ASÓCIESE A ESTE CLUB

A 20 años de su estreno, "El club de la pelea (Fight Club)" sigue siendo una provocación bienvenida

En las páginas iniciales de El cuento de la criada, la protagonista pasa caminando delante de un muro del que cuelgan seis cadáveres. El espectáculo le evoca las palabras de la mujer que regentea su destino: «Lo común era aquello a lo que estabas acostumbrada», le dice la Tía Lydia. «Puede que esto no te parezca ordinario ahora, pero dentro de un tiempo lo será. Se convertirá en algo común». La novela de Margaret Atwood transcurre en un futuro que estaría a la vuelta de la esquina, donde los Estados Unidos que conocemos ya no existen: a causa de una crisis que arrasó sus cimientos, se han reinventado como una nación totalitaria y puritana llamada Gilead. En ese paisaje imaginario y a la vez reconocible de modo inquietante, la criada reflexiona sobre su pasado y las razones por las cuales no vio, o no quiso ver, la catástrofe que se venía: «Vivíamos, como de costumbre, ignorando. Ignorar no es lo mismo que ser ignorante, es algo que sólo logras trabajando».

Aunque su éxito como serie es reciente, El cuento de la criada —la novela— data de 1985. Once años más tarde, Chuck Palahniuk publicó otra historia que, aunque en muchos aspectos no podía diferir más de la escrita por Atwood (a esta se la considera feminista, mientras que la de Palahniuk ha sido acusada de machismo rampante), surgió como respuesta a la misma, alarmante tendencia humana a acostumbrarse a cualquier cosa y empezar a considerarla como algo natural.

Cuenta Palahniuk que la chispa de lo que se convertiría en El club de la pelea (Fight Club) se le ocurrió el día en que volvió a trabajar, después de una vacación que había dedicado a acampar. Durante esa escapada tuvo un altercado, del que salió con moretones y la jeta hinchada. Pero al regresar al laburo, ninguno de sus compañeros —¡ni uno solo!— le preguntó qué le había pasado. Con tal de no escuchar una historia que los desplazase de su lugar de confort, prefirieron fingir que no había ocurrido nada.

 

El autor, Chuck Palahniuk: «Quién, ¿yo?»

 

El club de la pelea —la novela del ’96 y la peli de David Fincher, que el 13 de septiembre cumple 20 años de su estreno en Venecia— nació como un trompazo autopropinado. Al igual que su anónimo Narrador, Palahniuk buscaba sacudirse y sacudir. Tanto el libro como la película son un alarido que raja la placidez de un día de shopping; el arte como puño que revienta el cristal que protege la alarma. La intención de ambas obras era contradecir a la Tía Lydia (me lo pregunto hoy: ¿habría leído Palahniuk El cuento de la criada?) y rehusarse a normalizar lo monstruoso que se vuelve cotidiano. Me respondo ahora: sí, Palahniuk debe haber leído el libro de Atwood apenas salió al mundo, pero aun si no lo hizo está claro que entiende o entendería la confesión de la criada, porque padeció que los colegas pretendiesen no ver sus heridas, que lo considerasen apenas un engranaje en la maquinaria laboral que no merecía individualizarse contando qué le había ocurrido. Fight Club fue su intento de nadar contracorriente y trabajar ya no para ignorar diligentemente, como se usa cada vez más en nuestras sociedades, sino para arrancarse las escamas de los ojos y empezar a ver — y ver de verdad.

Me hice de un tiempo del que no disponía para releer el libro y rever la película, porque hacerlo me daba placer y necesito defender ese impulso. En esta ocasión el disfrute se repitió, y hasta puede que haya sido mayor que el que experimenté originalmente. Al repasar las críticas y comentarios del momento, se vuelve evidente que casi todo lo que se dijo entonces —incluyendo lo positivo, y hasta lo elogioso— fue dicho a la defensiva, tomando recaudos por demás. Fight Club es una provocación desde la página uno hasta los créditos que cierran el film. Y como se trata de una provocación harto efectiva, funcionó entonces y funciona todavía como un test de Rorschach: dice más de aquel que lo lee / ve que que de la esencia misma de la mancha contemplada.

