Al gran pueblo argentino, pianos

La música que escuché mientras escribía

 

La frase del título la pronunció Enrique Villegas durante un recital y dio título a uno de sus discos. Unir el piano con una consigna patriótica es un gran hallazgo. El piano es una orquesta en sí mismo, el rey de los instrumentos. El de Villegas me parece todo un manifiesto, al que adhiero sin reservas. Si por cada consola de video juego se entregara un piano, el país sería otro.  El Mono Villegas cumplió su parte en grado sumo. Y aquí tenés una muestra de su talento.

 

 

El piano formó parte de mi vida desde que tengo memoria, porque mi vieja tocaba los tangos de la guardia vieja que no estaban bien vistos para una señorita de la década de 1920, hija de la portera del conventillo. No tengo registros de esa época, pero te podés dar una idea con este, cuando la ingeniera Jana Altschuler ya pasaba de los 90, de memoria y con un piano de cuarta, con algunas teclas mudas. En esa movilidad social consiste el peronismo, como cree Sergio Massa si lo apuran por una definición, aunque esto ocurrió antes del ’45.

 

 

 

La selección que sigue es muy ecléctica, con algunas de las cosas que me acompañaron a lo largo de mi vida.

En la lista de mis admiraciones al piano nadie ocupa un lugar tan destacado como Horacio Salgán. Por eso repito aquí una grabación que ya publiqué, sin nadie que haga ruido a su lado, Salgán solo, puro, único. Grabado en vivo en los lagos de Palermo en 1991 por el Mono Fontana y que llegó a mí por la generosidad de Daniel Godfrid, que es el pianista de la gran Lidia Borda.

 

 

Otro infaltable en esa selección es Lucio Demare. Tuve el privilegio de tratar a los tres, más distintos entre ellos imposible. El Mono fue un chico travieso hasta la vejez, de meterse abajo de las mesas y tocarle las piernas a las chicas, delante de todo el mundo. Demare era un señor argentino, correcto y tierno. Salgan también se vestía formal, pero su pelo enrulado y sus ojitos brillantes delataban otro mundo, que está en su música.

Además de intérprete exquisito, Lucio fue un gran compositor, como lo ejemplifican los temas que siguen.

 

 

En el folklore, Adolfo Ábalos es un tesoro incomparable. Después de medio siglo de cantar con sus hermanos en el conjunto que llevó el apellido familiar, grabó varios discos solo al piano. Aquí tenés una muestra.

 

 

Mi infancia tuvo como música de fondo el piano de Carlos García, que tanto tocaba folklore como tango, y todo lo hacía de maravilla.

 

 

 

Emilio de la Peña trabajó toda su vida como ingeniero y recién después de jubilarse asumió su hobby como un desafío profesional.

 

 

Remo Pignoni es uno de esos valores fundamentales que pocos conocen. Este disco del maestro rosarino fue una recomendación de la querida Liliana Herrero.

 

 

También es raro encontrar temas de piano solo grabados por Osvaldo Pugliese, que dedicó todo los esfuerzos a su impar orquesta. Pero mirá cómo sonaba, aun en una grabación casera y un piano defectuoso.

 

 

Admirado como intérprete y director y por sus posiciones políticas que lo llevaron a organizar una orquesta mixta árabe-israelí, como manifiesto en favor de la convivencia entre dos pueblos hermanos y como denuncia de la opresión del más débil de ellos, Barenboim grabó hace más de un cuarto siglo, las variaciones Goldberg, de Bach. No es la versión más reconocida, pero a mí me parece bella e inteligente.

 

 

En semejante nómina no puede faltar Marthita Argerich (así se la llamó durante muchos años, desde su irrupción como niña prodigio). Aquí interpreta cuatro nocturnos de Chopin, con los que ganó el concurso famoso de Polonia que la instaló entre las mejores del mundo.

 

 

Año más o menos, los dos tienen la misma edad que yo, se fueron al mismo tiempo del país y vuelven con regularidad en busca de los sabores, los olores y los sonidos de esa infancia perdida en las calles de Buenos Aires. Baremboim extraña el sabor del limón en el aliño de la ensalada, que parece que sólo se usa entre nosotros.

En una de esas visitas, tocaron en el Colón esta sonata de Mozart para dos pianos.

 

 

Entre los que me gustan está Adrian Iaies, que tómó del tango los temas clásicos que todos conocemos, para improvisar sobre ellos, tal como si fueran los standards del jazz. Muchos lo intentaron antes (y después) pero para mi gusto nadie lo logró con tal perfección. Aquí, en el dúo impresionante que hace con Horacio Fumero, el gran bajista que llegó con León Gieco de Cañada Rosquín, en el norte santafesino. Las cosas que hace con el bajo son de otro planeta, y su conexión con Adrián, tan intensa como lúdica.

 

 

 

Adrián me hizo conocer hace ya veinte años a Sonia Possetti, una discípula de Salgán, a quien aquí escuchamos en dúo con su compañero de la vida, Damián Bolotín, con quien si no me acuerdo mal se conocieron en la orquesta de Leopoldo Federico, que siempre promovió a músicos jóvenes. Esta Bullanguera es una milonga escrita por la propia Sonia, que además de intérprete es una compositora notable y una persona adorable. Metete en YouTube y vas a encontrar varias cosas de ella que valen la pena.

 

 

Del Mono venimos y con el Mono terminamos esta travesía musical rumbo a la luna. Otro compositor e intérprete admirable, El Cuchi Leguizamón, compuso esta balada dedicada a Villegas y nos cuenta su historia.

 

 

Me sonaba conocido ese tema, y se me superponía la voz de Liliana Herrero, que es la mayor fanática del Cuchi. La consulté y me contestó:

 

 

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32 Comentarios
  1. Maria dice

    ¡Qué belleza su madre, querido Horacio!

  2. luis dice

    El video de tu vieja lo tenia (en un fragmento minúsculo) del documental de Encuentro… Las sincronías son tan raras como oportunas: recordaba hace poco que la mía también decía que el piano era una orquesta (y que la guitarra le parecia un rompecabezas 🙂 )
    Hace unos días recuperé una viejisima revista El Musiquero donde Lito Vitale recordaba con cariño y respeto al Mono, considerando que el era el único que «estuvo bastante cerca de haber inventado una forma de tocar jazz argentino»

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