Aquel (no tan) viejo conflicto

La nueva escalada bélica en Nagorno Karabaj

 

El 24 de septiembre comenzó un nuevo capítulo del conflicto que mantienen Armenia y Azerbaiyán por la República (de facto) de Nagorno Karabaj, un polvorín geoestratégico desde hace siglos. Sin ir más lejos, en 2016 ambas repúblicas se vieron enfrentadas durante cuatro días, en los que murieron cientos de soldados y civiles de ambos bandos. Esta vez, si bien hubo reunión y mediación entre Armenia y Azerbaiyán de la mano de Moscú, donde se acordó un cese al fuego por cuestiones humanitarias, las denuncias cruzadas de que ambos países violaron el acuerdo son una constante. “Nosotros jamás atacamos poblaciones civiles de Azerbaiyán, solo objetivos militares legítimos porque estamos defendiendo nuestra patria”, dice desde Stepanakert David Babayán, académico y asesor del presidente Arayik Harutyunián, que preside la República (de facto) de Artsaj, el nombre que la población armenia le otorgó al territorio de Nagorno Karabaj. “Armenia ha violado el cese al fuego y atacó poblaciones civiles. Los soldados de mi país están luchando por recuperar el territorio que, según el derecho internacional, nos corresponde”, contraargumenta Rashad Aslanov, embajador de la República de Azerbaiyán en la Argentina.

Existe un común denominador en medio de la tensión: la presencia no sólo de los actores visibles, sino también de los no tan visibles. El Cáucaso es el campo de batalla donde se dirimen los intereses de potencias regionales y extrarregionales. Umbral de dos continentes, está representada por una imponente cordillera con un grupo de llanuras al pie. Nagorno Karabaj es una porción de una de las dos subregiones, el Cáucaso Sur, integrada por Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Tanto armenios como azeríes se sacan chispas a la hora de determinar quién estuvo primero en el lugar, midiendo de forma permanente la profundidad de sus raíces identitarias. Este argumento, que debería ser la base de un acuerdo, es uno de los focos de desavenencias permanentes. Los azeríes se remontan a la existencia de la Albania Caucásica, allá por el siglo IV a.C. Los armenios, por su parte, enarbolan la bandera del Reino de Armenia, que data del siglo III a.C. El cristianismo llegó a la región cuando Armenia decidió adoptarlo en el 301 de nuestra era. Por allí pasaron Alejandro Magno, las huestes persas, las legiones romanas y luego los bizantinos. En el siglo VII d.C. comenzó el proceso de islamización, al que los armenios resistirán.

Desde la conquista por los turcos selyúcidas primero, y otomanos después, el Cáucaso será disputado por turcos y persas hasta que, en el siglo XIX, la Rusia zarista hará pie y se quedará con la región. En el marco de la segunda etapa de la revolución industrial, una Rusia cuasi feudal y muy lejos de la industrialización descubrirá los ingentes recursos energéticos del actual Azerbaiyán. Durante la Primera Guerra Mundial se irán configurando ciertas redes de complejas alianzas, que incluirán una buena relación entre Armenia y Rusia y una filiación entre azeríes y turcos. Es por esta época —en plena Gran Guerra— que Turquía lleva adelante el genocidio armenio.

La derrota de los Imperios Centrales y el proceso revolucionario ruso que llevará a la conformación de la URSS, cambiarán el tablero político-territorial de la región. Entre 1917 y 1923, una serie de experiencias fallidas, que van desde la formación de la Federación Transcaucásica (integrada por Azerbaiyán, Armenia y Georgia) hasta la efímera independencia de estos países, culminaron en la conformación de la República Federal Socialista Soviética de Transcaucasia, luego de la invasión soviética. Finalmente, en 1936 surgen las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Lo llamativo para los armenios fue que Nagorno Karabaj fuese entregado a la jurisdicción azerí por parte de sus aliados rusos. A partir de 1923, Nagorno Karabaj estará administrada bajo la forma de Óblast Autónomo, uno de los sujetos territoriales sub-nacionales en los que está dividido el territorio ruso.

 

 

¿Una nueva era para la región?

Con la perestroika y la glasnost llegaron profundos cambios económicos y políticos que llevaron a la progresiva desintegración de la URSS. Una de las consecuencias de este proceso fue el rebrote del germen de los nacionalismos que tanto preocupó a lo largo del siglo XX a los soviéticos. La dinámica poblacional de la Unión Soviética tenía cuatro ejes principales:

• La política industrial planificada de base socialista;
• El ahogamiento de las efervescencias nacionalistas;
• El reforzamiento de las fronteras del territorio y
• La puesta en marcha de la colectivización rural a través de los famosos koljoses.

