Afganistán: ¿punto final?

Interrogantes ante el fin de la presencia militar estadounidense

 

El discurso ofrecido por Joseph Biden con motivo del cumplimiento de sus cien primeros días de gobierno fue copioso –y sorprendente– en materia de política nacional, pero escaso en el rubro de política internacional. Uno de los temas que tocó fue el de Afganistán, sólo para reafirmar algo que dos semanas antes había informado como ya decidido: el retiro de las tropas norteamericanas de ese país. “Va a finalizar la guerra interminable (forever war)” allí, acotó. Es notable que hiciera propia esa expresión cuyo adjetivo –interminable– ha tenido un uso claramente crítico entre periodistas y columnistas de diversos medios de la gran potencia del norte. Pero como si esto no fuera suficiente, agregó: “No hay que equivocarse. En 20 años, el terrorismo ha hecho metástasis. La amenaza ha evolucionado mucho más allá de Afganistán”. Constatación que remite a la pura realidad. Lejos de que tronara el escarmiento desarticulador y definitivo que soñara el entonces Presidente George Bush (h), la invasión a dicho país no resolvió la cuestión del terrorismo islámico sino que la multiplicó por el mundo musulmán y la llevó, incluso, a otros teatros de la escena internacional. Pero vayamos por partes.

 

 

La invasión y lo que siguió

El 7 de octubre de 2001, Bush (h) lanzó la Operación Libertad Duradera, que invadió Afganistán al frente de una amplia coalición internacional. No fue exclusivamente para enfrentarse con el gobierno talibán que regía a ese país desde hacía ya seis años, sino también para combatir a Al Qaeda y tratar de eliminar a su jefe, Osama Bin Laden. El responsable de los atentados del 11 de septiembre de aquel año tenía instalaciones y campos de entrenamiento allí, facilitados por los talibanes. Esa operación tuvo un éxito relativo. No dio con Bin Laden, pero destruyó varios de sus campamentos, le causó no pocas bajas, y obligó a su retiro y el de sus huestes hacia otros países. Además, derrocó en seis meses a los talibanes que se reagruparon en diversos lugares del Afganistán y sostuvieron una persistente resistencia y confrontación militar contra Estados Unidos y sus aliados, que lleva ya casi veinte años.

Cuatro años después, el mismo Bush, en un discurso dado en Fort Bragg en junio de 2005, decía: “Después del 11 de septiembre hice un compromiso con el pueblo estadounidense. Esta nación no esperará a ser atacada nuevamente. Defendemos nuestra libertad. Llevaremos la lucha donde está el enemigo (…) Hay un solo curso de acción: derrotarlos en el extranjero antes de que nos ataquen en nuestro país”. Al amparo de ese rótulo formal ya había sido invadida Irak en junio de 2003, bajo la acusación de que allí se estaban desarrollando armas de destrucción masiva con la anuencia de su Presidente, Saddam Hussein. Ya no se trataba sólo de enfrentar al terrorismo islámico, sino también a una amenaza atómica que, como bien se sabe hoy, jamás existió.

En 2004 comenzó la ofensiva política contra Siria. Bush le impuso sanciones económicas y prohibió la mayoría de sus importaciones. Luego sobrevinieron años de mucha tensión, de amplio intervencionismo político norteamericano con intención desestabilizadora y de rechazo sirio. En 2009, el Presidente Barak Obama mantuvo la presión sobre el gobierno de Bashar al-Assad y se involucró en el sostenimiento de grupos opositores. Llegó incluso –con apoyo de la Unión Europea– a exigir su renuncia. En 2011 estalló una guerra civil con participación de potencias externas en los dos bandos que duró casi una década, de la que salió mejor parado al-Assad, merced al eficaz apoyo ruso.

Queda finalmente el caso de Libia, atacada por una coalición de potencia occidentales encabezada por los Estados Unidos. Derrocó a un Muamar Gadafi ya vaciado de su pesada intransigencia inicial, quien murió en septiembre de 2011. No obstante esto, esa coalición occidental no pudo imponer condiciones y el país quedó dividido en dos partes que hasta el día de hoy mantienen una guerra civil.

