Aniceto, de Iván Wyszogrod

Cuando tuvieron que operarlo para un reemplazo de cadera, Leonardo Favio me mandó las cajas con el montaje final de Perón, sinfonía de un sentimiento, y un escueto mensaje aterrador: “Si me pasa algo vos decidís qué hacer con esto”. Sólo me tranquilizó recordar que el Chiquito era algo asustadizo y que la operación tenía bajo riesgo. Durante varias semanas guardé ese tesoro sobre mi escritorio y recién respiré aliviado cuando se lo devolví.

Siempre igual de intempestivo, otro día me envió el guión de su próxima película, junto con las indicaciones de escenografía y el disco con la música, que le había pedido a Iván Wyszogrod, a quien yo no conocía. Estoy entre quienes le dijeron que no era una locura volver a filmar El romance del Aniceto y la Francisca esta vez con bailarines en vez de actores. O sí era, pero a los locos hay que dejarlos que vuelen, porque ven cosas que los demás no vemos y crean belleza con ellas.

Varios años después me invitó a ver el Aniceto. Al entrar al cine me dijo que quería hablarme cuando se encendieran las luces. Recién al final de la proyección entendí por qué quería asegurarse de que no huyera antes: fui una de las tres o cuatro personas a las que les dedicó su última, gran obra. “Siempre estuvieron cuando los necesité”, escribió.

Me acordé de todo esto mientras escuchaba una vez más la banda sonora de Wyszogrod, aderezada con las cumbias y los tangos elegidos por el propio Favio.

Pero llegué allí por otro camino, que recién ahora descubro. La luna del Aniceto, las calles de su Luján mítico, las calles y sus acequias son también su homenaje a Méliès y su cohete a la luna, que gracias a Macrì son hoy también nuestros. Con la música y las imágenes del Chiquito en el corazón la travesía es más emotiva.