ASTERIX HECHO CHABÓN

Vuelve la saga de los galos que resisten a los invasores romanos, traducida al argentoparlante

 

En buena parte de (si no en todas) las carreras de Ciencias Antropológicas por estas latitudes, existe una materia abocada al estudio de pueblos que trashumaban por el año cero. En su mayoría han dejado escasa o nula documentación escrita, ya porque carecían de escritura o no les interesaba coleccionarla. Los testimonios que hoy permiten rastrearlos son arqueológicos y a veces los que sus enemigos, conquistadores o invasores han dejado. En este continente, la información sobre mayas, aztecas e incas —por ejemplo— proviene de los españoles de entonces, de pía y etnocéntrica mirada por cierto. En Europa, de modo similar, los retazos de historia de aquellas tribus celtas que los romanos llamaron galos provienen de los historiadores y cronistas de entonces, dedicados a alabar las virtudes del Imperio. Sin ir más lejos, el famoso Commentarii de bello Gallico (Comentario de la Guerra de las Galias) del mismísimo Julio César, es un informe al Senado de Roma. Algo así como un memo de Patricia Bullrich sobre los mapuches, dedicado a la juventud del PRO. Mutatis mutandis.

Documentos, objetos, numismática y demás chirimbolos galos fueron destruidos o rapiñados por los vencedores de hace dos mil años, práctica continuada hasta hoy y aquí: los pulmotores de la Fundación Evita destruidos por los fusiladores de 1955, las Qunitas de Cristina destrozadas por Bonadío & Cia, su ruta. Por esos y otros motivos no menos siniestros, la fuente más amplia, popular y fidedigna que reconstruye la cultura de los galos, desde 1959 a la fecha fue y sigue siendo Asterix, la tan documentada como desopilante historieta escrita por Renée Goscinny (Paris, 1926-1977) y dibujada por Albert Uderzo (Fismes, 1927-Neuilly-Sur Seine, 2020). Con más de 389 millones de ejemplares vendidos y traducciones a un centenar de idiomas, las trapisondas de los irredentos habitantes de esa aldea rodeada de porfiados campamentos imperiales perduran merced a la hazaña de hacer con la ficción, verdad histórica.

 

La tribu gala de Asterix.

 

En efecto, un muy pormenorizado estudio de fuentes ha permitido a los autores de la saga —y a quienes les sucedieron— reconstruir aquellas casas circulares, semicavadas en el terreno, con techos de paja dotados de extensos aleros. También el instrumental de hierro forjado, del que eran expertos; no sólo espadas y puntas de lanzas, sino vajilla, adornos, cascos y escudos. Con licencias: al jefe de la aldea lo paraban sobre estos últimos en ocasiones ceremoniales, no todo el tiempo como al Abraracurcix de la historieta. Deslices poéticos aunque respetuosos para no ofender a los dioses, ¡¡por Tutatis!!, cuyo panteón acompaña las aventuras. Elocuencia de los objetos y las acciones que crece en la ironía del lenguaje, por más que en el camino del francés al castellano rueden algunas delicias: el perro ecologista Idefix, que llora cuando se tala un árbol, fiel compañero de Obelix, en francés suena a “idea fija”. En tanto el bardo de la lira, Asuranceturix, cuyas canciones son religiosamente repudiadas, abrevia en su nombre assurannce tous risques, “seguro contra todo riesgo”, y así sucesivamente, cada uno de los personajes.

Ficción que alimenta realidad histórica, trae a la actualidad acontecimientos poco difundidos fuera de las fronteras francesas pero importantes a su interior. En esta oportunidad, una editorial local festeja sus veinte años con la expansión del catálogo hacia una flamante serie de aventuras galas, en su tradicional diagramación, colorido y amplio formato. Como es lógico, sin Goscinny ni Uderzo, reemplazados por Jean-Yves Ferri y Didier Conrad en las respectivas funciones de texto y dibujos, respetando hasta el mínimo detalle las características originales, sin dejar de incorporar guiños de actualidad, como asimismo hacían los pioneros. A la nueva versión se le suma un plus significativo: el editor y traductor argentino, Leopoldo Kulesz, logra una asombrosa versión en el lenguaje coloquial suburbano, en esta oportunidad a cargo de tres adolescentes díscolos, cada uno a su manera: al burlarse de los pantalones de Obelix, uno dice: “Altas rayas… ¡Ahre!”, y de ahí en más. Sutilezas que requirieron al editor convocar un equipo de revisión de quince especialistas, en consonancia con la rigurosidad histórica que rige la colección.

 

El nuevo guionista, Jean-Yves Ferri.

 

Pues en La hija de Vercingetorix (primera edición francesa, 2019) vibra el nervio que atraviesa la serie de Asterix y, casi, la Francia toda. La adolescente Adrenalina es la única descendiente viva de los cinco hijos de aquel líder del pueblo arverno, guerrero de la Galia, que en el año 52 a.c. fuera derrotado por Julio César en la batalla de Alesia, apresado durante seis años y ejecutado durante un festejo del triunfo romano. Antes de la batalla, el guerrero le pidió a su niña resistir en su nombre, resguardando la libertad y obsequiándole un torques (collar abierto de uso ritual) como sello del pacto. En ese tramo transcurre la historia, cuando la joven es puesta a resguardo en la aldea de nuestros héroes, dado que el César pugna por capturarla a fin de que sea criada a la manera romana, como sus hermanos varones, antes apropiados (cualquier analogía, azarosamente ha de ser casual). Para mayores inconvenientes, la piba gusta de rajarse en la primera de cambio y un fiero traidor, Twinpix (homenaje a la homófona de David Lynch), merodea para raptarla y cobrar la recompensa ofrecida por el general invasor. Asterix y Obelix quedan a cargo del cuidado de la princesa, por cierto una bonita pelirroja vestida de negro e impostada cara de culo.

