Argentina, 1879

La violencia contra el indio y sus tierras, razón íntima de la república oligárquica, no deja de actualizarse

 

“A mi juicio el mejor sistema de concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva, que es el mismo seguido por Rosas, que casi concluyó con ellos”.

Julio Argentino Roca, 1873

 

Para la Argentina oficial, 1879 significa el cierre de la conquista de la Patagonia, el decisivo sometimiento de los indios y la convergencia entre ejército y oligarquía. Desde entonces, el Estado liberal argentino recurre al silencio para negar la violencia que subyace a su propio origen. Las preguntas que formula Viñas en Indios, ejército y frontera (¿No hubo en la Argentina indios vencidos, indias violadas? Y si los hubo, ¿por qué no se los escucha? ¿Por qué no se habla en la Argentina de los indios, salvo cuando se los desplaza a la franja de la etnología, del folclore, del turismo? ¿O es que los indios fueron los desaparecidos de 1879?) resuenan tan fuerte ahora como cuando este libro ya clásico dio a luz, hace exactamente cuatro décadas. Leyéndolo, se comprende perfectamente la importancia estratégica de la “campaña del desierto” en la constitución de las clases dominantes argentinas: esa “guerra de las vacas” en torno a la cual se extendió la estancia como forma privilegiada de la propiedad de la tierra, en paralelo a la consolidación de la mentalidad positivista de aquella burguesía expansiva de 1880 personificada en su jefe, el general Julio Argentino Roca.

Roca encabeza personalmente la expedición militar hacia el sur, asumiendo el papel de “constructor” que le reconociera una década después Leopoldo Lugones: Roca director de hombres, síntesis personificada de acontecimientos históricos y espíritu cristiano de congregación. La culminación roquista de la “campaña del desierto”, que tuvo por precursor a Juan Manuel de Rosas, consuma y realiza –en términos burgueses– la tarea evangélica y globalizadora iniciada con la conquista. Cumplidas las tareas históricas de la independencia y la constitucionalización del Estado –luego de las guerras civiles y la guerra del Paraguay–, se trataba ahora de eliminar al indio, los grupos de “salvajes” que poblaban en la pampa y la Patagonia, último obstáculo a la dinámica de incorporación de nuevas tierras y cuantioso ganado al proceso de acumulación subordinado al mercado mundial. La generación del ‘80 encontraba en Roca al militar civilizador. Apadrinado por Sarmiento y creyente en “la santísima trinidad” del telégrafo, el Remington y los ferrocarriles, Roca fue –escribe Viñas– un “auténtico jefe positivista”. ¿En qué radica el positivismo, como ideología de clase de la época? Viñas enumera: en el monopolio de las tierras expropiadas a los indios; en la capitalización de un “prestigio pulcro” obtenido sobre los desmanes de sus subalternos; en la centralización, el conservadurismo modernista y la feroz “homogenización racial”; en la fuerte estatización y en su sintonización con los ritos del capitalismo mundial; en la nacionalización de las oligarquías provinciales y del ejército frente a la milicias locales; en la reafirmación de fronteras, la articulación de los ferrocarriles, los telégrafos y el puerto único. El positivismo argentino como ideología de la expropiación y la dependencia, del miedo al indio, pero también a no ser considerado lo suficientemente europeo.

La forma republicana de gobierno que adopta el Estado argentino supuso la importación de la doctrina del libre cambio, incompatible con la propiedad colectiva de la tierra y útil para el despojo de las tierras comunales. En los hechos, los más poderosos terratenientes compraron o se apropiaron de las tierras indias, adoptando a los miembros de las comunidades –no habituados a la lengua ni a la economía monetaria– como peones de hacienda. La implantación del principio de la igualdad jurídica operaba en la práctica como disolución de los tímidos mecanismos de protección comunitaria de la colonia. Las clases dominantes argentinas operaban sobre suelo nacional un movimiento más abarcativo y general, realizando las tendencias más agresivas de un imperialismo –fusión entre ejército, ciencia y capital– que se articulaba en función de la formación de la clase de latifundistas agroexportadores. La república señorial, hegemonizada por la crispada derecha criolla en la Argentina, pero con denominadores comunes en toda la región, no era sino la forma estatal del colonialismo interno caracterizado por la desposesión de los indios en zonas antes alejadas de los centros tradicionales y la consolidación de grandes latifundios. El poder colonial como poder de extracción, “la acumulación encabalgada en el saqueo”. La república oligárquica como justificativo del “asesinato racial en la Argentina”, y para su silenciamiento.

La “campaña del desierto” culmina la conquista española, y la literatura de frontera que acompañó la curva del movimiento completo asumió la tarea de colocar la tradición como una esencia, haciendo la apología de la colonia como antecedente santificado del orden de 1880: “Si la colonia es Grecia, el roquismo es Roma”. La serie liberal como discurso de la élite, homogenización, y racconto de la entera beatificación de la historia de la formación del latifundio, incluyendo a Rosas. Cuyo revés de trama es la ley de residencia. Y el indio como diferencia inasimilable y obstáculo para el desarrollo capitalista, “insólito y empecinado relieve de la naturaleza que se atreve a defenderse”. Los indios resultan incluidos como el mal persistente, eterno. Se le atribuye así una función teológica, que santifica su exterminio. El asesinato del indio en el desierto no es por ello llevado a cabo solo a título de las finanzas y la gendarmería, sino también de la capellanía. La literatura de la frontera –el Facundo incluido–, con su combinación de lo épico, lo racista y lo científico, no es –a los ojos de Viñas– sino la reescritura local de la dialéctica del amo y el esclavo, un “fatalismo sin discusión” y una racionalización que sitúa el pasadista colonial –la evangelización americana como condición del ingreso americano al mercado mundial– en términos de una lógica de progreso tendiente a ensalzar la pertenencia al Occidente y la inversión de capital extranjero. Un “destino agropecuario”, agroexportador, exportador de alimentos y materias primas, que hace del desierto un objeto incesante de campañas civilizatorias, como la del coronel represor Varela durante las huelgas patagónicas de los años 1920/1921, en quien se enlaza la “conquista cristiana” y “el gobierno antiliberal de Yrigoyen”, que manda a fusilar “con procedimientos liberales”. El intelectual neocolonial se sabe en la Argentina como parte de una realidad global, de un orden de poder mundial que lo encuadra. Su principal mérito es al mismo tiempo una ironía: saberse señor de segundo orden, introyectando arquetipos imperiales en el espacio nacional.

La “campaña del desierto” fue un choque entre grupos cazadores carnívoros, dice Viñas. Una “guerra de vacas” por convergencia conflictiva y una disputa por el ganado sobre un mismo territorio, y en el que “el caballo definió como un elemento ágil y movilizador a ambos sectores”. El grupo cristiano blanco pasó de vaqueano a estanciero y dio curso al “malón blanco”, cuyo circuito –opuesto al indio, que va hacia la cordillera y el Pacífico– es el Atlántico. El indio, por su cuenta, iba del “universo del toldo” al “nomadismo lanzado al galope”. Fueron escritores anarquistas –dice Viñas– quienes elaboraron “con base real” el mito del “indio indómito” (y del “gaucho insumiso”) en base a su resistencia al sedentarismo que desbarataba su equilibrio ecológico; su desdén por una acumulación intraducible a sus rasgos de movilidad; y su explicitado “desprecio por unos ritmos de trabajo que solo podían asimilarlos a la servidumbre o a la enfermedad”. A los indios no cabía exigirles lealtad nacional alguna, no eran ni argentinos ni chilenos. Tampoco se podía pedir republicanismo, cuando esa palabra nombraba su reducción –sumisión o exterminio– a mano de obra servil. La república era proletarización, condena legal y oposición desfavorable entre jueces y ladrones.

El propio Sarmiento se lamentó en tiempos de la presidencia de Roca por la corrupción y el endeudamiento que siguió a la represión y consolidación del Estado liberal. A la victoria en la guerra contra la subversión de 1879 le sucedía la disolución. La violencia ejercida contra el indio y sus tierras –concluye Viñas– se volvía método general y razón íntima de la república oligárquica. La secuencia es conocida porque no ha dejado de repetirse a lo largo del siglo XX: 1930, 1955, 1976. Ni de actualizarse en el presente a partir de la circulación de términos como “mapuche” y “gasoducto” o como “Vaca Muerta” y “litio”, que cargan con el peso de la amenaza de muerte y de la renovada promesa de capitalizar el desierto en dirección a Europa, mientras los más estruendosos republicanos claman por la acción del ejército.

Indios, ejército y frontera narra el archivo silenciado del despojo que contiene como clave escamoteada los orígenes de un mal actual, reiterado porque nunca criticado a fondo, de una cultura exterminadora. Clave de una condensación cristiana y científica, colonial y capitalista, racista y occidental, patriarcal y patronal, define una relación de apropiación del espacio, de la ley, de los cuerpos y de las riquezas mediante una pretensión corrupta de una república tramposa, de la cual el libro nos invita a escapar. Si la investigación de Viñas es una obra maestra, lo es por el modo frontal de exponernos frente a la síntesis visual, el “malón blanco”, como imagen de todo lo que aún hoy opera como el peor de los peligros que, como diría Walter Benjamin, no ha dejado de triunfar.

 

 

 

 

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