Boludos peligrosos

Las taras de la derecha argentina exacerbada por sus candidatos más extremistas

 

En la campaña electoral la oposición no propone una alternativa para aumentar la tasa de crecimiento del producto bruto, condición necesaria para seguir apuntalando la democracia. Cuando se oye el ruido de fondo en sus denuncias sobre el manejo gubernamental de la pandemia, todo lo que se limita a ofrecer en el rubro aumento de la producción son sus taras ideológicas de siempre, que resumen su empeño en desconocer, o peor: negar que la inversión —factor clave del desarrollo— es una función creciente del consumo. De manera que el cuestionamiento de la derecha argentina tanto al accionar del gobierno como a los postulados del oficialismo no tiene más remedio que asimilarse a un guión de opereta italiana algo mersa, definitivamente rocambolesca, entre otras cosas porque la idea fija que tienen de la inversión es que se azuza bajando el consumo; algo que, además de estar contra todas las coordenadas del sistema y de ser muy propio de los dueños del capital, no es fino confesárselo a un electorado que en promedio no la está pasando nada bien. Para colmo si se tiene en cuenta que en estos días la derecha criolla viene siendo atormentada por los candidatos a legisladores de su sector más extremista, es de esperarse que a raíz de esas presiones se profundicen todas sus taras atávicas comenzando por las de la inversión.

Ahorrar más (lo que equivale a consumir menos) para invertir más es propio de los otros sistemas o bien diferentes o bien mucho más primitivos que el capitalismo, modo de producción del que la derecha se autopercibe y declama como su más férrea alma. En esos otros modos de producción, una insuficiente demanda efectiva —lejos de bloquear el mecanismo de la reproducción— maximizaría el excedente y por lo tanto el crecimiento. Por caso, los pueblos originarios que eran pescadores dejaban de capturar cardúmenes para hacer piraguas y redes. Con más piraguas y redes habría más pescado para comer. Así es como en estos otros sistemas diferentes al capitalismo el consumo es una función creciente de la producción, la acumulación (la inversión) es una función decreciente del consumo improductivo. Por el contrario, en el sistema capitalista la inversión, es decir el consumo productivo es una función creciente del consumo improductivo. Nadie se va a poner a hacer buques pesqueros si previamente no tiene demanda suficiente de pescado para, tras la venta de la captura, pagar esa inversión y hacer un billete de ganancia.

El consumo productivo y el consumo improductivo son los dos componentes de un agregado dado: el potencial global de la producción. En un período determinado, lo natural es más de uno / menos de otro y viceversa. El capitalismo venció esta naturaleza de las cosas. Lo puede hacer porque la producción efectiva es constantemente inferior a la producción potencial. En consecuencia, la producción efectiva puede variar independientemente de la producción potencial. Esta forma cíclica que se da porque se moviliza en más o en menos el reservorio de recursos productivos que siempre tiene en barbecho el sistema, hace factible la variación simultánea en la misma dirección del consumo y la inversión, asegurando así el equilibrio coyuntural sobre la base misma de un desequilibrio estructural. Es esta contradicción principal la que sintetiza a su favor cotidianamente el sistema económico en que vivimos. Por cierto, el capitalismo entra en crisis cuando tiene que desmovilizar recursos por falta de ventas.

A la necesidad de incentivar fuerte la inversión, el cambio climático agrega leña al fuego, pues por un lado equivocado están los que por toda solución alientan volver a la Edad Media, y por el otro peligroso están los extremistas de derecha que lisa y llanamente niegan cualquier entidad al calentamiento del planeta. Para los intereses bien entendidos del movimiento nacional, desmitificar esos vicios amerita cierta reflexión sobre la racionalidad que supimos conseguir para, en materia de inversión, sacarle en máximo jugo a la coyuntura y a la estructura.

 

 

Disputas

En términos de coyuntura, hay miga para encontrar la ruta del mejor interés argentino en el impasse por el que está atravesando el núcleo más dinámico de la acumulación mundial, los Estados Unidos, donde la disputa política a favor de recrear el mercado interno sobre la base del igualitarismo moderno no se termina de definir, según lo atestigua la demanda de bonos gubernamentales. Con la economía norteamericana saliendo de la pandemia, los bancos rebalsan de depósitos –que ciertamente rinden poco porque la tasa es nada—, pero en vez de dar créditos, cuyos montos cayeron, compraron una enorme cantidad de bonos. Los medios especializados y las consultoras del rubro destacan que durante el segundo trimestre del año los bancos privados norteamericanos compraron 150.000 millones de dólares de bonos del Tesoro. Estos bonos son de renta fija, es decir si se compran hoy, dentro de diez años se devuelve el capital invertido, pero año tras año hasta que se completa la década se cobra una suma fija de dólares, digamos 3ó 5 dólares cada cien. Bajo esa cláusula contractual, un aumento del precio del bono porque es muy demandado implica que bajó el rendimiento dado que es fijo. Lo inverso es cierto.

