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Lecturas

Arte y revolución en los dorados ‘sixties’

Jorge Pinedo

Publicado

en

Recuperando el sentido crítico junto a Oscar Masotta

 

Menos en el arcón del olvido que silenciado, el genio, la figura y la obra de Oscar Masotta (Buenos Aires 8/01/1930- Barcelona 13/09/1979) retumban aún hoy en la crítica literaria, las artes visuales y el psicoanálisis. No sólo por sus intervenciones sino también por una senda que fue más seguida a posteriori que en su momento acompañada. Fundador de una vanguardia que revolucionó ideas y prácticas, introdujo en los medios culturales de habla hispana y derredores no sólo las tendencias más avanzadas de la época sino que aportó perspectivas originales, todo empapado de una ética apartada de todo canon y parroquia, por ende debidamente vituperada.

Conocido por su labor introductoria del pensamiento de Jacques Lacan en el campo de la ciencia fundada por Freud, hizo de ese paradigma una extensión hacia otros espacios, generando una modalidad de articulación discursiva capaz de ampliar los horizontes desde siempre acotados por la academia y la formalidad institucional. Una faena cargada de un rigor sin complacencias que asimismo abarcó la antropología estructural de Claude Lévi-Strauss, el marxismo de Louis Althusser, las ciencias del lenguaje desde Pierce y Jakobson hasta Barthes y la entonces naciente teoría comunicacional de los medios masivos encabezada por Marshall McLuhan. Rompiendo los compartimentos estancos pero sin pastiche de niveles de análisis, desenvolvió un aparato capaz de enlazar diversas herramientas de análisis y desarrollo, siempre en pos de pesquisar lo que llamó “la producción social de sentido”, para empezar.

Experimentalista irredento, dado el caso, realizó un happening estructurado al modo como Lévi-Strauss analizaba un antiquísimo apólogo de extintos indios canadienses —la Gesta de Asdiwal—, congregando público en el Instituto Di Tella (Florida y Paraguay). Dividió el grupo en dos: uno fue llevado a un teatrito de Santa Fe y Pueyrredón donde se sucedieron escenas disruptivas, el otro fue a parar a la vieja estación Anchorena del desmantelado ferrocarril del Bajo, junto al río, donde los sobrevoló un helicóptero desde el cual una conocida actriz los saludaba. Finalmente volvieron todos al Instituto Di Tella. Genialidad o pelotudez, según quien lo mire, lo cierto es que con ese material Masotta trabajó en el desarrollo de una semiótica particular y transformó el hecho arbitrario en un acontecimiento de masas.

Masotta descarga matafuegos durante un happening.

 

Entre muchos otros, este evento figura en la flamante reedición de sus textos relativos a las artes visuales, reunidos bajo el título Revolución en el arte. Resultan una oportunidad propicia no sólo a fin de refrescar un ideario original y fecundo como el de Masotta, sino también para intentar quebrar ese efecto de escotoma más propio de las anteojeras de los equinos que arrastraban los viejos carros de lechero que de las mochilas de material sintético cargadas en la actualidad por curadores, críticos, filósofos y arduos pensativos de toda laya. El volumen reúne los textos originales del libro de 1967 El Pop Art, los artículos de Conciencia y estructura (1969) y Happenings (1967), más dos inéditos: un prólogo de la muestra del escultor Miguel Ingoglia (1962) y un proyecto de investigación en Nueva York para el mítico Instituto Di Tella. El detallado estudio preliminar a cargo de Ana Longoni (profesora de la UBA, investigadora del CONICET) constituye un bonus track insustituible ya que ofrece, con precisión y agilidad, afecto y cuidada escritura, un panorama de la actividad de Masotta que instala en autos a un lector agradecido. Parafrasea: “Un fantasma recorre el mundo: ojalá su paso espectral remueva algo del presente, y deje cabida a su capacidad de incomodar, desplazarse a lugares insólitos e idear conexiones inesperadas”.

