Alerta naranja

El momento de usar la lapicera

 

Los socios de la inestabilidad

La noticia económica que ensombreció los últimos días de nuestro país ha sido una nueva corrida cambiaria. A esta altura de la historia nacional, nadie puede pensar que se trata de un hecho meramente “económico”. No porque no exista una base objetiva para fantasías devaluatorias, como es la frugalidad de las reservas del Banco Central, agudizada por la gran sequía de este año. Pero tampoco cabe duda de que a partir de allí se activan los comportamientos de un conjunto de actores que, por distintas vías, contribuyen a la agudización del problema.

En el plano de los intereses económicos, hay varios socios de la desestabilización: por un lado, los exportadores y tenedores de dólares, que se verían instantáneamente enriquecidos por un salto en el dólar oficial. Por otro lado, los prestamistas del Estado, que están presionando para obtener mayores réditos de su tarea de intermediación, forzando una suba en la tasa de interés oficial.

En el terreno de los intereses políticos, también han salido a la luz los socios “moderados” de la desestabilización: ex funcionarios económicos de Juntos por el Cambio que realizaron gestiones ante el FMI para que no otorgue alivios financieros al gobierno argentino, en este contexto de fuerte caída de los ingresos en dólares del país, producto de la sequía.

La infame actitud, que no debería tener perdón en una sociedad con autoestima, es un hábito de la derecha económica local. La intencionalidad política es clara: provocar una estampida en el dólar y en los precios para debilitar sustancialmente alguna posibilidad de supervivencia electoral del Frente de Todos.

Otros socios de la inestabilidad –una suerte de eslabón perdido entre la economía y la política– son las sociedades de Bolsa, como la empresa Max Capital –denunciada por las autoridades–, que sin fundamento esparcen rumores de una fuerte devaluación entre sus clientes, que luego se difundieron como reguero de pólvora en una pradera con sequía.

A partir de todos estos actores que irresponsablemente trabajan para que todo vuele por el aire, se empieza a mover una capa muy amplia de actores económicos, sin intereses específicos en el descalabro, pero que adoptan una serie de medidas autodefensivas –comprar dólares, frenar la producción o las ventas, remarcar precautoriamente– que alimentan el desastre.

Estos últimos, a pesar de que sus intereses están profundamente asociados al nivel de actividad del mercado interno, orbitan en el mundo conceptual y perceptivo de la derecha financiera local. Es el efecto “manada”, aunque cada uno cree que es un vivo bárbaro que se está salvando del incendio.

Si alguien no podía estar ausente en este festival del horror es el sector agro-exportador, que con su reiterada extorsión cambiaria logró que ya en tres ocasiones el gobierno les otorgue un dólar preferencial, superior al del resto de los exportadores. El olor a devaluación los llevó a frenar sus ventas, lo que suma una presión adicional sobre la ya apretada garganta cambiaria del Estado nacional.

No podemos dejar de mencionar con tristeza, entre quienes contribuyeron al peligro de derrumbe, al propio Poder Ejecutivo nacional. De allí surgieron, hace dos semanas, rumores sobre la existencia de un “plan alternativo” que incluía un desdoblamiento cambiario, lo que derivó en la salida del jefe de Asesores del Presidente, Antonio Aracre, ex empresario de Syngenta. Difícil imaginar una torpeza política más autodestructiva en los niveles más altos del Estado.

 

 

 

La fragilidad construida

A todos estos comportamientos sociales los conocemos desde hace rato. Y también sabemos cuáles son los efectos de una guerra en Ucrania, de la suba de la tasa de la Reserva Federal norteamericana (FED) y de una sequía pavorosa. No hay novedades. La pregunta es por qué no se actúa preventivamente y, en cambio, se termina saliendo a apagar el fuego cuando se ha vuelto peligrosamente grande.

