Adiós y buena suerte

Entrevista a Luis Fondebrider, que deja el EAAF para liderar la Unidad Forense de la Cruz Roja en Ginebra

 

Luis Fondebrider viaja mañana. Después de dos décadas como director ejecutivo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), del que es miembro cofundador desde hace 37 años, deja su puesto y se muda a Ginebra, Suiza, para liderar la Unidad Forense del Comité Internacional de la Cruz Roja. Fondebrider, de 57 años, ganó el concurso mundial para el cargo de director de esa unidad gracias al prestigio de su trabajo en el EAAF, una institución de referencia global para la búsqueda e identificación de personas desaparecidas que construyó su expertise en base al rastreo de los desaparecidos de la última dictadura militar en la Argentina.

En 1984 Fondebrider tenía 19 años y estudiaba antropología en la UBA cuando Clyde Snow, uno de los antropólogos forenses más destacados del mundo, llegó desde los Estados Unidos junto a una delegación de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia que había sido convocada por la CONADEP y las Abuelas de Plaza de Mayo para asistir en las exhumaciones y el análisis de los restos de posibles víctimas de la represión ilegal. Hasta entonces la gestión de los cuerpos, en plena transición democrática, se había realizado por órdenes de jueces sin criterios científicos y bajo la supervisión de forenses que no tenían la confianza de los familiares.

A través de un contacto de Abuelas, Snow convocó para trabajar en la primera exhumación científica, en un cementerio de la zona norte delConurbano bonaerense, a un grupo de jóvenes estudiantes argentinos de antropología, arqueología y medicina, entre los que se encontraba Fondebrider. Aunque en esa ocasión no pudieron hallar los restos de la persona que buscaban, aquel fue el origen del EAAF. Mientras el retorno democrático empezaba a hacer pie, el grupo formado alrededor de Snow entendía que su tarea era trascendente y debía perdurar.

Snow regresó varias veces al país para dirigir nuevas exhumaciones e identificaciones y para capacitar a los co-fundadores del EAAF: además de Fondebrider, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti y Morris Tidball Binz. Desde entonces, el EAAF ha sido una organización pionera en el mundo en la investigación científica y multidisciplinar de desapariciones. Bajo la dirección ejecutiva de Fondebrider, el EAAF trabajó en países como Chile, Perú, El Salvador, Guatemala, México, Etiopía, Croacia, Kurdistán, Iraq, Zimbabue, Congo, Sudáfrica y Filipinas, entre otros, y atendió casos emblemáticos como el análisis de los restos del Che Guevara en Bolivia, la indagación sobre las muertes de Salvador Allende y Pablo Neruda en Chile, la búsqueda de víctimas del conflicto armado en Colombia o la pesquisa sobre el asesinato de los 43 normalistas de Iguala en México.

Pero esta entrevista, la última de Fondebrider antes de subirse al avión hacia Ginebra, no es sobre todo aquello sino sobre el presente y los desafíos del EAAF en su propio país.

¿Qué agenda tiene el EAAF a corto y mediano plazo en la Argentina?

—Seguirá trabajando en casos actuales: feminicidios, violencia institucional, casos criminales comunes. También está capacitando a fuerzas de seguridad, jueces y fiscales, e intentando incidir en un sistema federal de búsqueda de personas. Aunque existe un mecanismo en el Ministerio de Seguridad, todavía no está aceitado. Si una persona desaparece en Neuquén y aparece un cadáver en Tucumán, no hay forma de conectarlos porque no hay una base de datos única e intervienen diferentes jurisdicciones… es bastante caótico. En relación con los desaparecidos de los años ’70, ya investigamos casi todos los cementerios, quedan muy pocos, y ahora nos concentramos en grandes unidades militares como Campo de Mayo, donde usamos nuevas tecnologías para rastrear posibles inhumaciones.

¿Eso significa que pronto se alcanzará el techo de sitios para investigar?

—En cuanto a lugares oficiales como cementerios municipales, sí. O los cuerpos ya se recuperaron o pasaron a osarios hace muchos años y no hay forma de recuperarlos. Quedan las unidades militares, que no son pocas, como La Perla en Córdoba o Campo de Mayo, donde las expectativas son moderadas.

¿Cómo son las nuevas tecnologías para buscar posibles restos en Campo de Mayo?

