AÑEZ Y AÑEZ

Sujetar la violencia de la derecha reaccionaria sudamericana sin relato justificador

 

Existe el peligro potencial de que la crisis se vuelva endémica, porque en Latinoamérica se sabe bien qué no se quiere de lo viejo pero bastante menos qué hacer para que aflore y se consolide lo nuevo. Dilma optó por la austeridad pero la austeridad no optó por Dilma, la repudió. La prisión ilegal del reciente liberado Lula coronó esa limitante jugada que envalentó a los esclavócratas. Cristina aprendió bien la lección de los límites del liderazgo y con una lucidez sin antecedentes en la historia argentina la puso en práctica para servir a los mejores intereses del movimiento nacional. Evo estaba en trance de entenderla, pero los ultramontanos internos o sinvergüenzas externos como el secretario de la OEA, el uruguayo Luis Almagro, inhibieron que lo ponga en práctica. Y con relación a la desgracia boliviana también hay que considerar que a las contradicciones internacionales no siempre es posible analizarlas con la categoría lucha de clases. El comportamiento de Evo y su gente no da para ser abordado con el antagonismo hacia el gran capital, puesto que lo que estaba y está en juego es el exterminio físico por parte de sus connacionales. Cuando se trata de salvar la vida propia y de dirigidos, el resto de las consideraciones quedan al costado.

 

 

Guerra Fría

Durante la Guerra Fría, para la derecha sudamericana conservar el estancamiento era un chiste fácil. Bastaba con acusar de comunistas a cualquier grupo que buscara superar las limitaciones de la estructura subdesarrollada para que vastos sectores de la sociedad civil se inhibieran de identificarse con los nuevos aires, algún que otro general creyera que estaba oyendo los llamados de la historia y el Departamento de Estado actuara en función de honrar lo acordado con los rusos en Yalta y Postdam. Encima el pie izquierdo latinoamericano colaboraba con el sofocante e inefectivo foquismo o con el izquierdismo festivo que se manifestaba en desconsiderar olímpicamente que el problema básico de la estabilidad política proviene de asegurar la acumulación de capital.

Tras la caída del Muro, la sagrada escritura del fin de la historia, la globalización y la preeminencia del mercado le dio nuevo vigor a la coraza derechista a pleno entusiasmo por la victoria del capitalismo. Treinta años después de que un portavoz del Politburó de Alemania Oriental anunciara que todos los ciudadanos alemanes podían cruzar la frontera que dividía Alemania Oriental y Occidental, el capitalismo global no se repone de la crisis que se desató en 2008. Es más, todos los mitos a parche batiente que lo acompañaron desde 1989 están bajo el asedio de la realidad. Por caso, no es casualidad que las vociferaciones del mandatario brasileño contra los comunistas y las similares de Vainilla Pichetto caigan en saco roto y dejen en ridículo a sus heraldos. Este vacío sería la primera vez que acontece desde que terminó la Segunda Guerra. Conviene tomar nota. De ser este el caso, las dificultades de la derecha sudamericana hoy y en perspectiva pintan insalvables para cobijarse entre los mitos de siempre sencillamente porque se esfumaron.

 

 

Elite de Poder Global

Y parece ser el caso, si se lee en esa dirección lo que sugieren ciertos indicios. Uno muy estructural es el que proporciona el profesor de sociología política Peter Phillips en su reciente ensayo (2018) “Giants: The Global Power Elite” (Gigantes: Elite de Poder Global). Los 7.500 millones de seres humanos que actualmente habitan el planeta generan un producto bruto mundial de 80 billones de dólares. Phillips da forma al mastodonte que mueve ese amperímetro. La columna vertebral son las 17 corporaciones transnacionales de inversión más grandes. Cada una de esas 17 corporaciones con más de un billón de dólares de capital de inversión bajo administración cada una, colectivamente administran más de 41,1 billones de dólares en una red de capitales interconectados que se extiende por todo el mundo e invierten entre sí. Su prioridad fundamental es asegurar un retorno promedio de la inversión del 3 al 10 %. La élite de poder global (EPG) está conformada por las 199 personas que están en los directorios de esas 17 corporaciones más grandes. Esta trama moviliza la dirección del producto mundial a través de las 389 empresas más grandes del mundo, que así quedan primariamente interconectadas, y por eso se puede decir que es donde se encarna la concentración global de poder. Phillips acude a cuatro categorías para explicar el funcionamiento de esa elite, a saber: Gerentes, Facilitadores, Protectores e Ideólogos.