La bolsa de New York vuela, pero los créditos comerciales se demandan poco. El New York Times informa que de acuerdo a los datos de una consultora privada el avance de la economía norteamericana se estancó en los alrededores del 96% de los niveles previos a la pandemia y que «será más difícil obtener ganancias” a medida que se cubra esa diferencia. Un índice de seis componentes que calibra el nivel de actividad semana a semana registró una caída en cinco de los mismos, siendo que las condiciones financieras, reflejadas por las ganancias del mercado de valores y las bajas tasas de interés, fueron las únicas que enviaron una señal alcista diferente a las demás, todas bajistas.

Sobre esta situación hay dos explicaciones con más y menos adherentes y una tercera que corre poco y nada, que es en la que aparece un ángulo para el interés argentino. La justificación más usual es que los bonos del Tesoro suben de precio y los créditos comerciales caen pese a la inundación de depósitos y las condiciones que normalmente serían propicias, para pedir préstamos por la incertidumbre que genera la propagación de la variante Delta del coronavirus. Otra menos transitada es el orejeo que están haciendo los agentes económicos del plan de Reactivación de Biden. Recién ahora los demócratas de la Cámara de Representantes dejaron de lado sus diferencias e impulsaron la gigantesca resolución presupuestaria de 3,5 billones de dólares, que contiene muchas de las prioridades económicas del Presidente de los Estados Unidos. La oposición de los Republicanos es total. La presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, espera aprobar tanto el proyecto de ley de gastos como la propuesta de infraestructura separada de 1 billón de dólares para el 1 de octubre. Lo que terminó de convencer a los remisos es que Pelosi les recordó que estaban haciendo historia, pues la legislación conduciría a una inversión federal a la par con el New Deal de F.D. Roosevelt y la Gran Sociedad de L.B. Johnson.

Posiblemente esas dos explicaciones tengan su peso y confluyan en la incógnita a despejar de cuándo y cómo la Reserva Federal dejará las medidas de emergencia relacionadas con Covid, introducidas al comienzo de la pandemia. No obstante, llama la atención que esté fuera del radar que las multinacionales que batallaron fuerte contra el Presidente anterior, el republicano Donald Trump y su empeño en que dejen de invertir innecesariamente en China, que continúa con Biden, están palpando hasta dónde son capaces de torcerle el brazo a este acuerdo tácito de buena parte de la clase dirigente estadounidense. Desensillaron hasta que aclare, y en eso estaría la gran causa de la atonía crediticia. Durante la travesía de ese mientras tanto, si la Argentina logra tornar atractivo su mercado volviéndolo solvente, o sea: al revés de la prédica liberal de la derecha, potencialmente es posible que consiga fondos extras en inversión provenientes de ahí. Los montos en inversión que iban a China están muy por encima de los que necesita este país.

 

 

Racionalidad

Mientras tanto, la derecha vernácula anda haciendo el ridículo quitándose responsabilidades con el endeudamiento externo. Según datos multilaterales públicos y privados resumidos por el BIS (el banco central de los bancos centrales con sede en Basilea, Suiza), la Argentina, de la mano del gobierno anterior, está en el singular podio de explicar el 12% de las deudas en moneda extranjera en el mundo y el 0,1 % de las deudas en moneda doméstica. Con muy pocas excepciones, en el resto de los países es al revés: la deuda en moneda propia prima sobre el endeudamiento externo. Es más, de los 53 países listados por el BIS, que prácticamente explican casi todo el producto bruto mundial, la Argentina en términos absolutos es también la nación más endeudada en moneda extranjera del planeta. Turquía se le acerca un poco, pero el resto bastante menos de la mitad en promedio. Eso sí, el BM y el FMI están impulsando una propuesta para desarrollar un mercado de deuda en moneda doméstica para los países periféricos, dado que los consideran mucho mejor que el endeudamiento externo para hacerle frente a las eventuales y recurrentes crisis.