Algunas reacciones superficiales tienden a echarle la culpa al FMI, al cual no se le están pagando cifras significativas que puedan explicar el bajo nivel de reservas oficiales. No es allí por donde se van los dólares que hoy faltan en el BCRA. El FMI, en esta etapa, daña a nuestro país a través de las restricciones que impone a las políticas públicas, pero no es causante de una sangría de recursos cambiarios.

En ese sentido, fue muy interesante el episodio ocurrido el miércoles pasado, cuando el ministro de Economía, Sergio Massa, debió romper con una de esas condicionalidades –mientras arreciaba la corrida– para poder intervenir sobre la especulación desatada en los mercados de los dólares financieros legales, como el del dólar CCL (Contado con Liqui) y del dólar MEP (Mercado Electrónico de Pagos).

Nuestra actual debilidad cambiaria se explica por la interacción perversa entre dos actores: el sector privado y el gobierno nacional. En los últimos tres años, la balanza comercial argentina registró un superávit total de 48.000 millones de dólares. Es decir: entraron dólares a nuestro país y engrosaron las reservas del Banco Central. ¿Por qué quedaron tan pocos?

En un estudio realizado por Felisa Miceli, ex ministra de Economía de la Nación, se muestra que de esos 48.000 millones de dólares, el sector privado utilizó 25.800 para pagar deudas tanto en el exterior como internamente en la Argentina. ¿Realizó el Banco Central algún control significativo sobre la legitimidad y pertinencia de esa masa enorme de fondos, demandados en su mayoría por grandes empresas?

En 2022 presenciamos un salto enorme en la demanda de divisas para efectuar importaciones: se trató de un sobre-stockeo especulativo, en el que los importadores aprovecharon para arrebatarle muchos más dólares al Banco Central de los requeridos justificadamente por su actividad. ¿Cuántos miles de millones de dólares se fueron innecesariamente de las reservas, en un fenómeno que continúa aún este año?

¿Por qué no se cuidaron ni se cuidan las reservas del BCRA y se estudia escrupulosamente la inundación de pedidos de dólares por parte del sector privado?

Además, el gobierno denunció recientemente que empresas que debieron liquidar 4.000 millones de dólares desde 2020 a 2022 no lo hicieron. ¿Quién se ocupa de hacer cumplir la ley y aplicar las sanciones correspondientes? La respuesta hasta ahora es: nadie. Recién en estas semanas empiezan a aparecer, por parte del Estado, amenazas de aplicar castigos frente a estos delitos económicos.

¿Cómo explicar la aquiescencia de las autoridades económicas con el despilfarro de dólares?

Hoy el ministro de Economía peregrina por Washington buscando dólares de todas las fuentes imaginables, pero nos dimos el lujo de “regalar” más de 15.000 millones que tenía el Banco Central en su poder, que podrían estar hoy disuadiendo completamente a los especuladores locales.

Volvemos a insistir y reiterar: la causa de esta crisis cambiaria no es el FMI, son los actores locales y la incapacidad del Estado para funcionar como una autoridad que impone un orden racional.

Vale la pena recordar que el Estado nacional y diversos entes públicos cuentan con mucha información sobre los diversos actores del mercado. Probablemente, con los datos con los que ya cuenta y con la aplicación de inteligencia (humana) sobre esos datos ya disponibles, podría llegar a tener un mapa muy claro sobre el mundo de las grandes empresas y en qué grado están trasgrediendo diversos límites de la legalidad económica.

Si contáramos con un Estado en serio, esa información permitiría disciplinar a los pescadores en el caos y ordenar el funcionamiento económico en un sentido productivo y social. Hoy carecemos de ese instrumento central para salir del país ventajero, oportunista y especulativo y entrar en una lógica de progreso. La fuerza política que hoy gobierna ha carecido de una propuesta en ese sentido.

 

 

 

El legado estratégico del kirchnerismo

Uno de los aspectos más sobresalientes de los 12 años kirchneristas fue la autonomización de las políticas del Estado en relación con los poderes fácticos. Desde el derrumbe de Raúl Alfonsín hasta la crisis de 2001, el sistema político estuvo completamente sometido a las demandas de las cúpulas empresariales, los banqueros y las multinacionales, con gran beneplácito de Estados Unidos y la Unión Europea.