Luego de transitar brevemente por la carrera de Filosofía de la UBA, Masotta se lanza a la aventura intelectual desde la revista Contorno de Ismael y David Viñas, se aproxima al peronismo en forma “más cercana al histrionismo que a la afinidad ideológica”. Ya en 1959 Masotta se había conectado con los textos de Lacan y en 1963 dicta un primer seminario en la Escuela de Psiquiatría Social de Enrique Pichon-Riviere, desarrollando en forma paralela grupos de estudio donde forma pensadores y psicoanalistas que continúan hasta hoy con desarrollos propios que, no obstante, no le son ajenos, como los de la revista Conjetural. Con Juan José Sebrelli (su compañerito de escuela) colabora con el periódico Clase Obrera de Rodolfo Puiggrós, funda el Centro de Estudios Superiores de Arte en la UBA, en 1965 (apenas diez años después del golpe que derrocó a Perón) es designado investigador con dedicación exclusiva en la facultad de Arquitectura, todo sin título universitario, hasta que en 1967 el golpe de Onganía lo cesantea. Entonces lo cobija el Instituto Di Tella donde —sigue recordando Longoni— se dedica a las artes experimentales ligadas al pop, los happenings y los medios de difusión. Un pionero que organiza en el ‘68 la Primera Bienal Mundial de la Historieta, como “el encuentro más acabado entre arte y cultura de masas”. Laburante autodidacta, de prepotencia de producción a lo Arlt (con quien tanto se identificaba), pocos alcanzaban a Masotta en su erudición emergente de una práctica social heteróclita. Ejercicio que encontraba en la historia que “no está en los libros, sino en nosotros, que la vivimos y la hacemos sólo a condición de soportarla. Los libros sólo conservan el reflejo lejano y fugaz de eso que los hombres viven de muy cerca. Pero por lo mismo; es esto lo que los torna imprescindibles”. También marca de época, de un “entretiempo de una revolución que sabemos que haremos, mientras encontramos el modo de hacerla”. Programa, proyecto inclusivo también, de la tarea artística “que no está ni en hacer imágenes con óleo, ni está en los museos: está en la calle y en la vida, en las tapas de las revistas y en la moda, en las películas que antes creíamos malas, en la literatura de bolsillo y en las imágenes publicitarias”. Es decir, en la comunicación masiva susceptible de “recibir contenidos políticos, quiero decir, de izquierda, realmente convulsivos, capaces realmente de fundir la ‘praxis revolucionaria’ con la ‘praxis estética’. Las obras así producidas serán las primeras que realmente no podrán ser conservadas en los museos y que sólo la memoria y la conciencia deberán retener: pero un tipo muy específico de memoria y de conciencia. No serán objetos de los archivos de la burguesía sino temas de conciencia post-revolucionaria”. Corría 1968, claro, el año mismo de Tucumán Arde; un año antes del Cordobazo. En 1974 Masotta evaluó una situación política intolerable, de modo que emigró a Barcelona —tras una frustrada estadía en Londres— donde se dedicó de lleno al psicoanálisis y murió de un cáncer galopante cinco años después, a cuatro meses de cumplir medio siglo.

Gestor, teórico, realizador, crítico, ensayista, investigador y productor, Masotta cultivaba una “hibridación de imágenes” que apuntaba a “intranquilizar o desorientar gentes”. Posición —subraya Longoni— “poco habitual y sin duda incómoda: un lugar de cruce productivo entre la experimentación artística, la teoría social y la estética, que él mismo concebía como conflictivo, difícil de clasificar e intranquilizador para los cánones vigentes en el campo artístico y cultural”. Entonces y ahora, agreguemos. Tarea que implica una ética, un método y mucha, mucha gente. La primera comprende un espacio delimitado por “los límites de hierro de una estructura económica (interna y externa) y social, determina y decide, por nosotros y sin nosotros, una `realidad’ que sólo es nuestra a fuerza de ser ajena”. Un método que cliva en una práctica de la dificultad “que hallamos en el punto de partida y que por una operación de inversión de las prioridades tratamos de convertir la confusión en ventaja (…) Debe de haber en lo hechos, entonces, algún principio sistemático, y para hallarlo no hay mejor manera que dejar que los hechos comiencen a ordenarse por sí mismos”. También un grupo, banda, caterva o pandilla que alimenta, provee, acompaña, amplía, cuestiona y debate ese circuito. Marta Minujín, Carlos Correas, Jorge Lafforgue, Romero Brest, Roberto Jacoby (importante personaje de la aventura masottiana, hoy engalana las páginas de El Cohete a la Luna), Yuyo Noé, Alberto Greco, Gioia Fiorentino, Carlos Squirru, Edgardo Jiménez, Alfredo Arias, Marilú Marini, Vivo Dito, Lea Lublin, Marta Tella, Roberto Plate, Federico Klemm, Pablo Suárez y tantos otros; adentro, afuera, en pro y en contra, fueron parte de una movida cultural, artística, ideológica, intelectual, que le quitó a los años ’60 el gris del traje recto y el olor a betún de botas, reemplazándolo en parte por un festival de la inteligencia, la alegría y la provocación. Que tanta falta hacen, siempre.

 

 

 

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Revolución en el arte

Oscar Masotta

Edición de Ana Longoni

Buenos Aires 2017

258 págs.

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