Apolo y El Feo

El poeta Luis Alposta y Edmundo Rivero, una yunta memorable

 

Lance

Lo llamo. Atiende. Le pido un encuentro y ya imagino el escenario: boliche nochero alejado del bacanaje de su Villa Urquiza. Tengo uno en la mira: viejo almacén de despacho con mostrador de estaño donde las botellas vacías de ginebra parecen títeres de vidrio. Ni bien amago a pasarle el dato, me pisa las palabras: “Venite a casa, te espero el martes”; corta el teléfono de línea. Este punto alto de la porteñería tiene nombre, apellido y prontuario: Luis Alposta, doctor y poeta; Apolo criollo con sus nueve musas y su medicina.

 

 

En su bulín

Llegó el martes. Ni bien entro me arrastra hacia el comedor, quedo girando en el aire cuando saca de la vitrina piezas históricas de la cultura orillera. Lo primero que me muestra es una cosa de metal media oxidada: “¿Sabes qué es esto? El calzador del zapato de Evaristo Carriego”. (No me desmayé de pedo.) Relojeo la pared, me topo con una fotografía original de Felipe Yacaré Fernández, el autor del libro Versos rantifusos. Sigue sacando tesoros. Ahora manotea un facón envainado (acá me acuchilla, pienso). Me mira a los ojos como buscándome la sorpresa: “Tomá, agarralo y leé”, y aparece nomás la sorpresa: “Zito: Nadie con más derecho que tú por la sincera amistad que nos une, tiene derecho a guardar este recuerdo de mi actuación vestida de gaucho!! Con un abrazo. Azucena Maizani, 1964”.

 

El acero de La Ñata Gaucha.

 

 

Van cinco minutos y ya estoy noqueado de información. Nos sentamos. “Traje unas facturas, Luis”, emparda con una torta de limón que hizo su compañera, y entrándole al diente me cuenta que en 1986 subió al Obelisco, 206 peldaños de hierro: “A medida que ascendía sentía la vibración del subte”. Mientras lo narra, yo, que sufro de vértigo, manoteo fuerte el borde la silla.

 

Además de tordo y poeta, dibujante.

 

 

 

A qué vine

Que se sepa. Me llegué para que me cuente “la cocina” de sus creaciones. Él no tiene ni idea, no sabe, no se imagina lo importante que fueron sus canciones para mi adolescencia, ni sospecha que los árboles de Lanús me vieron remontar veredas largas cantando a lo Rivero: Ansias de raje y evasión postrera / y al mismo tiempo de quedarte en casa. / Tu vida es dura, por demás fulera, / y a nadie importa lo que a vos te pasa (…)

 

El escape (Rivero-Alposta)

 

 

–Che, Luis, ¿cómo se conocieron con Rivero?

–Fue en 1968, en una comida en la que se homenajeaba a Barquina.

–¡No me digas que lo conociste! (Abro largo paréntesis. Francisco Antonio Loiácono, Barquina, emblemático ascensorista del diario Crítica, devenido en secretario de Petit de Murat, cronista policial, hombre de confianza de Botana, autor de los tangos N.P., Cantor de mi barrio, Rebelde. ¡Sí! El mismo del tango A Homero de Troilo y Castillo: Vamos, / vení de nuevo a las doce…/ Vamos / que está esperando Barquina…).

–Nos veíamos todas las semanas. Con el paso del tiempo llegué a creer que la palabra gomía la inventó él. Tipo especial, hablaba de cotelete, entre confidencial y cheronca, empilchaba lindo, siempre de traje y camisa de seda con monograma. Cuando me lo presentaron me lanzó un: “Tordo, ¿me alcanza el comarro?” Le pasé la panera y retrucó: “Juna, el bepi, ¿eh?” Pero te estaba contando del día que conocí a Rivero; ¡mirá qué nenes en la mesa! En el centro Barquina, al costado un jefe de policía, y a mí me sientan al lado de Rivero. El que oficiaba de presentador de la noche era Reynaldo Mompel, en una de las entradas leyó mi poema El jubilado, al terminar Rivero me dice: “¡Qué bueno! ¡Cómo me gustaría conocer al autor!” Soy yo, respondí. Trascartón se ofreció a ponerle música, me pasó la dirección de su casa de la calle Bulnes, y a los pocos días le acerqué la letra.