 

 

Abundan las delicatessen. El nombre propio del derrotado, por haber sido vencido, no puede ser pronunciado en voz alta: en los globos se escribe en tipografía diminuta. Los aldeanos manifiestan en forma reiterada su desconocimiento acerca de que Vercingetorix tuviera una hija mujer; “era muy discreto con su vida privada”, explican los amigos (alusión poco indirecta a un renombrado político francés contemporáneo que atravesó situación semejante). Surubix (hijo del pescadero) y Selfix (hijo del herrero) estudian en la ciudad de Condate (hoy Rennes, célebre por sus universidades) pero, un tanto hartos, se encuentran haciendo sendas pasantías ¡en los comercios de sus padres! Al reparar un casco de hierro, Selfix de motu proprio le alarga la visera: “podría llamarse gorra» y el padre, entre que impugna y celebra: “¡Ja! ¡Gorra! ¡Resultó visionario como el padre, el pequeño!” A todo esto, en el campamento romano, el centurión al mando anuncia que se aproxima su jubilación, por lo tanto ordena a sus legionarios ignorar el balurdo de Adrenalina y trabajar a reglamento. Los tres adolescentes hacen de las suyas, complican a los héroes, se van de joda, la pócima que otorga superfuerza se torna imprescindible y la historieta deambula por los parajes acostumbrados hasta la escena final del festín con jabalí asado, música, bebida y milonga, a la usanza gala.

Por más que los franceses de hoy tienen tanto de galos como los argentinos de hugonotes, más de dos milenios de tradición pesan en forma inconfundible. Así el animal emblemático nacional, el gallo, adoptado por mera homofonía (gallus, como los llamaban los romanos) y metonimia con el ave macho que saluda al sol cuando sale, de andar cocorito, peleador que protege el gallinero y desde el medioevo engalana el tope de las veletas, como al escudo de la selección nacional de futbol, o nombra a los Gauloises, aquellos cigarrillos negros (de tabaco argelino, por cierto) que fumaban Cortázar y Olivera, entre tantos. No sólo eso.

La saga de Asterix encierra y a la vez expone los ideales que la Francia supo distribuir por el planeta, a pesar de las contradicciones internas pletóricas de revolucionarios y fascistas. La Libertad es omnipresente en la lucha constante y la resistencia contra el invasor imperialista: Julio César y sus legiones. La Igualdad se personifica en la armonía interna dentro de la aldea que, pese a las jerarquías y diferencias de clases (Jefe, druidas, poetas, artesanos, guerreros, etc.) conviven sin dificultad, y cuando no, como el herrero y el pescadero que deportivamente se cagan a tortazos en la primera de cambio, al rato vuelven a amigarse. Y, cuando las papas queman, el enemigo común asola, toda diferencia se disuelve y responden al unísono. Luego, la Fraternidad surge a cada paso en que otra aldea o viajero desvalido requiere de un acto solidario.

Tras las mejores intenciones se muestran sin tapujos otras circunstancias menos virtuosas que los autores originales, Goscinny y Uderzo, en ningún momento escamotean. Saben de lo que hablan. Su país, durante sus vidas, el siglo XX, fue invadido en dos oportunidades, por los imperios austrohúngaro y alemán en la Primera Guerra (1914-1918) y nada menos que por los nazis en la Segunda (1939-1945). Respectivos, sangrientos combates y una heroica resistencia clandestina transcurrieron hasta recuperar la libertad. Por otra parte, la segunda posguerra fue el correlato del proceso de descolonización. Francia experimentó por lo tanto los dos lados del mostrador: el del dominador y el dominado. Senegal, Argelia, Vietnam, los asentamientos del Pacífico y algunos resabios de la expansión napoleónica, son estigmas que a muchos franceses les hacen bajar la vista. Por ello Asterix puede tomar la diversidad cultural con humor, hasta burlarse de los estereotipos, mas jamás menoscabar ni humillar la diferencia. Dirimir entre sonrisas esgrimiendo verdades parece ser la fórmula. El propio René Goscinny lo expresaba a su manera: “Alguien que no hace reír más que a sí mismo o bien es un imbécil, o bien un precursor. Alguien que hace reír a un pequeño grupo es un  señor agradable para tener como invitado. Alguien que tiene la suerte de hacer reír a mucha gente es un profesional, ¿puede haber acaso profesión más agradable?»

 

 

 

FICHA TÉCNICA

La hija de Vercingetorix

Jean- Ives Ferri y Didier Conrad

 

 

 

 

 

 

 

Traducción de Leopoldo Kulesz

Buenos Aires, 2021

48 páginas

 

 

 

 

 

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