Bitácora de espera

Apuntes para entretener otra antesala inolvidable

A sus 39, en una instancia eliminatoria de un Mundial, Messi juega con la convicción de quien patea un fulbo en el patio de su casa.

 

Sucedió, ocurrirá. En el medio está el presente: la espera. Esa década y media que a veces cabe entre la tarde de un miércoles y la de un domingo.

Por séptima oportunidad, la Argentina jugará el Mundial hasta el último día. Que increíblemente llegó, aunque las horas se estiren como desborde de Messi, centro e Historia. Esta tarde serán seis las finales vividas en menos de medio siglo, sobre trece Copas del Mundo disputadas.

Mientras tanto acá estamos, en la antesala. Sin convocar a que “Previemos”, como en 2014, porque para qué tentar dudas. Aunque aquella medalla de plata haya marcado el mojón de arranque para los doce años inolvidables, siempre en la definición de todo, con escasas excepciones. En 2022 algo en el aire hacía que incluso la ansiedad fuera dulce. La Selección logró que este país resultadista hasta el delirio haya admitido que, suceda lo que suceda, lo vivido este invierno ingresará en el cofre de lo inolvidable. Junto a la primavera, muy estival, de hace tres años y medio.

Releído 2014, asombra cómo la crueldad verbal que ya para entonces se había descargado sobre Messi se incrementó después de las tres finales del bienio, perdidas todas por el grosor de una pestaña. Convendría hacer una lectura de eso, porque pudimos privarnos del lustro de felicidad que comenzó tras los primeros gritos rebeldes: la renuncia con regreso en 2016 y aquella bronca fundacional ante la injusta eliminación de la Copa América de 2019.

 

Rebeldías

Este Mundial acaba de regalarnos otro partido destinado a jugarse por décadas. Con Inglaterra enfrente, la época mostró por fin el poro por donde se coló la rebeldía. Los jugadores lo hicieron, rompieron de un puntinazo la burbuja de anestesia a la que nos entregamos. No nos lo debían, ni había derecho a exigencia o reproche. Porque es siempre una falta de respeto, pero sobre todo porque no habitamos una sociedad ni un tiempo generosos en irreverencias conducentes, que excedan ―en el mejor los casos― el posteo de Facebook.

 

 

En tu corazón

El triunfalismo oficial creyó que tenía todas las llaves de un nuevo sentido común, para moldearlo a su antojo y correr líneas de cal a piacere. Venía invicto, bastante carente de retadores. La semifinal demostró que hay nervios sensibles con los que no se jode: Malvinas y Maradona, cada uno por separado o en su fuerte ligazón.

Una humilde bandera rompió las premisas ministeriales de sumisión y Malvinas se impuso nuevamente en los cánticos, hasta que la impotencia oficial derivó en una falsa y forzada aceptación. Como la rendición castrense ante los papelitos de Clemente en el ‘78.

Sobre Maradona habló Messi, para dolor y clausura de trolls que venían usándolo para degradar a Diego en ese altar laico que detectan determinante. Antes era a la inversa, se castigaba al 10 actual por supuestamente deficitario en finales y se le tiraba encima la magnitud del Pelusa de Fiorito, incluso cuando era evidente que integran la misma historia y no puede pensarse a uno sin el otro. Desde los triunfos indiscutibles que lideró en el último lustro, la Pulga pudo despejar comparaciones sin que nadie le reproche conveniencia. Se colocó fuera de esa ecuación, en el lugar del disfrute y el amor, y rechazó la comparación. Como maradoniano.

Si un video pudiera ponerse en un cuadro, éste valdría la pena. Por lo demás, cada quien con su preferencia. Por suerte, tenemos el lujo de la elección.

 

 

Tiempo recuperado

No fue la única veta liberada en su senda de gestas, que inhabilitó todas las periferias por las que antes transitaban charlas y comentarios futboleros. El exitismo tiene taras y acerca riesgos, como su mellizo derrotismo, pero en sus exageraciones se permite algo más de observación admirada sobre el juego, que sigue siendo lo más hermoso. Sobre todo si en la cancha están Messi y su barra. Cuando cada pelota brilla se habla un poco más de fútbol y menos de lo accesorio, sea cierto o supuesto.

