ARGENTINA EXTRASENSORIAL

Poderes telepáticos y utilización política, en una ficción fantásica de Roque Larraquy

 

Antes de las primeras luces del 19 de septiembre de 1933, tras cuarenta días de un viaje que se inició en Iquitos, encaró por el Amazonas hasta Manaos, hizo escalas en Fortaleza, Recife, Río de Janeiro y Montevideo, recala en el puerto de Buenos Aires el buque Sertoes. Lleva en sus bodegas un envío para el caballero porteño Amado Dam, consistente en una supuesta pieza de culto indígena “que parece un cascarón o la base de un árbol”, una colección de collares de cuentas, otra de agujetas nasales de madera negra, dos lanzas, una cerbatana, doce hombres de entre quince y treinta años y siete mujeres en edad fértil. Fueron capturados por una compañía estadounidense dedicada a la extracción del caucho en la Amazonia peruana que también abastece de población exótica al mercado occidental interesado en las “ciencias de la raza”.

El contingente no ha sido identificado como parte de ninguna tribu conocida como los tan silenciosos como sanguinarios moene, los peira (que se saludan oliéndose los sobacos y haciendo como que se desmayan por el olor), o los arache (que viven con los pies sumergidos y se tapan la cara). Su característica sobresaliente es la incapacidad de retener la orina durante el sueño, lo que “no supone problema en su entorno natural, porque drena en la tierra, pero sí en superficies impermeables”. Peculiaridades que los hacen “de lo más primitivo que podría obtenerse en la zona”, tal como fue el expreso pedido del señor Dam. El exótico embarque tiene por destino un futuro Parque Etnográfico, en las inmediaciones de la ciudad de Tandil. El predio habrá de disponer de otras atracciones como familias mapuches repatriadas de Francia, negros y asiáticos ya embarcados y al llegar y “unos ejemplares que quedaron sin uso con la clausura” del Jardin des Plantes parisino. Algunos miembros del consorcio inversor aún discuten la inclusión de un pabellón de blancos, “de blancos salvajes”, aclaran, “con eso le taparían la boca a cualquier opositor”. Aunque, señalan: “¿Dónde hay blancos así?”, y se responden: “En Rusia debe haber”.

 

 

El autor, Roque Larraquy.

 

 

En menos de un centenar y medio de páginas, Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975) compone una novela que, si bien gira alrededor de las peripecias desatadas a partir de los indios apropiados por los burgueses porteños, cuenta en su esfera gravitatoria universos variopintos: el del millonario Dam que por un inconveniente burocrático esconde los indios en su piso de Callao y Santa Fe; el de su valet/ asistente/ secretario/ sirviente todoterreno, emblema de una incipiente clase media en ascenso; el de los socios pudientes, representantes de una oligarquía en decadencia; satélites con forma de servidumbre; estrellas nac&pop fugaces; milicos, bah, muy milicos. Mundos flotantes en una rara atmósfera que opera como tentadora carnada para el conjunto: surge un don telepático que excede a la mente, atañe al cuerpo de los pies a la cabeza, pasando por la entrepierna, aborda el saber, el recuerdo y el conocimiento. Poder cotidianizado por los indígenas como uno más de los sentidos, se transmite por el rasguño de un perezoso (Bradypus tridactylus) y va afectando de a uno a los captores cada vez que se lo perturba de la hibernación.

Trama generosa en brillos de un destello que se detiene antes de encandilar y cuidadas oscuridades que agradece el lector, la de La telepatía nacional encubre en su llano andar y manifiesta en la profundidad de su sucesión, una muy esmerada labor en el lenguaje, una inusual pesquisa por la palabra. Cada personaje ostenta con espontánea soltura un idioma propio, individual, reconocible. Singularidad que le permite a Larraquy aplicar la voz narrativa en primera persona, alternativamente, a Dam y a su sirviente, sin confundirlos ni en una letra. El magnate habla y menta a su padre: “Escuchar sin moral, si no, no hay escucha. Responder con moral, si no, no hay respuesta”, mientras detesta y compadece a “los simples”.

 

 

 

 

Por su parte, el servil asistente sin nombre despliega poco sutiles prejuicios, propios de un mediopelo generalizador, temible y temeroso: “Me busca la mirada como hacen los afeminados. Ganó ese puesto porque es rubio, aprendió a limar los gestos bestiales del italiano, se atenuó, y eso dejó al maricón al descubierto. En Gath & Chaves está lleno”. La escena forma parte de una sucesión en apariencias disparatada, ya que se multiplica al modo de una experiencia onírica, sin serlo, a medida que la “infección” se extiende entre los personajes en un cúmulo intenso donde “ese mismo humor corporal preserva vaya a saber qué elementos específicos que permiten, si no reconocerse, al menos sí reconocer el evento como vertido desde otro”. Visión extrasensorial amplificada que falsifica un delirio, conexión inoportuna con algún semejante, se amplía hasta, de pronto, detenerse.

La novela entonces cambia de tópica, de lenguaje, de época; cada una dedicándole al fenómeno una función muy diferente. Descubre una herramienta poderosa que, en 1948, una “Comisión de Telepatía Nacional” describe como “conjunto mnésico prearticulado para instrucción temprana”. Luego, en 1951, el Presidente Perón —sin nombrarlo—, descreído de “la eficacia de un mismo sombrero continuo para todas las cabezas que buscan resguardo del sol”, impulsa la erección de un edificio que centralice los últimos avances, en pos de “una prédica que ponga al ciudadano en contacto con los valores de la doctrina del Movimiento y modele para bien sus recorridos, su conducta y sus emblemas”. Tras reproducir textualmente el decreto de 1956 que prohíbe todo lo que atiene al peronismo, la novela describe la experimentación realizada por una dependencia ultrasecreta que, a partir de 1957, los militares golpistas en el poder crean con el propósito de obtener herramientas definitivas para el control social, con resultados acordes a lo que la mentalidad castrense entendió como inteligencia. Polícroma y dotada de un trabajo de escritura exhaustivo, que descuella al fluir desapercibido, la novela de Larraquy propone una lectura incesante, cuya agilidad se sustenta en las acciones, donde la subjetividad remite a la descripción de situaciones y genera una etnología política nunca inventada del todo.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

La telepatía nacional

Roque Larraquy

 

 

 

 

Buenos Aires

143 páginas

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1 comentario
  1. Julián dice

    Librazo

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