Las descaradas mentiras sobre el endeudamiento externo tratan de esconder la profunda irracionalidad del horizonte que la derecha le propone a la sociedad argentina. En este presente global de pandemia, en el cual sigue siendo cierto que los resfríos del norte se convierten en gripe en sur, un panorama sistematizado de las tendencias de fondo por donde merodea la derecha en todos lados y acá, cuya mueca que la condiciona son los sectores más extremistas que tienen posibilidades electorales, lo proporcionan Joshua Rothman en The New Yorker preguntándose: “¿Por qué es tan difícil ser racional?” (16/08/2021) y Phil Torres en Current Affairs dando cuenta de “las peligrosas ideas de ‘largoplacismo’ y ‘riesgo existencial’» (28/07/2021).

Martin Gurri.

Rothman subraya que no solo los individuos, sino las sociedades pueden ser víctimas de una racionalidad falsa o interesada. Trae a colación un ensayo de 2014, The Revolt of the Public and the Crisis of Authority in the New Millennium (La revuelta del público y la crisis de autoridad en el nuevo milenio) de Martin Gurri, un analista de la CIA convertido en pensador social libertario. Rothman señala que, de acuerdo a Gurri, “el desenmascaramiento de instituciones supuestamente seudorracionales se había convertido en el drama central de nuestra época: personas de todo el mundo, habiendo concluido que los peces gordos de nuestras universidades, redacciones y legislaturas eran mejores pareciendo racionales que siéndolo en realidad, habían abrazado un populismo nihilista que ve como sospechosas todas las formas de racionalidad pública (…) Desde esta perspectiva, la causa fundamental de la irracionalidad masiva es el fracaso de los racionalistas. La gente creería en el sistema si realmente tuviera sentido”. Para Gurri, el sentido lo da la causa libertaria. Así mistifica y encubre la verdadera razón por la cual surgió la bronca: la atonía del crecimiento que se estropeó por que las decisiones políticas malograron la distribución del ingreso.

Nick Bostrom.

 

Phil Torres enfoca la irracionalidad en la negación del cambio climático generalmente ubicable en los poderosos que lo causan. Encuentra la razón más profunda de esa actitud en “una cosmovisión moral cada vez más influyente llamada largoplacismo (longtermism). Esto tiene sus raíces en el trabajo del filósofo Nick Bostrom”. Torres alerta que el largoplacismo no debe confundirse con el «pensamiento a largo plazo». Va mucho más allá de la observación de que nuestra sociedad es peligrosamente miope y que deberíamos preocuparnos por las generaciones futuras no menos que por las presentes. En el corazón de esta cosmovisión, tal como la delineó Bostrom, está la idea de que lo que más importa es que la ‘vida inteligente originaria de la Tierra’ alcance su potencial en el cosmos. ¿Qué es exactamente ‘nuestro potencial’? (…) implica subyugar la naturaleza, maximizar la productividad económica, reemplazar a la humanidad con una especie superior ‘posthumana’, colonizar el universo y, en última instancia, crear una población insondablemente enorme de seres conscientes que viven lo que Bostrom describe como ‘vidas ricas y felices’ dentro de simulaciones por computadora de alta resolución”.

Este disparate moral implica no solo desentenderse de los pobres, sino tratar de eliminarlos. El largoplacista Nick Beckstead aclara bien el punto al reflexionar que “salvar vidas en países pobres puede tener un efecto dominó significativamente menor que salvar y mejorar vidas en países ricos. ¿Por qué? Los países más ricos tienen mucha más innovación y sus trabajadores son mucho más productivos económicamente. Según los estándares ordinarios, al menos según los estándares humanitarios ilustrados ordinarios, salvar y mejorar vidas en los países ricos es casi tan importante como salvar y mejorar vidas en los países pobres, siempre que las vidas mejoren en cantidades aproximadamente comparables. Pero ahora me parece más plausible que salvar una vida en un país rico es sustancialmente más importante que salvar una vida en un país pobre, en igualdad de condiciones». ¿Hay algo más que esto en la era de la peligrosísima boludez de la derecha argentina en el que anda asentada por méritos propios y globales, que se quiere inmolar por la inversión y hace todo lo posible por detenerla? Es arduo el trabajo político del movimiento nacional para que los sectores sociales candidatos a tentarse con estos disparates no muerdan la manzana y dificulten en grado sumo poner en marcha el programa de desarrollo, para lo cual –obviamente- debe haber uno.

 

 

 

 

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