Alberdi no curtía el amarillo

La prensa servil se regodeó con las fotos de uno de los miembros de la comunidad de Cushamen cuando en su adolescencia formaba parte de la tribu urbana de Cumbio en un shopping de Almagro, y con la frase de un hermano del adolescente asesinado en Bariloche, afirmando que no tenía nada que ver con los mapuche.
Ignoran así el sentido de una historia paradigmática donde el despertar de una identidad dormida es la vía para superar las humillaciones de la marginalidad, ya sea en las villas miseria urbanas donde todos son englobados por la denominación genérica de negros o indios, como en la periferia de las más importantes ciudades turísticas. Allí constituyen la mano de obra barata para los propietarios de los territorios que la Constitución de 1994 reconoció como tradicionales de los pueblos indígenas argentinos junto con su preexistencia étnica y cultural. Algunos de sus dirigentes incurren en una retórica provocativa y amenazante que tiene más que ver con una cultura libresca de adquisición reciente que con su práctica cotidiana. Sus advocaciones a la violencia son un regalo para el gobierno que, ni aún así, consigue hacer creíble el paralelo con las protoguerrillas del último tercio del siglo pasado. Incluso Laura Etcharren, que difunde la doctrina de las Nuevas Amenazas del Comando Sur reconoció que la llamada RAM mapuche no pasa de sesenta personas. “A eso no se le puede llamar organización terrorista porque creo que le estás dando una entidad y un valor que no lo tienen y que si vos tuvieses, un plan de seguridad basado en el trabajo de campo e inteligencia criminal podrías contener esta situación reduciendo al grupo sin necesidad de balas ni nada por el estilo, de una manera más racional de lo que se está haciendo”, le dijo a Jujuy on line.
¿Qué es más grave: la repudiable apología de la violencia de un joven mapuche preso o la violencia letal ejercida por las fuerzas de seguridad oficiales y alabada por la primera línea del gobierno nacional?
Se aplica al caso lo que Alberdi escribió en “Facundo y su biógrafo”, que integra sus Escritos Póstumos:

“No es terrorista todo el que quiere serlo. Sólo aterra en realidad el que tiene el poder efectivo de infligir el mal impunemente”.

Ese poder efectivo de infligir el mal no reside en la pequeña comunidad de desclasados en tránsito hacia la autoconciencia étnica, sino en el Estado, que lo usa sin restricciones legales ni morales. De la profundidad y calidad de la movilización social dependerá que al menos no quede impune. Los militantes del PRO que invocan a Alberdi, harían bien en leerlo.