Bombas antes de la grieta

El autor del mayor atentado en la historia de los subterráneos porteños tiene una estación con su nombre

 

 

 

“No existe crimen más grande que aquel que se perpetra a conciencia de su impunidad” .(Thomas Hobbes, Leviathan)

 

 

El 15 de abril de 1953 varios radicales y un socialista pusieron bombas en un acto peronista en Plaza de Mayo, mientras el General Perón hablaba contra el agio y la especulación. Murieron muchos inocentes. Una estación de subte lleva el nombre de uno de los terroristas.

La fiel CGT había organizado ese día una multitudinaria concentración cívica en Plaza de Mayo para apoyar a su líder. Pese a los vaticinios de la oposición, que esperaba una plaza vacía, el aparato sindical funcionó a la perfección y el acto fue masivo.

Pero algunos pensaron, en su afán por hacer tambalear al régimen peronista, que este acto sería una buena oportunidad para dar un buen golpe de efecto. Y pusieron manos a la obra.

 

 

Miércoles, 14 de abril de 1953

Según versiones publicadas en diferentes diarios de la época, fue un día antes del acto que El Jefe, El Ingeniero y El Ayudante se reunieron en un comercio cercano a Plaza Miserere con el fin de armar los explosivos que utilizarían al día siguiente.

El local, de la firma Redondo Hnos., ubicado en la avenida Jujuy 47/51 entre Avenida Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, era el centro de actividades del Jefe. Allí solían fabricar bombas, redactar panfletos antiperonistas y organizar reuniones políticas clandestinas.

El Ingeniero armó tres bombas de diferente poder destructivo. La más pequeña tenía 30 cartuchos de gelinita y fue destinada al Hotel Mayo, ubicado en la esquina de Defensa e Hipólito Yrigoyen y que se encontraba en refacciones.

Otra algo más potente, armada con 50 cartuchos de gelinita, fue colocada en el octavo piso del Nuevo banco Italiano. Ésta finalmente no estalló, por defectos en el mecanismo de relojería.

La última y más poderosa, que contaba con 100 cartuchos, fue la que El Ingeniero y El Ayudante colocaron en la estación Plaza de Mayo de la línea “A” de subterráneos.

La reunión habría terminado a altas horas de la madrugada del día siguiente, a poco de la hora señalada para entrar en acción.

 

 

Jueves 15 de abril de 1953

A la hora del comienzo del acto, según las crónicas, la plaza reventaba. Hacía 14 minutos que el General Perón desarrollaba su discurso. Decía en ese momento: “He repetido hasta el cansancio que en esta etapa de la economía argentina es indispensable que establezcamos un control de los precios. No sólo por el gobierno y los inspectores, sino por cada uno de los que compran, que es el mejor inspector que defiende su bolsillo”.

“Y para los comerciantes que quieren los precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse. Bastaría un rápido análisis…”, decía, cuando se escuchó la primera explosión. Era la bomba que El Ingeniero colocó debajo de una heladera en la confitería del Hotel Mayo, que estaba cerrado por refacciones y al cual fue relativamente fácil acceder.

Era la de menor poder pero igual causó graves daños en el hotel y destrozos en las construcciones vecinas. Una de las cortinas metálicas fue arrancada de cuajo y muchas ventanas y vidrieras quedaron destruidas, sobre todo del lado de la calle Defensa. La calzada quedó cubierta de cristales rotos y se registraron algunos heridos.

Se pudo ver al General Perón impartir indicaciones a algunos funcionarios que estaban junto a él, mientras levantaba sus brazos con la intención de infundir calma en el público.

Y el discurso continuó: “Compañeros: estos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba”.

En ese instante se escuchó otro estallido, mucho más potente que el anterior: era la bomba colocada en la estación Plaza de Mayo, de cuyas bocas de acceso comenzó a emanar humo.

El Ingeniero la ubicó en una casilla, bajo un tablero eléctrico, en el andén. Los destrozos fueron cuantiosos y afectó a una formación estacionada e instalaciones fijas. La fotografía muestra parte de los daños ocasionados.

Si bien las crónicas señalan que la estación estaba cerrada al público debido al acto, igualmente hubo seis víctimas fatales. No nos consta si todas las muertes se registraron en la estación o si algunas son producto del estallido en el Hotel Mayo.

 

La investigación

El 11 de mayo de 1953, gracias a investigaciones de personal de la comisaría 17 de la Policía Federal, se logró detener al Ingeniero. Su detención fue la culminación de un rastreo iniciado tras la caída de un avión en el Uruguay, que trasladaba al Jefe y al Ayudante al vecino país, presumiblemente en búsqueda del dinero suficiente para facilitar la fuga del Ingeniero, principal autor de los atentados, al exterior.

