Apocalypse Macri

El gobierno juega sucio y parece ganar, pero a lo Pirro

 

Desde el martes 23 la zona afectada por la concentración del 24 contra la aprobación del presupuesto 2019 —hecho a gusto y pedido del FMI— se llenó de volquetes y bolsas repletas de piedras y cascotes que se ofrecían como frutos tentadores para un apocalipsis a medida de la puesta en escena macrista con impronta duranbarbista.

Hace mucho que la SIDE y sus sucedáneos emponzoñan las grandes gestas de masas —bajo todos los gobiernos— con pequeñas escaramuzas. Como señalamos en El Cohete a la Luna, “la quema de la sastrería Modart en 1988 luego de que Saúl Ubaldini cuestionara la política económica del alfonsinismo, se repitió durante los años del menemismo con el propósito de desviar la atención hacia esos incidentes y que no se concentrara en la magnitud del repudio a las políticas del Presidente y su ministro Domingo Cavallo. En los primeros años del macrismo se observó la misma técnica, que se ponía en práctica luego de la desconcentración, con redadas policiales que detenían a personas que se alejaban del lugar de las movilizaciones”.

Para no abandonar el grotesco, Patricia Bullrich se ridiculizó a sí misma denunciando a “Lxs Solidarixs”, un ignoto grupo de activistas de Facebook que según ella pretendían quemar el Congreso. El gobierno se proponía plantar el escenario para acusar a los manifestantes pacíficos que se oponen a la sanción del presupuesto del FMI de todo lo malo que aconteciera.

Tal cual lo denunció El Cohete a la Luna, el escenario estaba cuidadosamente preparado para la represión. No habían terminado de llegar las columnas de los manifestantes de las diversas organizaciones cuando empezaron a volar las piedras y a llover al unísono los gases de parte de la policía con sello made in USA. La Plaza de los Dos Congresos se convirtió en un campo de batalla. Las cabeceras de las columnas avanzadas comenzaron a replegarse hacia la avenida Nueve de Julio, para separarse de los incidentes. Poco tardaron los uniformados en desplegar el aparato represivo en el área cercana al Congreso. La escenografía del apocalipsis ficcional que pergeñó la oficina de relaciones públicas del gobierno estaba lista para mandarle fruta a la opinión pública, que soportó las escaramuzas en las pantallas de televisión durante largas horas en lugar de atender al debate en el recinto. De ideas ni hablar. Hablemos de los detenidos y no de los culpables de tamaña traición al mandato popular.

Varias decenas de apresados entre los militantes de las organizaciones populares fueron literalmente cazados y trasladados. Fueron detenidos el principal referente de la Garganta Poderosa, Nacho Levy, José Montes, dirigente de Astilleros Rio Santiago, un conocido activista del Movimiento Evita y otro del MTL, todos ellos claramente por fuera de los actuados enfrentamientos con la policía, que dejaron heridos policiales cuyo número es harto dudoso. La receta clásica de generar violencia y atacar a las organizaciones populares. El descontrol policial, en respuesta a un pequeño grupo de violentos programados, obligó a suspender por dos veces consecutivas el debate en la cámara de Diputados, que continuó cuando el remolón jefe de seguridad de la Ciudad se dignó a llegar al edificio y mantuvo una reunión con los jefes de las distintas bancadas. La policía se replegó, permitiendo la vuelta de las columnas a la Plaza de los Dos Congresos. Tarde resultó, ya que miles de manifestantes habían peregrinado a sus domicilios ante la certeza de que la votación ya estaba abrochada y sellada por oscuros acuerdos.

Todo fue tan predecible como un acto de teatro de poco valor y la represión fue, nuevamente, la razón política del gobierno de Macri. Sólo que en esta oportunidad el desenlace se dio al comienzo y luego vino el debate predecible camino al ajuste sin retorno. Una vez más se comprueba que cuando la masividad de la protesta es menor crece la represión en relación inversamente proporcional. Modart sucedió cuando las marchas de la CGT de Ubaldini empezaban a declinar en su masividad. Es valorable la presencia de los trabajadores de ATE Capital, que fueron sin duda quienes más movilizaron de todo el arco sindical. En la segunda parte de permanencia frente al Congreso después de la represión fue también notable la presencia de los estatales. La ausencia de los autoconvocados que siempre están y son numerosos fue notable sabiendo que con la aprobación del presupuesto como hecho consumado ya era casi imposible cambiar el destino. Con presupuesto o sin él, el plan económico del gobierno es esencial al macrismo y sólo resta esperar el final para cambiar las cosas.