Existe un debate sobre el carácter forzado de esta política migratoria, que tiene su más certera expresión en la experiencia de Kaliningrado —ex Königsberg— hacia el final de la Segunda Guerra, donde se llevaron adelante deportaciones masivas de la población alemana que vivía allí, seguidas del repoblamiento con ciudadanos soviéticos. Lo cierto es que este movimiento planificado de poblaciones tiene una fuerte repercusión en los conflictos actuales en zonas como el Cáucaso.

En su libro El Imperio, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski sostiene: “Stalin trasladó a los pueblos de tal manera, los mezcló y los entreveró de tal modo, que ahora no se puede mover a nadie sin tener que mover a otros, sin tener que perjudicar a otros”. Es un fenómeno en el cual reina el irredentismo. Un grupo étnico mayoritario —los armenios, en este caso—, buscan la independencia de un Estado de Facto, la República de Artsaj, que pertenece, de iure, a otro Estado, Azerbaiyán. De hecho, el territorio no es reconocido por Armenia, a pesar de que es financiado desde Ereván y la diáspora armenia. Cuando Kapuscinski escribió su libro, la URSS recién comenzaba a desintegrarse. En ese entonces parecía imposible que armenios y azeríes pudieran llegar a coexistir, a ponerse de acuerdo. Hoy, al escuchar los discursos oficiales, es inevitable pensar lo mismo.

“Azerbaiyán usa terroristas del Estado Islámico para combatir en el frente contra nosotros. Decapitaron soldados, práctica que siempre llevó adelante el EI. Quieren volver a llevar adelante un genocidio armenio en conjunto con Turquía”, explica Babayán quien, además, publicó un paper llamado El agua en el conflicto de Nagorno Karabaj, donde explica que Azerbaiyán vuelca desechos tóxicos a los afluentes del lago Seván, que representa un 80 por ciento de los recursos acuíferos de Armenia y Artsaj; “Mi país tiene más de 200.000 soldados. ¿Para qué querríamos los mercenarios? Eso es falso. Le compramos armas a Israel, Turquía, Irán, como hace cualquier país para defenderse. Eso es algo que Armenia no puede hacer porque no tiene dinero, es un país pobre”, detalla el embajador Aslanov, quien replica el discurso del Presidente azerí, Ilham Aliyev: “Cuando recuperemos Nagorno Karabaj, los armenios que vivan allí tendrán los mismos derechos que cualquier ciudadano azerí. Van a vivir mejor que ahora y viviremos juntos, como lo hacemos en Bakú, la capital, donde viven más de 30.000 armenios”.

Al leer acerca de este conflicto es inevitable que la vista se vuelva hacia Kosovo. Son muchas las coincidencias: reclamos territoriales arraigados profundamente en la conciencia colectiva; políticas migratorias similares a la soviética; independentismo y nacionalismo; mayorías y minorías étnicas; Estados reconocidos y Estados de facto; pogromos y limpiezas étnicas; la presencia de las potencias como Rusia —vieja aliada de Serbia— o Turquía apoyando la independencia de Kosovo por una cuestión estratégica galvanizada de afinidad religiosa; y, por último, las diferencias no zanjadas entre el cristianismo y el Islam. Sí, Nagorno Karabaj y Kosovo tienen mucho en común.

 

 

 

Los mismos de siempre

En 1988 en el marco del derrumbe de la URSS estalló el conflicto entre armenios y azeríes por Nagorno Karabaj. Así, en 1991, ya extinta la URSS, fueron reconocidas las respectivas independencias de Armenia y Azerbaiyán. Nagorno Karabaj también se declaró independiente. Pero los azeríes no estaban dispuestos a aceptar la mutilación de su territorio, por más que la mayoría étnica fuera armenia.

La guerra duró, entre idas y venidas, hasta 1994, en medio de persecuciones, deportaciones y limpiezas étnicas. La victoria armenia termina con la ocupación no sólo de Artsaj (como prefieren llamar los armenios a Nagorno Karabaj) sino también de siete distritos que pertenecían a Azerbaiyán. En medio del conflicto, durante 1992, se creó el Grupo de Minsk, dependiente de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, liderado por Rusia, Estados Unidos y Francia e integrado por Armenia y Azerbaiyán. La idea es resolver el problema en forma diplomática. No obstante, los muchos acuerdos y los niveles de tensión permanente del lugar dieron por tierra los intentos.

