ÁCRATA, FEMINISTA, POETA, GUERRERA

Mucho más que La Dama del Cuarto Poder

 

Más oscurecido que oscuro, ese período de la historia argenta que arranca con el siglo XX (para rendir culto al fetichismo de los números redondos), es decir con Julio A. Roca, y que cierra su ciclo con el advenimiento de Perón, por el ’43, mezcla Gardel con Ley Sáenz Peña, inmigración con Semana Trágica, Década Infame con te vas Alfonsina con tu soledad / un poema nuevo fuiste a buscar… Claro: de lo oscuro a lo invisible cuando se trata de mujeres, como si entre Mariquita Sánchez y Evita nada hubiese y lxs argentinxs hubiesen llegado machitos y del espacio exterior, incluyendo a Juan Azurduy, Manuel A. Pedraza y otras calles machazas.

Menos que menos si se trata de una madre soltera adolescente, aguda oradora anarquista, protagonista de la Semana Trágica que se refugió con su pequeño hijo en la tumba de uno de los asesinados en aquella refriega, amiga del Simón Radowitzky que hizo volar por los aires al jefe de policía Ramón Falcón, la misma que le organizó no uno sino dos intentos de fuga del penal de Ushuaia, le consiguió después el indulto y lo envió de nuevo a la batalla. También compinche de Alfonsina, ella misma poeta, dramaturga, periodista, confidente del pintor David Siqueiros, cofrade de la intelectualidad de la época y sin embargo mayormente conocida por haberse casado con el inventor y propietario del célebre diario Crítica, Natalio Botana (Sarandí, Uruguay, 1888 – Jujuy, 1941), a quien le dio tres hijos, algunas alegrías y múltiples sobresaltos.

“Yo daré el ejemplo y levantaré los corazones en la lucha, para lo cual reclamo el derecho de ir con mis compañeros, delante de todos, empuñando la bandera roja, que es como el fuego de nuestros corazones”, arengaba a las masas obreras el 1º de febrero de 1914 en la trágica Plaza Lorea, con su blusa blanca y corbata negra voladora Salvadora Medina Onrubia, platense de nacimiento (1894), entrerriana de corazón, rosarina por convicción y porteña hasta el fin de sus días (1971). Discurso que le mereció ingresar como redactora en el periódico anarco por antonomasia, La Protesta, y un artículo en el diario de Botana –quien sin lugar a dudas le había echado el ojo— que le alertaba del riesgo de encarar ciertos “derroteros ideológicos que serán de una hermosa candorosidad si no merecieran de la policía cierta enemistad fundada en razonables antecedentes”. Al poco tiempo, sin hacer estación, Salvadora hizo pasar a Natalio a su piecita de pensión y se lo garchó. Allí comenzó otra historia.

 

 

Pues todos los episodios que engarzan las vivencias de Salvadora con los intestinos pormenores de la política, la cultura y la vida social de la primera mitad de siglo XX comienzan antes, con un susurro pueblerino tan intenso como el que vendría después, al incorporarse al star system de una sociedad avasallada por la modernidad, vigilada por una moral inquisitorial, sacudida por la irrupción de las masas proletarias y amenazada en su viril complexión por la emergencia de la mujer: “¿Sentimental, Salvadora? Mirá si después de tantos años de batallar descubrís que en tu cabeza impermeable al desaliento, con esa fortaleza que te envidian pero también te reprochan, hay todavía lugar para la nostalgia”. Tal la clave con la que Josefina Delgado (Buenos Aires, 1942) inaugura la novela con la que extrae de las tinieblas del chisme y del prejuicio a esta mujer libertaria que se jugó el cuerpo y la palabra por impedir que la no menos patriarcal que necia pacatería de la época le quitara su lugar en el mundo. A ella y a todas como ella.

Producto de una tan extensa como profunda investigación y trabajo de fuentes, Salvadora – La dueña del diario Crítica (esto último una maniobra de marketing editorial, sospecha este escriba; pues con el nombre propio bastaba) resulta la crónica de una desigual batalla en un mundo de braguetas y al mismo tiempo el panóptico de una época que se extiende a la actual sin dejar de hendir sus raíces en la moral victoriana. Delgado transcurre más de medio siglo de existencia de su heroína hablándole al oído, describiendo sus actos, asumiendo la voz de quienes fueron interlocutores. Como su personaje, la autora jamás duda en asumir riesgos como ponerse en los zapatos del prójimo, saltar de una voz narrativa a otra sin escalas, comprometerse hasta los tuétanos con el discurso, con las ideas, con el lenguaje: “Dónde estás, Natalio Botana, la tarde del 6 de septiembre, cuando los soldados de Uriburu llenan el hall del diario Crítica, el diario que pusiste al servicio de la ruptura de la democracia? Desde las escaleras, los flashes de los fotógrafos registran el acontecimiento. Entonces escribirás que Buenos Aires ‘nunca vio horas de más intenso júbilo’, olvidándote del pueblo que hace más de cien años expulsó con sus pobres recursos a los mismos ingleses a los que estás asegurándoles la continuidad de su poder. ¿Habrás sentido vergüenza alguna vez, Natalio…?” Pasión en todos sus ribetes, de ida al político, de retorno al orden intimista del erotismo: “Y entonces tu boca se abre sobre mi mueca de asco, tu lengua se mete en mi boca, mi boca empieza a abrirse y cierro los ojos para no verte, para no ver tus cejas hirsutas, para no ver tu cara de prócer (…) y ya no me queda más remedio que ceder”. Porque los fraudes tampoco se restringen al electoral, se extienden a los cuerpos, y sigue: “…pero tu boca no es de azúcar ya, tu boca tiene la amargura de la muerte y de la cara de mi hijo con el pecho atravesado por aquella bala que salió de tu pistola”. Impecable despliegue de cuatro voces, tres del singular, una del plural, capaces de hacer cambiar densidad y temperatura de la atmósfera en un segundo, en una misma línea.

Delicada forma de poetizar la Historia, la de Josefina Delgado aplica un frondoso caudal de recursos literarios al que el lector acompaña con gratitud en todo momento pues lo zambullen en los diversos climas, aligeran lo tortuoso, facilitan la identificación de y con los personajes, informan, toman posición, apuntan y dan en el blanco. Potencial o efectivamente, la vida de Salvadora repasa la de muchas mujeres, concentra el espíritu de su época y se adelanta a quienes permanecen como contemporáneos. El solo capítulo de Siqueiros pintando en 1933 en la quinta Los Granados su célebre mural Ejercicio Plástico (que fuera rescatado en 2010 por la pesada herencia al museo de Casa de Gobierno) encierra abundantes más significaciones que una desmitificación de la erotomanía, así como que Salvadora fuera quien apodara a su nieto “copito”, que derivaría en Copi, rebasa la mera anécdota pintoresca; son apenas las piedras sobre el río que asisten con su solidez a quienes se atreven a atravesar el torrente.

 

FICHA TÉCNICA

Salvadora – La dueña del diario Crítica

 

 

 

 

Josefina Delgado

Buenos Aires, 2018

230 págs.

 

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