—Combinamos los procedimientos tradicionales de una investigación criminal, como testimonios y documentos escritos, con prácticas de otras disciplinas, como la observación de lo que pasa en la superficie terrestre y debajo de ella. En Campo de Mayo hicimos un sobrevuelo con un aparato que combina un GPS, un láser y un escáner de alta resolución y que permite hacer un mapa tridimensional y reconstruir qué hay en la superficie atravesando árboles y edificios. Luego se utilizarán métodos de geofísica para prospectar lo que puede haber debajo del suelo. Y luego, si corresponde, se harán excavaciones en lugares de interés. Campo de Mayo es una unidad dinámica y enorme, 5.000 mil hectáreas de las que nos interesan unas 200. No hay muchos testimonios sobre inhumaciones, porque principalmente se utilizaban aviones para deshacerse de los cuerpos, pero haremos todo lo posible para ver si hay algo en la unidad.

¿Cuándo estarán los resultados de ese trabajo?

—Estamos terminando el análisis de los datos que relevamos con este aparato. Si la pandemia lo permite, en agosto o septiembre podría empezar a excavarse en algunos lugares.

El EAAF tiene en guarda unos 600 restos de NN. ¿Qué se sabe y qué falta saber de ellos?

—Esos cuerpos fueron recuperados durante los últimos 25 años de diferentes cementerios, principalmente del Gran Buenos Aires, donde sabemos que había restos de personas desaparecidas. Los análisis genéticos ya están hechos. Falta comparar para identificar. Eso depende de que familiares que aún no lo han hecho se acerquen a dar sus muestras de sangre para seguir ampliando el banco de datos genéticos, que hoy tiene cerca de 11.500 muestras pero le faltan muchas más para seguir haciendo comparaciones. Presumimos que los restos en guarda son de personas desaparecidas por sus características físicas, por los tipos de lesiones que tienen, pero no conocemos a quiénes pertenecían.

 

Fondebrider en el laboratorio de antropología forense. Foto EAAF.

 

¿Cómo juega el paso del tiempo en la chance de identificarlos?

—En contra, porque los familiares directos se van muriendo. Y cuanto más lejano es el parentesco, más difícil es la comparación genética.

¿Qué ocurrirá con la búsqueda de desaparecidos cuando ya no estén las dos generaciones que históricamente la impulsaron?

—No creo que el recambio generacional provoque que la búsqueda se acabe. En España hubo un recambio de 70 años y sigue habiendo familiares. Sí habrá menos gente, y seguramente los procesos judiciales terminarán en algún momento, pero creo que el tema seguirá instalado siempre más allá del momento histórico. Aunque, claro, el número de identificaciones ha bajado y las tareas del Equipo se fueron diversificando.

¿Cómo evolucionó la curva de identificaciones en los últimos años?

—Subió desde 2008, cuando empezamos la campaña para convocar a familiares a dar sus muestras. En ese momento firmamos un acuerdo con el Ministerio de Salud y la Secretaría de Derechos Humanos y se usaron medios públicos, radio y televisión, para promocionarla. Se acercó mucha gente. Después fue decayendo. Alrededor de 2015 empezó a descender la curva y ahora es baja, hacemos unas pocas identificaciones al año. Dependemos mucho de los familiares. Ahora se renovó la convocatoria. Sabemos que no es el mejor contexto para llamar a dar muestras de sangre, pero la campaña es constante y la infraestructura está.

¿Están apuntando también a posibles familiares en el exterior del país?

—Sí, principalmente en países que recibieron a argentinos exiliados como España, Italia, Suiza, México, Perú. Es muy importante porque aún hay gente que no se enteró de que existe la posibilidad de dar muestras a través de los consulados, de forma gratuita y confidencial. Para los familiares, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo difícil decidirse a buscar a un familiar muerto. Dependemos del deseo de ellos, que en muchos casos ya no son padres sino hermanos u otros deudos que por alguna razón activan la búsqueda.

Después de tantos años, ¿con qué narrativas se encuentran hoy de parte de los familiares?

—Es difícil generalizar, pero el sentimiento de incertidumbre, angustia y dolor sigue siendo el mismo. El mecanismo de la desaparición produce eso en el núcleo familiar. No saber lo que ocurrió con un ser querido es algo cultural que afecta más allá del idioma, la cultura, la religión. Aunque cada familia es un mundo, las experiencias por las que pasaron suelen ser similares.

