ABSOLUTISMOS

De las dificultades de argumentar ante quien no acepta más idea que el dogma

“Para mí la vida es un absoluto. En el sentido de que o la hay o no la hay. Por eso se lo pregunto: ¿la vida es un absoluto? ¿Existe o no existe? (…) Yo digo que es un absoluto en el sentido de que no existen la vida y la muerte simultáneamente, ni conjuntamente. O hay vida, o no hay vida, a eso me refiero cuando digo que la existencia es absoluta. Este proyecto entiendo yo que da derechos progresivos de la vida, respecto de esa proporcionalidad en la que usted plantea los derechos de la madre. Yo entiendo que en nuestro ordenamiento jurídico eso no está consagrado de esa manera. Yo entiendo que en el Código Civil tomamos “es persona desde la concepción” y tiene una cantidad de derechos –está bien, a condición de que nazca vivo, lo que sea— pero tiene una cantidad de derechos donde no hay una progresividad.”

Magdalena Solari Quintana, Senadora de la Nación por Misiones

11 de julio de 2018, en Audiencia Pública del Senado, interpelando a la doctora Aída Kemelmajer.

 

 

Las audiencias públicas que se vienen realizando en el Congreso de la Nación en relación al proyecto de Ley sobre Interrupción Voluntaria del Embarazo son una buena práctica del proceso de construcción normativa con participación pública en cuestiones de alto interés para la ciudadanía. En ese proceso, sin embargo, se hacen visibles tanto la capacidad, seriedad, y responsabilidad de una gran parte de los legisladores en el ejercicio de su función, como también a unos pocos de ellos que antes que actuar con la debida imparcialidad, prudencia y ecuanimidad en la regulación por el Estado de los conflictos de la vida en comunidad, sólo muestran la incompetencia, la insensatez y el dogmatismo de una conducta contraria a la deliberación democrática.

Ninguno de nosotros está exento de ignorar diversas cuestiones de la vida y el mundo en el que vivimos. Pero algunos legisladores, que tienen el deber de saber de lo que tratan en un proyecto de ley, persisten en cerrarse a toda evidencia previa y a la que se ofrece en las audiencias públicas. Y se dedican a atacar a toda opinión o evidencia contraria a su creencia, desde un principio irreductible que sólo puede fundarse dogmáticamente en la metafísica de una fe personal.

 

Absolutismo dogmático

Un dogma, en los orígenes de la filosofía, no era más que una “opinión” acerca de los principios sobre la naturaleza. Por eso se decía que “dogmático” era quien sostenía una doctrina fundada en principios. Pero con el tiempo, esos filósofos insistían tanto en los principios, que dejaban de considerar los hechos o los argumentos en torno a las cuestiones bajo tratamiento. No se dedicaban a examinar las observaciones relativas a esas cuestiones, sino que se dedicaban a afirmar algo con independencia de todo lo observable. Se trataba de un realismo ingenuo porque no creían que el conocimiento fuera un problema. La escuela dogmática pasó a ser entonces aquella corriente contraria a un examen libre de prejuicios.

Pero el dogmatismo no ha sido sólo filosófico, sino también –y sobre todo— religioso. San Agustín, apoyándose en el dualismo cuerpo/alma de Platón, sostuvo que el alma es “iluminada” por Dios, y que en este sentido, al poseer con ello las Formas, no resulta necesario abstraerlas de las cosas y sus fenómenos. Pero fue en el Concilio de Trento (1545), durante el período de los conflictos religiosos desatados en Europa por la Reforma de Lutero contra el principio del primado de la jurisdicción del Papa de Roma, cuando se definió al “dogma” como aquellas verdades reveladas por Dios y reconocidas por la Iglesia que son incuestionables y de obligada fe para los creyentes.