 

El Narrador (Edward Norton): mendigando dolor para sentirse vivo.

 

Por entonces, aún aquellos que hablaban bien de la peli trataban de poner distancia, subrayando que el hecho de que disfrutasen de la historia de un esquizofrénico violento y masoquista no equivalía a que condonasen su actitud. Veinte años más tarde, y a dieciocho casi exactos del atentado de Bin Laden al corazón de New York (el film se estrenó en Venecia un 13 de septiembre, lo de las Torres Gemelas ocurrió un 11 de septiembre), la peli no ha hecho sino ganar en capacidad de estremecer. A partir del 11 de septiembre de 2001, todo relato que considere que el derrumbe de ciertos edificios puede significar el parto de un mundo nuevo —la frase inicial de un Libro del Génesis alternativo— no puede sino ser considerado un escándalo.

Y Fight Club buscaba escandalizar, pero no tanto. Nadie compacta tantas cosas asquerosas o irritantes en un solo relato (grasa líquida robada de clínicas de cirugía estética, automutilación, intervenciones pornográficas en pelis infantiles, sopas sazonadas con orín, explosivos caseros, violencia física como forma de autoafirmación, organizaciones terroristas), a no ser que busque provocar afrenta o al menos producir risas incómodas. Pero lo más escandaloso de Fight Club es aquello que esconde a plena vista, mientras distrae al lector / espectador con la escalada de hechos cada vez más anárquicos inspirada por Tyler Durden —el personaje que interpreta Brad Pitt— y nos fuerza a preguntarnos por su verdadera personalidad.

Muy por encima de su cinismo, su humor negro y su vocación apocalíptica, lo más escandaloso de Fight Club es que se trata de una historia de amor.

 

 

Moe, Larry & Tyler

Mi abuelo tenía un armario empotrado dentro de su habitación, donde guardaba su máquina de escribir —una Remington Rand que aún conservo— y montones de novelitas de esas que se compraban en los kioskos: policiales de la colección Rastros, westerns de Marcial Lafuente Estefanía y Silver Kane, los relatos originales de James Bond escritos por Ian Fleming. También atesoraba allí toneladas de esas revistas que se llamaban Selecciones del Reader’s Digest. Una miscelánea de artículos, la mayoría de los cuales eran versiones reducidas de libros: sinopsis, datos e ideas predigeridos para que el ciudadano moderno no perdiese un segundo extra de su vida funcional, y todo envasado en un formato pequeño, manuable, ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.

Cada entrega contenía además secciones fijas. Como la de chistes breves: La Risa, Remedio Infalible. Y otra que describía para qué servían nuestros órganos, contada por ellos en primera persona. Yo soy la próstata de Juan. Yo soy el hígado de Juan. Yo soy el páncreas de Juan.

Tal vez por eso Fight Club me hizo clic desde la primera vez que la vi. Y no me costó nada ponerme en el lugar de su protagonista. Esa sección de Selecciones me había entrenado desde chico. Si ya estaba habituado a imaginar que era una vejiga o un pulmón, ¿por qué iba a resultarme difícil ponerme en el lugar de Tyler Durden?

 

Tyler Durden (Brad Pitt): el inconsciente masculino, desatado por completo.

 

El club de la pelea cuenta la historia de un Narrador sin nombre que lleva seis meses sufriendo insomnio. Esto lo empuja a un estado de constante duermevela, en el cual nunca está del todo relajado pero tampoco despierto. Cuando uno no puede dormir, dice, «todo está muy lejos, una copia de una copia de una copia. El insomnio te distancia de todo, no podés tocar nada y nada puede tocarte». Acude a un hospital en busca de somníferos y el médico le dice que, si quiere saber lo que es sufrir de verdad, vaya a las reuniones de los grupos de autoayuda para enfermos terminales. El Narrador le hace caso y encuentra en esos grupos un consuelo que no había imaginado. Aunque no tiene enfermedad orgánica alguna se vuelve adicto a esos encuentros, en cuyo marco logra llorar («Cuando la gente piensa que estás muriendo, te presta atención en serio») y a continuación duerme como un bebé.

Hasta que llega Marla. Que es tan farsante como él, como queda de manifiesto cuando cae en la reunión del grupo de las víctimas de cáncer testicular. El Narrador empieza a cruzársela en todos los encuentros, hasta que la encara y terminan negociando una repartija de grupos para que cada uno tenga los suyos y no vuelvan a cruzarse. Pero el efecto disruptivo de Marla ya ha tenido lugar: el narrador no logra volver a llorar —esto es, a sentir— y en consecuencia recae en el insomnio. Como su trabajo lo obliga a viajar, se despabila cada día en un avión diferente, en un lugar diferente.

 

Marla (Helena Bonham-Carter): el ideal amoroso en versión maníaco-depresiva.

 

Y así conoce a Tyler Durden. Que lo impresiona como su negativo perfecto: atractivo, divertido, osado. Tyler tiene la idea de lo que terminará convirtiéndose en el primer Club de la Pelea: un marco en el que dos tipos pueden liarse a golpes siempre y cuando respeten ciertas reglas, en la esperanza de que el dolor —el que infligen, pero ante todo el que reciben— les recuerde cómo era eso de sentirse vivos de verdad.

Porque el Narrador no sufre enfermedad orgánica alguna, pero sí una espiritual. Es el hijo prototípico de una sociedad satisfecha, que nunca padeció necesidades reales: tiene trabajo seguro, techo y dinero del que disponer libremente. Por eso intenta definirse a partir de lo que consume. Amueblar su casa según las recomendaciones de la corporación IKEA no se diferencia mucho de lo que significaba leer Selecciones (yo en casa de mis abuelos, el Narrador en el baño de la casa donde Tyler lo aloja): le permite al consumidor creer que está eligiendo libremente, cuando en realidad está picándose con un placebo de la libertad. Otros han pensado por él previamente, mientras lo convencían de que pagar equivale a decidir; cuando pagar —lo sabemos todos— no es más que la certificación de que ya te han vendido algo, mucho antes de que metieses la mano en tu bolsillo en busca de la tarjeta.

Tyler Durden irrumpe en la vida del Narrador como un huracán Dorian. Lo reconecta con el dolor —porque si no estás abierto a la posibilidad del dolor no vas a sentir nada, ni siquiera lo bueno—, lo despoja de sus ataduras materiales (cuando su departamento es arrasado por una explosión, la primera reacción del Narrador es decir que lo que se destruyó no fueron sus sillas, sus lámparas y sus alfombras: «Lo que estalló —dice— fui yo») y le revela el goce que deriva de la iniciativa anárquica que interfiere el funcionamiento del sistema. Durante un buen tramo de la novela y de la peli, lo del Narrador y Tyler parece un episodio perverso de Los Tres Chiflados. Juntos fabrican jabones a partir de grasa liposuccionada que le venden a las mismas mujeres que se liposuccionaron; instigan peleas callejeras sin motivo; extorsionan a corporaciones, que los subvencionan con tal de que dejen de molestarlas. Y a medida que se aproximan a tocar el fondo de su insatisfacción, consiguen articularla en palabras y convertirse en inspiración para otros — para legiones de otros.

 

Si hay un cuerpo sexualmente objetificado en «Fight Club», es el masculino de Brad Pitt.

 

«No tuvimos una gran guerra en nuestra generación, ni una gran Depresión», dice Tyler ante los nuevos acólitos del Club de la Pelea, «pero ahora tenemos por delante una gran guerra del espíritu… La gran Depresión son nuestras vidas… En materia de historia, somos los hijos del medio, criados por la televisión para creer que algún día seríamos millonarios y estrellas de cine y del rock, pero ya no lo seremos. Y recién ahora lo estamos entendiendo… Así que no jodan con nosotros».

En Tyler Durden se unen los extremos del desasosiego experimentado por aquellos que lo tuvieron todo, con el de aquellos a quienes les ha faltado todo. Díganme si no se les acelera el corazón cuando lo oyen decir: «Imaginen cuando llamemos a una huelga y todos se nieguen a trabajar hasta que redistribuyamos la riqueza del mundo».

Soy el corazón esperanzado de Juan.

