Al espacio y más allá

Historia de los cohetes en la Argentina, de la lluvia de Vuelta de Obligado hasta el proyecto Tronador II

 

Hay una épica con el tema del espacio y los astronautas, dice el psiquiatra y periodista de vocación Federico Pavlovsky, hijo del recordado Tato. En una charla que tuvo con Martín Granovsky, el psiquiatra acaba de lanzar su página con una crónica inédita titulada Una historia de cohetes, uno de esos raros relatos que parecen de ciencia ficción pero que anclan la memoria reciente sobre, en este caso, la desconocida historia aeroespacial de la Argentina, sus tensiones políticas y otras curiosas anécdotas.

A nivel mundial, aquello que Julio Verne soñó en 1865 se destapó en el fragor de la Guerra Fría. La génesis de El Cohete a la Luna, que Macri haría famosa por su lista de casi 600 personas que deseó eyectar en una nave espacial cuando era Presidente, en efecto es una invención de aquella época: desde 1957 con el lanzamiento del primer satélite al espacio (Sputnik, como el nombre actual de la vacuna rusa) hasta 1989 con la caída del muro de Berlín, la Guerra Fría se trasladó al espacio con el lema “quien domine el espacio, dominará el mundo”.

La cultura del cohete, de hecho, forma parte de la cultura contemporánea. Tom Wolfe, el mismo que Juan Forn calificó en su libro póstumo como “un idiota útil de la derecha”, escribió una novela célebre (Elegidos para la gloria, 1979), que relata el proceso de selección del primer astronauta norteamericano durante la década del ’60. En el ’83 Philip Kaufman la adaptó al cine y hace poco —2020— Disney lanzó una serie sobre esta historia. Los Estados Unidos, como no podía ser de otra manera, optaron por mediatizar su proceso aeroespacial hasta el punto que se convirtió en un espectáculo social: los astronautas se convirtieron en figuras públicas y la revista Life invirtió cientos de miles de dólares para contar en detalle la vida de los candidatos a viajar al espacio.

En ese mismo momento, los soviéticos –con el hermetismo como estrategia, apunta Pavlovsky– desarrollaron un plan de desarrollo que desconcertó al mundo, lanzando el primer satélite con el Sputnik y poco después, en 1961, enviando al primer hombre al espacio con el cohete Vostok I: Yuri Gagarin. Atento a los movimientos de la batalla espacial, a los pocos meses Estados Unidos no se quedó atrás y logró casi empatar a su rival con un vuelo suborbital de 15 minutos liderado por el piloto de la armada Alan Shepard (Proyecto Mercury).

Reclutamiento de científicos alemanes nazis, inversión de cientos de millones de dólares, la invención de la computadora como elemento imprescindible, planes ultrasecretos, espías y todo lo imaginable ocurrió allí, en el éter, donde la realidad superó con creces a la ficción.

En la Argentina, el relato es menos conocido pero con tensiones que atraviesan la política de cabo a rabo, tan apasionadamente como ocurriera con la batalla cósmica de la Guerra Fría. La historia aeroespacial tiene sus orígenes, insospechadamente, en el siglo XIX. En efecto, la “cohetería” se hizo presente de una forma poco conocida en la batalla de la Vuelta de Obligado, cuando una lluvia de cohetes de la flota anglo-francesa produjo bajas.

En el siglo XX, según la investigación de Pavlovsky, hay una sorprendente y olvidada sucesión de acontecimientos para el país. Manuel Savio, creador de Fabricaciones Militares, fue uno de los primeros en advertir que un arma de vanguardia alemana, el cohete volador V2, también podía ser útil como método de transporte para alcanzar grandes alturas. En la posguerra la Argentina intentó el mismo reclutamiento de cerebros que las potencias y alistó una serie de científicos: Dewoitine, Tank (que participó en la creación del avión a reacción Pulqui II, tercero en el mundo de su tipo), Horten (creador de aviones de vanguardia y misiles) y Richter (el que armó un gran laboratorio en la isla Huemul y por unos meses convenció al gobierno argentino que había logrado la fusión atómica, anuncio que el investigador jamás pudo demostrar).

Federico Pavlovsky ubica una serie de nombres que protagonizaron el nacimiento de la historia aeroespacial en Argentina: Dyrgalla, Tabanera, Guevara, Cavallini y Tasso, entre otros. Desde 1947, en el primer peronismo, la Argentina comenzó una serie sorprendente de desarrollo de cohetes con la creación de El Tábano, primero producido en el país, para luego seguir con la producción y lanzamiento de distintos cohetes civiles y militares (Martin Fierro, la serie de los centauros, Proson y Canopus, entre otros). El impulso en el país tuvo tal dimensión que fue necesario, en efecto, construir centros de lanzamientos de cohetes espaciales, ubicados en Mar Chiquita (Buenos Aires) y El Chamical (La Rioja).

Pero el capítulo fundamental se dio en el contexto de la Guerra Fría, acorde al relato universal en pugna. En 1965 acontece el dato revelador: la Argentina fue el tercer país en el mundo en lanzar un cohete al espacio, y lo hizo desde la Antártida en lo que se conoció como la “Operación Matienzo”, un experimento para medir la radiación electromagnética a 40 kilómetros de altura.