La explosión de 2001-2002 ayudó a generar grietas en ese cuadro de dominación subdesarrollante, y Néstor y Cristina Kirchner hicieron de esa oportunidad un período de notable mejora de la vida de las mayorías, a contrapelo de las medidas que reclamaba el establishment económico y social.

La clave fue que se pudo pensar por afuera del “manual neoliberal del buen político domesticado”.

Por eso fue y es tan combatido el kirchnerismo, y especialmente Cristina.

Sin embargo, los hechos de la política parecen mostrar que sin ese elemento central de desobediencia al recetario neoliberal, de autonomía conceptual, de lectura propia de los procesos en nuestro país, no es posible llevar adelante un gobierno que funcione ni pueda hacer política.

La crisis cambiaria, en ese sentido, puso al ministro de Economía frente a dos dilemas muy concretos.

  • ¿Se debe obedecer todos y cada uno de los requerimientos del FMI?
  • ¿Se debe obedecer la exigencia norteamericana de dañar los vínculos económicos que tenemos con la República Popular China?

Afortunadamente prevaleció el criterio político de la supervivencia y de la defensa de la estabilidad del gobierno, frente al del auto-sacrificio de políticos fusibles en aras de cumplir con los dogmas que bajan del norte y que repiten sus socios locales.

Massa tuvo que violar de facto el Acuerdo con el FMI para actuar sobre los dólares financieros y frenar el descalabro cambiario. El episodio muestra que el Acuerdo tiende a caerse solo, por más buena voluntad que ponga el gobierno argentino. En este caso, que estaba en juego el peligro de despliegue de una crisis económica muy severa y la propia supervivencia del gobierno, las restricciones de políticas públicas exigidas por el organismo llevaban a que se tuviera que mirar pasivamente cómo se producía un incendio generalizado.

Además el gobierno procedió a habilitar el pago de las importaciones provenientes de China en yuanes, lo que es una fuerte innovación en el comercio exterior argentino –en línea con tendencias globales– y que va a representar un alivio permanente sobre la demanda de miles de millones de dólares. Eso refuerza, al contrario de debilitar, las relaciones comerciales con China.

El ministro, cuyos vínculos con sectores de la política norteamericana son importantes, no logra que el cortejo diplomático a nuestro país por parte de los estadounidenses sea serio, en términos de un apoyo financiero decidido a nuestras reservas.

Por otra parte, al FMI habría que tratarlo de otra forma. Ese organismo tiene mucho para perder si se cae el acuerdo con la Argentina. No debemos actuar sólo como si la Argentina fuera a tener problemas en caso de una crisis en la relación con el Fondo: eso es para la mentalidad satelital de Juntos por el Cambio. Ellos, los burócratas del FMI, también se enfrentarían con un cuadro institucional grave, que llevaría a poner la mirada en el origen de la crisis, el contubernio ilegal Trump-Lagarde-Macri, en el actual contexto global de tembladeral financiero disimulado.

Por lo tanto, lo recomendable es no negociar nunca con ese organismo a partir del miedo o la inferioridad.

 

 

¿Convergencia entre cristinismo y massismo?

La Vicepresidenta Cristina Kirchner ha señalado, en su presentación en La Plata, la importancia de la cuestión programática y la necesidad de que un próximo gobierno del Frente de Todos sea fiel a ese programa ofrecido previamente a la sociedad. En un contexto de alta incertidumbre, de embate multidimensional de la derecha y también de plazos perentorios para tomar definiciones político-partidarias relevantes, una de las alternativas imaginables en el escenario político actual, en aras de mantener la unidad del Frente de Todos para sostener cierta competitividad electoral, podría ser ofrecer la candidatura presidencial de Sergio Massa detrás de un programa previamente acordado, que sea capaz de compatibilizar temas de importancia para cada una de las vertientes del espacio. ¿Es eso posible? ¿Hay espacio para una convergencia programática entre el Frente Renovador y el kirchnerismo, es decir, entre los núcleos de mayor consistencia discursiva del Frente de Todos?

