¿Aquí no ha pasado nada?

El neoliberalismo se resiste a entender el sentido de las luchas populares y del voto

 

Puede haber un error de cálculo en los sectores dominantes en la Argentina. Parecen pensar –y de hecho lo hacen— que aquí no ha ocurrido nada. Que lo que aconteció en los últimos meses fue un “traspié electoral”, producto de la “mala praxis” macrista, pero como diría Melconián, le ponen un 10 a las metas que tenía el gobierno de Cambiemos.

Y que como la malograda gestión macrista sacó el 40% de los votos, en realidad no le quedaría margen a Alberto Fernández –acosado a su vez por los acreedores externos— para realizar grandes patriadas ni heterodoxias impensables.

Habrá que aguantarle al nuevo Presidente su cháchara contra el hambre, poner allí unas monedas y después reconducir la gestión albertista en la dirección que “todos sabemos” que se debe recorrer. Con la misma convicción que no casualmente tienen todos los gobiernos de derecha de América Latina: reformas laborales precarizantes, reformas previsionales diseñadas para otorgar formidables rentas a los bancos, reformas tributarias que alivien a los grandes y castiguen a los chicos, tratados de libre comercio con los países centrales de Occidente, tan necesitados de nuevos mercados en los que volcar su producción. Un recetario que poco tiene que ver con las necesidades del desarrollo y del progreso regional, pero mucho con la alianza cada día más estrecha entre las elites regionales y los poderes centrales.

 

 

Cuando los especialistas en subdesarrollo dan consejos

En las últimas semanas asistimos a un verdadero festival de aportes constructivos al éxito del próximo gobierno, de parte de quienes protagonizaron todos los fracasos económicos desde el “Proceso de Reorganización Nacional” hasta la actualidad. Revisemos algunos de los más destacados.

Uno, que reúne todos los requisitos del derechismo más intransigente –se diría, un programa de máxima— es el publicado por el diario La Nación, proveniente de la Fundación Libertad y Progreso, cuyo director es el ex funcionario procesista Manuel Solanet. “Un documento con 10 medidas que debería tomar Alberto Fernández en sus primeros 100 días como Presidente”. Si se implementaran las medidas, permitirían «absorber el millón de jóvenes que ingresarán en ese periodo al mercado laboral, además de un millón de empleados públicos, un millón de receptores de planes sociales y un millón de personas que hoy están en la economía informal».

Entre los objetivos explícitos, figuran lograr el superávit fiscal y reestructurar sin quita la deuda pública, lo que permitiría desbloquear los desembolsos pendientes del FMI.

Las reformas que atraerían la futura lluvia de inversiones serían:

  • La Reforma Laboral, que incluiría acuerdos a nivel de empresa, libertad sindical y la supresión hacia adelante de la indemnización por despido.
  • La Reforma de la administración nacional. “Para alcanzar una mayor eficacia, eficiencia y reducir el número de empleados de la administración nacional”, proponen decretar una nueva estructura del Empleo Público y tener sólo seis ministerios y una Jefatura de Gabinete. “Una vez completado el reencasillamiento del personal, los que no fueron reubicados cobrarán sueldos por uno o dos años para evitar el costo social de que queden sin ingresos.”
  • Reducción gradual de planes sociales. «Se deben transformar los planes sociales en empleo». Proponen suprimir los fondos asignados a la Economía Popular.
  • Continuar con la reducción de los subsidios a la energía y al transporte.
  • Elevar la edad jubilatoria.
  • Reforma de la Coparticipación Federal. Proponen “alinear los incentivos y propender a gastar menos y mejor».
  • Eliminación gradual del impuesto al cheque y de los derechos de exportación. Esta medida deberá aplicarse a medida que se disminuya el gasto público.
  • Formalizar Tratados de Libre Comercio. Proponen concretar el Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, acordar con Brasil la reducción del arancel externo común e iniciar la negociación de otros tratados bilaterales de libre comercio.
  • Permitir el uso de otras monedas. Proponen corregir las normas que impiden el uso de otras monedas y derogar el curso legal forzoso del peso.