 

El cohete lanzado desde la Antártida en 1965. Foto Dirección de Estudios Históricos de la Fuerza Aérea Argentina.

Fue entonces que el país comenzó con un plan de satelización propio, es decir, no sólo producir satélites sino lanzarlos desde un vehículo espacial propio. Uno de los desarrollos en cuestión había sido el Cóndor, que se inició a fines de los ’70 con el objetivo de facilitar un plan nacional de satelización. “La guerra de Malvinas, en 1982, provocó un giro abrupto del sentido del proyecto, que es reconvertido a un misil balístico de alcance intermedio, con las Malvinas incluidas en su capacidad de fuego”, escribe Pavlovsky.

El proyecto militar, en rigor, contó con transferencia tecnológica de Alemania y con una controvertida financiación de Irak y Egipto. Finalmente el misil Cóndor estuvo a punto de ser lanzado por primera vez en 1988 desde en Cabo Raso (Chubut) pero la presión de los Estados Unidos a través de su embajador fue decisiva para la suspensión del lanzamiento. De allí en más sobrevino el desastre: se precipitaron la cancelación del programa, el desguace de todos los materiales y documentos, el desarmado de equipos y la anulación de los desarrollos.

Alrededor de Malvinas ocurrió otro episodio digno de Ray Bradbury o Philip K. Dick. Un día después del desembarco de las tropas argentinas, los técnicos que se encontraban en el país para calibrar los misiles Exocet, comprados meses antes a Francia, se retiraron rápidamente del país y los dejaron “inutilizables” ya que era imprescindible, según sus explicaciones, efectuar un diálogo electrónico entre el avión francés Super Étendard y dicho misil. En una historia propia de espías, un empleado infiel de la fábrica de misiles pasó en forma secreta los códigos a la marina argentina y entonces se logró activarlos. Estos aviones equipados con el Exocet (se disponía de seis) causaron el mayor daño a la flota británica desde la Segunda Guerra Mundial. A tal punto llegó la preocupación, que un comando especial de las fuerzas inglesas (SAS) aterrizó en el continente con el fin de destruir los aviones y asesinar a sus pilotos. Pero la misión no logró completarse y la patrulla escapó a través de la frontera con Chile.

Luego de la Guerra de Malvinas sobrevinieron décadas de congelamiento de desarrollos aeroespaciales. Aunque el diseño de satélites propios es una realidad desde los ’90, con el protagonismo de la empresa INVAP como vanguardia, los mismos han sido lanzados desde Rusia o los Estados Unidos. Recién en 1996 el Estado recuperó el concepto de crear un vehículo nacional para el lanzamiento de cargas útiles. Se le dio el nombre de Tronador y el desarrollo aún no ha logrado plasmarse en una realidad concreta, signado por cambios en el presupuesto y avances y retrocesos en el tiempo.

En el mundo, la idea del acceso al espacio como una política de Estado es un signo de la geopolítica tanto como un divertimento para millonarios. Luego de algunas décadas de relativa calma, con el envió de sondas a Marte como evento más destacado, a través de personajes como Elon Musk (Space X), Jeff Bezos (Blue Origin) y Richard Branson (Virgin Galactic) la agenda aeroespacial ha retornado a los grandes titulares. La Argentina, pese a sus cíclicas crisis científicas, no está alejada del movimiento. Por estos días el satélite argentino Saocom 1B está cumpliendo su primer año en órbita y se acaba de firmar un convenio entre la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Plata (UNLP) y la empresa nacional Veng para fabricar el lanzador de satélites Tronador II. En otro ejemplo de la capacidad logística de los estudiantes y científicos argentinos, el próximo 20 de diciembre la empresa SpaceX con su cohete Falcon 9 lanzará microsatélites –pesan menos de 500 gramos– creados en su versión prototipo por alumnos de una escuela técnica marplatense.

 

El Tronador II, que se probó por primera vez en 2014.

 

 

“La cantidad de proyectos y científicos que durante décadas vienen trabajando alrededor de los cohetes es la metáfora del auge y caída de un país –concluye Pavlovsky–. Me impresiona cómo surgen héroes anónimos y desarrollo de equipos, y después, casi como una constante, llegan las crisis y el desarmado de equipos. Son historias que se desconocen a nivel general. Políticas mal direccionadas, científicos de gran valor que quedan en las sombras y una historia militar que priorizó la represión y la brutalidad por encima de la producción científica nacional. Y, casi como una paradoja, subsisten hasta la actualidad organismos públicos y empresas nacionales como la INVAP que de todas formas exportan satélites. Hay un juego de tensiones entre un país que se puede desarrollar y aspirar a una independencia tecnológica y, por otro lado, una cosa de olvido y de desguace. Nadie puede creer, por ejemplo, que en los ’60 la Argentina lanzaba cohetes, parece algo sacado de una historieta”.

 

 

 

 

A continuación la charla completa de Pavlovsky & Granovsky:

 

 

 

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