Ese dogmatismo religioso quedó asociado al absolutismo monárquico durante los siglos XVII y XVIII. El Estado absolutista fue heredero de la Contrarreforma religiosa: si la Reforma le había dado el poder a los príncipes en contra del papado y el Imperio, con las monarquías absolutistas se restaura el poder perdido de la asociación entre Iglesia y Estado. El absolutismo impuso así que el poder político no se sujetara sino a la ley divina y quedó caracterizado como el gobierno de alguien que reclama derechos para sí aunque no acepta tener deberes para con los otros. Pero las revoluciones liberales, como la nuestra, se hicieron precisamente contra esas monarquías, y en nuestro caso sobre uno de sus últimos exponentes que fue Fernando VII.

 

Vicente López Portaña, «Fernando VII», h. 1815.

 

Lenguaje jurídico y gramática de lo absoluto

Y sin embargo, la compulsión al absolutismo retorna. Los legisladores que hoy adoptan conductas dogmáticas y absolutistas actúan con hábitos que ya fueran depuestos por la Argentina como estado democrático. Esos legisladores, que lo son de un Estado laico y de derecho, se permiten sostener que la vida y la existencia son absolutos más allá de toda evidencia, y que de ese ser absoluto se derivan derechos igual de absolutos, sin progresividad ni proporcionalidad con los derechos de otra persona. Así, el derecho absoluto a la vida del embrión significa la negación igualmente absoluta de los derechos a la integridad, la libertad, la salud y el bienestar de la mujer.

Para ese dogmatismo, que las evidencias muestren que muchas de sus afirmaciones no se corresponden con la realidad no tiene relevancia alguna frente al principio innegable del dogma. La ley establece que “la existencia de la persona humana comienza con la concepción en la mujer, o con la implantación del embrión en ella en los casos de técnicas de reproducción humana asistida” (Código Civil, artículo 19). Pero la ley también establece que esa definición no es un absoluto ya que “los derechos y obligaciones del concebido o implantado en la mujer quedan irrevocablemente adquiridos si nace con vida. Si no nace con vida se considera que nunca existió. El nacimiento con vida se presume” (Código Civil, art.21). De donde se desprende que aunque un embrión haya existido como persona humana desde la concepción, si no nace con vida nunca existió, ni adquirió de modo irrevocable sus derechos. O sea, sus derechos nunca fueron absolutos.

Y es que por absoluto se entiende “lo separado o desligado de cualquier otra cosa”, “lo independiente”, “lo incondicionado”. Pero si la vida del embrión no se puede separar, desligar, ni independizar del cuerpo de la mujer por el que está condicionado biológicamente hasta el nacimiento, luego la vida del embrión no es absoluta. Y tampoco lo son sus derechos porque hay una imbricación entre hechos y valores.

 

Sin progresividad ni proporcionalidad

Ahora, si desde una visión dogmático-religiosa de tradición agustiniana, creemos que la vida humana es “iluminada” (o dotada de alma que es la Forma de todas las formas), luego la vida humana participará del absoluto divino y en ese sentido se la podrá llamar “absoluta”. Y poco importará a un legislador dogmático del siglo XXI contrario al derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, que creer en esa “iluminación” es válido y respetable a título personal pero que no cabe utilizarla como fundamento de legislación en un Estado laico y democrático.

Ese legislador dogmático desconoce los supuestos jurídicos de progresividad y proporcionalidad. La senadora nacional por Tucumán, Silvia Elías de Pérez, dijo: “Regla de proporcionalidad (entre derechos del embrión y derechos de la mujer según el trimestre de embarazo): la proporcionalidad es la que no la encuentro”. Pero el Código Civil establece: “Toda persona humana goza de la aptitud para ser titular de derechos y deberes jurídicos. La ley puede privar o limitar esta capacidad respecto de hechos, simples actos, o actos jurídicos determinados” (artículo 22).

Luego, si la ley puede privar o limitar derechos y deberes, eso indica que no son absolutos y que cabe la posibilidad de que sean progresivos y proporcionales. Por ejemplo, el ejercicio progresivo de los derechos de la persona menor de edad, frente a sus representantes legales (Código Civil, art.26). Por eso es que el interés del Estado en la protección de los derechos del embrión no puede tener un alcance tan absoluto como para restringir totalmente la libertad de la mujer. Y la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha aplicado el principio de proporcionalidad o razonabilidad en numerosos fallos. De ahí que el decir que no se encuentran los conceptos jurídicos de progresividad y proporcionalidad es o bien ignorancia jurídica –inaceptable para un legislador— o bien mala fe y simulación de ignorancia, lo cual sería aún más grave.

