Apuntes sobre el presente

La construcción de una unidad que permita superar la etapa de la resistencia

 

Aunque la realización del programa económico de la alianza Cambiemos muestre decisiones erradas y una pésima instrumentación, evidentes en el plano financiero, la tendencia principal por la que transcurre la política económica es, sin duda, el resultado de opciones que el Gobierno eligió en función de sus objetivos. En todo caso, desde el punto de vista estrictamente político, no interesa si el acelerado dramatismo que envuelve la realidad nacional es consecuencia de la ineptitud o de un plan, lo que importa es que en la Argentina del macrismo los ganadores principales son el Presidente, sus familiares, amigos y socios —internos y externos—, y los perdedores el resto de la sociedad con los sectores populares a la cabeza.

Hay daños que son tangibles a pesar del permanente ataque mediático a la capacidad de razonar del ciudadano de a pie: más temprano que tarde una mayoría comprenderá, por ejemplo, que el uso de fotocopias por parte de un suboficial del ejército no tiene nada que ver con el salto tecnológico en la carrera armamentista, sino con el retroceso que en todos los órdenes ha provocado el macrismo. En boca del Presidente, las palabras bellas van adquiriendo la misma volatilidad que el dólar, la diferencia es que van perdiendo su poder seductor.

En cambio la dinámica cotidiana dificulta la comprensión —en sí misma compleja— de otros daños graves ocasionados por el proyecto político, económico y cultural en ejecución, que deben ser resistidos o habrán de ser reparados. Cuando se aproxima el momento en que nuestro país deberá enfrentar la disyuntiva de legitimar o no la restaurada experiencia neoliberal, es imprescindible apartar la hojarasca como parte de la estrategia de una alternativa nacional-popular.

Si el próximo viaje del Presidente a Estados Unidos para reunirse con representantes de fondos buitre y suplicar el apoyo del tesoro norteamericano sirviera para prolongar la agonía financiera causada por la política económica del mejor equipo, también serviría para agravarla. Pero pase lo que pase será, sobre todo, un acto de alto valor simbólico, que expresará sin ambages la sumisión del Gobierno (anti)nacional a la actual hegemonía financiera conductora del neoliberalismo, y una medida del alcance de la democracia que nos está legando el macrismo.

La hegemonía financiera en el mundo neoliberal encuentra su forma más acabada en Estados Unidos. Allí el dominio de las finanzas cuenta con plenitud de atributos. Las instituciones financieras están ubicadas en las posiciones más elevadas y aseguran que la gestión de las empresas no financieras responda a los intereses de sus propietarios, es decir, que generen una rentabilidad financiera en sentido estricto, consagrada por distribuciones generosas a los accionistas y altas performances en la Bolsa. Los llamados mercados no son otra cosa que la actividad de tales instituciones. Así se explica que en el escenario neoliberal se confiera un poder adicional a los cuadros vinculados a las finanzas, en alianza de clase con los grandes capitalistas, e instrumentos de control de los propietarios sobre el desempeño de otros cuadros técnicos.

Un país o una región del mundo con déficit externo crónico y cuya deuda externa aumenta sin cesar queda a merced de sus acreedores, que la mayoría de las veces son esas instituciones financieras.

En esta línea de análisis, la cuestión del orden social en países como el nuestro, con un protagonismo histórico del movimiento nacional y popular, sugiere revisar en cierta medida la teoría del Estado de raigambre marxiana, habida cuenta del rol clave que desempeña el aparato estatal. Así, en lugar de la clásica definición del Estado como institución que expresa el poder de una clase dominante —la clase capitalista— es conveniente ver en éste el lugar de formación de las alianzas dominantes propias de cada orden social,  y la herramienta para la imposición de las políticas y reglas de juego correspondientes.

Cuando le ha tocado gobernar al movimiento nacional, la conducción del Estado siempre tuvo su asiento en un pacto democrático que respondió fundamentalmente a los intereses de los sectores populares y permitió impulsar, por ejemplo, los sistemas de protección social y políticas económicas que aseguraban altos y amplios pisos de inclusión. A la inversa, con el neoliberalismo los sectores dominantes imponen excluyentemente sus intereses como cada vez que se apropiaron de las instancias estatales.

