AL BORDE DEL ATAQUE DE NERVIOS

Cómo lidiar con las tareas escolares en casa y no enloquecer en el intento

 

Si algo demanda una pandemia es ir más allá de las respuestas dadas.

Manejarnos con un saber conocido no hará otra cosa que llevarnos a errar el camino. Cómo articular el vínculo entre la escuela, el niño y su familia cuando las escuelas no pueden estar abiertas, esa es la pregunta que generó este texto.

En “Conferencia sobre la eficacia”, Francois Jullien trabaja el contrapunto entre la cultura china y la cultura occidental a la luz de este concepto: “La manera griega de concebir la eficacia puede resumirse así: para ser eficaz, construyo una forma, un ideal, cuyo plan trazo y al que le adjudico un objetivo, luego esta modalización requiere su aplicación”.

Esto podría traducirse en que se le exige a la experiencia directa que encaje en una teoría. Pero esta traslación no sucede y de allí se desprende la angustia de tantos padres que sienten el peso del “tengo que enseñar a leer”, “tengo que explicar matemáticas”, “tengo que formular preguntas de geografía” y así una sucesión de “tengo que” que, en tiempos de coronavirus, sólo provocan mayor desasosiego.

Así se apilan trabajos de idiomas, literatura, ciencias naturales o química. Hay padres que no tienen los saberes que están adquiriendo sus hijos o ya no los recuerdan, o bien los conocen, pero no cuentan con la habilidad, la paciencia, ni las estrategias pedagógicas para poder transmitirlos. Es por esto que es necesario que analicemos el cambio de “circunstancias” que no es más que la situación inédita en la que nos encontramos hoy.

Se trata básicamente de comprender que pedir que las familias acompañen a la escuela a construirse como autoridad pedagógica, para que allí la maestra pueda enseñar y el alumno la legitime como su docente. Es un concepto muy distinto al de pensar que es esa misma mamá o ese mismo papá quien debe enseñar a leer y escribir.

La tarea docente está enmarcada en su rol, que además está supervisado por autoridades superiores; es decir, docentes con más experiencia. También existen equipos de apoyo que acompañan. Así, en su conjunto, la escena educativa funciona. En ocasiones de mejor o peor manera, por supuesto, pero es siempre la institucionalidad de una escuela la que responde.

Esto no implica que hoy debamos dejar a los niños y los jóvenes a la espera de un retorno a clases para recién entonces comenzar a vincular con lo escolar. Aquí es donde aplica el concepto de eficacia dentro de la cultura china, un concepto que nos remite a lo inédito de “la circunstancia”.

Los chinos plantean que la estrategia nunca puede ser pensada por fuera de la experiencia y que no debe elaborarse desde una situación que ya fue modalizada. Es en cambio desde la propia situación en la que nos encontramos y a partir de su lectura, desde donde se puede descubrir el potencial y explotarlo.

A su vez hay otra cuestión. Nunca existe una relación directa entre lo que el docente enseña y el alumno aprende, por lo tanto no es este el momento para que nos preocupemos tanto por los contenidos. Las síntesis que cada niño hace de sus trayectorias escolares son siempre singulares, allí donde cada uno puso el acento es donde señala su interés. Es así que lo que nosotros recordamos de nuestras trayectorias escolares y lo que cada uno extrajo de ellas es muy diferente, inasimilable a la experiencia de los otros.

La escuela no es solamente transmisión de conocimientos, avances en la lecto-escritura, saberes matemáticos o conocimientos de historia y geografía. También y sobre todo implica la posibilidad de constituir un orden, un vínculo con el otro, un lazo con el afuera, una exogamia. Marcar y sostener horarios favorece la regulación del cuerpo y genera las condiciones para acceder a un orden emocional. Lo escolar posibilita que la pulsión, eso que empuja el cuerpo, se enlace a la palabra.

Los límites colaboran en la construcción de la diferencia, en la ruptura de un tiempo continuo e igual. El límite como encuadre permite entender las reglas y funciones de cada uno de los espacios que ocupamos ya que sin esta construcción, el niño queda sometido al pulso que marca su cuerpo y el efecto en la subjetividad, en general, es el padecimiento. Un ejemplo claro es el timbre del recreo, que marca la diferencia entre un espacio y otro. Aunque es evidente que si el docente no cumple su función, el recreo también deja de ser recreo y las clases pierden su esencia.

En la situación actual, cuando el niño experimenta el esfuerzo de la tarea, la felicidad que le provoca su espacio de recreación es un sentir muy distinto a lo que se le genera ante un continuo de momentos iguales.

Frente al cierre extraordinario de las escuelas, el Ministerio de Educación de la Nación generó un material gráfico, audiovisual y disponible en diversas plataformas, con el nombre de “Seguimos educando”, para ayudar a las familias a que esto ocurra; es decir, a que ese encuentro, ese lazo con lo escolar pueda sostenerse de alguna manera.

Es claro que aquí lo importante no es el contenido curricular, ni lo cuantitativo, sino el encuentro mismo entre ese hijo o hija y esa madre o padre que enmarca la tarea, que la valora y la acompaña sin ser docente. Una madre o un padre no debe esperar hoy ningún resultado. Su tarea enorme es poder acompañar porque eso es lo mejor que puede hacer en estas circunstancias.

Tal vez y sólo como una probabilidad, el adulto a cargo pueda sostener algo de lo escolar desde su casa. Pero simplemente el hecho de sentarse un rato con su hijo y ayudarlo a seguir dándole sentido al vínculo pedagógico es la mejor respuesta en tiempos de pandemia.

Cuando pueda, la escuela continuará con el resto.

 

 

 

 

  • Mara Brawer  es diputada nacional por el Frente de Todos y Marina Lerner  es directora del departamento de Educación de APBA). Ambas son autoras del libro Violencia. Cómo construir autoridad para una escuela inclusiva.

 

 

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