Como se puede apreciar, parte de estas medidas ya estaban prefiguradas en el proyecto macrista y seguramente serían profundizadas en el segundo tramo que se iniciaría el 10 de diciembre, gracias al cheque en blanco que le darían las urnas al macrismo. Otras forman parte del patrimonio histórico de la derecha ultra, cuyo vocero actual es Espert, y que apuntan a una derrota histórica del bloque popular, sin la cual no se puede concretar la famosa expulsión de 1.000.000 de trabajadores estatales para “bajar el gasto público”, y así concretar la eliminación de “impuestos distorsivos”, e incrementar la ganancia del agronegocio y otros actores. El lanzamiento al mercado de un millón o más de trabajadores generaría a su vez la completa flexibilización laboral de hecho en toda la actividad privada, que sería acompañada por las innovaciones laborales que ya están diseñadas desde hace décadas. Completo disciplinamiento laboral luego de un período indeterminado de represión, reducción del Estado a un mínimo africano, liberación de actividades sociales básicas como salud, educación, seguridad a las empresas privadas –como en Chile—, endeudamiento eterno y cumplimiento perfecto con el capital financiero global, disponibilidad de divisas libres para la fuga, son las brillantes ideas que promueven grupos locales que alimentan con “ideas” al imaginario neoliberal local.

Pero hay más. Pablo Guidotti, ex funcionario del menemismo, ha planteado en el diario Ámbito Financiero la realización de una “devaluación compensada”, colocando el dólar a 100 pesos, lo que contribuiría a estabilizar las expectativas devaluatorias, bajar la tasa de interés y cerrar el déficit fiscal. Nada dice del comportamiento real de los actores domésticos en materia remarcatoria, ni del efecto –que cree neutral— de esas medidas sobre el nivel de vida de la población. Como no propone la desdolarización de las tarifas, ni otras medidas que protejan a las mayorías, de hecho le está sugiriendo a la próxima administración que baje varios escalones más en materia distributiva.

Un gurú histórico del alto empresariado, Ricardo Arriazu, formuló diversos escenarios posibles para la gestión albertista. Para él, la mejor opción sería una de “moderación” del gasto público, incrementando retenciones y moderando subas tarifarias adicionales, para acompañar la renegociación de la deuda. Eso sí, habría que adoptar las “reformas estructurales” previsionales y laborales reclamadas por el FMI (y por el capital concentrado argentino). Según Arriazu, el primer tramo sería duro, pero ya en el segundo semestre se empezarían a ver los resultados positivos.

Rodolfo Santángelo, otro consultor de empresas, sugiere con delicadeza, dado el peso de las transferencias sociales sobre el gasto total del Estado: “desindexar las partidas sociales del gasto público”, lo que implica que crezcan por debajo de la inflación, o sea, que se achiquen en términos reales. En otros términos, que sigan declinando los ingresos de los más sumergidos.

Es decir que todos los amigos derechistas que se acercan sugieren consolidar la herencia distributiva del macrismo, e irla administrando o profundizando, según las circunstancias. Ninguna redistribución sería posible ni deseable. Al contrario: el superávit fiscal reclamado se lograría con la baja del gasto público que mayor capacidad para promover la expansión económica tiene. Con los acreedores externos deberían hacerse las máximas concesiones posibles, para lograr la confianza internacional. La inversión genuina (para producir bienes y servicios reales) nunca se sabe de dónde ni cuándo vendría, pero siempre queda supeditada a una serie de pruebas de confianza que implican la autodestrucción del Estado en sus capacidades regulatorias, el ataque y derrota de las organizaciones populares y los sindicatos y la plena sumisión del sistema de partidos políticos a los poderes fácticos globales.

 

 

Temor y temblor

La ola de protestas sociales por las medidas neoliberales se está extendiendo en la región sudamericana. Lo que sorprendió en el caso ecuatoriano y se transformó en una verdadera rebelión profunda en el caso chileno, se manifestó con claridad y contundencia inesperada también en Colombia en la última semana.

Así como los gobiernos neoliberales parecen tener un solo norte que es la maximización de las ganancias corporativas, de espaldas a sus respectivos países, los sectores populares ven con creciente claridad que todas esas “reformas estructurales” no sólo apuntan a despojarlos de derechos y conquistas, sino también de un horizonte de esperanzas.