Lo mejor de todo es que este equipo está renovando las viejas estampitas, gestando los sueños de los pibes que vendrán. Como aquel que a principios de siglo era Lautaro Martínez, cuando su padre ―Mario, otro Pelusa― le regaló los primeros botines y un sueño: “hacer este gol”. El de un 2 a 1 contra los ingleses, en un Mundial.

Qué pérdida de tiempo la de comparar con afán excluyente, cuando las palabras de Messi y Lautaro ratifican lo ostensible: nadie nace en cualquier parte, sino donde la historia lo convoca.

 

Lógica

La Argentina puede dar fe de que la Final es un partido que se define por espesores mínimos, a favor o en contra, pero el cuadro general involucra múltiples cruces, el azar se limita y tiende a dibujar una comprobación: es el Mundial más lógico en mucho tiempo.

Los cuatro primeros serán los que integraban ese mismo pelotón en el ranking de la FIFA al inicio del campeonato. Entre ellos están los campeones de América y Europa, y los dos últimos finalistas de un Mundial. Uno de ellos jugará la Final, repitiendo una de las tendencias recurrentes.

Otra reiteración se verifica: como en la mayoría de los mundiales, el equipo que tiene al mejor jugador del mundo estará en el partido decisivo. También se ubicaron entre los cuatro primeros aquellos que cuentan con candidatos firmes a sucederlo.

El dato no es meramente individual. Si nadie nace en cualquier parte, los que se distinguen del resto suelen ser forjados allí donde también una generación puede acompañarlos del mejor modo. No es casual, porque el equipo será producto de la misma historia que parió a su referente.

 

Artificios

Esta Selección torna verosímil lo increíble, pero lo sella en la cancha, ante los ojos del mundo. No ocurre lo mismo con la inteligencia artificial, a la que se tercerizó buena parte del trabajo periodístico, por avaricia o pereza.

En el anecdotario quedarán pifiadas antológicas, como el invento íntegro de un partido mundialista que nunca se jugó en la realidad o que la salida de Germán Pezzella de River se daría en un momento en que era pieza clave para el entrenador del club. Ojalá Pezzella tenga pronta revancha, pero cabe preguntarse cuánta fruta estará desparramando la inteligencia artificial en temas que no tengamos tan conocidos como el fútbol.

Es probable que sea algo deliberado, buscado: quienes hurguen en las hemerotecas digitales del futuro (si es que existen, las tres cosas) encontrarán serias dificultades para determinar cómo fue este pasado hecho de pantallitas. Excepto en aquello que quede grabado en los recuerdos, que traicionan con menos frecuencia.

 

Versus

Incluso en el Mundial de la longevidad futbolística, con edades antes inverosímiles, lo de Messi ingresó en otra dimensión. Su versión de 39 junios compite mano a mano con las anteriores, y también ante equipos con un promedio de edad diez o doce años menor. La dinámica juvenil no alcanza para atajar su conjugación de madurez pensante y plenitud física.

En una instancia eliminatoria de un Mundial, Messi juega con la convicción de quien patea un fulbo en el patio de su casa. La pelota que pinchó en autopase a un claro, para cuidarla en los instantes finales contra Inglaterra, concurre como ejemplo nítido. El capitán transita con una seguridad sorprendente las esquinas del cronómetro y el mapa.

Las victorias ante el tiempo de la cancha reflejan la que ya ha obtenido ante el de los calendarios vitales, en un cierre de carrera generoso en posdatas y récords, rebelde a toda adversidad. No se necesita esperar al resultado dominical para conmoverse con tamaño desafío permanente a la edad, al implacable paso del tiempo, en lo que ya es el más épico de tantos triunfos que jamás olvidaremos.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí