Argentinidad de exportación

El valor de asignar recursos en actividades creativas

El piano de Melopea, el estudio de Lito Nebbia.

 

Tener más de 75 años y que de repente el cartero golpee la puerta de tu casa llevando una carta del primer mundo en la cual expresan el deseo de pagarte por un producto que hiciste hace medio siglo atrás, podría ser el inicio de un argumento de ciencia-ficción. Hasta podría imaginárselo como un mero relato –aprovechando la ola nac&pop– de que “lo viejo sirve”. Más aún cuando uno se entera que esta historia transcurre en un remoto país que un siglo atrás había sido considerado entre los más ricos del planeta y al que desde entonces diversos cataclismos (no-naturales) lo han ido mutilando hasta la actualidad (en que reina la cultura de la crueldad), cuando se golpea y empala a los jubilados tanto como a los discapacitados apenas por reclamar por su derecho a la vida con mínimas atenciones de parte del Estado. Un país donde se denosta cualquier opinión crítica y se arrasa con la cultura popular, no sólo la actual sino también de milenarios pueblos originarios del territorio nacional, a quienes se les exige mostrar títulos de propiedad perfectos sobre territorios propios con siglos de ocupación mientras se les pasa con topadora por sobre sus ancestrales cementerios.

Curiosamente, en esta publicación quiero referirme a los músicos que, así como la mayoría de los artistas, se expresan trabajando en su disciplina, juntándose con sus pares, potenciando de esa manera las creaciones individuales y colectivas. Los conjuntos musicales son formaciones que habitualmente tienen una duración limitada, se desarman casi tan rápido como se arman cuando un músico siente que necesita juntarse con otros sonidos, personalidades, amistades. Así van creciendo artísticamente, consolidando su oficio mientras afinan la creatividad individual y grupal.

A todo esto, son muy pocos los músicos argentinos que entienden y se ocupan seriamente de cuidar sus obras musicales registrándolas como propiedad intelectual, para entonces poder gozar de los correspondiente derechos de autor en caso de que sus creaciones sean utilizadas comercialmente por otros, como las empresas discográficas que publican los discos y terminan aprovechándose del escaso interés de los músicos por defender los derechos sobre sus obras. Sorprendentemente, en las varias escuelas y universidades donde se estudia música de manera sistemática durante varios años de carrera, nada se enseña acerca de los derechos de autor y qué hacer al respecto.

Los dos últimos párrafos son para entender el contexto en que el músico rosarino Litto Nebbia develó una extraordinaria historia personal con los derechos autorales de una música grabada por él con letra de Mirtha Defilpo, llamada La caída, creada y registrada como tal hace medio siglo cuando el músico era muy joven pero ya sabía defender su obra. Ese tema fue recientemente utilizado por dos raperos afroamericanos como fondo sobre el cual montaron su parte vocal y la lírica personal para grabar lo suyo. La creación de los raperos fue registrada con derechos de ambos sumados a los de Nebbia y Defilpo, a quienes no sólo les reconocen los créditos musicales por el tema usado de fondo (¡vaya a saber cómo y por qué llegaron a conocerlo y elegirlo para su posterior aprovechamiento!), sino también monetariamente mediante un pago; todo ello previamente acordado con Nebbia, cuando aquellos se comunicaron con éste para transmitirle que querían utilizar con ese propósito la referida música grabada y registrada en 1976.

 

 

Resulta difícil imaginar la alegría de un músico argentino al recibir semejante noticia proveniente del primer mundo –conocida la historia de las relaciones económicas internacionales asimétricas evidenciando casi siempre relaciones de expolio del norte respecto del sur–, dado que en el país los artistas son muy bohemios y, especialmente, los músicos jóvenes no se interesan por sus derechos autorales por considerar que hacerlo sería burocratizarse, perder tiempo haciendo trámites, achanchar su creatividad.

Vaya a saber por qué extraña conjunción de los astros, no es esa la única historia virtuosa con la misma música (La caída), ya que curiosamente un grupo canadiense (Badbadnotgood) la utilizó también para rapear a su manera previo pedido de autorización. Hubo otros casos en que le utilizaron a Nebbia músicas registradas sin pedirle permiso y entonces al enterarse inició la demanda judicial para que le reconozcan los derechos autorales. Incluso actualmente está demandando a los sucesores de un rapero fallecido que (ciertamente, en vida) utilizó música de Nebbia sin reconocimiento de tales derechos.

 

 

El rosarino entendió desde el inicio de su carrera que era necesario defender su trabajo, ya que la música propalada –por el medio que sea– siempre implica algún pago de dinero, y el músico tiene derecho a cobrar de ello. Con ese propósito, primero comenzó a registrar adecuadamente cada obra producida y luego a estar atento ante eventuales usos indebidos (sin reconocimiento) para demandar a quien correspondiera. Luego, a defender sus derechos ante las compañías grabadoras y difusoras de la obra. A este respecto, Nebbia se dio cuenta de cómo se abusaban esas empresas violando contratos firmados y lucrando sin liquidarle los correspondientes pagos, ante lo cual inició demandas judiciales (generalmente de largo trámite, debido al poderío de las firmas y sus estudios jurídicos) hasta que finalmente se dio cuenta que la mejor manera de defender los derechos autorales y de tener la máxima libertad artística era fundar un sello musical independiente, que no se guiara por el mercado y las propias conveniencias económicas sino por apoyar la mayor creatividad del músico.

Así es que generó Melopea, productora y distribuidora de música independiente, mediante la cual no sólo podía difundir apropiadamente su obra sino la de otros músicos deseosos de trabajar en semejantes condiciones. A este respecto, Nebbia se interesó por hacer conocer y/o difundir a sus pares, de los géneros musicales más diversos, sin calcular eventuales beneficios sino por encontrarles talento a los nuevos colegas, así como por admiración y solidaridad con otros.

En otro orden de cosas, la Argentina es un país pleno de recursos alimenticios, energéticos y de minerales críticos (necesarios para las nuevas tecnologías) que en los últimos años han despertado enorme interés por la creciente demanda de parte de las grandes potencias globales. Anteriormente, hacia mediados del siglo XX, la Argentina había llegado a construir y consolidar una diversificada economía industrial que absorbía tecnología apoyada en mano de obra altamente calificada de profesionales, técnicos y obreros, estos últimos con fuertes sindicatos. Asimismo, en materia cultural, florecía la ciencia y tecnología tanto como las artes creativas más diversas, con altísimos niveles de calidad y cada día más espacios donde desplegarse. En materia económica, el mercado interno bullía al compás del poder adquisitivo de tanta población bien empleada y remunerada (todos con cobertura social), mientras la deuda externa del país era casi inexistente.

Esa transformación económica y social tuvo su correlato político hasta que la conducción gubernamental entró en crisis a partir de la muerte de Perón, cuando el poder económico se aprovechó del momento de pujas entre diversos grupos peronistas para entrar a tallar fuerte en pos de volver al país tradicional del conservadurismo a través de la imposición de “genios” que llegaban en calidad de salvadores de un gobierno que vertiginosamente perdía el rumbo, aplicaba medidas económicas fuertemente regresivas, cobijaba bandas parapoliciales, y que terminó hundiendo al país, dejando terreno propicio para la llegada de la dictadura con todas las consecuencias conocidas.

Hacia el último cuarto del siglo pasado el país había llegado a exportar bienes a múltiples destinos, incluyendo sofisticados productos como balanzas de precisión, bombas de petróleo, calculadoras electrónicas, automotores 100% argentinos, maquinaria agrícola y para la industria alimenticia, –dando indicios ciertos de competitividad industrial y tecnológica; esta última, en parte completamente desarrollada en el país. Con la destrucción resultante del arrasamiento dictatorial, todo ello se tronchó, muchos científicos y tecnólogos se exiliaron para salvar la vida como tantos otros argentinos que debieron desterrarse desparramando su talento en países del primer mundo. Entonces los gobernantes de facto acuñaron el concepto de “exportaciones no tradicionales”, que referían principalmente a producciones regionales (provenientes de la uva, yerba y té, limones) que fomentaron, aunque el grueso de las exportaciones durante la dictadura se concentró más en productos agropecuarios, retomando el peso que estos tradicionalmente tuvieron en el país. Mientras tanto, talentos como el de César Milstein, exiliado y afincado en Inglaterra, continuó sus investigaciones allí, aplicando la tecnología de los anticuerpos monoclonales para la salud humana en una incubadora de empresas tecnológicas nada menos que en la prestigiosa Universidad de Cambridge, lo que le valió no sólo ganar el premio Nobel sino hacer un negocio millonario en divisas. Puede decirse que el exilio de Milstein terminó siendo una “exportación no-tradicional hípernegativa”, ya que restó capacidad científica y técnica a nuestro país, mientras hizo crecer fuertemente las actividades científicas y técnicas en el exterior, que resultaron en exportaciones de bienes y servicios altamente demandados del país anglo.

A su vez, en ese entonces los artistas (básicamente librepensadores) en la Argentina eran perseguidos, apresados y amedrentados. Uno de ellos, Litto Nebbia, debió exiliarse en México hacia 1976, donde no sólo continuó con su prolífica carrera creativa sino que la expandió hacia la fundación de una productora y distribuidora de música independiente, Melopea, que desde hace más de tres décadas defiende los derechos de los autores que graban (vuelto al país, Nebbia armó un completo estudio de grabación en Melopea) y registran en la misma.

La descripta grabación de los raperos es un ejemplo virtuoso de exportación de talento creativo argentino (extensivo a la industria discográfica independiente), decididamente una genuina exportación no-tradicional argentina pagada en divisas, sin subsidio estatal – antes bien, remando contracorriente de persecuciones policiales y del exilio.

Claramente, en el país hay innumerables talentos creativos musicales, aunque de ellos deben ser muy pocos los que cobran derechos autorales del exterior, esencialmente porque jamás encararon la defensa de la propia obra, dejando que otros decidan por ellos. Como dice Nebbia al respecto, “hay que mover los músculos detrás de cada obra”, ya que definitivamente de eso se trata valorar lo que cada uno produce.

En la actualidad, mientras el gobierno está destruyendo todo lo que llevó décadas construir colectivamente, mofándose de las personas desahuciadas por las políticas sociales, comandadas (sic) ahora por la IA, sin considerar a los humanos como tales sino apenas como números, resulta difícil imaginar el futuro nacional. Sin embargo, si quedara algo en pie después del mileismo habrá que tener medianamente claro los nuevos posibles y deseables vectores del futuro desarrollo nacional. En esta dirección, la calidad humana de la población argentina en materia de conocimiento, experiencia, ingenio, artes y oficios tendría que ser seriamente considerada –entre otros vectores a seleccionar por sus efectos sobre la mayoría de la población, más que en los de los correspondientes a millones de dólares exportados y fugados– tanto como apoyada por el Estado para que surjan camadas de científicos, tecnólogos, artistas y artesanos que puedan sostener sus actividades creativas, generadoras de bienes y servicios, de las cuales –sin duda– surgirán corrientes de verdaderas exportaciones no-tradicionales que aportarán divisas al país, mientras el producido de esas actividades se volcará íntegramente al mercado interno, reactivándolo. Sería ello una fenomenal diferencia con respecto al apoyo estatal a producciones extractivas mega millonarias (de recursos no-renovables) que exportan como en el presente, batiendo récords históricos de envíos al exterior de commodities sin siquiera mínimamente procesar en el país, con la particularidad de que al hacerlo de la mano de grandes exportadoras el resultante en divisas queda mayormente depositado en cuentas del exterior, al tiempo que no sólo arrasan con territorios y poblaciones enteras sino que no aportan a la economía argentina. Es esto lo que está por detrás del propósito de asignar recursos en actividades creativas, en lugar de seguir sosteniendo las destructivas y arrasadoras, fomentadas actualmente a rajatabla.

 

 

 

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