Esta ola anti “reformas neoliberales” es ya un dato político insoslayable, al punto que ha impactado en uno de los gobiernos más extremistas y agresivos de la región, el de Brasil.

El temor del gobierno de Brasil a esta ola de indignación hizo que considere demorar las próximas reformas, casualmente la reforma impositiva y de la administración pública (para permitir la reducción de salarios y afectar las estabilidad de los trabajadores estatales)… y que redoble las amenazas represivas, en tanto trata de construir una imagen mediática de Lula como un agitador peligroso y violento.

Bolsonaro plantea reglamentar las protestas sociales, clasificándolas desde aceptables hasta terroristas, lo que merecería la intervención de las Fuerzas Armadas, a las que se les garantizaría la impunidad de sus actos, como hizo en sus primeros días y debió rectificar después el gobierno golpista boliviano. Pero queda claro que el problema no es sólo Bolsonaro. El ministro de Economía de Brasil, Paulo Guedes, hombre del sector financiero global, sugirió aplicar el Acta Institucional 5 de la dictadura milita para suspender garantías constitucionales y así “avanzar con las reformas”. Cabe recordar que la economía de Brasil no funciona, precisamente después de varios años de ministros de economía neoliberales bajo diversos presidentes: Dilma Rousseff, Michel Teme y el actual Bolsonaro.

 

 

El límite de Alberto

Mientras el pensamiento de la derecha económica argentina permanece fijado en sus obsesiones permanentes, que ya tuvieron su oportunidad bajo el gobierno macrista, la realidad social de la región está mostrando un estado de rebelión frente a los experimentos que expresan estas ideas.

Consolidar los efectos de la herencia macrista es lo que le piden, con la yapa de nuevas reformas estructurales para complacer a los mercados, o sea, a ellos. Es una dinámica de contracción y achicamiento, para beneplácito de los poderes fácticos.

¿La derecha económica pide agudizar la situación del 40% de pobres, del 12% de desocupados que deja el macrismo, además de incrementar el agobiante 45% de capacidad ociosa en las firmas industriales? Sí. Pide eso, y avanzar con más y mayores negocios privados.

Como en nuestro país, afortunadamente, no hemos tenido que pasar desde 2002 por graves conmociones sociales, con muertos, destrozos y otras calamidades, parece que la derecha considera que aquí no ha pasado nada. Pretende olvidar, junto a sus medios de prensa, las numerosas y nutridas manifestaciones de protesta y resistencia pacífica ocurridas en todos estos años. A pesar de haber sido eyectada en la primera vuelta, después de ejercer el monopolio comunicacional y judicial durante 4 años, la derecha argentina pretende que aquí nada ha pasado.

Este malentendido no debe ser el que prime en el gobierno del Frente de Todos.

Las conmociones que cubren otras regiones de nuestra región no llegaron a producirse en nuestro país debido a las aceptables condiciones de vida que quedaron del gobierno anterior, y que el macrismo deterioró prolijamente en cuatro años. El derrumbe del último año y medio encontró un canal de canalización política y de esperanza pacífica en la estrategia político-electoral que diseñó Cristina Kirchner, lo que no significa que no exista una fuerte base de malestar y frustración en amplios sectores de la población.

Nuestra sociedad, en su inmensa mayoría, no quiere violencia, ni muertos, ni daños.

Pero lo que hasta Bolsonaro comprendió —que gobernar para el 1% tiene sus límites—, también debería quedar claro en nuestro país: el próximo gobierno no viene a profundizar reformas estructurales neoliberales, sino a buscar un rumbo autónomo de progreso e inclusión.

No viene a arrasar derechos ni a aplastar resistencias sociales, sino a desplegar todas las potencialidades que tiene la sociedad argentina.

No viene a servir minorías retrógradas, que perdieron hace rato el sentido de la pertenencia nacional, sino a restaurar la posibilidad de vivir y pertenecer a una comunidad que garantiza derechos y libertades.

