AUTOPISTA AL INFIERNO

La derecha sigue aferrándose con uñas y dientes al país anterior a octubre de 1945

 

Una columna de opinión que orbita en la galaxia del vicioso pintoresquismo antropológico antiperonista como “Crisis Económicas Argentinas, un Ovillo que No Se Deja Desatar”, del doctor en Economía Aplicada Darío Judzik, la historiadora Camila Perochena y el politólogo y productor televisivo Santiago Rodríguez Rey (de ahora en más el trío JPRR), apareció unos días atrás en un semanario porteño de sesgo radical galerita. Este texto no merecería un talante diferente al del tedio que despierta, si no fuera porque recorre dos tramos con particularidades que, pese a ser apocadas, la pandemia y el mal momento económico reinantes sugieren tener presente:

  1. La actitud abierta y crecientemente desafiante y muy hostil a los intereses bien entendidos de las mayorías que ha tomado un considerable sector de la derecha, desde que por primera vez en la moderna democracia argentina accedió al gobierno favorecida por el voto. Ese cambio de forma surca el mar de fondo.
  2. Que importantes sectores del movimiento nacional, frente al desafío que plantea que la vuelta a la normalidad económica sea para sentar las bases de la superación estructural de las rémoras del subdesarrollo, se tiente con el diagnóstico versionado por el trío JPRR y se haga la ilusión de que evita retroceder en la habilidad de no innovar.

Para el movimiento nacional el peligro de la operación no se subsume en que el arreglo del endeudamiento externo invite a aquietarse, pegando un par de pitadas al narguile cargado con el narcótico de la burguesía nacional. Tal por ejemplo el ineluctable destino de la muy reciente movida pergeñada por Graciela Fernández Meijide y Eduardo Duhalde. La tóxica parsimonia del paraíso artificial ofertista está destinada a darle espacio a la soliviantada derecha, que por lo que se deja ver en una serie de sectores que la conforman, se muestra muy predispuesta a emprender la hartura del orden político a los garrotazos.

El trío JPRR respira en términos académicos la atmósfera de la Universidad Di Tella. La institución proveyó, y en gran forma, de cuadros a las áreas económico-financieras estatales durante el gatomacrismo. Entienden que las causas de las crisis que regularmente padecemos estriban en que “la dirigencia y la sociedad se encuentran con frecuencia con que el balance entre el consumo de bienes y servicios y el nivel de vida promedio, no se corresponden con la capacidad de crear ingresos”. El haber cometido ese mismo pecado una y otra vez fue lo que pavimentó nuestra autopista al infierno. Verdad que matizan al refrendar que en el siglo y medio que siguió a nuestra entrada en el mercado mundial vendiendo lana de oveja, la “Argentina encontró en la inestabilidad macroeconómica un patrón sistemático, casi una forma de ser. Pero las causas de la inestabilidad no siempre fueron las mismas y las recuperaciones no descansaron en los mismos motores”. Sin embargo la salvedad les sirve para afirmarse en la observación de que el meollo de la inopia está en el berretín nacional de la prodigalidad.

Afirmar que los argentinos gastamos mucho más de lo que podemos, y que eso se traduce en los dislates en las cuentas externas de la nación, no es creación del gatomacrismo, ni siquiera una singularidad nacional. A fines de los ’50 el diagnóstico se había constituido en la doctrina oficial global del FMI y ante cada problema de balanza de pagos de cualquier país se prescribía bajar el gasto interno. La reacción gorila se sintió muy a gusto a la sombra de ese pendón, con la secreta esperanza de que fuera palanca que frenara y revirtiera la industrialización desarrollista.

Los animaba y anima un razonamiento simple aunque irracional y destructivo: si no hay industria, no hay obreros industriales y chau peronismo; cortado de raíz. Quien crea que el grotesco fascismo criollo, que con el paso del tiempo y éxito del modelo desarrollista para suprimirlo devino en una banda de asesinos genocidas, mantenía algo más en la cabeza, algo más refinado, alguna otra idea, va a tener que buscar mucho para no encontrar nada. A lo sumo, el cursi terciopelo sintético de las frases hechas neoliberales que recubría y recubre el guante de hierro del poder real de los sectores que lucran con el atraso.

 

 

Es de suponer

Al triunvirato JPRR ni el mal funcionamiento del sistema monetario internacional ni el mito de la ley de Say (mal y pronto: la oferta crea su demanda) los amilana. Del primero parecen no tener conciencia. Del segundo se revelan como fieles discípulos. Ambas cosas se perciben cuando en su artículo incurren en la originalidad de fechar que nuestra supuesta inclinación manirrota “se puso en evidencia de manera traumática en la crisis de 1890” por vez primera.

