Al borde del saqueo

Es fundamental proteger los glaciares y los ecosistemas que los rodean para mantener el equilibrio del ciclo hídrico

 

La política, la economía y el ambiente son factores que interactúan para influir en la toma de decisiones y que hacen a la gestión de los recursos naturales. También la cultura se asume como un vehículo insustituible, para la divulgación y conciencia de la protección de nuestra biodiversidad.

Este artículo viene a cuenta de la malversada audiencia pública que se realizó para cambiar la Ley 26.639 de Régimen de Presupuestos Mínimos para la Preservación de Glaciares y del Ambiente Periglacial del año 2010, reglamentada en 2011 mediante el decreto 207. Una ley que fue vetada y vuelta votar, para ser muy discutida y avalada finalmente por la Corte Suprema de Justicia de la Nación. La misma, contó con una gran transversalidad política a la hora de su aprobación. Dicha ley regula la actividad minera y no la prohíbe, lo que demuestra la avidez del capital descontrolado que banca este gobierno.

Este artículo busca, a través de un recorrido por el laberinto de armonías ambientales de nuestra América Morena, señalar sus amenazas y mostrar la interrelación de la naturaleza, que es lo que peligra.

La matriz extractivista, generada con la conquista, nos dejó una modalidad económica, cultural y de vida marcada a sangre y fuego, delineando firmes contornos. Una matriz de aprendizaje difícil de romper, porque sobre ella se consolida, como las capas geológicas, la dependencia.

Somos un continente de puertos hacia afuera, lugares de borde por donde la extracción encontró su salida. Eso generó puntos de acumulación para recibir y transferir riqueza; un ejemplo es Buenos Aires.

La tensión de esos puertos tira hacia afuera, dejando vacío de materias primas y de población al continente. Solo dos personas hablaron de integrar las grandes cuencas internas de Sudamérica, y fueron llamados locos: Domingo Faustino Sarmiento y el comandante Hugo Chávez. Nuestros ríos pueden ser un factor de integración real.

Nuestra tierra es el último film de esa clara pensadora que es Lucrecia Martel, quien logra poner en imagen pensamientos: no los cuenta, los muestra.

Es una película extraordinaria, rebosante de paisajes cuidados por pueblos originarios a lo largo de siglos, a los que se ha estafado y olvidado, sometiéndolos al despojo y al desprecio. Se inicia con el asesinato de Javier Chocobar, increíblemente un 17 de octubre, en un paraje donde existe una disputa territorial entre los habitantes y los acusados del crimen. La película devela con inteligencia cómo se construye históricamente la invisibilidad y el sojuzgamiento de nuestros paisanos indígenas, con testimonios, relatos, un juicio e imágenes que muestran la hipocresía social. Un pueblo que lucha por su comunidad contra la propiedad privada que otros quieren imponer. El verdadero origen del mal que aqueja a la Argentina era ese: el desprecio absoluto por lo nuestro.

Nuestro país es parte de la región, y dentro de él también hay regiones. Se hace necesario entender el denominador común que las une: la enorme biodiversidad y riqueza natural. Eso conforma un todo interactuante, donde vivimos interconectados, casi sin saberlo. Los movimientos de la naturaleza nos sostienen y nos unen.

En la escuela estudiábamos con dos mapas diferentes: el físico, del territorio libre, y el político, donde cada línea significaba un conflicto, una guerra, una decisión. La política existe, por suerte, y debería forzar la unión más cercana posible con esa matriz natural que nos envuelve. La política está para hacernos la vida mejor.

Veamos algunas cuestiones fascinantes para comprender el fabuloso mundo natural que nos une en su armonía: los ríos voladores, un fenómeno natural que pocos conocen. Son enormes extensiones de vapor de agua que se generan en la selva amazónica y fluyen hacia la atmósfera, transportando humedad a largas distancias. Se forman a partir de la evapotranspiración de los árboles y la evaporación del océano Atlántico, impulsados por los vientos alisios hacia el oeste. Al chocar con los Andes, el vapor se condensa y cae en forma de lluvia y nieve, alimentando la región. Los glaciares actúan como reservorios de agua, regulando el clima y el caudal de los ríos. En la Argentina se desprenden 37 cuencas de la cordillera que alimentan sistemas hidrográficos, como el Río Colorado, que atraviesa Mendoza, Neuquén, La Pampa, Río Negro y Buenos Aires, irrigando 78.000 hectáreas en Villarino y Patagones.

Es fundamental proteger los glaciares y los ecosistemas que los rodean para mantener el equilibrio del ciclo hídrico. Hoy estamos al borde del saqueo, con una ley de glaciares que se burla de la voluntad expresa de 100.000 voces. A eso se suma el desmonte en el norte, que ha provocado terribles inundaciones en Córdoba y Tucumán, por la expansión de la frontera sojera. También la explotación del litio y las tierras raras, sin estrategia nacional o regional, y la tragedia anual de los incendios, consecuencia de haber plantado especies ajenas como pinos y coníferas. Todo esto se mezcla con la extranjerización de la tierra, generando un cóctel explosivo.

Nuestro litoral marítimo está abandonado, el Paraná en vías de convertirse en un canal sin biodiversidad, dragado a 44 pies, raspando sus suelos y destruyendo la vida que alimenta a los peces. Las contaminaciones en el Puelche y en el acuífero guaraní, una de las reservas de agua más grandes del mundo, se suman a la deforestación del noroeste y al inagotable Potosí, explotado por siglos.

Nuestro Presidente se pasea ofreciendo la Patagonia para la inteligencia artificial, que requiere clima frío y abundante agua, lugares abiertos y frescos con fuente de agua y energía cercanas. Allí se instalarían los centros de datos, lugares del tamaño de un estadio como la cancha de River, cada uno, con un consumo energético equivalente a una ciudad de 50.000 habitantes. El fracking, la minería a cielo abierto y la explotación del litio tienen un denominador común: el agua utilizada en abundancia. Ese líquido vital es el eje de la preocupación, que amenaza con destruir las armonías naturales que aún sobreviven y que poco conocemos. La desinformación juega en contra de la vida.

Hace unos días, en el Centro Experimental del Teatro Colón (CETC), en la sala Gerardo Gandini, se presentó el proyecto Geonnitus, una experiencia inmersiva sobre el fracking, que buscó transmitir con instalaciones, sonidos e imágenes el corazón de ese modelo extractivista. Una puesta artística que denuncia cómo la promesa de bonanza solo deja escombros, bares de alternancia, residuos y hoteles de nombres sugerentes, como El Dorado. Gente de paso, nada para los pobladores.

 

 

En esos mismos días, en la sala principal, se presentó El lago de los cisnes. La belleza del ballet y sus bailarinas transformadas en cisnes en un lago de ensueño, contrastaba con lo que se denunciaba en los sótanos del teatro, exactamente debajo de la platea.

Graciela Speranza, en un gran texto para Geonnitus, trajo a cuenta, el pensamiento del antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro: “El perspectivismo amerindio nos sirve para pensar una relación menos volcada hacia el consumo desenfrenado de recursos y una menor tensión con los demás seres vivos. Frente a la imaginación de fin que trae el Antropoceno, los pueblos amerindios tienen algo más para enseñarnos: para ellos el fin del mundo ya sucedió el 12 de octubre de 1492. Y, sin embargo, su mundo resiste, disminuido pero irredento”.

Para finalizar, necesitamos volver a soñar, algo que dejamos de lado hace tiempo. Soñar un espacio donde se expresen las mayorías, para ordenar nuestros territorios y biodiversidades sin destruir nuestros bienes, proyectando una nueva matriz productiva y sostenible. La mala palabra que significa la planificación territorial federal debería volver a ser empoderada. Pero para eso primero hay que soñar y después hacer un país, no este rompecabezas que nos están dejando.

 

 

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