 

 

Lo que me costó el amor de Marla

A mi entender, el intento de leer / ver Fight Club como un panfleto machista conduce pronto a un callejón sin salida. Es verdad que habla de muchachones que se reúnen a darse manija para potenciar su costado violento, pero se me hace que en Palahniuk responde al deseo de recrear la camaradería masculina infantil, más bien pre-sexual: aquella etapa de la primera escolarización durante la cual funciona el porque-te-quiero-te-aporreo. En más de una oportunidad Palahniuk ha dicho que envidiaba esa camada de libros como The Joy Luck Club y How to Make An American Quilt, novelas que ensalzan la hermandad entre mujeres; de algún modo Fight Club puede ser leída como su versión masculina. Pero aquí lo masculino es algo a lo cual se abraza inicialmente, tan sólo para ser trascendido.

El Narrador recrea y atraviesa en rápida sucesión las etapas del desarrollo: desde la indeterminación infantil, donde unx no puede decidir nada y todo le es impuesto; a la individuación (masculina, en este caso) masturbatoria; a la socialización homoerótica previa a la adolescencia; a la exacerbación de los rasgos identificados con su género (que, en el caso de lo masculino, conduce al coqueteo con el fascismo aunque aquí se queda deliberadamente en el anarquismo: no busca tanto mandar, ordenar, conducir, como dinamitar el sistema y, al borrar todos los registros bancarios, imponer la igualdad real entre todxs lxs ciudadanxs) para, finalmente, cortar las ataduras del Yo —el egoísmo— y postrarse ante la sublimidad del Otro — el altruismo. En el climax del relato, el Narrador entiende que todo lo que ha construido con Tyler le importa menos que Marla, o que sólo le importa en la medida en que habilita y torna posible la relación con Marla. (En este punto me tienta parafrasear a Dolina, y proponer que se rebautice Fight Club como Lo que me costó el amor de Marla.)

 

Marla y el Narrador, o los Julieta & Romeo de un mundo al filo del Apocalipsis.

 

Porque ella no es precisamente una doncella a ser rescatada: más bien es una mina border, zarpada, que durante algún tiempo se banca las idas y vueltas del narrador hasta que le pone los puntos. «Que a vos y tus pequeños discípulos les guste que los fajen, es una cosa», le dice sobre el final. «Pero si me tocás otra vez, te mato». Por eso creo que aunque Palahniuk jugó con los juguetes propios del género con que lo inscribieron en el Registro Civil, su intención no era reforzar sus barreras. Debe tener una visión más fluida del asunto, imagino. Porque Palahniuk es gay, vive con su pareja desde los ’90 y además es un personaje. Hace algunos años lo escuché leer uno de sus textos en Barcelona y descubrí que es un señor muy alto, tímido, educado, musculoso y con un look de leñador que no habría desentonado entre los Village People. Eso me lleva a imaginar que, si hoy volviese a escribir Fight Club (sé que ha continuado la historia en dos cómics, que no he leído aún porque temo que pase lo que ya me pasó con las continuaciones de The Matrix), seguramente incluiría clubes de pelea femeninos. (En algún sentido, esta relectura ya existe: se llama G.L.O.W. y es una serie de Netflix que recrea la historia real de las mujeres que en los ’80 se consagraron como luchadoras de catch.)

Insisto con que lean / vean Fight Club como una historia de amor. (Me mata la manera en que la Marla cinematográfica, Helena Bonham-Carter, le dice al Narrador: «Sos la peor cosa que me pasó en la vida», de modo que suena como la más romántica de las declaraciones.) Pero ojo: el romance no niega todo lo que ha generado Tyler Durden como doppelgänger del narrador, su Otro Yo. Al contrario. Cuando uno revisa la secuencia de eventos de la historia, parece sucederse de este modo: el Narrador siente que su vida no es vida real, sino la fotocopia de una fotocopia, hasta que conoce a Marla; entiende que su amor es imposible en el contexto de este mundo que es la expresión paroxística de la injusticia social y la hipocresía; hace su entrada teatral Tyler, a quien se le encarga dinamitar ese mundo y parir otro donde el amor verdadero pueda tener alguna oportunidad; y recién entonces, cuando Tyler explota los edificios que contienen toda la info económica y crediticia del mundo y nos deja a todos con los mangos que nos quedan en el bolsillo, el amor entre Marla y el Narrador se vuelve una posibilidad.