El antecedente más próximo al recrudecimiento actual fue la llamada “Guerra de los Cuatro Días”. El contexto de aquel 2016 era diferente al de los ’90: por ejemplo, el ejército azerí estaba mucho más desarrollado, ya que el gobierno de Bakú decidió invertir fuerte en armamento ruso e israelí, junto al entrenamiento en Turquía. Desde hace un par de décadas hubo un renacimiento petrolífero en Azerbaiyán, lo que dio al país una nueva perspectiva. En el marco de este renacimiento, Azerbaiyán pasó a formar parte del llamado “Gran Creciente”, la región que contiene gran parte de los hidrocarburos mundiales y engloba a la península arábiga, el golfo Pérsico, el Cáucaso y Siberia.

No es de extrañar que en 2020 el conflicto se haya reavivado al ritmo de la economía euroasiática. Sin embargo, hay un factor más político que económico y que influyó en la escalada. En 2018, Armenia tuvo una suerte de levantamiento popular que culminó con la asunción de un nuevo primer ministro, Nikol Pashinián. Hasta entonces, la clase política Armenia —como la de muchos países que formaron parte de la URSS— estaba conformada por políticos de la vieja nomenklatura soviética. Todos representaban, más hacia izquierda o derecha, una posición similar. Pashinián, un periodista opositor a todos los gobiernos, podría considerarse un outsider de la política, similar al caso de Volodímir Zelenski, el comediante ucraniano que llegó a ser Presidente de su país. Sin embargo, el primer ministro armenio no se mostró tan hábil en manejar su crisis interna como Zelenski con Crimea. El gobierno azerí sostiene que con el respaldo de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, no debería sentarse a dirimir la cuestión con los separatistas.

“Pashinián comenzó mirando mucho más hacia Occidente que a Rusia, como hicieron en Armenia siempre. Otro error que tuvo fue poner a un embajador en Tel Aviv, que hace pocos días tuvo que sacar”, señala Emiliano Lomlomdjian, militante de La Fede y redactor del diario argentino-armenio Nor Seván. Para muchos jóvenes armenios, el problema no es con el pueblo azerí, sino con el Estado, y viceversa, ya que muchos jóvenes azeríes se han negado a participar en el conflicto. “La causa de los pueblos es una sola. Es urgente, necesario y posible lograr la amistad entre los pueblos”, señala Emiliano. En medio del conflicto, como siempre, queda la juventud: por citar un ejemplo, más del 50 por ciento de los combatientes armenios, muchos enrolados como voluntarios, tienen entre 18 y 25 años. Como relata Andrea Tchabrassián, una arquitecta de 30 años que viajó en marzo a Armenia, está viviendo en Ereván, quedó varada en el medio de la pandemia y, ahora, del conflicto: “Me levanto todos los días con dolor de panza y el pecho apretado. Reviso los nombres de los soldados fallecidos esperando no leer el nombre de mi primo ni de mis amigos que se anotaron como voluntarios”.

En lo que respecta al rol que juegan las potencias regionales —excepto Turquía, que sigue fiel a su alianza afectiva y económica con Azerbaiyán—, tanto Rusia como Irán tienen una postura ambigua. La venta de armas a ambos bandos parece ser, en este momento, la opción rusa, sin perder de vista la importancia de esta nueva etapa energética del Cáucaso: tomar partido sería un error, según su lógica geopolítica. Por su parte, Irán, que le vende armas a Armenia, tiene una fuerte filiación religiosa con Azerbaiyán, donde se practica la rama chiita del islam. Pero Israel vende armas a los azeríes. Producto de este auge petrolero, Armenia sufre hoy una suerte de bloqueo económico debido a las tenazas que atraen los oleoductos que van desde Azerbaiyán hacia Turquía. Por esta razón, tal vez, Armenia no reconozca la independencia de Artsaj, a pesar de sus intereses allí. Frente a posturas tan tajantes e irreconciliables de los actores visibles del conflicto, la solución parece lejana. Sobre todo, teniendo en cuenta que al conflicto de Artsaj se le sumaron los reclamos azeríes por los territorios ocupados durante la guerra del 88-94. El contexto económico podrá ser otro, pero lo cierto es que, en el Cáucaso, los momentos de paz duran lo que un suspiro.

 

 

 

 

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