a la ropa del intérprete, todas nuestras discusiones y debates antagónicos y ruidosos son metadata, esta vez casi sin valor medible o apreciable.
Tuve la suerte de presenciar el magnífico espectáculo que brindó Juja Wang.
Me impactó su virtuosismo, disfruté, aplaudí, y me pareció (y me sigue pareciendo) lamentable toda discusión acerca del largo de su vestido o si se cosifica o no. Toca como los dioses.
Si una pianista carece de talento, o teniéndolo no haya trabajado durísimo por años, y además alguien (usualmente la familia) haya hecho un sacrificio comparable por su carrera, entonces no importa con que se viste, o si no se viste, para hacer su música.
En definitiva la ropa es un asunto secundario, es importante para algunas partes del proceso, pero nuestras discusiones son sólo ruido.
Me pareció ruido y equivocada la reacción de la talentosa bandeononista que se molestó con el aún mas talentoso periodista (el mejor y mas trascendente de la contemporaneidad) director del Cohete a la Luna. Usar ciertas palabras o frases, sin intención de ofender no debiera detonar descalificaciones ni enojos. Che, bajemos el tono que no es para tanto!
Y si mediara un poco mas de raciocinio entre nosotros, estaríamos discutiendo de donde vamos a sacar agua, o en que van a trabajar las generaciones futuras, o como sanear el poder judicial (mal llamado Justicia), o temas bastante mas concretos y relevantes. La desinformación tambien pasa por este tipo de distracción.
Bajemos el tono, elijamos mejor asunto y ocupémonos de lo que nuestros hijos o nietos (o cónyuges) están viendo en esas cajitas infernales, que son mas peligrosas que la selva y sus fieras.
Hugo Vargas
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Hola, Horacio
Te agradezco que nos invites a opinar en temas tan difíciles de sintetizar.
Me presento, soy Corina, mujer, 50 años, sin conocimiento de música clásica, y con poco conocimiento de música en general, pero entusiasta escucha.
Miré los videos que compartiste en orden. Te voy comentando.
El primer video de Lola, en la primera vista me pareció que estaba bien, que puede vestirse y sentarse como mejor le parezca... pero es evidente que hay planos que intentan resaltar las piernas y el rostro muy maquillado. Contrasta mucho con su segundo video, que sinceramente me parece otra mujer. El rostro se ve distinto, se sienta más adelante, se mueve más espontánea. En síntesis, viendo el segundo video, el primero me suena forzado para destacar su belleza física. Forzado en el modo que se sienta, en la cámara que le toma las piernas (que se lucen más porque están a 90 grados), en la gestualidad de placer del rostro. Suponiendo que ese video fue hecho efectivamente para que los videovidentes "se ratoneen", esa decisión ¿la desmerece como pianista o la enaltece como difusora de su arte? El límite es muy delgado y principalmente depende de lo que ella sintió al hacer ese video. ¿Se divirtió? ¿Se sintió cosificada? ¿Fue una decisión auténtica de ella en complacer al público "ratonero" o la indujeron? Respuestas que no vamos a tener...
Kathia y su hermana y Yuja me parece que se visten modernas, las tres se mueven espontáneas y al verlas no percibo que estén buscando sexualizarse o atraer a un público baboso. Creo que quien se distrae mucho en sus físicos es porque es excesivamente pacato. Al igual que en el segundo video de Lola, percibo que están disfrutando la música, y que el foco está puesto en tocar el piano. La ropa es intrascendente.... Me parece genial que se vistan como les guste, y creo que eso sí es un logro de los feminismos.
En definitiva, me parece que Kathia y Yuja han ganado grados de libertad en el uso de su cuerpo con autonomía, y en el caso del primer video de Lola, nos falta información para saber si ese video fue producto de la cosificación de las mujeres, si ella siente placer al mostrarse sensual o si se ríe de les pajeres.