¿Queda algo pendiente en el proceso de identificación de soldados argentinos NN en las islas Malvinas?

—El trabajo en Malvinas tuvo dos etapas. Primero la recuperación de 122 cuerpos en 121 sepulturas que tenían la placa “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. De ese conjunto ya identificamos los restos de 115 personas. Nos faltan siete y estamos en la búsqueda de los familiares. La segunda etapa es sobre una sepultura, la C.1.10, que tiene una placa con cuatro nombres pero sabemos que tres de ellos son incorrectos porque identificamos a esos soldados en otras sepulturas individuales. La idea es recuperar los restos de esa sepultura, posiblemente en agosto, para compararlos genéticamente y dar respuesta a los familiares. Después de eso, la intención es agotar posibles lugares de enterramiento en las islas fuera del cementerio de Darwin que hasta ahora no conocemos. Quizás hay alguno, no mucho más.

¿Supieron por qué está mal nominada la sepultura C.1.10?

—Esa placa con los cuatro nombres se colocó en 2004, cuando se reformó el cementerio, pero no sabemos por qué razón.

¿Buscar sepulturas fuera de Darwin requeriría otro acuerdo entre Argentina y Reino Unido?

—Sí, sería una tarea a posteriori del trabajo actual porque necesitaría otro acuerdo bilateral entre los gobiernos. Puede haber algún soldado que haya sido inhumado fuera del cementerio, es una hipótesis de trabajo que aún no se ha investigado.

 

Los antropólogos en el cementerio de Darwin, en Malvinas.

 

¿Cómo impactó la pandemia en el trabajo del EAAF?

—Nos afectó mucho la imposibilidad de viajar. Y hubo países donde tuvimos que parar proyectos que estaban en marcha. El peor efecto es para los familiares que esperan una respuesta en un contexto en el que no se puede salir al terreno ni proceder en identificaciones.

¿Qué trabajos hizo el EAAF relacionados específicamente con el Covid-19?

—A partir de abril del año pasado, cuando empezó a aparecer la palabra “protocolo” por todos lados y a difundirse información contradictoria, concentramos unos 70 protocolos de todo el mundo sobre el manejo de cadáveres de víctimas de Covid-19 y lo pusimos a disposición de la gente. Y luego trabajamos con el Estado para llegar a acuerdos básicos sobre los procedimientos con los cadáveres: qué tipo de bolsa, qué protección, qué se debe hacer, cómo informar a las familias, qué se puede hacer y qué no en los velatorios. Presentamos tres guías de buenas prácticas para adoptar que entregamos a los gobiernos de varias provincias. Después la pandemia nos pasó a todos por encima. Hoy pareciera que los muertos son números nada más. Quiero creer que ha mejorado el manejo de los cadáveres ya que antes era bastante deficiente.

¿En qué consistirá su nueva labor en la Cruz Roja?

—La Unidad Forense de la Cruz Roja se creó en 2003 y hoy tiene cien personas distribuidas en cuarenta países. Se encarga de temas relacionados con el manejo de cuerpos: asesorar a las autoridades, impartir información, dar cursos de capacitación, difundir buenas prácticas. En el mundo hay miles de familiares que no pueden dar con sus seres queridos por distintas razones. La Cruz Roja busca asistir a esos familiares en la búsqueda y el trabajo de la Unidad Forense que voy a dirigir se inserta en esa tarea mucho más amplia. Va a ser una labor muy intensa y desafiante, de dimensión mundial y con mucha gente a cargo. Conozco muchos de los lugares donde trabaja la Unidad y llego con 37 años de experiencia.

—¿Cómo se decidirá su reemplazo en la dirección ejecutiva del EAAF?

—Ahora empezó un proceso de transición. La comisión directiva buscará un nuevo director y habrá un concurso abierto dentro de un par de meses. Es una decisión complicada como cualquier otra, pero después de 37 años el Equipo está consolidado. Siempre dije que la institución es más importante que los nombres y las personas. Estoy confiado en que el trabajo va a seguir y mejorar. Hay gente muy capaz. Ojalá se presenten muchos candidatos.

—¿Sintió algo de melancolía en estos días de despedida?

—Es una mezcla de tristeza y alegría… no me detengo a pensar demasiado. Tengo mucho que hacer.

 

Con Estela Carlotto, de Abuelas de Plaza de Mayo, en los 35 años del EAAF.

 

 

 

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