BELICISMO EN EL MUNDO

La espesa sombra de los Estados Unidos

 

Estados Unidos instaló en el mundo una creciente situación bélica como consecuencia de las respuestas pretendidamente contundentes que dio a tres importantes problemas que le concernían, en el ámbito de la seguridad internacional.

Una fue en contestación a los brutales atentados del 11/09/2001, que implicó el inicio de la guerra en Afganistán contra las huestes de Osama Bin Laden y de los talibanes. Hace ya  17 años de esto. Pero no se detuvo allí. Como bien se sabe amplió la contienda a Irak, Siria,  Libia y más recientemente, por interpósitos aliados –el más sobresaliente es Arabia Saudita— a Yemen. El saldo a su favor ha sido tan escueto que no pocos analistas evalúan estas intervenciones más bien como un fracaso.

 

 

La guerra en Afganistán continúa; también en Siria (2011 – en desarrollo), donde la intervención rusa –sumada al accionar de Turquía y del libanés movimiento Hezbollah— determinó un vuelco: el derrocamiento de Bashar al Assad buscado por Washington no sólo no se produjo sino que ha salido fortalecido. Más recientemente, en Yemen (2015 – en desarrollo), una alianza militar de Estados sunitas sustentada por la gran potencia del norte, encabezada por los sauditas y en la que, entre otros países, se cuentan fuerzas armadas de Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y Kuwait, procura el derrocamiento de los hutis, fracción chiita que, apoyada por Irán, se aferra por mantener el territorio sobre el cual todavía gobierna. Consiguieron sí triunfos militares en Libia (2011) a costa de la cuasi destrucción del país, en el que se ha instalado una guerra civil. Y en Irak (2003-2011), donde paradojalmente tuvieron que aceptar que gobierne el chiismo y persisten algunos bolsones de extremistas rebeldes del grupo Estado Islámico. En síntesis: tres de las guerras encabezadas por Estados Unidos en el Mundo Musulmán no han resultado aun victoriosas. Y en los otros dos casos, los pírricos resultados políticos alcanzados más bien indican que, contradiciendo a Clausewitz, no han conseguido alzarse con los beneficios de la victoria militar. En todos los casos han causado graves padecimientos a las poblaciones concernidas y profundos estragos a la paz mundial.

La segunda respuesta estadounidense está vinculada al tratamiento de la cuestión post-soviética. La crisis y disolución de la Unión Soviética colocó ante la dirigencia norteamericana la cuestión de qué orientación seguir frente a la nueva Rusia. Dos posturas disímiles surgieron. Una proponía darle un tratamiento parecido al que se había otorgado a Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra: facilitarles el desenvolvimiento económico para atraerlos al redil occidental hegemonizado por los Estados Unidos. A Alemania, además, se la integró al sistema de seguridad colectiva con algunas limitaciones: la exclusión del acceso al armamento nuclear, por ejemplo. La otra postura iba en sentido contrario: poner coto a las capacidades militares rusas y freno a las posibilidades de su desenvolvimiento económico, con el objetivo principal de garantizar la condición de única superpotencia al país norteño. Esta fue la opción que prevaleció.

En ese marco y con vistas a establecer un control militar sobre Rusia se inició la marcha hacia el este de la OTAN –que como se sabe es conducida por los Estados Unidos— , comenzada con la incorporación de Hungría, República Checa y Polonia, en julio de 1997. En 2004 se sumaron Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Rumania, incrementando la presión sobre el flanco oeste ruso; también Estonia, Letonia y Lituania, que se agregaron en el Mar Báltico a Alemania, Noruega y Polonia, con fuerte amenaza sobre el enclave ruso de Kaliningrado e incluso sobre San Petersburgo. Entre fines de 2013 y comienzos de 2014 se cocinó la crisis que acabaría con el entonces Presidente de Ucrania Víctor Yanukovich y entronaría, luego, al pro-occidental Petro Poroshenko. Fue el tope. Al fin y al cabo, la frontera occidental rusa más importante es la que comparte con aquel país: sólo 750 kilómetros prácticamente llanos separan a Kiev de Moscú. Rusia se vio obligada a reaccionar. Recuperó la península de Crimea, y los mayoritarios habitantes ruso-parlantes de Lugansk y Donetsk, en Ucrania, tomaron el control de ambos departamentos, con intenciones separatistas. Respondió así al avance occidental, luego de un paciente período en el que se dedicó a poner al día sus capacidades militares y logísticas. E hizo una reaparición tan sorprendente como decisiva en Siria, a fines de septiembre de 2015.  Todo lo cual elevó considerablemente el índice de belicosidad del mundo – si se le puede decir así.