El gobierno tendrá finalmente aprobado el presupuesto en diputados antes de conocerse la aprobación del nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Habrá perdedores y ganadores: entre los primeros están todos los sectores populares que dependen de la política económica, entre los últimos los capitalistas financieros y agroexportadores. El gobierno como su representante no podrá computar como un triunfo la consagración de un modelo que sigue perjudicando a la inmensa mayoría y al mundo del trabajo y la producción. La protesta seguirá aumentando. Mientras tanto, la imagen política del oficialismo se seguirá deteriorando, y aceleradamente.

 

 

1 comentario
  1. Luis Juan dice

    Estimado Victorio Paulón:

    En la obra titulada “La trama del neoliberalismo-Mercado, crisis y exclusión social”, originalmente publicada en portugués por Editorial Paz e Terra (Río de Janeiro, 1995; segunda reimpresión marzo de 1996), cuya compilación fuera realizada por Emir Sader y Pablo Gentili, se pueden encontrar esclarecimiento para mejor interpretar los nuevos tiempos del neoliberalismo.

    En el prólogo, el sociólogo Pablo González Casanova, refiere:
    ¿Qué puede haber más allá de la tiranía del neoliberalismo?, se pregunta José Paulo Netto en
    la edición brasileña del presente volumen. Al contestar advierte que el neoliberalismo ha tendido a legitimarse con un proyecto democrático, y que sin la crítica al proyecto democrático neoliberal es imposible encontrar la alternativa y menos aún implantarla.

    A un nivel de profundidad mayor, aparece la necesidad de vincular el neoliberalismo y el capitalismo; esto es, el neoliberalismo y la nueva organización nacional, internacional y trasnacional del capital con su reestructuración de clases y mercados trasnacionales, con su desestructuración de la clase obrera que prevaleció en la época del Estado Benefactor, y con su desestructuración de los mercados nacionales, de las empresas estatales, y de muchas mediaciones sociales hoy en buena parte del mundo eliminadas.

    Preguntarse por los límites y el fin de la democracia neoliberal, y por sus alternativas dentro del
    sistema con regímenes de facto, con burocracias autoritarias, civiles y militares, aparece como
    otra forma de acercarse a situaciones en que eventualmente surgirá una alternativa popular y democrática. Tras las “fronteras” de la tiranía neoliberal formalmente constitucional y “democrática” se halla la tiranía neoliberal de facto, golpista. Frente a ambas se encuentran los
    límites del conformismo popular: su “capacidad de tolerancia” ante un empobrecimiento sin alternativa y su “capacidad de tolerancia” ante una opresión abiertamente represiva. En ambos
    puntos, y a partir de la desestructuración de clases y naciones, el problema consistirá en ver qué capacidad surge (y cómo se desarrolla y consolida) para superar, tras el conformismo y la desesperanza, las falsas salidas de etnicismos y fundamentalismos excluyentes, de acciones puramente contestatarias o coléricas, o las de movimientos neo nazis, neofascistas, de camisas negras y cabezas rapadas que internalizan en el pueblo el odio al pueblo, y que asocian a una parte del mismo a proyectos populistas de derecha. Todos esos movimientos, al enjuiciar a la democracia neoliberal, desatan el odio contra toda democracia, contra la tolerancia y la libertad individual y social. Son parte de la tiranía neoliberal.

    Es aquí donde los científicos sociales se enfrentan a mistificaciones colosales ante las que muestran una complacencia o complicidad que hace de ellos coautores del neoliberalismo y sus variadísimas formas de mentir, fantasear, falsificar, engañar. La traducción por los intelectuales del más monstruoso proyecto histórico del capitalismo a un proyecto aceptable para las masas, con medidas que aquéllos avalan y éstas no entienden en su contenido real sino largos años después, es un proceso que el verdadero sociólogo tiene que denunciar, desestructurar y someter a una teoría explícita capaz de construir alternativas con las mayorías y para ellas.

    El neoliberalismo, como forma de organización del capitalismo a partir de sus módulos y redes
    más poderosas, logra la hegemonía ideológica con una democracia en que lo social es adjetivo. Esa hegemonía es tanto más fuerte cuanto más débil es el Estado-Nación y más débiles las redes y módulos que a su amparo controlan un territorio o un espacio socioeconómico del ex mercado nacional, o del ex mercado protegido del trabajo y la seguridad social.

    La hegemonía neoliberal se impone recomponiendo las relaciones del Estado, el mercado, las
    empresas, los obreros, los empleados y los excluidos, los marginados o los superexplotados.

    La hegemonía neoliberal se rehace con alternancias entre regímenes políticos y militares que
    no afectan su preeminencia en la economía y el mercado. Militares o civiles imponen la misma
    política económica. Salir de ella, antes que plantear el cambio de un sistema social a otro, plantea el cambio en la organización misma de la sociedad civil para que, desde el polo de los excluidos, logre organizarse e imponer ciertos límites y políticas a los mercados, las empresas y los estados.