Perón se hace presente “a partir de 1949, luego del ciclo virtuoso de tres años que implicó una expansión del gasto, aparecieron las señales del agotamiento económico». Con la caída en los términos de intercambio y el aumento de la inflación apareció la primera crisis de los que se denominó los ciclos de stop and go. A diferencia de crisis anteriores, que se dieron en un contexto de economía abierta y freno del flujo de capitales extranjeros, «esta crisis ya es de una economía semicerrada”. A la categoría stop and go le dio entidad un trabajo académico de Oscar Braun y Len Joy cuyo objetivo era volver intelectualmente respetable destrozar la industrialización desarrollista en nombre de la ventaja comparativa del agro. En realidad, entre 1961 y 1976 los frenos (stop) eran decisiones políticas generadas porque el go (avance) tornaba interesante la perspectiva del desarrollo y así la necesidad de discutir los destinos políticos del país con los trabajadores que continuaban con la muy mala costumbre de ser peronistas. ¡Un horror! Durante esa etapa siempre hubo superávit comercial, mal entonces podría argumentarse que era la perspectiva del faltante de divisas el origen del freno. En los hechos, los supuestos planes de estabilización (en rigor: coartadas anti-desarrollistas) lo provocaban.

Pero los datos de la realidad no perturban a los sectores políticos que se identifican con lo que expresa el triunvirato JPRR. Así en la columna, tras decir que “el punteo que incluye deuda, restricción externa, inflación y un mercado financiero en moneda local pequeño es solo un recorte”, resaltan las consecuencias necesarias cuando “la semilla de la crisis se planta durante épocas de crecimiento económico, cuando la política económica en vez de ser contracíclica, como recomiendan todos los manuales (esto sería gastar menos en las expansiones, para tener la posibilidad de hacerlo cuando la cosa se pone difícil), se vuelve procíclica y los gobiernos gastan más”. Gastar de más «redunda en que el tipo de cambio que deja a todos más o menos contentos, el tipo de cambio de equilibrio social, es distinto al de equilibrio macroeconómico, llevándonos a la permanente inestabilidad”.

El trio JPRR no se dio por enterado de que las exportaciones son insensibles al tipo de cambio. Una devaluación muy fuerte aumenta muy poco las exportaciones y al hacer muy caras las importaciones reduce el nivel de empleo por su impacto en los costos. Así que esa distinción entre el tipo de cambio de equilibrio social versus el de equilibrio macroeconómico no tiene ningún fundamento. Como tampoco sostener que un país que se endeuda es un país que vive o ha vivido por encima de sus recursos, según el término abusivo de los economistas liberales, y que –entre otros detalles— deja a un lado la experiencia gatomacrista que se endeudó para jugar en las corrientes financieras internacionales mientras compelía a las mayorías del país a vivir penosamente por debajo de sus recursos. En el capitalismo realmente existente se necesita una arquitectura financiera internacional adecuada, asunto que el trío JPRR ni considera, empeñado como está en expiar nuestro pecado del gasto, porque el sistema está obligado a vivir por encima de su producción efectiva.

No tiene opción, por eso esta última expresión es la única válida, no sólo porque en una economía de mercado la producción efectiva es tendencialmente inferior a los recursos, sino también porque la producción efectiva es una función creciente del tren de vida.

En consecuencia, vivir por encima de la producción efectiva es la única manera de aumentarla, tanto al nivel de su producción potencial como del consumo efectivo correspondiente, y de equilibrar así el conjunto hacia arriba. Ahora bien, la decisión política de estancar el desarrollo capitalista para no perder poder, lleva a la paradoja de aumentar la velocidad de caída de la élite. A la corta o a la larga, la puesta en práctica del sosegate violento para frenar la debacle del poder que se escurre como agua entre las manos, es la secuela inevitable o difícilmente evitable de forzar a un sistema a gastar menos, cuando de manera inmanente impele a gastar más para su mejor funcionamiento.