  • Los Gerentes son las 199 personas señaladas que administran el capital global.
  • Los Facilitadores son las agrupaciones gremiales empresarias o de lobby donde la unión hace la fuerza para torcerle el brazo al gobierno o indicarle donde ponerlo, e incluyen entre sus miembros a burócratas y planificadores de políticas que administran el mercado capitalista global.
  • Los más conspicuos Facilitadores son el Group of Thirty (G30), la Trilateral Commission (TC), el Systemic Research Council, el World Economic Forum, el Bilderberg Group y el Council on Foreign Relations (CFR), así como organizaciones de élite de planificación de políticas como el G7, el FMI, la OMC y el Banco Mundial.
  • Los Protectores son lo que Phillips llama «el imperio militar de EE.UU. / OTAN», que engloba a la CIA y también a los mercenarios. Señala que Estados Unidos mantiene 800 (o más) bases militares en 70 países y territorios en todo el mundo; Gran Bretaña, Francia y Rusia tienen alrededor de 30 bases extranjeras. El autor señala que «la guerra […] cumple una función represiva de mantener a las masas sufrientes de la humanidad con miedo y obedientes”. El verdadero propósito de la guerra contra el terrorismo es la defensa de la globalización transnacional, el flujo sin trabas del capital financiero en todo el mundo y la hegemonía del dólar.
  • Los Ideólogos, señala Phillips, son los responsables de «casi todo el contenido dentro del sistema global de medios corporativos que está pre-empaquetado, administrando noticias, opinión y entretenimiento». El autor identifica a las seis principales «corporaciones transnacionales de noticias y entretenimiento» y sus ejecutivos clave: Comcast, Disney, Time Warner, 21st Century Fox, Bertelsmann y Viacom / CBS. En el mismo andarivel evalúa a las «empresas de propaganda», incluidas las empresas de relaciones públicas y las agencias de publicidad, tales como Omnicom, WPP e Interpublic Group.

Entre los comentarios que se hicieron de esta obra, en su comentario en Global Research, Robert J. Burrowes subraya que el relato de Phillips “me recuerda que la elite del poder global es extraordinariamente violenta y completamente insana […] Si no podemos persuadir a la élite del poder global para que responda con sensatez […] u obligarla sin violencia a hacerlo, el tiempo de la humanidad en la Tierra es realmente limitado”. Burrowes cree que el aporte de Phillips en ese sentido proviene de tratar de entender todo lo que se cocina en “la transición de las elites del poder del Estado Nación descritas por autores como [C. Wright] Mills, a una elite del poder transnacional centralizada en el control del capital global”. Por su parte, David Rosen apunta en el comentario del New York Journal of Books que “la elección de Donald Trump sugiere que el Estado Nación no es obsoleto y que, bajo un cierto tipo de condiciones anti-globalización, anti-capitalismo financiero, el sistema de poder que Phillips establece podría desestabilizarse”.

Y es en ese eventual proceso de desestabilización que hace hincapié Hiroko Inoue en la review que de la obra de Phillips redactó para el World Journal of World-Systems Research. Inoue dice que el énfasis de Phillips en el grado de coordinación y consistencia dentro de Global Power Elite y su independencia del poder de la Nación Estado es exagerado. Para Inoue “existe una competencia significativa entre los diferentes grupos de interés dentro de la clase capitalista global. Algunas teorías sociológicas reconocen que la sobreproducción de elites y la competencia entre ellas a menudo conduce a rebeliones lideradas por la elite”. Las teorías sociológicas a las que se refiere son las que por ejemplo pone en juego Peter Turchin, un académico norteamericano de origen ruso, que se define a sí mismo como mentor de la cliodinámica (Clío es la musa de la historia). La cliodinámica combina el análisis de datos históricos con las herramientas de la ciencia de la complejidad para identificar fuerzas estructurales profundas con capacidad para socavar la estabilidad social y la resistencia a los choques internos y externos.

