Balamicina y otros remedios infalibles

Carlitos Balá, la empresa entrañable de hacer reír

 

La noticia de la muerte de Carlitos Balá me agarró lejos, en medio de un viaje. Pero, aunque con retraso, vale la pena intentar evocarlo. Tal vez para probar lo lejos que llegó este descendiente de padre libanés, nacido como Carlos Salim Balaa. Cumplió una carrera de casi 70 años con un estilo de humor solo sencillo en apariencia, que en algún momento definió de este modo: “Ingenuo, algo infantil, bonachón, hasta un poco tonto en ocasiones. Pero la gran diferencia la hace mi flequillo”.

Excesiva humildad para quien le tocó dirimir convivencia artística con Alberto Olmedo, que cautivaba con su Capitán Piluso, y con el campeonísimo del catch Martín Karadagián. Uno invitaba a tragarse la leche de la merienda, aunque la odiosa nata provocara arcadas, y el otro ahorraba explicaciones recomendando la utilización de su célebre piquete de ojos. Mientras tanto, Balá trabajaba un lugar al que no le costó tanto hacer propio, montado en su flequillo y en sus muchas balabasadas, el título de uno de sus numerosos programas de televisión. Pero no solo fue la magia de ese raro peinado nuevo lo que lo volvió popular. Su forma de generar diversión tenía algo del humor asandrinado, perdedor, simplote, anti heroico del primer Felipe de Luis Sandrini.

Quienes piensen que la gloriosa radio de la década del ‘50 fue su inicial plataforma de lanzamiento, admiten solo una parte de la verdad. Antes de eso, Carlitos fue un cómico de barrio que, a la manera de un vendedor ambulante, ofrecía baratijas de humor dentro de los colectivos de la línea 39, sin que por ello sus pasajeros tuvieran que pagar boleto extra. Por eso, ese bondi que todavía recorre media ciudad nunca se olvidó de él y lo tomó como personaje representativo.

 

La línea 39 nunca lo olvidó.

 

A partir de 1955 integró el elenco de La revista dislocada con Jorge Marchesini y Alberto Locatti, otros dos cómicos con los que formó trío hasta 1966. La radio lo celebró, pero donde su nombre artístico alcanzó notoriedad y presencia continuada fue en la pantalla pequeña, con el trío mencionado y en solitario. Debutó en 1958 en por entonces deslumbrante show auspiciado por IKA (Industrias Kaiser Argentina). Claro: otros tiempos. Figuró como apoyo secundario pero importante en el show del cantante Antonio Prieto, hasta que la televisión en blanco y negro lo adoptó para siempre como criatura imprescindible y protagónica en ciclos como El soldado Balá, Balamicina y Aquí llegó Balá, en este caso con el respaldo del jingle creado por Mike Ribas, ese que todos –sin que supiéramos que lo sabíamos– alguna vez cantamos o tarareamos.

 

 

 

 

Inequívocamente lo suyo fue la televisión, aunque también incursionó en el teatro, en el circo y en otras clases de variedades. Participó en más de 25 películas, entre las que merecen ser destacadas las de la serie del personaje Canuto Cañete y exigen olvido ciertos bodrios filmados durante la dictadura.

 

 

Balá en pantalla grande.

 

 

 

 

Palabrelíos

En lo personal admiré en Balá su facilidad para recuperar y reconvertir giros verbales que nada –ni su reciente fallecimiento a los 97 años– desalojará del imaginario popular. Ni el más especializado de los filólogos será capaz de explicar el significado profundo de una de sus muletillas más conocidas y logradas: el Ee ee apepé. Ahora, tras su desaparición física, las varias generaciones que lo sobreviven alguna vez respondieron a la pregunta: “¿Qué gusto tiene la sal?” y respondieron a grito pelado: “Salaaaaaada”. Gracias a sus gracias, los que crecieron entre 1960 y 1980 cursaron con él las materias básicas del humorismo. Otros tributarios importantes de su ingenio fueron los que despidieron parte de su primera infancia desechando el chupete en el “Chupetómetro”.

 

 

 

 

 

Ahora que reconozco con seguridad el gusto de la sal, me pregunto (lamento mucho no haber tenido la posibilidad de escuchar su explicación) por términos como “zumbudrule” –que algunos también escriben con ese–, frases como “un kilo y dos pancitos”, “señoras, señores y por qué no lactántricos” y conceptos de alto vuelo como el “gestito de idea”. Qué lástima no haber podido saber de su boca el origen de otros hallazgos como “perdóneme una situación”, “mamá, ¿cuándo los vamos?” y “no se calentáseno”.

 

 

Un poco de «zumbudrule» nunca viene mal.

 

 

A falta de esas respuestas que nunca tendré digo que, seguro, Balá fue un enorme observador en la calle y desde las ventanillas del 39 y alguien de oídos muy atentos, capaz de reconvertir en piezas humorísticas expresiones y acciones cotidianas. Todavía hoy se apela con frecuencia a dichos como “pegá la vuelta, Petronilo” y ese efectivo gag cuyo protagonista es un perro invisible llamado Angueto. De la mano de esos recursos, Balá trabajó hasta hace muy poco, comprometido siempre con esa empresa entrañable que es hacer reír. Fue durante su larga vida personaje de a pie y diplomático sin carrera. Por eso su club de fútbol favorito, Chacarita Juniors, lo nombró embajador honorario y en 2016 el papa Francisco le dio la mano en vivo y en directo en el Vaticano y le reconoció el título de embajador de la paz. Inevitables designios biológicos determinan que nos vamos quedando sin capocómicos. Con certeza, por más ingeniosos que sean, no habrá memes que los reemplacen.

 

 

 

 

 

 

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