ANDANZAS DE LA FAMILIA TOKIO

Disfrazada de estudiantina, vuelve a brillar la novela japonesa

 

Una muy grosera división binaria de la literatura japonesa contemporánea instalaría, por un lado, a les escritores que conservan esa tradición poética en la que descripciones, escenas y metáforas que parecen replicar la filigranada estética de la propia caligrafía nipona. En el otro sector abunda un espíritu bestsellerista que procura replicar los modismos propios de la narrativa norteamericana y de este modo capturar el interés de las multinacionales del papel impreso, lográndolo bastante a menudo con ficciones muy próximas al spaghetti western de los años ’60, pero sin cowboys ni Sergio Leone. Estámpese los nombres de los autores correspondientes en los respectivos equipos.

 

La autora, Hiromi Kawakami.

 

 

Al primer grupo llega aquí y ahora Hiromi Kawakami (Tokio, 1958) que no sólo recupera la cadencia de las más finas plumas de la literatura japonesa, sino que además le agrega el vuelco sardónico, fino humor o giro del lenguaje donde es preciso hallar lo que se quiere mostrar enredado en lo que se oculta. Es lo característico del período Edo, denominación de la ciudad de Tokio entre 1603 y 1868, que occidente caracteriza etnocéntricamente como época de aislamiento por el escaso contacto con Europa. Tiempos en que florecieron nada menos que el poema haiku y el teatro kabuki. En Algo que brilla como el mar, la familia que protagoniza la novela se apellida, precisamente, Edo. Metonimia indispensable a fin de apartar las peripecias de la abuela progresista, la madre soltera liberal y el hijo adolescente del mero relato costumbrista. Kawakami propone una lectura sagaz a la que es preciso despojar de aquellas investiduras que disfrazan las casi trescientas páginas de, a veces, una estudiantina de teenagers sin deportistas populares, acrobáticas bastoneras y nerds. En otros momentos, adquiere el camuflaje de novela moral iniciática, que se precipita sin alharaca a los confines de la reflexión budista. Parecer lo que no es y ser mucho más de lo que parece, constituye el centro de una trama tejida en sucesos que anuncian a menudo la tragedia y, al instante de desencadenarla, deriva en lo desopilante.

Trashumante en geografías y personalidades secundarias, en Algo que brilla como el mar cunde una atmósfera que, a través de los sentidos va ocupando la razón: “En la isla de Ojika hacía mucho calor, pero no tenía nada que ver con el de Tokio. Había la calma de la mañana, la calma de la tarde y la calma del anochecer. En esos momentos del día, cuando el viento del mar dejaba de soplar, una silenciosa tranquilidad se adueñaba de la isla. En medio de la calma, el calor nos envolvía y se hacía más intenso a cada hora que pasaba. Cuando la hora de la calma llegaba a su fin, daba la sensación de que el ambiente se taponaba poco a poco. Entonces se producía una ligera vibración que empezaba a llenar el aire de frescor. El calor húmedo de Tokio era una capa impenetrable. En la isla, en cambio, el aire se movía con libertad y el viento era más ligero”.

 

 

Un contraste semejante ocupa a Hanada, el adolescente compañero de andanzas de Midori, joven protagonista, cuando, de buenas a primeras, decide vestirse con el seifuku, el uniforme de marinero típico de las niñas de escuela secundaria. Muchachón grandote y piloso, en las aulas y en la calle ensaya un travestismo que oscila entre la duda de la orientación sexual y el afán por espantar burgueses. Identidad y ambigüedad que atraviesa diálogos y hasta paisajes. “Son como dos frutas que tienen el mismo sabor, a pesar de que vienen de distintos árboles y tienen un aspecto completamente diferente (…). – Sí, es verdad. Son como dos melones distintos con el mismo jugo (…). – Eso ha sonado un poco obsceno —bromeé, y Hanada soltó una ruidosa carcajada que duró tres segundos. Luego, enmudeció de repente”.

En el medio, una pugna que nunca llega a desatarse entre Aiko, la madre soltera que se emperra en negarle la paternidad al padre biológico, quien no obstante sigue siendo un amigo de la casa. Madre, “una mujer sentimentalmente desequilibrada que sólo me parecía simpática, atributo que no puede considerarse halagüeño tratándose de la opinión de un hijo…”. Otra vez, lo que puede transformarse en un culebrón cursi, zafa de todo convencionalismo, esquiva la más mínima previsibilidad, sin trucos ni artimañas. A golpe de lenguaje, Hiromi Kawakami se desplaza airosa en el exquisito fárrago de los ideogramas japoneses, los trae de ayer a hoy y al conservarlos, los renueva.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Algo que brilla como el mar

Hiromi Kawakami

 

 

 

 

Buenos Aires, 2019

296 págs.

 

 

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