Turchin aplica lo que llama Principio de Superproducción de Elites (PSE). De acuerdo al PSE, la coyuntura económica favorable para las elites hace que crezcan las existentes y los grupos que aspiran a convertirse en elites y elite aspirantes. También se registra un aumento desbocado de los niveles de consumo de elite. Se genera así la superproducción de elites. Cuando los números de elites y la avidez exceden la capacidad de la sociedad para sostenerlas, se desata una conflictiva competencia intra-elites. La crisis de tal proceso la capta Turchin con el Principio de Inestabilidad, según el cual las principales causas de inestabilidad sociopolítica (en orden de importancia) son:

  1. La superproducción de elites lleva al conflicto,
  2. La caída en la pobreza y miseria de las grandes mayorías populares y
  3. La crisis fiscal del Estado.

 

 

Warren by Trump

Se puede o no concordar conceptualmente con la aproximación de Turchin, pero lo cierto es que estos tres factores estilizados de crisis parecen localizar adecuadamente dónde se encuentra el David que toda iniciativa política busca para derrotar al Goliat del estancamiento. Trump puso en jaque a las corporaciones para que no resuelvan la crisis a la manera del imperialismo decimonónico, expatriando inversiones. Esto lleva a generar más demanda interna en el centro, para lo cual hace falta aumentar la presión impositiva. Por irónico que parezca, el destino de la política de Trump está en manos de su más probable rival demócrata en la carrera presidencial, la senadora Elizabeth Warren, y su iniciativa de avanzar en gran forma en el aumento de los impuestos a los más prósperos.

Sin esa demanda sostenida proveniente de la seria mejora en la distribución del ingreso, la meta estratégica de Trump deviene inalcanzable. La mitad de los multimillonarios potencialmente afectados por la iniciativa fiscal de Warren está de acuerdo. La otra mitad le desea el destino de Juana de Arco. Ese debate se inscribe en un clima cultural en pleno cambio. Pankaj Mishra reflexiona en The New Yorker (04/11/2019) sobre “Liberalismo de acuerdo a The Economist” y observa que la revista fundada en 1843 ha tenido una influencia como ninguna otra publicación para difundir y defender la doctrina liberal. Se pregunta Mishra: ¿a qué costo? Al de volver aparentemente sólido un sistema de ideas de lo más inadecuadas para los tiempos que corren, consigna como respuesta.

Impuestos al alza, política fiscal como gran solución, los ingleses de The Economist acusados de abuelos de la nada, elites que no congenian, todo esto que pasa en el centro desampara las elites de la periferia, las deja sin cobertura ideológica. ¿Es posible que mientras le meten duro a la regulación en el centro sigan recomendando libre mercado en la periferia? Es posible, sería algo así como le pasó al director del Cohete en los ’90. En un programa televisivo, un general norteamericano recomendaba el uso de las fuerzas armadas en seguridad interior. El director del Cohete en el mismo programa le planteó el dilema de si la propia constitución norteamericana con sabiduría prohibía eso allá, de dónde surgía que eso sería recomendable acá.

Más allá de las posibles réplicas del militar gringo, la reacción derechista sudamericana  debe ser sujetada con un andamiaje político, para que no se vuelva completamente violenta y amenazante como en Bolivia; una manifestación del movimiento nacional que la obligue a la negociación pacífica, porque bajo ninguna circunstancia puede expresar electoralmente a más de un tercio de la sociedad. Esa es la condición necesaria para lograr el uso más rentable de las contradicciones del sistema tanto en la tendencia como en la coyuntura signada por el endeudamiento.

 

 

 

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