En otras notas de El Cohete a la Luna (“Razones sobre el aborto I, II y III”) dimos nuestras razones fundamentadas en favor de la ley, aceptando que hay otras opiniones fundadas en contra que respetamos. A los legisladores también les cabe fundamentar sus votos con base en el debido respeto por el conocimiento científico y jurídico. Si así no lo hacen, están incumpliendo sus deberes de funcionarios.

 

 

 

  • La imagen principal es de Rafael, «Coronación de Carlomagno», Museos Vaticanos, 1517 (detalle)
3 Comentarios
  1. Ricardo Alberto Comeglio dice

    Una forma de destrabar el debate es comenzar a pedir definiciones sobre las palabras que se pronuncian para sostener alegatos sobre los temas debatidos.
    Existencia y vida. En principio ambas palabras tienen definiciones lingüísticas diferentes pero complementarias.
    Para «existencia» nuestra lengua deja la primer definición como «Acto de existir» y la segunda como «Vida del hombre». Para «existir» se encuentra una primera definición como «Dicho de una cosa: ser real y verdadera» y una segunda definición como «Tener vida».
    Si tomamos las primeras definiciones vemos que «Existencia» es el acto de ser real y verdadero. Si tomamos las segundas definiciones sería que es cuando el hombre tiene vida.
    Si mezclamos las definiciones puede surgir que «Existencia» es el acto de tener vida, o la vida real y verdadera de un hombre.
    Para la palabra «Vida» nuestra lengua tiene una primera definición que es «Fuerza o actividad esencial mediante la que obra el ser que la posee» y unas cuantas más, pero la segunda es «Energía de los seres orgánicos».
    Concluyendo vemos que «Existencia» se relaciona con la realidad, lo verdadero, lo tangible, la vida real y que «Vida» es más una fuerza esencial o energía que hace posible la referida «existencia».
    Teniendo en cuenta estas definiciones concluimos que no podríamos considerar que algo exista si no tiene vida, pero, sin embargo, vemos con absoluta claridad que cuando un ser humano muere y que por lo tanto no tiene vida porque se queda sin esa energía, fuerza o actividad esencial que le permite obrar, en realidad todavía está físicamente presente, lo vemos, lo tocamos, lo olemos, es real y verdadero, tanto como que debemos disponer de ese cuerpo para que no esté más presente entre nosotros.
    Si una persona muerta no existiera no sería necesario sepultarla, cremarla o hacerle algo a su cuerpo para que no esté más entre nosotros.
    Por ello es que el término «Existencia», cuando de seres humanos hablamos, está relacionado sin duda alguna a una presencia real y verdadera, sin importar que tenga o no vida en el sentido de fuerza o actividad esencial que le permita obrar.
    Luego está el discurrir en cuestiones de índole orgánica, química, física, biológica y científica en general, con las que podríamos llegar a concluir que jamás dejamos de «existir» en el sentido que jamás dejamos de ser algo real y verdadero por cuanto si bien el aspecto cambia, no dejamos de tener una realidad física que lleva a transformarnos en uno o varios elementos orgánicos diferentes.
    Le dejamos a la palabra «vida» la relación con la fuerza o energía esencial y es por eso que ante la presencia de un cadáver y su palpable inexistencia (valga aquí la expresión para determinar la no presencia de vida), se la compara con muchas otras cosas que el hombre dispone, como «alma», «espíritu», «energía» (propiamente dicha), «aura» u otras más que hay por ahí.
    Como a lo que «existe», que es el cuerpo físico sin vida, que «existe», se lo ve, se lo palpa, se lo huele, se lo aparta de nuestra realidad cotidiana de manera también física (entierro, cremación, etc.), no tenemos que pensar en ello más que saber dónde está ese cuerpo para realizar alguna ceremonia especial en conmemoración de su existencia.