La tercera respuesta norteamericana sobrevino como consecuencia del consistente desarrollo económico de China y de su decisión de proyectar fuerza y fortalecer posiciones militares en el Mar de la China Meridional, un requerimiento defensivo para ella indispensable. Con el objeto de frenar la expansión china, los Estados Unidos dispusieron el traslado del 60% de sus recursos navales a la zona de Asia/Pacífico.

 

 

Estas tres grandes iniciativas constituyen las líneas troncales que fundamentan el incremento mundial del belicismo, en las últimas dos décadas. Son las más importantes pero no las únicas: la guerra de los Balcanes y sus secuelas, por ejemplo, aportaron también lo suyo.

Muy recientemente, Donald Trump ha dado un peligroso paso que suma en la escala mundial de tensiones (y posibilidades) bélicas, en el específico plano atómico. Ha anunciado el retiro norteamericano del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF), firmado por Ronald Reagan y Mikhail Gorbachov en 1987.

 

 

Se trata del armamento misilístico capaz de recorrer de 500 a 5.500 kilómetros, cuya eliminación y control posterior se pactó en aquel documento. Gorbachov, en una nota recientemente publicada en el New York Times (A New Nuclear Arms Race Has Begun, 25/10/2018), indica que “Estados Unidos invocó las presuntas violaciones rusas a algunas previsiones del tratado”; pero también dice que “Rusia ha colocado preocupaciones semejantes respecto del cumplimiento americano y al mismo tiempo ha propuesto debatir estos asuntos en una mesa de negociación… pero que Estados Unidos ha estado evitando esta discusión”. Nada se ha informado aún sobre el efectivo estado práctico de la cuestión, pero resulta obvio que la anulación del control recíproco que se desprende de la decisión norteamericana puede disparar una carrera armamentista en este rubro, a corto plazo, a la que podría, incluso, incorporarse China.

Por añadidura, a contracorriente de la mesurada postura sostenida durante la gestión de Barack Obama, que era partidario de mantener  políticas de no proliferación, en febrero de 2018  se aprobó la Nuclear Posture Review (NPR) que aggiornó las posiciones mantenidas en documentos anteriores. Entre otras consideraciones, la nueva NPR de Trump señala que habrá mayor “diversidad” en las armas nucleares a poner en juego y más “flexibilidad” en lo referido a su uso. Preconiza, en consecuencia, una renovación de la tríada del arsenal norteamericano: los misiles intercontinentales, los misiles mar-tierra y las bombas y misiles crucero aerotransportados. Y curiosamente hace responsables de las decisiones tomadas por Estados Unidos a la hostilidad y la beligerancia de China y Rusia.

En cuanto a la flexibilidad, cabe preguntarse si expresa sólo un intento de presión o efectivamente contempla la opción de un uso ofensivo de armas atómicas; hasta ahora, es doctrina de todas las potencias nucleares restringir la utilización de dichas armas a la respuesta a un ataque atómico.

Hoy claramente el mundo se halla más desguarnecido que en épocas pasadas frente al peligro de las guerras y del uso de armas nucleares. El nivel de belicismo ha aumentado en los últimos dos decenios y el papel de los Estados Unidos ha sido muy importante para que ello ocurra. Queda por examinar por qué sucede esto. Sin intención de agotar esta problemática, que merece un amplio y profundo debate, se puede indicar que en las decisiones norteamericanas dirigidas a alcanzar sus designios ha predominado el uso de la fuerza antes que la construcción de consensos. Que en lugar de la búsqueda de aquiescencia y compromiso ha prevalecido la imposición. Y que en términos de Max Weber, el sabio de Heildelberg que es tenido como uno de los padres de la Sociología, ha elegido la vía del poder en desmedro de la dominación (esto es, de la búsqueda de un acatamiento consentido).

Como quiera que sea y como se ha señalado más arriba,  es innegable que en el transcurso de esta belicista trayectoria estadounidense la paz ha sido y es intensamente maltratada, y que los padecimientos de la poblaciones afectadas han sido y son enormes, al punto que muchas veces rayan en lo inaudito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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