En fin, esta es sólo una parte de la bizarra cabalgata norteamericana por el mundo islámico, comenzada por George Bush (h). Su fórmula de dar combate al terrorismo islámico en su terreno “antes de que nos ataquen en nuestro país”, quedó en buena parte desacreditada por los hechos: ni al-Assad, ni Hussein, ni Gadafi pretendían atacar a los Estados Unidos en su territorio. Tampoco la organización talibán.

 

 

La decisión de Trump

Quien vino a cambiar este escenario, en parte, fue Donald Trump. Decidió retirar las fuerzas militares establecidas en Siria, proceso que hasta hoy no ha terminado. Y, por otro lado, llevó adelante una negociación con los talibanes para pacificar el país, que culminó en un acuerdo firmado el 29 de febrero de 2020. Su texto no se conoce en su totalidad y hay además dos anexos reservados. Pero se han filtrado algunos puntos fundamentales establecidos en aquel entonces. Estados Unidos retiraría el 72% de sus tropas (8.600 efectivos) en 135 días y el resto en 14 meses; se acordaría un cese del fuego para no entorpecer ese retiro; se impulsarían negociaciones entre los talibanes y el gobierno afgano para llegar a un acuerdo que definiera bajo qué condiciones debería avanzarse hacia la convivencia entre ambos y hacia la incorporación talibana al sistema político afgano; y el gobierno actual y el que posteriormente resultare de las negociaciones indicadas en el punto anterior deberían garantizar que no se aceptaría más el desarrollo de actividades terroristas con base en Afganistán. En particular, las que eventualmente podrían desarrollar Al Qaeda y el ISIS. Complementariamente, pero por fuera del texto específico del acuerdo, se convino que habría un entendimiento entre el gobierno afgano y los talibanes para la liberación de prisioneros: 5.000 de la parte talibana y 1.000 de la gubernamental.

Con cierto retraso y con dificultades, la puesta en práctica de lo pactado venía desarrollándose de todos modos. Como se ha señalado más arriba, Biden retomó la iniciativa de retirar las tropas establecidas en territorio afgano. Pero no hizo ninguna alusión al acuerdo firmado por su antecesor en el cargo, lo que coloca cierta dosis de incertidumbre sobre lo que vendrá.

 

 

Final

Así las cosas, persisten algunas preguntas inquietantes que ya se formulaban luego de que se diera a conocer la antedicha iniciativa de Trump. ¿Será posible una convivencia entre el gobierno actual y las fuerzas políticas que lo componen, con el talibán? ¿Acatarán estos las eventuales nuevas reglas del juego o retornarán a la insurgencia y a la búsqueda del poder gubernamental? ¿Conducirá todo esto a un sano punto final o será apenas el inicio de un recorsi viquiano?

Quizá una clave interpretativa podría encontrarse en la figura de la metástasis del terrorismo islámico utilizada por Biden, citada al comienzo de esta nota. Si ese hecho –la metástasis– fuera determinante, el actual Presidente norteamericano podría desinteresarse de la cuestión afgana, que finalmente es sólo un asunto local. Así le sería posible abocarse al desarrollo de una estrategia más ajustada al contexto y al tiempo en el que viven su país y el mundo, tanto en materia de insurgencia y de terrorismo islámico cuanto en otros planos de la seguridad internacional. Claro que esta opción puede significar el tácito reconocimiento de un fracaso.

Por otra parte, la salida debería tratarse prolijamente. Lo óptimo sería un acuerdo con los talibanes y, en simultáneo, una rápida transferencia de capacidades, medios y apoyos al actual gobierno para frenar una eventual arremetida de aquellos. Si esto no sucediera, podría repetirse las mismas dramáticas “postales” que vimos hace ya muchos años, en las horas previas a que cayera Saigón.

 

 

 

 

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