Argentina, ¿contra el bullying?

El desafío de que la escuela sea un territorio de paz

 

Una mujer describe que tuvo que ir a hablar a la escuela porque a su hijo lo tiraron al piso, lo rodearon, y entre todos le dieron patadas en los testículos. El periódico publica que un niño en Misiones recibirá durante algunos días clases domiciliarias porque fue tal la agresión recibida que no se atreve a volver a la escuela. Consultada sobre bullying, Patricia Romero Díaz, secretaria de Derechos Humanos de SUTEBA Provincia, amplía el abanico y se refiere a lo que llama la “judicialización escolar”, que alude a la proliferación de causas penales en el ámbito educativo. Ante la pregunta sobre un tipo específico de conflicto, su respuesta es que las violencias son diversas, están interrelacionadas y que no podría describir una sin nombrar la otra.

Hablar sobre bullying es destapar una olla en la que mucho pareciera estar mal y hace tiempo. Las tensiones cotidianas transitan por el tejido social y la escuela es parte de ese sistema donde las violencias se retroalimentan y potencian. Al lado del niño que es víctima de bullying está el victimario que, seguro, en otro ámbito de su vida es víctima de otra cosa. Al lado, una maestra que no llega a fin de mes. Y, en el medio, una madre que quizá sufre violencia de género.

Así, como en las películas bien hechas, no hay un “Malo” con mayúsculas, hay vidas complejas, personas que sufren e instituciones que no llegan a responder. La maraña se vuelve tan grande que pareciera inabordable. Pero en el medio de esa sociedad desbordada, hay quienes tienen miedo de ir al colegio. Y eso tiene que ser un límite. Eso es un límite. Porque si la educación se pretende emancipatoria, nadie podrá ser libre allí donde teme.

 

 

 

Una tregua

En diálogo con El Cohete a la Luna, el secretario general de SUTEBA, Roberto Baradel, retoma al ex ministro de Educación Alberto Sileoni y habla de construir el concepto de escuelas como territorio de paz. No se puede esperar a que todo funcione para que a un niño no lo golpeen entre diez. El ámbito educativo debe erigirse como esa cápsula en donde las niñas y los niños comen, son bien tratados, aprenden, se esparcen. La escuela necesita ser un lugar al cual deseen ir y la Argentina contra el bullying requiere ser una campaña nacional. Implica inversión y trabajo. No hay educación posible si el aula se vuelve un ring.

“La idea de escuelas como territorio de paz es una definición que nosotros en su momento trabajamos con la Internacional de la Educación de América Latina en Colombia. Allá hubo muchos dirigentes sindicales y estudiantes asesinados por la situación de violencia que se vivía con relación a las FARC y con diferentes organizaciones insurgentes. Tuvimos entonces una reunión con el ex Presidente (Juan Manuel) Santos y con la Internacional de la Educación lo que hicimos fue proponerle trabajar para que a las escuelas no entrara el conflicto que se estaba dando en la sociedad, para proteger a los estudiantes y a los docentes”. Se dice que las escuelas son espejo de la sociedad en la que están inmersas, pero si lo que espejan es feroz, se puede accionar para que más que reflejar, alumbren. Hay condiciones terribles que sufren niñas y niños en la Argentina y puede que el Estado no llegue nunca a cada una y a cada uno para intervenir en sus conflictos particulares, pero el aula puede ser un remanso, un rato de otra cosa, y para eso se necesita determinación política.

Baradel prosigue: “La escuela tiene que enseñar que son ellos y nosotros, que somos todos nosotros; y no ellos o nosotros. Porque si es “ellos o nosotros”, el próximo paso es la eliminación del otro, que es la concepción que tenía la dictadura cívico-militar”. Y agrega: “No podés emanciparte si no sos capaz de respetar al otro, porque ahí terminás siendo rehén de tus propias limitaciones y del odio que estás expresando”. La idea de que no es libre quien agrede es profunda, necesaria y cierta.

 

 

 

“La escuela tiene que enseñar que son ellos y nosotros, que somos todos nosotros; y no ellos o nosotros”, dice Baradel.

 

 

 

 

Me voy a la escuela, tengo patín

La conversación con Baradel rumbeó hacia el hecho de que los niños y las niñas de los sectores medios suelen asistir, luego del colegio, a una cantidad de actividades diversas: danza, pintura, natación, fútbol, karate, guitarra, y así sucesivamente. Pero hay miles de familias que no tienen estas opciones. Por eso Baradel expresa que se necesita que las escuelas tengan jornada completa y puedan ofrecer este tipo de espacios y no sólo las asignaturas regulares. Porque incluso más allá del beneficio evidente que tiene un niño o una niña que accede a esas posibilidades, hay ciertas dimensiones de las complejidades sociales del aula que se pueden abordar desde el arte, desde el juego. Se pueden sublimar: “Nosotros le propusimos al Presidente Alberto Fernández, y también del ministro de Educación, llevar la inversión del 6 al 8% del PBI y con esto poder dotar al sistema educativo de los recursos necesarios para avanzar en la jornada completa. Creo que es muy importante extender el tiempo de clase, brindar más y mejor educación. Necesitamos que los chicos puedan permanecer más tiempo al interior de la escuela. Hay muchos niños que no pueden acceder a diferentes expresiones artísticas, deportivas, culturales, y se las tenemos que ofrecer, porque eso además de formar, genera otro tipo de socialización más respetuosa de las diferencias con el otro”.

El dirigente sindical destaca algunos avances en Provincia de Buenos Aires. Señala que se contó con el presupuesto para crear 5.000 cargos en Equipos de Orientación Escolar, que son clave para transitar los conflictos y tratarlos con una mirada integral. Menciona también que ahora se van a hacer 200 escuelas de jornada completa, pero a su vez señala lo mucho que falta, sobre todo con una mirada nacional: “Todas las escuelas del país tienen que tener la posibilidad de contar con un Equipo de Orientación Escolar por turno, un equipo interdisciplinario que pueda intervenir en este tipo de conflictos. Se necesita también que haya menor cantidad de alumnos por aula (en algunos casos, tenemos 40 ó 50 chicos) y se necesita más formación específica para abordar este tipo de situaciones”.

 

 

 

Cuando la palabra no basta

Como se mencionaba al inicio, Patricia Romero Díaz ampliaba el terreno para hablar sobre las causas penales que se abren día a día en el ámbito educativo. Hay familias que denuncian a compañeras o compañeros de sus hijos o hijas, que denuncian docentes, que denuncian autoridades, hay una proliferación de lo penal. Según ella, se llega a esta instancia porque con la palabra no alcanza. Si los docentes se sienten desbordados, hay niños con miedo y las familias terminan denunciando, el panorama es muy complejo. ¿Cómo se desactiva la bomba? Dice Baradel: “En escuelas con situaciones de conflicto, cuando se llevaron adelante proyectos como una radio escolar donde los chicos podían expresarse e intervenir, las cosas empezaron a resolverse. Con proyectos artísticos, por ejemplo, de música, donde los estudiantes podían formar una banda, en la medida en que se iban expresando, cuando se les daba esa posibilidad, ellos mismos construían la impronta de respetar y valorar las diferencias”. Es que sin la palabra no hay nada, sin la posibilidad de nombrar, canalizar, desarticular, no hay solución posible. Se necesitan más espacios colectivos, la comunidad educativa requiere justamente ser eso, una comunidad, y no una sumatoria de individualidades. Es en red que pueden aparecer otras posibilidades.

 

 

 

En la esquina de la escuela

Una persona que sufre bullying puede estar expuesta a agresiones muy diversas: físicas, verbales, presenciales o virtuales, de toda índole. El malestar psíquico y emocional que genera este tipo de hostigamiento es incalculable. Y si bien tiene una presencia importante en la escuela, se extiende por fuera de ella. Por eso Romero Díaz habla sobre la importancia de crear mesas intersectoriales, a nivel municipal y provincial, que articulen las diversas áreas del Estado: no sólo educación, sino también salud, justicia, derechos humanos, para pensar e implementar estrategias que excedan al aula, que puedan incluso tener una incidencia los fines de semana o por fuera del establecimiento educativo propiamente dicho. “Las mesas se están conformando, donde hay presencia judicial, de sectores de la Justicia, la verdad es que se avanza y se trabaja muy bien, se van articulando las intervenciones”.

Para dimensionar la magnitud del problema, es relevante comunicar que siete de cada diez niños, niñas y adolescentes en la Argentina sufren bullying u otro tipo de maltratos en entornos escolares, según datos difundidos por la ONG Bullying sin Fronteras. A su vez, la curva que marca el conflicto va en aumento: hay un incremento del 20% con respecto al último informe, realizado en 2019. La ONG alertó también acerca de la creciente ola de violencia que se verifica en redes sociales. Respecto a las estadísticas de casos de bullying por provincia, los resultados arrojaron que la Ciudad de Buenos Aires presentó un 18%, Buenos Aires, 14%; Santa Fe, 8%; Córdoba, 7%; Mendoza, 6%; Jujuy, Misiones, Neuquén, San Juan y San Luis, 4%; Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Río Negro y Salta, 3%; Formosa, La Pampa, La Rioja, Tucumán, Santa Cruz, 2%; y las provincias que registraron el porcentaje más bajo de acoso fueron Catamarca y Tierra del Fuego con 1%.

 

 

 

Paso a paso

Respecto a qué se puede hacer desde la esfera política para que el panorama cambie, Baradel responde: “La dirigencia política primero tendría que asumir la responsabilidad de condenar los discursos de odio, de condenar la discriminación, la estigmatización, las acusaciones falsas, las mentiras. Y con esto me refiero a todos los dirigentes, independientemente de la expresión política a la que pertenezcan. Es fundamental impugnar los discursos de odio”. Sin dudas, hay mucho que hacer dentro y fuera de las escuelas. Quizá sea oportuno evocar un pasaje del discurso que dio Julio Cortázar en el Coloquio de París en 1981, titulado “Negación del olvido”:

“Si de algo siento vergüenza frente a este fratricidio que se cumple en el más profundo secreto para poder negarlo después cínicamente, es que sus responsables y ejecutores son argentinos o uruguayos o chilenos, son los mismos que antes y después de cumplir su sucio trabajo salen a la superficie y se sientan en los mismos cafés, en los mismos cines donde se reúnen aquellos que hoy o mañana pueden ser sus víctimas. Lo digo sin ánimo de paradoja: más felices son aquellos pueblos que pudieron o pueden luchar contra el terror de una ocupación extranjera. Más felices, sí, porque al menos sus verdugos vienen de otro lado, hablan otro idioma, responden a otras maneras de ser. Cuando la desaparición y la tortura son manipuladas por quienes hablan como nosotros, tienen nuestros mismos nombres y nuestras mismas escuelas, comparten costumbres y gestos, provienen del mismo suelo y de la misma historia, el abismo que se abre en nuestra conciencia y en nuestro corazón es infinitamente más hondo que cualquier palabra que pretendiera describirlo”.

El fratricidio no son sólo la tortura y la desaparición. El fratricidio es el dolor de que lo inhumano sea ejercido por un par, por un vecino, por un compañero. Ninguna sociedad debería naturalizar el suicidio adolescente, ni que una niña o un niño sientan miedo de ir a la escuela. Hay que cuidar las heridas que se ejercen, porque si no, a veces, puede ser demasiado tarde.

 

 

 

 

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