 

Plan y esperanza

En el ámbito de la campaña presidencial norteamericana, uno de los argumentos con que punzan los opositores a la reelección de Donald Trump es que de seguir el actual mandatario se enfrentarían a un colapso tipo Unión Soviética. Más allá de esa impronta, el artículo del profesor de relaciones internacionales de la Universidad Georgetown Charles King titulado: “Cómo se desmorona un gran poder” (Foreign Affairs, 30/06/2020), allega material para la reflexión a partir de reseñar el ensayo del intelectual disidente ruso Andrei Amalrik: «¿Sobrevivirá la Unión Soviética hasta 1984?», muerto en un accidente automovilístico en España a los 42 años en 1980. King contabiliza que Amalrik “erró la fecha precisa de la desintegración de su país por siete años”, y que pese a las limitaciones del ensayo, en vista de que “le preocupaba cómo maneja un gran poder múltiples crisis internas […] Visto desde 2020, exactamente 50 años desde su publicación, el trabajo de Amalrik tiene una extraña actualidad”.

King destaca el aporte metodológico que en el ensayo hace el disidente ruso al comentar que “Amalrik también proporcionó una especie de plan para la alienación analítica. En realidad, sugirió, es posible pensar desde los días finales. El método es establecer el resultado más improbable que puedas sondear y luego trabajar hacia atrás, de manera sistemática y cuidadosa, desde el ‘qué pasa si’ hasta el ‘por qué’. El punto no es elegir la evidencia que se ajuste a una conclusión particular. Es más bien salirse de la suposición del cambio lineal: considerar, por un momento, cómo algún futuro historiador podría re-proyectar como inevitables las preocupaciones inverosímiles”. Esto viene a cuento porque aunque en el caso de la Argentina se trate de un país semi-periférico, el triunvirato JPRR hace exactamente lo contrario a lo sugerido por Amalrik para entrever el derrotero de una gran potencia como método para evitar la alienación analítica. En el caso del disidente ruso se trataba de una búsqueda genuina del cambio. En el caso del trio es la expresión del sector del orden establecido que se aferra con uñas y dientes al país anterior a octubre de 1945.

Ese sector de la derecha no se resigna y no tiene por qué resignarse y los cuatro años del gatomacrismo son una demostración. El artículo, aunque expresión menor de ese sentimiento, sirve por defecto para no perder de vista que al movimiento nacional nadie ni nada que no sea su propia claridad política, le concede la capacidad para encarar el proceso de desarrollo. Al contrario, esta proviene de la condición necesaria encarnada en la voluntad política de organizar la alianza de clases y sectores.

El psicoanalista Jorge Alemán reflexiona en un artículo reciente que “en el Imaginario se borran los contextos, se anulan las diferencias, triunfan las analogías y los sujetos establecen coincidencias y correspondencias que cumplen una función de desconocimiento frente a la realidad […] Baste como ejemplo la facilidad con que se establece que Alberto es Alfonsín y no es un kirchnerista ‘puro’ o que Alberto no es Cristina. En esta infatuación del Yo se borra la historia, los contextos, las circunstancias concretas y sólo queda como resultado un Yo muy contento de haberse conocido ignorando y no discriminando las diferencias simbólicas […] El problema que se vislumbra en todo esto es que parece un problema actual de los campos nacionales y populares o progresistas que al no disponer como en otros tiempos de teorías que permitan aperturas simbólicas, finalmente desencadenan un imaginario compulsivo que desea fracasar frente a su posible éxito, el que por estructura es siempre limitado. Mientras tanto, las ultraderechas esperan desde otro lugar: desde las certezas absolutas que proceden de su identificación con el Poder y la pulsión de muerte que alimenta su odio. Esto no es Psicología, es un esbozo de la teoría de la Ideología”.

Alemán está en lo cierto y a la vez se equivoca. Cierto en el deseo de fracasar frente a un posible éxito. Equivocado en promulgar el ukase de que no se disponen como en otros tiempos de teorías que permitan aperturas simbólicas. Sí las hay. La experiencia y la obra de gobierno del frente que vio la luz en febrero de 1958 deben ser superadas sobre su misma lógica. Ahora se trata de una apuesta por el desarrollo capitalista. El capitalismo de tres dólares la hora salarial es un infierno. El de 40 dólares no será el Paraíso pero pinta largamente mejor que el Purgatorio. Sacarse de la cabeza los prejuicios y los fantasmas que escriben y reescriben desde la derecha a la izquierda el estatuto del subdesarrollo es una de las órdenes del día. Al respecto, en clave de asimilación infiere King de las circunstancias biográficas de Amalrik que “en la vida, como en la política, el antídoto contra la desesperanza no es la esperanza. Es la planificación”. Verdad, si bien desde que Jorge Luis Borges y Astor Pantaleón Piazzolla entreveraron en la sonería de las seis cuerdas al verosímil Jacinto Chiclana arreciando con que el coraje es mejor, sabemos que la esperanza nunca es vana, aunque se intente seriamente que sea Bannon.

 

 

 

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