    El proyecto visible plantea, dígase o no, úsese o no la expresión, el problema de la “socialización del poder” por vías revolucionarias pacíficas y violentas y entre conflictos y negociaciones que lo hacen particularmente complejo. En el interín el debilitamiento del Estado Nación, así como el de las empresas no asociadas a la red hegemónica trasnacional, el de los trabajadores organizados, el de los partidos políticos y los movimientos sociales, da pie a un creciente despojo del excedente por la vía de la deuda externa, el comercio desigual, y la “desregulación”; genera también una creciente expropiación de las empresas sociales y las empresas públicas, así como la incautación de las empresas privadas en quiebra a la falta de créditos para la producción de mercados rentables , fenómenos que se complementan con otros como la inflación e hiperinflación que, lejos de provenir de aumentos de salarios y prestaciones, sólo empobrecen más a los trabajadores, a las clases medias y a los desempleados.

    La “superación de las debilidades de la izquierda” se vuelve un problema central. No sólo es difícil desprenderse de los lastres de una lógica estatista y de una lógica sólo nacional frente a un problema de poder empresarial y global, sino que, cuando ocupa una parte mínima de los gobiernos, debe enfrentarse a Estados Nación hegemónicos y a estructuras oligárquicas que utilizan en su contra las divisiones étnicas, religiosas e ideológicas, y aceleran las demandas consumistas y las tendencias clientelistas entre las masas.

    En este libro, más que el fin del neoliberalismo, los autores registran “un viraje político de sentido claramente antidemocrático” que parecería extenderse en los años ‘90 a lo largo del mundo, y que se manifiesta claramente con el renacimiento del racismo y la xenofobia en Europa y Estados Unidos. Ese viraje antidemocrático, hasta en las formas, coincide con una nueva ideología intervencionista a nivel mundial, que en nombre de “acciones militares humanitarias” permite a las grandes potencias preparar “fuerzas de acción rápida” y una opinión pública que se entusiasma con nuevas guerras contra Irak. Todo ocurre mientras los sistemas de “defensa nacional” de los países del Sur y del Este del Mundo han sido desestructurados o articulados al sistema global, y mientras renacen viejas formas hegemónicas de lucha entre Alemania y Rusia, y entre Estados Unidos, Francia, Japón y China, todos socios cercanos y distantes, recelosos de sus movimientos nucleares y tecnológicos.

    El fin de la luna de miel democrática del neoliberalismo corresponde al fin de la utopía capitalista que tanto exaltó la caída del “socialismo real” y que hoy no tiene el menor elemento para presentarse como portaestandarte de la Razón y la Modernidad. La “des ideologización” propugnada por este tipo de regímenes busca que las ideologías y los proyectos socialistas y democráticos sean abandonados de una vez y para siempre.

    Pues, ¿hasta qué punto el neoliberalismo y la posmodernidad no son sino una etapa más de la dominación del capitalismo y del fracaso de “La Razón” que surgió con él y que aspiró a crear el mundo que no creó? ¿Y hasta qué punto lo verdaderamente nuevo en la historia de la razón anticapitalista y socialista no es dar mayor atención y peso a la construcción de las mediaciones democráticas con poder de las mayorías, más que a los planteamientos sobre causas y fines? ¿Hasta qué punto lo realmente nuevo es la construcción de mediaciones de las mayorías, que no sean cooptadas por sistemas de participación, o eliminadas por sistemas de represión?.

    El problema realmente nuevo es el que sucede a todas las experiencias anteriores de lucha por la democracia, por el socialismo y la liberación. Esas experiencias llevaron a regímenes de cooptación y de represión, y sus beneficiarios fueron minorías más o menos ampliadas y redistributivas y más o menos represivas en guerras y dominaciones internas e internacionales.

    El problema nuevo es que las alternativas fueron insuficientemente liberadoras, insuficientemente socialistas, e insuficientemente democráticas.

    La falta de legitimidad que a fin de cuentas alcanzaron la socialdemocracia, el populismo y el
    socialismo real plantea hoy los problemas más nuevos de las ciencias sociales, implica asumir
    no sólo las luchas contra “la Razón de la burguesía”, sino las luchas de ciudadanos, trabajadores y pueblos en favor de nuevos sistemas que no sean represivos ni excluyentes, que den pie a un “ethos pluralista”, que impidan fenómenos autodestructivos como el desarrollo de las fobias entre los distintos pueblos o fracciones de pueblos y que lleven a un movimiento histórico de democracia multiétnica, universal y socialista.

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