 

 

El jubilado (Rivero–Alposta):

 

 

 

 

Tres puntos

–Contame algo de esa milonga tuya que me vuelve loco.

–¿Cuál?

3 puntos.

–La Academia Porteña del Lunfardo solía realizar recitales de poesía en un salón de la Capital. Esa mañana yo estaba en una clínica médica y entre paciente y paciente se produjo un momento de descanso, me puse a pensar qué iba a leer esa noche. Revolví un cacho mi mente y visualicé al típico personaje del “cuento del tío”, es decir, un tipo “armado”, un tipo con un portafolio y escribí: Era lungo y delgado como alambre / siempre de traje azul y portafolio… buscando la rima apareció la palabra “polio”. A partir de ese impulso el poema salió de un chicotazo, el personaje me llevó de la mano.

Era lungo y delgado como alambre;

siempre de traje azul y portafolio;

con un pibe mordido por la polio,

una mujer histérica y el hambre.

 

Yugaba como un buey, y su desgracia,

reflejada en el brillo de su traje,

la arrastraba al volver del corretaje

para dejar la guita en la farmacia.

 

Lo que pasó después fue inesperado.

Un domingo a la noche, ya cansado,

decidió que espicharan los tres juntos.

 

Le dio manija al gas. Cerró con llave…

Y en la mesa, quedó como una clave

La boleta del PRODE con tres puntos.

 

–Rivero metió mano, ¿no? Eso de “la polio” no figura en la versión cantada.

–Te cuento. Cuando se lo leí, me miró y dijo: ¿Le parece, Luis? ¿Y si en el público hay una madre que tiene un hijo con polio? Sería mejor cambiarla. Lo corregí. El verso quedó: Con un pibe orillando el velatorio.

 

 

 

El Feo en vivo en El viejo Almacén.

 

 

 

 

Milicos

La dictadura militar les censuró Tres puntos y Poema 0. Es más, el Soneto de un Malevo que no leyó a Borges tuvo también su prohibición vestida de amenaza tildando los versos de “subversivos” por aquello de la luz roja, la polera y la metralleta: Pero un mal día se escurrió la suerte / y boca abajo lo escrachó la muerte / vestido de polera y metralleta. / Es la historia de siempre se me antoja. / Que al que cruza al destino con luz roja / no le falta quien le haga la boleta.

 

Lista de temas prohibidos (1981).

 

 

 

 

No solo Rivero

Podría seguir escribiendo en torno a la yunta Alposta-Rivero, analizar Cuartetos para un ahorcado, A lo Megata dedicado al Barón japonés que llevó la danza tango a su tierra (buscalo en la web, lo canta Ikuo Abo). Detenerme en otras de sus duplas: las formadas junto a Osvaldo Pugliese, Cholo Mamone, Juan Carlos Tata Cedrón o Rosita Quiroga.

 

Rosita Quiroga y Luis.

 

 

 

 

Campaneando mi pasado (Quiroga-Alposta).

 

 

 

 

 

Aparece Daniel Melingo

Sin miedo a equivocarme digo que Alposta es el último poeta-puente entre la generación de oro y el tango actual. El puente se lo debemos, en parte, al músico Daniel Melingo, que hizo de Luis su poeta fetiche. La voz de Melingo acrecienta la coloratura gótica de la escritura del poeta.

 

En la Embajada de Transilvania.

 

 

 

 

 

El tango del Vampiro (Melingo-Alposta).

 

 

En un bondi color humo (Melingo-Alposta).

 

 

 

Si lo estas descubriendo, te invito a bucear en su costado de investigador. Algunos de sus libros: El tango en Japón, Los bailes del internado, Todo Rivero, Antología del soneto lunfardo, El lunfardo y el tango en la medicina. O bien visitar sus Mosaicos Tangueros donde encontrarás datos, vivencias con otros vates del reaje que lo querían a destajo, léete estos versos de Enrique Cadícamo.

 

Hermano Tordo (1982).

 

 

 

 

El Piro

–Che, Matías, entre tanto poema se nos olvidó cenar algo.

–No pasa nada, Luis.

Le pego un abrazo y salgo a la calle en busca del bondi. No importa si ya está despuntando la madrugada, si voy a dormir un puñado de horas, si morfé por última vez hace unas siete horas, porque como decía Federico García Lorca: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro”.

¡Hasta la Victrola Siempre!

 

 

 

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