Acoso y confusión

Una lectura sobre el último libro de Marta Lamas

 

El nuevo libro de Marta Lamas es un peligro. O más bien, pone en evidencia uno de los mayores riesgos que corren los feminismos en la actualidad: la confusión. En los debates por la Ley de aborto tuvimos mucho de aborto y confusión en los argumentos de quienes se oponían a la ley cuando escuchamos hablar de porcelana y perritas. El concepto de Feminismo y confusión se condensa en la imagen del presidente Macri con el cartel de #Ni Una Menos mientras desguaza el programa de Educación Sexual Integral y el presupuesto para las políticas de género. Frente al abuso —qué se considera abuso, qué medidas deben tomarse ante un caso de abuso— la confusión no es menor. Y es importante no equiparar confusión a dudas o debates. Estamos escribiendo pactos nuevos y en ese camino las certezas absolutas son una trampa.

Ese es tal vez otro riesgo que ofrece el libro como síntoma: el que existe cuando los feminismos, ante una problemática, nos apuramos a tomar posición —una posición inflexible, por sí o por no— sin poder pensar las complejidades que constituyen ciertos debates. La urgencia por posicionarse, y por convertir en enemigx a quien no se para en la misma baldosa, si no en la misma vereda, es un signo de estos tiempos. Pero los feminismos han demostrado ser capaces de lograr consensos por encima de las diferencias más divisorias de aguas. Los procesos asamblearios en ese sentido, son una lección de cómo lograr acuerdos en la divergencia. Por eso, la idea de esta reseña es tratar de no abordar el libro como un bloque.

Lamas, antropóloga mexicana de larga trayectoria en pensamiento y activismo feministas, toma varias decisiones en este libro, que no son ingenuas ni menores. Desde el título, elige nombrar al Acoso. Pero el ensayo no desarrolla tanto el concepto de acoso que el título anuncia, sino que se enfoca en la catarata de denuncias que surge a partir de la explosión de la última ola del movimiento feminista en varios puntos del globo. Muchas de estas denuncias fueron realizadas a partir del Acoso del título. Pero también muchísimas surgen del difícil proceso de reconocimiento y capacidad de expresar situaciones de abuso sexual —y de poder— y de violaciones.

¿Cabe, entonces, la pregunta que subyace al título: “¿Denuncia legítima o victimización?” Esa pregunta refleja otra decisión que toma Lamas: poner la mirada sobre la persona que atravesó una situación de, en este caso, acoso, y sobre lo que parece considerar dos vías posibles ante esa situación. Ahora, tomando su palabra, ¿es legítima esa dicotomía? ¿Cuáles son las posibilidades que se plantean frente a una situación de acoso? La persona que recibe y padece acoso puede denunciar o no hacerlo, y de hacerlo puede hacerlo dónde, cuándo y ante quienes elija. El camino que toma unx sujetx a partir de una situación de acoso es personal y subjetivo, entramado en los armados colectivos que supimos construir, y siempre se mueve lábil entre lo deseable y lo posible.

Ciertas prácticas en los intercambios sexo-afectivos que hasta hace poco eran admitidos y estaban naturalizados, ya no se pasan por alto. Los feminismos les dijimos basta a todas las formas de abuso y violencia. Y ese quiebre produjo —sigue produciendo— una serie de acomodamientos en las relaciones humanas. En medio del proceso de cambios que estamos atravesando algunas medidas —incluso originadas en sectores feministas— son cuestionables y nos devuelven la pregunta sobre los modos en los que los feminismos queremos construir justicia. Una justicia feminista que no replique los modelos patriarcales ni fachistas. Lamas advierte que si bien el abuso es repudiable, las retóricas del feminismo de la dominación, en cuanto a las medidas frente a un caso de acoso, son contraproducentes para lxs feministxs: los escraches, linchamientos y otras prácticas que, siguiendo a Nancy Fraser, abonan las políticas de control y mano dura del neoliberalismo.

Pero si hay acoso: ¿cabe la pregunta sobre la legitimidad de la denuncia? Uno de los mayores logros de la última ola feminista es que mujeres, lesbianas, travestis y trans hayamos podido reconocer las violencias históricamente ejercidas sobre nuestros cuerpos y subjetividades, y el derecho a tener una vida libre de esas violencias. En ese sentido, ¿es enriquecedor para este avance cuestionar la opción de la denuncia? Dejando a un costado las denuncias falsas —a las que Lamas les dedica atención— que sabemos son escasas en relación al enorme poder que ejerce el patriarcado, ¿no sería más productivo, en todo caso, descomponer fino qué es eso a lo que llamamos acoso y analizar los modos de reparación que creamos colectivamente?