 

 

4 Comentarios
  1. Lia dice

    ¿Se juzgarán los crímenes de lesa humanidad cometidos generalizada y sistemáticamente sobre el pueblo argentino y que es claramente penado por la ley Internacional? ¿O escogeremos indignarnos solo por los delitos de corrupción?
    ¿Cómo se nombran a los Países en donde se cometen crímenes de lesa humanidad?
    ¿Se ocultará nuevamente al agente económico paraestatal bajo la mala praxis y daños colaterales estadísticos de la mecánica económica?
    ¿Saben realmente esas estadísticas americanas por qué, por quién y para qué están siendo reprimidas?
    ¿Qué clase de ser humano puede negociar con un agente que ha promovido crimenes de lesa humanidad? ¿Quién podría darle la mano?

    La puerta esta abierta siempre porque se ha aceptado de antemano el mal mayor en un sentido común muy de difícil digestión.

  2. Luis Juan dice

    Estimado Ricardo:
    Claro como el agua.
    Antonio Tarragó Ros lo diría de esta manera: “Es sabio el paisano/ que apuntala el tallo/ de la planta nueva/ para que ni un viento/ ningún solo viento/ lo doble jamás./ Claro como el agua/ Claro como el agua/ Claro como el agua…clara./ Los cambios seguros/ se hacen paso a paso/ ni un solo detalle/ hay que descuidar./ No hay cambios que valgan/ Si no son profundos./ Que nadie se quede/ mirando de lejos/ con indiferencia/ Eso no va más./ Que nadie le ponga/ cerrojo al coraje/ no hablemos en vano de la libertad/ me dije, regando/ esa planta nueva/ para que florezca/ como la esperanza/ y no muera nunca/ pero nunca más.
    Eduardo Galeano, escribía en 2001 (elpais.com), respecto de la globalización y la arremetida contra los derechos de los trabajadores un artículo por demás interesante. Algunos párrafos:
    “Es la continuación de la época colonial en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología, además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.”
    “Desde 1919 se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de esos 183 acuerdos, Francia ratificó 115; Noruega, 106; Alemania, 76, y Estados Unidos… 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país, que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley, es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir ‘cláusulas sociales’ y de ‘protección ambiental’ en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?.”
    “Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocrático, se indigna contra ‘la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales’. Traducido, eso significa: arrojemos de una buena vez al tacho de la basura toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: ‘Para competir, hay que exprimir los limones’. Los hechos son los hechos.”
    “Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobrás muertos en accidentes de trabajo en los últimos tres años, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un Estado que, en nombre del socialismo, se ocupa de la disciplina de la mano de obra: ‘Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social para asegurar un clima favorable a los inversores’, explicó recientemente Bo Xilai, secretario general del Partido Comunista Chino en uno de los mayores puertos del país.”
    “El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por dos siglos de luchas obreras en el mundo. Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman sweat shops (talleres del sudor), crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en Argentina están ‘en negro’, sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al ‘sector informal’, un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?.”
    “En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costes de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un ‘obstáculo interno’, para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que hace año y medio explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que ‘hemos eliminado los obstáculos internos’? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.”
    La lectura del artículo me trajo a la mente aquel hermoso poema por balada que Alfredo Zitarrosa tituló: “Al comandante Ernesto Che Guevara”; la pucha si habrán cambiado los tiempos, no… y seguirán cambiando. Atenuar el destino que estos destructores de la humanidad nos tienen reservado, será una tarea pendiente o, el destino de la mayoría de la humanidad estará sellado.
    «La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse”. (Jean Jacques Rousseau.) . Seguramente Jean Jacques, hoy día redefiniría la sentencia.

  3. alberto dice

    Absolutamente de acuerdo y agregaría que: Los deseos expresados en los párrafos finales son la única posibilidad que tiene el gobierno que asume para no terminar como Dilma en Brasil.

  4. Avalancha dice

    BRILLANTE COMO SIEMPRE RICARDO, PRECISÓ Y CONTUNDENTE EN LAS ARGUMENTACIONES, QUE SON DE FACIL LECTURA Y ENTENDIMIENTO., LOS PÁRRAFOS FINALES SON UNA DELICATESSEN DE UN DESEO REAL, PROGRESISTA Y NACIONAL DE UN NUEVO PAIS, CON VISÓN DE FUTURO!!! SALUDOS GONZALO AVALANCHA OVIN👏👏✌️✌️🇦🇷🇦🇷🌞🌞

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