En la Argentina de nuestros días los sectores dominantes ejercen el poder estatal a través del mejor equipo, que responde rigurosamente a la descripción que hago más arriba; además, como corresponde al neoliberalismo hegemónico, la gran propiedad capitalista se basa en buena medida en una trama de instituciones financieras, y la alianza de fracciones dominantes se vincula a través de una especie de interfaz propiedad-gestión. Es la entente que encarnan, por ejemplo, los Rocca y los Betnaza en el caso de Techint o los Pescarmona y los Valenti en el caso de IMPSA (Industrias Metalúrgicas Pescarmona). Los Shell y los Aranguren son ejemplo de su acceso al Estado.

Desde el punto de vista político, es importante comprender que estas relaciones tejen un vasto sistema de gobierno —no exento de contradicciones—, una especie de polo económico-institucional en el que se definen las grandes opciones en materia económica. En este hipotético polo habitan quienes tienen responsabilidades estatales y quienes no, por eso no debe sorprender que los unos y los otros actúen descaradamente como si no existiera el mostrador: sus intereses privados equivalen a los intereses públicos.

Si la palabra democracia evoca el poder del pueblo, la democracia es una utopía a alcanzar. Ahora bien, en el mundo contemporáneo cualquier sistema que se declare democrático es en realidad una democracia de clases. La cuestión es que, según la naturaleza del pacto social, la participación de los sectores populares será más o menos efectiva, más o menos formal. Lo característico del régimen neoliberal es que el funcionamiento democrático y el poder quedan en la práctica encerrados en el interior de los sectores dominantes, más allá de las ficciones institucionales. Entonces, si se admite que la democracia se da en distintos grados, es indudable que hay más democracia en los procesos nacional-populares, esos que los sectores dominantes denominan despectivamente populismo, que en los neoliberales.

Esta cuestión es de una importancia política difícil de exagerar. La declinación de las democracias neoliberales obedece a más de una causa, pero sobresalen dos. Una tiene que ver con la naturaleza misma de este orden social: la conjunción de una alta concentración económica —medios incluidos— es tal que la única arma que queda en manos de los sectores populares es el voto, pero fuertemente acosado por el ataque mediático. La otra deriva de la configuración y práctica institucional: una porción cada vez mayor de los poderes estatales o supraestatales está concentrada en instituciones especializadas, ubicadas fuera del alcance del juego electoral.

Es lo que ocurre con los Bancos Centrales, cuya autonomía es un dogma —aunque en momentos de desesperación, como aquí y ahora, no se respete—, cuyos objetivos son fijados de acuerdo con la doctrina neoliberal, y sus autoridades no son precisamente militantes populares; asimismo, la política económica es cuidadosamente protegida de la acción de instituciones como los Parlamentos, incluso en aspectos fundamentales que comprometen los intereses nacionales por plazos que exceden largamente los mandatos de cualquier Gobierno. Por su parte, instituciones como el FMI, la OMC o el Banco Mundial llevan adelante todas las acciones necesarias para imponer o mantener este orden social y son los ámbitos principales entre aquellos donde se practica la democracia al interior de los sectores dominantes. La desigualdad económica incuba y expresa constantemente desde su seno la desigualdad política, que queda así institucionalmente homologada.

Estas singularidades del neoliberalismo deben agregarse a las causas que siempre operaron y que hacen del imperialismo un resultado natural, inevitable, del desarrollo capitalista de los grandes países industriales; si esos países dejasen de ser imperialistas decaerían drásticamente y sufrirían catastróficas conmociones sociales: no explotan a los pueblos y ayudan a las camarillas reaccionarias porque sí. El sistema de explotación imperialista no tiene nada que ver con las antipatías y simpatías entre personas que gobiernan. Por eso, no puede ser sino la soberbia del ignorante lo que induce al presidente Macri a pensar que porque tuvo o tiene negocios con el actual Presidente norteamericano, este orientará la maquinaria imperial —cosa que seguramente no ha pasado por la cabeza de Trump, ni podrían conseguir él y todo su elenco de Gobierno— según las circunstanciales conveniencias del amigo argentino, quien ya fracasó cuando le pidió que desbloqueara el ingreso de acero y aluminio.

Pero la ignorancia no se detiene allí. También está en el origen de tres creencias correlativas: la fantasía de que la llamada grieta —que no es otra cosa que una expresión de la lucha de clases— se debe a la maldad de Cristina, la correspondiente ilusión de suponer que la grieta va a desaparecer proscribiendo a Cristina y la también ilusoria convicción de que con el discurso del “consenso” y el “diálogo” se logrará una conciliación que en este contexto es imposible.

Se trata de cuestiones que deberían ser consideradas en la construcción de una unidad que nos permita superar la etapa de la resistencia y retomar el camino de la liberación nacional y la emancipación social.

 

 

 

 

 

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