La preocupación de Lamas como la de muches feministes es el “pánico moral” que puede causar la ola de denuncias. Y ese es uno de los planteos principales del libro. La estrategia que propone es confrontar los fenómenos del #MeToo de origen estadounidense con la respuesta de las celebridades francesas sobre la “libertad de importunar”. Tercera decisión: Lamas incluye como capítulo final el texto que firmaron entre otras Catherine Deneuve y Catherine Millet. ¿Hacía falta? Sin dudas, la publicación completa de esa declaración que pregona por ejemplo que “el coqueteo insistente o desafortunado no es un delito, ni la galantería es una agresión machista”, es una declaración de principios. Si bien Lamas no parece dispuesta a suscribir de lleno a la carta de las francesas según las definiciones de acoso que repasa a lo largo del libro, la inclusión de la carta del artículo marca un posicionamiento. Desde el momento en que ese debate se propagó ya corrió bastante agua —y sangre— bajo el puente. Y la respuesta más sensata que encontraron los feminismos es decir: No queremos que a nuestro deseo lo rija el código penal. En ese sentido, a las feministas no nos importa ya si algo constituye o no delito en los términos de una ley obsoleta y machista. Estamos cambiando las reglas.

Cabe también preguntarse por qué frente a una Latinoamérica feminista de avanzada en sus luchas y expresiones callejeras Lamas toma como contrapunto de su análisis dos emblemas del feminismo primermundista: el que movilizaron, en sentidos contrarios, las estrellas estadounidenses y las francesas. Latinoamericanas, desde México a Tierra del Fuego, acumulamos años de lucha singular y decolonial que merece su propio análisis. Lejos del charme parisino, una mexicana invitó a Deneuve a caminar de noche por un barrio pobre de DF.

Dicho esto, hay cuestiones en las que Lamas pone la lupa que vale la pena mirar de cerca. Por ejemplo, pone en cuestión el concepto de víctima desde el hecho de haberse convertido en la única posición subjetiva posible frente a una situación de acoso. Probablemente, algunas de esas escenas que son vividas como acoso (Marta Lamas discute que sean lxs sujetxs quienes puedan decidir qué constituye un acoso sexual) sean detenidas a tiempo antes de que el abuso se realice y sea posible investirse en unx sujetx activo de derecho y deseo al tomar la decisión, ponerle un freno y conseguirlo — por ejemplo, si un varón pone la mano sobre la pierna de una mujer de manera no solicitada o consensuada, y ella puede decir que no, se levanta y se va del lugar, o similar. También es interesante la lectura que propone sobre los protocolos de consentimiento: regular el deseo no es sólo imposible sino que convierte la práctica sexual en una actividad burocrática.

A Lamas le debemos muchas cosas. Además de su extensa obra y reflexión feminista, en Acoso nos enfrenta con el feminismo dominante que cobró carácter punitivista y que va ganando terreno, con las posibilidades y capacidades de las mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries de posicionarse en una perspectiva diferente a la de “víctima”. Alerta sobre los contraefectos de la mecánica del castigo que emparenta al movimiento feminista con el paradigma neoliberal. Y evalúa las consecuencias del linchamiento de varones como un método que no conduce a un verdadero proceso emancipatorio. Contra eso presenta la tarea, más largoplacista, de la prevención de la violencia sexual a través de la educación. Repite, desde hace años, que no se trata de una guerra de los sexos sino de que “se trata que todas las personas deberíamos tener un interés erótico en reducir el abuso”, mientras señala que las narrativas que el acoso genera se convierte en un mecanismo de control. En la línea de lo que Catherine Hakim nombró como capital erótico, Lamas rescata la posibilidad de una sexualidad instrumental sin condena moral.

Como la carta de las francesas contra el #MeToo —y el #BalanceTonPorc— Acoso de Lamas tiene un enfoque controversial para tratar de manera minuciosa un estado de cosas que está en pleno maremoto. Lamas repasa la ensayística de varixs autorxs (Elizabeth Badinter, Katie Roiphe, Gayle Rubin, Marie-France Hirigoyen, Duncan Kennedy, etc.) norteamericanxs en su mayoría, para interpelar al discurso del feminismo hegemónico. Las alertas y advertencias sobre los excesos de estos feminismos a los que llama “mujeristas” y punitivos sin duda son necesarias y son cuestiones que se cuelan en el tejido de nuestros debates. Pero hay que separar la paja del trigo y de los tres tristes tigres: la última ola de la marea feminista estalló para transformar los pactos de intercambio. Sin dudas, este cambio es para celebrar. Y en eso quizás es en lo que hay que poner el foco.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lamas, Marta
Acoso. ¿Denuncia legítima o victimización?
Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 2018 (Colec. CENTZONTLE)
182 pp

Este artículo se publicó primero en LatFem 

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