 

 

 

 

La peli de Fincher subraya esta lectura. La escena final, donde el Narrador le ofrece su mano a Marla y dice «Todo va a estar bien» mientras los edificios se hunden ante su mirada y suena Where Is My Mind de The Pixies, es simplemente antológica: Marla y el Narrador como los Eva y Adán de un mundo nuevo que se abre ante nosotros. Porque, seamos sinceros: si alguien sobrevive a este brete en que nos hemos metido como especie, las Evas y los Adanes que parirán la humanidad por venir van a tener que estar bastante chapa, como requerimiento profesional. «Durante miles de años, los humanos jodieron y se cagaron en este planeta, y ahora la historia pretende que yo limpie ese desastre», reflexiona el Narrador. «Y encima tengo que pagar la cuenta de los desperdicios nucleares y de los tanques de nafta enterrados y de los desechos tóxicos de la generación que me precedió». (Hola, Mauricio. Reperfilame esta lluvia de basura tóxica que es la única lluvia que conseguiste para nosotros.)

En este sentido, Fight Club es heredera directa del Howard Beale de la peli Network (1976), que impulsaba a los televidentes de su país a asomarse a la ventana y gritar: «¡Estoy loco de furia y ya no me la banco más!»

Fight Club también provoca en este aspecto, porque postula que hasta la más romántica de las historias necesita de un contexto que le permita prosperar o de lo contrario será abortada. Y este mundo nuestro —tanto en el Hemisferio de los Saciados como en el Hemisferio de los Necesitados— es un asesino del amor. Por eso prefiero releer la novela y rever la peli, que me parecen más gloriosas que nunca, desde su invitación a recrear clubes de la pelea allí donde estemos, para presentarle resistencia a este mundo cretino en nuestros propios términos.

«Somos la gente que te lava la ropa, cocina tu comida y te sirve la cena», dice el Narrador. «Los que te hacen la cama. Los que te cuidamos mientras dormís. Los que manejamos las ambulancias. Los que habilitamos tus llamadas. Somos cocineros y taxistas y lo sabemos todo sobre vos. Nosotros procesamos tus reclamos en materia de seguros y los gastos de tu tarjeta. Nosotros controlamos cada parte de tu vida».

Así que no jodan con nosotros.

Está claro que nuestros clubes de pelea no apelarían nunca a la violencia literal, ni a la iniciativa exclusivamente masculina. Simplemente derivarían de la conciencia que todos hemos adquirido respecto de la necesidad de asociarnos —y de seguir asociándonos, aun cuando todo parezca haber cambiado— para resistir. La pelea se da conversando, trabajando, marchando, encontrando acuerdos, conversando aún más y ocupando todos los espacios para que nadie nos mee la sopa. (Ni nos infiltre ningún sanguchito.) Hoy somos muchos, ya, los que entendimos que la pelea se puede dar hasta bailando.

Si vos querés.

 

 

 

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26 Comentarios
  1. pelusa dice

    Decidi ver la peli -a instancias de tu excelente articulo- luego de 20 años de negarme, tal vez por el rechazo que me producen todas las formas de boxeo.
    Ayer la vi y debo decir que -superando el asco que me producen algunas escenas- coincido que es una obra de amor. No solo con Marla, tambien y muy enfaticamente con Bob. Hay en la evocacion colectiva de su nombre una impronta de letania (al estilo de las usadas por Luther King) que es conmovedora. Y verdaderamente religiosa, en el sentido de re-ligar, de articular esos seres tan vulnerados y vulnerables.
    Como feminista creo que fondea una mirada critica de la masculinidad, del cuerpo ‘varonil’ y destaca la ‘deformacion’ feminizada -que no tiene retorno- del fisiculturista Bob.
    Diria que en esta distopia la salvacion de la humanidad recae en muy pocas personas, cuasi superheroes al estilo norteamericano . En varias ocasiones Tyler se refiere despectivamente a quienes no se percataron del caracter destructivo del consumismo y del sistema en el que estan sumergidos.
    Igual es una obra de arte que vale la pena disfrutarla y pensarla.

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