    Pero como no hay forma de que «exista» luego de la muerte la «vida», entonces debemos encontrar un lugar donde la misma podría quedar o ir y es así que aparece la necesidad de «contarnos» historias relacionadas a ese «viaje» y «destino» de la fuerza o energía esencial. Pero no son más que simples y vulgares especulaciones con las que nos mimamos nuestra razón para soportar el pasaje etéreo por este mundo.
    No hay nada científico que avale la permanencia de esa fuerza o energía esencial con posterioridad a que el cuerpo físico deja de tenerla.
    La vida, por ende, está intrínsecamente ligada a la existencia. Si no hay algo real y verdadero que sea capaz de contenerla, la vida, en tanto fuerza o energía esencial, no existe. Para que haya vida primero debe haber algo que exista, que sea real y verdadero.
    Ahora metámonos con la fecundación y probemos cuándo «existe» algo real y verdadero que merezca tener «vida».
    Un espermatozoide es algo que existe, es real y verdadero, por lo tanto puede decirse que tiene consigo una fuerza o energía esencial. Tiene vida.
    Un óvulo, por lo mismo, también tiene vida.
    El producto de la unión de un espermatozoide con un óvulo, sin duda entonces, tiene vida desde siempre.
    ¿Cuándo protegeríamos la vida entonces?
    Si lo que realmente se pretende proteger es esa fuerza o energía esencial, la vida debería ser protegida en todos los casos, incluyendo ponerse en contra de la eliminación de espermatozoides y óvulos por razones distintas a la de creación de un nuevo ser humano.
    Si así no se actúa entonces lo que se quiere proteger no es la vida, sino una instancia de la misma en algo que ya «existe» y eso no es distinto a decir que sólo interesa una parte de la vida, no toda.
    Concluimos pues que estar en contra del aborto por creer que así se defiende la vida, es equivocado, tanto como que vida hay muchísimo antes de cuando un espermatozoide se une a un óvulo y, sin embargo, no se está en contra de su eliminación.
    Los dogmas pueden ser válidos, pero son muy peligrosos para ser defendidos porque siempre hay posibilidad de profundizar más sobre lo que ellos mismos dicen y hacer de la aplicación del dogma un dogma que nos lleve a la extinción por aniquilación de los procesos naturales de selección de la vida que queremos que prevalezca.
    Como todo en sus extremos es malo, incluso la eliminación de los dogmas para que haya sólo la selección natural, que es tan peligrosa como la dogmatización de la vida, es que debemos legislar para mantener el equilibrio entre ambas posiciones y eso es, ni más ni menos, que otorgar derechos con obligaciones emergentes de los mismos, que nos permitan optar conforme a la «existencia» de cada uno y el entorno social que nos construyamos entre todos.

  2. María Neder dice

    Impecable !!
    Un comentario personal, a propósito de esa cita textual de Solari Quintana: cuando vi la transmisión, escuché esas palabras, confirmé el ejemplo más claro (aún más sobresaliente que la tucumana Elías) de la ineptitud verbal y conceptual para la función pública que la responsabiliza. El tartamudeo y repeticiones de palabras pusieron sobre el tapete la inconsistencia del planteo.
    Una pregunta, también desde mi óptica: ¿por qué se nombra a ese sector antiderechos únicamente desde el conflicto religioso? O, mejor dicho: ¿por qué el periodismo no refiere al énfasis por mantener la clandestinidad del aborto? Pues seguimos dejando una parte evidente de la realidad en el oscurantismo conviente para las familias ricas, me parece, nombrando sólo lo que ese sector esgrime como bandera.
    Gracias.

  3. Néstor O. Gozza dice

    Hola Juan Carlos. ¿Hay peor dogmatismo y absolutismo que llamarle «antiderechos» a quienes reivindican El Derecho de Nacer? Así se llamaba una telenovela muy exitosa. El debate no da para más sofisticaciones. Estamos en la era de la brutalidad: Recursos naturales, recursos humanos, mad max y good show!

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