Podría haber acercamientos en algunos de los siguientes ejes temáticos:

  • Renegociación del acuerdo con el FMI: nadie plantea repudiarlo o no pagarlo, pero sí se coincide en que no es cumplible en su actual formato y en que es necesario lograr una revisión profunda –no de detalles– para generar un mayor espacio de maniobra para políticas de crecimiento y control macroeconómico.
  • Exportaciones: se concuerda en la importancia de avanzar fuertemente en una dirección exportadora crecientemente diversificada, tanto en productos como en mercados. Se deberían buscar mecanismos para promover que esa dinámica exportadora genere impactos económicos internos en términos de recaudación, obra pública, empleo y desarrollo regional.
  • Equilibrio fiscal: continuar el avance hacia el equilibrio fiscal, descartando la posibilidad de recortes masivos en el gasto público y en el plantel del Estado, poniendo énfasis en nuevos instrumentos que promuevan una política fiscal más eficiente y progresiva.
  • Control de la inflación: es uno de los puntos más claros del fracaso de la actual gestión. A las políticas ortodoxas que ya están en marcha (contracción del gasto y de la cantidad de dinero real), habría que sumar una política efectiva de control de las prácticas oligopólicas y monopólicas. Se rechaza tajantemente la dolarización y se apuesta en el mediano plazo al superávit externo, una mejor gestión de las reservas del Banco Central y la estabilización macroeconómica para fortalecer la divisa nacional.
  • En el plano internacional, relaciones económicas con todo el mundo, sin exclusiones. El Atlántico Norte no ofrece ninguna salida exportadora para la Argentina.

Por supuesto que quedan afuera una gran cantidad de cuestiones en las que no hay acuerdo o se mantienen discrepancias estratégicas. Pero también es cierto que desde la asunción de Massa en el Ministerio de Economía es visible un espacio de colaboración y consulta que parece estar funcionando, a pesar de la gravedad de la situación.

 

 

La candidatura presidencial de Massa, detrás de un programa previamente acordado, es una opción para que el Frente de Todos mantenga competitividad electoral.

 

 

 

 

La única realidad

Lo que se sabe positivamente después de esta última semana de corrida y amenazas de caos es que no hay un minuto para el descanso ni para la distracción, si se quiere que este gobierno termine su mandato.

La lógica subyacente de la administración que condujo Alberto Fernández fue depositar su suerte en manos de sus enemigos, sin construir defensas propias. Así le está yendo. La morosidad, la laxitud, la falta de previsión y de mirada estratégica que caracterizaron a esta gestión se están mostrando incompatibles con la supervivencia del propio gobierno.

De aquí a diciembre se requiere realizar un trabajo intensísimo, prever situaciones, atender múltiples flancos, utilizar todos los recursos y ser sumamente creativos para manejar el rumbo del país en un entorno altamente complejo y enrarecido. Estos días dejan una lección muy cruda para el actual ministro de Economía: no se puede parar un minuto de generar acciones en la dirección de descomprimir y controlar el cuadro macroeconómico, a riesgo de una hecatombe.

El despeñamiento de la actual gestión afectaría sin remedio a todos los componentes del Frente, pero especialmente a Cristina Kirchner y a Sergio Massa, que por distintas razones apuestan a no ser derrotados por la derecha neoliberal radicalizada.

Ni qué hablar de la suerte que correríamos el resto de lxs argentinxs de a pie. Sólo la necedad, la alienación y la despolitización profunda pueden explicar que sectores sociales subordinados festejen los tropiezos del gobierno.

Por lo tanto, a gobernar con los dientes apretados, con lapicera en mano los siete días de la semana. Si existe voluntad política, es el momento de usarla.

 

 

 

 

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