Los viajes de los integrantes del grupo subversivo al país hermano eran frecuentes y era costumbre utilizar documentos de identidad apócrifos. Justo en ese viaje trunco el Jefe utilizó una cédula de identidad expedida por la Policía Federal a nombre del Ingeniero. El dato fue el punto de partida que permitió detenerlo junto a otras tres personas en un departamento de la calle Juncal al 2100, en el que se había refugiado mientras esperaba el dinero necesario para escapar a otro país.

Tras su detención, el Ingeniero reconoció su participación en muchos atentados, entre ellos los del 15 de abril. Finalmente quedó alojado en la desaparecida Penitenciaría Nacional, ubicada en el solar que actualmente ocupa la Plaza Las Heras, en el barrio porteño de Recoleta.

 

Los titulares de la prensa de la época. Fuente: portal En el subte.

 

 

Identificación de los terroristas

¿Quiénes fueron El Jefe, El Ayudante y El Ingeniero?

La suerte de los tres principales participantes de esta historia fue dispar.

  1. Del Ayudante, Carlos Alberto González Dogliotti, no se tienen mayores referencias de la suerte que corrió tras su liberación.
  2. El Jefe, Arturo Mathov, tuvo cierta notoriedad pública al llegar a ser diputado nacional.
  3. El Ingeniero, tras esta etapa oscura y revolucionaria de su vida, tuvo mucha más suerte que sus compañeros. En junio de 1955, en el marco de una amplia amnistía política, recuperó su libertad. Y volvió a dedicarse a la política. Durante la presidencia de Arturo Illia ocupó la secretaría General del Consejo Nacional de Desarrollo, ente más conocido como CONADE. Tras la caída del gobierno de Illia actuó como planificador en el seno de la Organización de las Naciones Unidas. Con la vuelta de la democracia en 1983, en el gobierno de Raúl Alfonsín ocupó la cartera del Ministerio de Obras Públicas que abandonó el 25 de mayo de 1985 para pasar a ser ministro de Defensa debido al fallecimiento de Raúl Borrás, su antecesor. Pocos meses después, el sábado 8 de febrero de 1986, falleció en circunstancias nunca aclaradas mientras nadaba en la pileta de su residencia oficial, en Campo de Mayo, luego de almorzar con un grupo de amigos y correligionarios de su partido.
Roque Carranza como ministro de Alfonsín.

Ya muchos habrán deducido su nombre a esta altura de la lectura. Sí, es sorprendente: se trata de Roque Guillermo Carranza, el Ministro Carranza, el mismo al que recuerda la estación homónima del subte “D”. Inaugurada el 29 de diciembre de 1987, sobre la marcha las autoridades de Subterráneos de Buenos Aires sustituyeron al nombre elegido en primer lugar, General Savio, por el de El Ingeniero. No se trata aquí de alabar o denostar su desempeño en los diferentes cargos que ocupó a lo largo de su vida política. Tal vez haya sido tan bueno o tan malo como cualquier otro funcionario.

Entremos en el terreno de las suposiciones: imaginemos que fue el mejor ministro que algún gobierno haya tenido a lo largo de nuestra historia como país independiente y que tenga bien merecido su homenaje. Las posibilidades de recordar su supuesta encomiable trayectoria son infinitas: una estatua, una plaza, plazoleta o parque… o tal vez una calle, pasaje o autopista podrían llevar su nombre.

Pero… ¿una estación de subte? ¡Al autor del más trágico atentado en la historia de los subterráneos porteños se lo homenajeó con una estación en ese mismo medio de transporte!

Surgen muchas incógnitas al respecto. Y preguntas, muchas preguntas: ¿Qué criterio utilizaron las autoridades de Subterráneos de Buenos Aires para cambiar el nombre de General Savio por Ministro Carranza? ¿Habrán buceado aunque sea un poquito en la historia antes de tomar la decisión o fue meramente política? ¿Habrán sabido del explosivo pasado del ministro Carranza?

Y la pregunta más dolorosa de todas. Es de suponer que buena parte de los muertos en el atentado han dejado en este mundo a parientes, amigos o descendientes que lloraron su partida. Y seguramente algunos de los heridos aún vivan. Y tal vez arrastren secuelas de esa tragedia.

¿Cómo se sentirán, si es que alguna vez utilizaron el subte “D”, al ver el nombre del responsable de su desgracia inmortalizado en el andén? ¿Alguna vez habrá pensado en las víctimas quien haya sido el responsable de este desgraciado homenaje?

En el atentado murieron Santa Festigiata de D’Amico (84 años), Mario Pérez, León David Roumeaux, Osvaldo Mouché, Salvador Manes y José Ignacio Couta. Hubo además 93 heridos, de los cuales 19 quedaron lisiados para siempre.

En un país con memoria, el nombre de esta estación de subterráneos no debería permanecer ni un solo día más. Por verdad histórica, por memoria popular, por justicia y sin revanchismo.

 

 

* El artículo se publicó en el portal Nacional y Popular. Su autor, Daniel Brión, preside el Instituto por la Memoria del Pueblo (IMEPU).

 

 

 

 

 

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