Corina
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Lo primero: la furia con libreto feminista no es un dato menor. Muchas veces opera más como gesto de control simbólico que como defensa efectiva de la autonomía. Se indigna en nombre de las artistas, pero sin escucharlas del todo, y sin interrogar con la misma intensidad las condiciones materiales de producción, circulación y consumo de sus obras. Dicho esto, la pregunta de fondo no es si hay autonomía o cosificación, sino cómo conviven y en qué proporciones ambas cosas en un campo atravesado por relaciones de poder desiguales. Como siempre para liberar tensiones el camino es acortar asimetrías, si nos corremos de la red conceptual binaria y capitalizamos la posibilidad de encastrar, entenderemos que de esa fusión heterogénea nos reproducimos, no es más que la mera reproducción, la nueva capacidad simbólica para interpretar y volver a representar desde una concepción más amplia. Autonomía no es soberanía absoluta. Que una artista decida usar su cuerpo de cierto modo no la coloca automáticamente fuera del mercado. La autonomía existe, pero es situada, se ejerce dentro de un sistema que recompensa ciertas formas de exposición y castiga otras. Elegir no es lo mismo que elegir en condiciones libres de coerción económica, simbólica y algorítmica. El mercado no solo impone desde afuera también seduce desde adentro. La cosificación hoy no suele presentarse como prohibición, sino como oportunidad, visibilidad, likes, contratos, giras. El deseo de mostrarse puede ser genuino y, al mismo tiempo, estar perfectamente alineado con lo que el mercado espera de los cuerpos femeninos jóvenes, bellos y disponibles para la goce de miradas masculina y femeninas, de acuerdo a gusto y piaccere, el feminismo no puede reducirse a una policía de gestos. Cuando la crítica se concentra solo en cómo se muestra un cuerpo y no en quién captura el valor generado por ese cuerpo, corre el riesgo de volverse moralizante. La pregunta no es si bailan, se visten o se exhiben, sino quién define el marco, quién gana y quién pierde con esa exhibición porque el regodeo masculino no es un efecto colateral, es un dato estructural. Es la posesión del deseo y su linealidad lo que abarata lo expuesto, y convierte en accesorio lo esencial. Que haya autonomía no elimina el hecho de que esas imágenes circulan en un ecosistema cultural históricamente organizado para el consumo masculino. El problema no es la artista, sino una industria que sigue monetizando la desigualdad de miradas.La incomodidad revela el núcleo del conflicto.Si molesta tanto esta ambigüedad es porque rompe una ilusión cómoda, ni víctimas puras ni sujetas plenamente emancipadas. Son trabajadoras culturales que negocian margen de acción en un sistema voraz, y esa negociación es contradictoria, tensa y, muchas veces, costosa. Asimetría en la correlación de fuerzas y en el poder real y decisor. Entonces, reformulada con mayor precisión, la pregunta extraordinaria a la que nos invitas a pensar, podría ser: ¿Cuánta autonomía real es posible en un mercado que convierte la “libre elección” en su principal coartada, y cuánta crítica feminista está dispuesta a ir más allá del cuerpo para interrogar las estructuras que lo explotan?
No hay respuesta cerrada, al menos en mi caso, jamás tengo respuestas, pues soy un cúmulo de preguntas y curiosidad constante, sin indulgencia ni compasión, con infinitas variables. Pero hay algo claro, cuando el debate se queda solo en el cuerpo de ellas y no en el poder de ellos, el mercado, la industria, el capital simbólico, los candidatos precoces, los maridos, los empresarios, los gorilas, los círculo rojo, el feminismo corre el riesgo de discutir efectos mientras deja intactas las causas.
Buen domingo, buen programa. Era un deleite dominical el Cohete y ahora es indispensable y familiar. Hasta el año que viene. Gracias.
Marina Glezer
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Aseguraba el gran escritor cubano Alejo Carpentier: " Hay dos palancas que mueven al mundo, el sexo y la plusvalía ".
En algunos casos la música también ayuda...
Buen fin de año y suerte para todos, la necesitaremos.
Piru Gabetta
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El “mundo musical” ha evolucionado a ese exposición.
No solo con las pianistas mujeres, sino con las concertistas
con otros instrumentos y cantantes:
Tatyana Ryzhkova, guitarrista,
Alexandra Whittingham, guitarrista,
Ana Vidovic, guitarrista,
Karolina Protsenko, violinista y cantante,
Hilary Hahn, violinista,
Dua Lipa, cantante,
Shakira, cantante,
Rosalía, cantante,
Aída Garifullina, soprano
Etcétera.
A los que nos gusta la música (no solo clásica) qué nos importa cómo se viste o cuán linda son las artistas.
Si son bellas, mejor.
Lo importante es que sean buenas intérpretes, buenas músicas. Los que ven solamente el físico de las chicas y cómo se visten o cómo casi se visten (casi seguro sugerido o impuesto por las empresas discográficas o las firmas de internet) que no vean los videos y listo.
Un abrazo desde Misiones, y felicitaciones por la revista.
Alberto Szretter
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Y cierro yo. Hace muchos años fui a comer a casa de unos amigos. Cuando llegué sonaba un bellísimo concierto de Mozart para piano. Después de escuchar un buen rato les dije:
-Es una mujer.
Ni ellos ni yo sabían, porque era una radio y nadie había escuchado el principio. De modo que recién cuando terminó el locutor dijo que era Mitsuko Ushida. Un nombre japonés que no conocía y que para nuestra ignorancia occidental no revelaba el género. Hoy es mi intérprete favorita de Mozart, así como Rosalyn Tureck lo es de Bach. No puedo explicar cómo supe que era una mujer. No sabría explicarlo hoy. ¿Hay una esencia femenina que mis antenas detectaron, o fue simple azar? Tampoco me interesa saberlo, pero sí quiero compartir esa interpretación hermosa.
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