La semana pasada me entretuve escuchando tres versiones distintas de la misma composición: las Variaciones Goldberg de Bach, por Rudolf Serkin, Wanda Landowska y Claudio Arrau. Me gusta comparar las distintas interpretaciones y reconstruir la fecha y el contexto en el que se grabó cada una.
Pero me imagino que a vos te puede parecer menos apasionante, o incluso aburrido. Esta semana te propongo una transacción: escuché tres piezas distintas del mismo autor, cada una por un intérprete distinto, e incluso formaciones diferentes. Empezamos por la sonata para piano n.º 21 en do mayor, Op. 53, también conocida como Waldstein o Aurora, compuesta por Ludwig van Beethoven en 1804. La grabó en Bonn en 1977 el virtuoso chileno Claudio Arrau, que ya tenía 74 años. A los cuatro años no conocía el alfabeto, pero ya leía a primera vista las sonatas de Beethoven y desde los cinco las tocó en público. A los 9 practicaba nueve horas por día y en su juventud, cuando estudiaba una pieza nueva podía trabajar en ella hasta veinte horas por día. "Tenía la capacidad física de hacerlo y nunca me cansaba", le dijo al periodista y profesor de piano Dean Elder. Luego de un concierto para el Presidente Pedro Montt y los miembros del Congreso, el Estado lo becó para estudiar en el Conservatorio Stern de Berlín, con un discípulo de Liszt, Martin Krause. Pocos pianistas dominaban un repertorio tan amplio como Arrau, que por supuesto incluía el ciclo completo de las 32 sonatas de Beethoven para piano.
Ahora pasamos del piano solo al dúo de piano y violonchelo. Me llevó mucho tiempo reconstruir su historia. En las primeras décadas del siglo XX, Pau Casals se había ganado el reconocimiento mundial, con sus grabaciones de los autores románticos, en un trío con el pianista Alfred Cortot y el violinista Jacques Thibaud. En 2017, la televisión de Cataluña difundió el docudrama La fuerza del silencio, que alude a la decisión de Casals de no empuñar de nuevo el arco de su instrumento mientras las democracias occidentales no rompieran relaciones con la dictadura de Francisco Franco, quien había combatido junto al Eje y contra los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Exiliado del otro lado de los Pirineos, en la ciudad de Prades de la Catalonia francesa, Casals se dedicó por entero a ayudar a sus compatriotas que lo habían perdido todo.
Por el contrario, Alfred Cortot, el pianista de aquellas primeras grabaciones, tocó para Hitler y además fue Alto Comisario de Música en el régimen colaboracionista del mariscal Philippe Petain, instalado en Vichy durante la ocupación alemana de Francia. Cortot no era francés sino suizo y se había especializado en la música de Richard Wagner, que llegó a dirigir en Bayreuth, lo que algunos citaron para explicar su defección. Aun quienes nunca lo perdonaron lo consideran el mejor pianista francés de la historia y uno de los tres o cuatro gigantes mundiales del siglo XX. El docudrama catalán cuenta la historia pero le atribuye otro nombre a Cortot. El pianista Antoine Girard es presentado como uno de los mejores amigos del Maestro, quien durante años ni siquiera admite que Girard sea mencionado en su presencia. Un joven discípulo de ambos propicia el reencuentro, en 1950, cuando los principales músicos del mundo deciden que si Casals no acepta presentarse en Nueva York o en Europa, ellos irán a Prades para tocar con él en el bicentenario de la muerte de Bach. Girard se avergüenza ante Casals y le pide perdón por no haber comprendido en su momento la gravedad de la traición que implicó su condescendencia con los nazis. Inflexible consigo mismo, Casals lo recibe con los brazos abiertos y sólo le dice:
–Todos nos equivocamos alguna vez.
La escena es conmovedora, pero revisando la discografía de Casals, no encontré ningún Antoine Girard y concluí que era un personaje de ficción. Hasta que por fin me di cuenta que el docudrama había recreado con algunas libertades la relación de Casals con Alfred Cortot, el pianista de aquellas primeras grabaciones. Una vez reconciliados, tocaron juntos la sonata opus 69 de Ludwig Beethoven en el festival de Prades de 1958. Cortot murió cuatro años después y esta se difundió como su última grabación. Vale la pena.
Y de la sonata para piano y violonchelo pasamos al concierto para piano, violín, violonchelo y orquesta, tal como lo grabaron tres de los más grandes intérpretes eslavos: Sviatoslav Richter al piano, David Oistrakh en el violín y Mstislav Rostropovich en el violonchelo, conocido como Triple Concierto.
Si te aburre, hacémelo saber y te anticipo mi respuesta: agua y ajo.
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