Si te gustó el estudio sobre los estilos de los seis pianistas que tuvo Troilo entre 1937 y 1975, te alegrará saber que Ignacio Varchausky nos autorizó a seguir compartiendo en El Cohete las joyas que produce. Es otro de los lectores de estas páginas y se alegró tanto como nosotros cuando recibió mi correo. ¡Cuánta gente hermosa hay en este país que tantos gobiernos han intentado destruir! Además de anunciarte que Ignacio ya está en casa, hoy vamos a reproducir dos de sus aportes, ambos sobre Edmundo Rivero. No sé si Varchausky sabe que Leonel, como le decíamos en confianza, venía de tanto en cuando a mi casa de infancia en lo que entonces era un pueblo con calles de tierra en la provincia de Buenos Aires, con su pelirroja Julieta y su sobrino Milton (si no recuerdo mal el nombre), que murió muy joven. cada uno con su guitarra. Mi viejo escribió una breve biografía del Feo que cantaba lindo y puso todos los mangos que no tenía para editarla en un formato para kiosco de estación, de donde quería reemplazar tanta basura habitual con materiales populares y de calidad. Los ídolos sobre quienes escribió eran Leonel, Fangio, Oscar Panno, Najdorf, Froilán González, Troilo, Salgán y ya me avisará mi hermana memoriosa de cuál me olvido o solo está en mi imaginación.
Aparte de la charla cordial frente a la chimenea, que en esas ocasiones se encendía, esas visitas tenían dos rituales. Mi vieja preparaba un celestial arrollado de frutillas, con crema y azúcar suficientes para espantar a cualquier dietista y embobar a los chicos de la casa. Y después de la tercera taza de té, las visitas pelaban sus guitarras y nos daban un maravilloso recital. Una vez conté esta historia y dije que cuando lo escuchábamos en la radio, yo oía que lo llamaban El Mundo Rivero, cosa que explicaba el tamaño de sus manos y sus pies. Cuando lo escuchaba en casa cantar La última curda, noté que movía esos pies enormes con la misma descoordinación con la música que es típica en Ray Charles. Sergio Ramírez me pidió autorización para reproducir ese artículo, que escribí cuando murió mi vieja, hace veinte años y le agregó un par de comentarios deliciosos. Dijo que si hubiera más gente como mi vieja edmundo sería mejor.
A mitad de camino entre ambos momentos me crucé en la calle con un hombre de mi edad, con dos jóvenes, altos los tres. No pude contenerme y lo paré.
—Vos sos hijo de Leonel y Julieta.
Él casi se cae de espaldas diciendo plop como en las historietas, y los muchachos miraban con asombro a ese desconocido que hablaba con familiaridad de sus abuelos.
—¿Cómo sabés?— repreguntó el clon.
—Porque tenés la cara de Leonel y el pelo colorado de Julieta. Hay una sola manera de conseguir eso.
Nos quedamos charlando un rato en la calle de un tremendo verano porteño y no volvimos a vernos.
Pero ya es el turno de los hallazgos de Ignacio. Te los explica él mismo:
Termino con una pregunta para Varchausky: ¿conocés otro disco que grabó Leonel en Montevideo, en el 57, con la orquesta de Horacio Salgán, de la que recuerdo que incorporó un instrumento inusual, el clarinete bajo, que también llamaban Clarón? Se escucha a esa larga pipa que tocaba el suelo dialogar con Leonel en la que para mí es la mejor versión de La última curda, y con el piano de Salgán en Flores negras, ese tema impar de Francisco De Caro, el hermano de Julio. Tal vez también sea el mejor álbum que grabó Salgán, más suelto, permitiéndose la improvisación. Poco después Salgán contrajo a De Lío y ahí empezó otra etapa, que no es mi preferida.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí